La Boétie (el Rimbaud del pensamiento) y Montaigne,
una amistad moderna

Jean-Michel Delacomptée


Michel de Montaigne y Étienne de la Boétie tenían una diferencia de tres años de edad. El primero había nacido en 1533 y el otro en 1530, ambos grandes autores del Renacimiento francés y cuya amistad, que duró aproximadamente cinco años, significó desde entonces un hito para la cultura moderna. Cuando el célebre creador de los Ensayos conoció la obra del joven la Boétie, La servidumbre voluntaria, que escribió entre los 16 y 18 años y publicó en 1576, le mereció su entusiasta admiración y respeto, a él, que había escrito: “Los hombres se entregan en alquiler: sus facultades no son para ellos; son para las gentes a quienes se avasallan; sus inquilinos viven en ellos, no son ellos quienes viven...Es necesario economizar la libertad de nuestra alma y no hipotecarla sino en las ocasiones justas”. Montaigne se leería a sí mismo cuando vio frases como ésta, de su contemporáneo: “Dado que las propias bestias, aun las hechas para el servicio del hombre, no pueden acostumbrarse al control sin protestar, ¿qué maligno designio ha desnaturalizado tanto al hombre que él, la única criatura realmente nacida para ser libre, carece de la memoria de su condición original y del deseo de retornar a ella?”
   El brillo intenso de La Boétie se apagó pronto, pues murió a los 33 años víctima de la peste que asoló Europa. Un comentarista, Ricardo Sáenz, evoca: “Fue la suya la columna de un templo que no llegó a construirse”. Sin embargo su Discurso sobre la Servidumbre voluntaria o el Contra uno, es considerado como el sistema precusor de la filosofía reivindicadora de los derechos naturales.
     En el siguiente ensayo, se estudia la amistad entre dos de las sensibilidades más afinadas de su siglo, el XVI, y que signan la individualidad moderna.

 

La amistad que unió a Montaigne y La Boétie fue tan breve como intensa: duró sólo unos años, pero influenció profundamente al autor de los Essais. Una alianza única que prefigura las relaciones individuales modernas.

Fotografía
Jeff Wall / 1987

Se ignora la fecha exacta y las circunstancias del encuentro de Montaigne con La Boétie, ambos magistrados en Burdeos: ¿tal vez en1557, o en 1559? Ni siquiera se conoce lo que duró esta amistad, cuatro o seis años. Montaigne se enreda con los números. Pero al menos sabemos dos cosas: que esta amistad mítica nació de la voluntad del cielo, tan fatal como la muerte, y que sin ella los Essais no hubieran visto la luz. Por lo menos es lo que escribe Montaigne en el capítulo XVIII de los Essais, “De la amistad”, que sustituyó a la publicación del Discurso de la servidumbre voluntaria, imposibilitada, dice, por la rudeza de los tiempos: los protestantes habían asido como antorcha este explosivo antimonárquico rebautizado el Contr’un, redactado por La Boétie muy joven, a la edad de 16 o 18 años (y que luego, tal vez, modificó, nada está claro en este asunto). En todo caso, un texto de juventud, alzando su autor al rango de “Rimbaud del pensamiento” de acuerdo con  Pierre Clastres* el antropólogo especialista de las tribus indias, quien subrayaba, con esto, su precocidad y el fulgor de su análisis del Estado: un monstruo exterior a la sociedad, construido en contra de ella y cuyos hombres, libres por naturaleza, aceptan con una docilidad enigmática, ser los siervos.
Es el rumor halagador que zumbaba alrededor del Discurso…lo que empujó a Montaigne a conocer a La Boétie. El encanto operó desde el primer encuentro, más bien del lado de Michel: “Porque era él”. Étienne, mayor de tres años y quien gozaba ya de una buena reputación, resultó probablemente menos impresionado: el “porque era yo”, que cerraba el círculo, fue agregado varios años más tarde.
Hermanos por Alianza. La Boétie murió víctima de la peste en agosto de 1563, a la edad de 32 años, en Germignan, cerca de Burdeos. El relato dejado por Montaigne de su breve agonía conmueve a toda persona sensible, de tan fuerte emoción. Esta muerte es digna de Catón, rica de un adiós en el que La Boétie profesa la libertad de conciencia en materia religiosa y designa a Montaigne heredero de su biblioteca. Eran hermanos por alianza, el hermano que escoge uno libremente, una misma alma para dos cuerpos. De allí en “De la amistad”: “Éramos la mitad de todo”, luego: “Yo estaba ya tan acostumbrado a ser el segundo en todo, que me parece existir ahora solamente a la mitad”. El primero, el mayor, el mentor, era La Boétie, Montaigne venía en segunda posición, como el hermano cadete.
Una breve cronología se impone: el relato de la muerte evoca un recuerdo ya lejano. Se trata de una carta dirigida por Montaigne a su padre para su publicación; el sello de impresión está fechado del 24 de noviembre de 1570. En la misma época, Montaigne publica algunos poemas y traducciones de su finado amigo, pero renuncia desde ahora a publicar el Discurso… a causa de los disturbios. Su padre fallece dos años antes, en junio de 1568. Aquella carta, pues, se dirige a un fantasma, la muerte del padre duplicando la del hermano. En marzo de 1571, Montaigne vende su cargo de magistrado, antes de lanzarse, un año más tarde, a la redacción de los Essais, adornos y dibujos grotescos, dice, para enmarcar la obra maestra: el Discurso… Obra maestra que, por desgracia, vuelta de nueva cuenta el Contr’Un, le parece otra vez imposible de publicar. Este lugar vacío habita el libro I de los Essais. Michel Butor acertó al escribir que éste constituía la tumba de La Boétie.

La amistad celebrada por Montaigne, tan singular que sería milagro que existiera una semejante en tres siglos, está enteramente fundada sobre el luto. El amigo es el que uno echa de menos. Sigue una amistad idealizada, estilizada, forzosamente elegiaca. El amigo perdido es irremplazable, presente para siempre por su ausencia misma. Por lo demás, Étienne y Michel se vieron poco, más bien se escribieron: cartas de las que no quedan ninguna huella. Tampoco tenemos, del autor del Discurso… el menor manuscrito. Todavía se discute la paternidad de otro texto suyo que Montaigne tenía la intención de publicar, un Informe sobre la pacificación de los disturbios que parece demasiado represivo para haber sido escrito de su pluma, manuscrito igualmente perdido. La Boétie escribía sobre hojas sueltas. Del personaje mismo, de su semblanza, no se sabe nada excepto este apunte de Montaigne acerca de su “vigor soldadesco”: Jugaba frontón, era deportista. Luego, se volvió sombra.

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Jeff Wall / 1987

Para uno la amistad no fue la misma que para el otro. En la carta que dirigió a su difunto padre, Michel se acuerda que, al legarle su biblioteca, Étienne le dijo, mezclando el griego con el latín: “Será para usted mnemosunon tui sodalis”, “en recuerdo de tu camarada”. Sodalis es el compañero en el seno de un grupo de elite, más que el colega, pero menos que el amigo único, la  buena inteligencia y las metas comunes más que la ternura exclusiva de cualquier otro vínculo. El sodalis no es el amicus, en el que domina el sentimiento de intimidad. La Boétie piensa la amistad en términos más políticos que Montaigne, quien la expresa en términos afectivos.
Una libertad voluntaria. Por esta razón el capítulo “De la amistad” presenta un razonamiento apasionante. Entre el padre y los hijos, apunta Montaigne, no se trata de amistad, sino de respeto: ningún exceso de confianza. Entre los hermanos reina la rivalidad: se pelean las herencias. Además no escoge uno ni a su padre, tampoco a sus hermanos, los caracteres pueden ser diferentes, hasta opuestos. Sin embargo la verdadera amistad procede por selección, de una “libertad voluntaria”, en los antípodas de la servidumbre igualmente calificada. En cuanto al matrimonio, no tiene otro sentido que la conjunción de intereses. ¿El amor? Peca por lo que lo sostiene, el deseo, el cual es efímero, cambiante, deseo de lo que huye de nosotros, lo que, por lo demás, se revela muy lamentable: una relación libre y voluntaria en donde las almas como los cuerpos participarían de la alianza, formaría una amistad perfecta, pero las mujeres son incapaces de mantener un intercambio de mucho vuelo. ¿La homosexualidad griega? Precisamente nuestras costumbres la aborrecen. Entonces es inútil glosar sobre esta explicación: Montaigne y La Boétie amantes, nada nos autoriza creerlo.
El interés de este razonamiento se sitúa en la valorización de la esfera privada: en el círculo de hombres de elite en el que escoge uno un par suyo, cercano por el espíritu y digno de una absoluta confianza, el sodalis, elección de La Boétie quien soñaba con la igualdad libre, propia de la República de Venecia, se sustituye a la elección totalmente sentimental de un amicus a la antigua, pero desprovisto de dimensión política y de deseo carnal. Un amigo familiar, para decirlo así. Exactamente a semejanza de este Je privado, interior, íntimo, de este Moi expresamente designado por Montaigne en el retrato de sí mismo anunciado por su advertencia al lector apostada en el umbral de los Essais, libro en el que no se “propuso ninguna meta más que doméstica y privada”. Su amistad con La Boétie anuncia la afectividad de la familia nuclear, en donde el individuo toma un lugar nuevo, exactamente como el niño. Una amistad aristocrática pero ya moderna, antes de que el hermano por alianza se realice en el amor en donde el alma y los cuerpos se unen, amor entre un hombre y una mujer, hasta las formas desordenadas aceptadas, entre gente del mismo sexo. Entre Étienne y Michel, había un alma sublime, pero ningún cuerpo realmente. Hoy, el alma se ha suprimido en gran parte pero se ha agregado la felicidad de los cuerpos.

Traducción: Marie Claire Figueroa. Tomado de Le Magazine littéraire n°464, mayo de 2007.
Notas:

* La Sociedad contra el Estado, Pierre Clastres, Ed.de Minuit, 1974.

 

 

 

Ciclo Literario.

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