Francisco Gutiérrez: intimidad desde el dolor

 



Caballo y niños, 1942

Francisco Gutiérrez nació en Oaxaca en 1906 y murió a los 44 años en la ciudad de México, luego de una craneotomía para extirparle un probable tumor. Perteneciente a la generación 1920-1940, el pintor resurgió en el interés de los críticos e historiadores del arte, con oportunidad de su exposición en 1996 en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO) y la edición del catálogo de su obra presentada.

Luis Carlos Emerich, en su texto introductorio al libro que sobre la obra de Gutiérrez editaron el MACO y el Museo Nacional de Arte, comenta que el pintor forma parte de una generación que se concibe de la siguiente manera: “el verdadero heroísmo (implícito en la idea, entonces vigente, del pintor como crítico de su realidad sociopolítica) consistió en apostar a su individualidad creativa y oponer a la grandilocuencia del muralismo, la intimidad y la pequeñez de la domesticidad sustentadas por la congruencia interna de sus soluciones pictóricas, “comprometida” consigo misma y ajena a la idea de que la trascendencia del arte es inherente a los temas que aborda”.

De origen humilde y afectado en su salud desde pequeño por un accidente que le provocó otitis, el artista, que emigró desde su natal Oaxaca a la ciudad de México en 1925, en palabras de su amigo Manuel Echauri, “vivió sus horas de humildad entregado al heroico y casi solitario sacrificio de su formación artística...empezó a torturarle una dolencia que le endureció el oído y constituyó más tarde la causa de todas sus angustias...el deseo de saber el por qué de su inestabilidad emocional despertó su interés por la literatura sicoanalítica. Leyó a Freud, a Jung y a Adler, y quiso saber del abismo de la angustia con el auxilio de Kierkegaard...tal vez pensaba que el mundo de sus sueños era una forma manifiesta de su intuición, porque para Guty el sueño era la materia prima de sus expresiones...La risa amarga y forzada, los ojos enrojecidos eran síntomas que le conocíamos todos. Un dolor lacerante hacía de su cabeza un torbellino de vibraciones...algunas veces lo encontré tendido en su cama apretándose el rostro con las manos crispadas...”


La despedida, 1939


Sin título, 1943

El mismo amigo escribe: “Su obra tiene el significado de una proyección hacia su propio encuentro, más que el de la realización de valores que puedan tener vigencia con el tiempo. No quiero desconocer con ello la gran importancia de su trabajo, sino apuntar el hecho de que fue silenciado en el momento justo en que su voz hablaba entonaciones propias”.
Otro de sus críticos (Juan Crespo) dice que Gutiérrez, fue “un verdadero profesor de energía, un hombre nada vulgar, un introvertido que supo atesorar desde siempre, en lo más recóndito de su ser, las más preciadas joyas de una vida de gran sensibilidad e inteligencia. Un artista de fortísimo temperamento y de amplía visión”.


El marinero, 1942
Luis Carlos Emerich lo sitúa así: “Aunque formado en el realismo academicista, Gutiérrez supo asimilar (varias) influencias determinantes de la primera mitad del siglo XX y combinarlas armoniosamente con otras, como las de Cézanne, Gaugin, Van Gogh, poniendo aparte a Giorgio de Chirico como su confesor o psicoanalista, pues éste pudo representar para él una suerte de proyección de sus estados anímicos y de angustia por el dolor físico extremo que padeció y terminó por regir de vida

 

 

 

 

Ciclo Literario.

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