Escrituras rebeldes

Marie-Claire Figueroa


A Alejandro

La página en blanco no existe, tampoco la mente en blanco. Sólo existe tu flojera para escribir. Te refugias en la lectura para nutrir —dices—  las neuronas de tu cerebro, colmar esta oquedad que se ensancha cada vez más. Las pocas líneas que escribes diario parecen la escritura de un cangrejo, y eso que él te lleva ventaja: camina dos pasos adelante y uno atrás, tú vas uno adelante y dos atrás.

Fotografía
Jerry Uelsmann /2004

—Bueno, ¿qué remedio propones?
—Sí, tenemos que encontrar uno. ¿Te acuerdas lo que el editor de John Fitzgerald le aconsejó ante su repentina penuria literaria? Éste le debía un manuscrito desde hacía una eternidad; sin embargo, había descrito magistralmente la época del jazz en El gran Gatsby, Suave es la noche, Este lado del paraíso, etc. y, abruptamente, un silencio total; silencio que no se compara con el de Arthur Rimbaud: por lo menos, él se buscó otra meta, discutible, te lo concedo, pero meta al fin: los viajes, el contrabando de armas en Abisinia.
Regresando al consejo dado al novelista norteamericano, el editor le sugirió que se sentara diario a su mesa y escribiera solamente: “No puedo escribir, NO PUEDO ESCRIBIR, NO-PUE-DO ES-CRI-BIR. Siguió el consejo y el resultado fue un magnífico libro de ensayos, The crack up, traducido al español como El fracaso y publicado a título póstumo. Tendrás que ensayar, tú también, recordando los esfuerzos titánicos de José García para empezar su libro vacío, su terquedad para llenar el cuaderno de apuntes a pesar de que nunca logró concretarlos en el segundo cuaderno, el que iba a ser SU LIBRO y que, al final de la novela de Josefina Vicens, quedará en el estado de promesa.
—Pero, no pretendo escribir la obra que va a revolucionar el mundo, el libro del siglo. Por otro lado, no me gustaría ser un Jorge-Luis Borges o un Carlos Fuentes por ejemplo; sabes muy bien que odio los reflectores; tampoco quisiera vivir en la miseria como Verlaine. Tal vez podría yo probar con el alcohol, le resultó bastante eficaz a Malcolm Lowry quien, sin sus copiosas libaciones, no hubiera lucubrado Bajo el volcán. Pero, me puedes decir cuántas personas han leído este denso producto del etilismo; yo hice el intento, mejor no te digo hasta qué página llegué. Además, el alcohol no es la panacea universal; no le fue tan bien a Faulkner al final de su vida; sin embargo, yo daría cualquier cosa por ser el autor de su primera novela, El ruido y la furia. Y, ¡qué tal si ensayara las extravagancias eróticas que inspiraron de modo tan genial las obras de Henry Miller y el diario de Anais Nin! No, esta gimnasia rupestre no me atrae sobre manera. Mejor pensemos en otra cosa.
—No se necesita tanto para alinear palabras bien pensadas en un cuaderno. Algo de oficio, de acuerdo, pero no careces de ello. ¿Qué pasó desde el último cuento que escribiste, el último poema? Bueno, hablando de poesía, estoy de acuerdo que, sin emoción, simplemente no nace, o por lo menos, no se hace poesía que me satisfaga. Pero, no vas a esperar a que se te muera un ser querido ¿verdad? o que seas la presa de un amor delirante para dar a luz una obra poética.
—De cualquier manera, no sería más feliz si me dieran el premio Nobel; ¿quieres que te nombre los grandes premiados que se han suicidado? Por lo pronto, dos me saltan a la memoria: Hemingway y Kawabata; pero, no te preocupes, el hara-kiri no es para mí.
—Lo que pasa, es que en realidad, demasiadas cosas te solicitan: “Hoy, la puesta de sol se anuncia maravillosa —dices— y voy a ir a su encuentro” o “Mañana viene a comer fulano de tal” y es el pretexto para salir al jardín o refugiarte en la cocina y evadir el momento de trazar la primera palabra. Y así los siete días de la semana. Entonces...no eres escritora.
—Y ¿quién dijo que era escritora? Cuando se trata de llenar las formas de aduana al final de un viaje, o las burocráticas de cualquier administración, jamás de los jamases escribo “escritora” en el espacio reservado a la profesión; respeto las leyes de la ética y no me gusta adornarme con las plumas del pavo real.
—Entonces, qué tanto discutes, llevas media hora dándole vuelta al asunto, y lo acabas de decir, no eres escritora. ¿Cuál es el problema? Deja la pluma y no sigamos más.

—Es que...no entiendes..., me gusta la escritura, jugar con las palabras, aunque mis ideas deshilachadas vayan a la deriva. En la punta de mi lápiz tengo tintes para pintar el cielo tal como lo haría un pintor con su pincel; a mí también me sucede dar colores a las vocales, recordar los tiempos felices de mi infancia en un cuaderno, o los menos faustos de la adolescencia. Es como una comezón; el hecho de que no me salga no significa que no lo pueda hacer. Está bien, vamos a desbloquear esta creatividad atorada; ahorita mismo me siento y escribo que no puedo escribir, NO PUEDO ESCRIBIR, NO PUE-DO ES-CRI-BIR. NO, mejor voy por el crucigrama que no terminé ayer.

 

 

Ciclo Literario.

El URL de este documento es http://www.cicloliterario.com/ciclo63agosto2007/escritura.html