El Evangelio según Jesucristo

Jorge Trejo


La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre” escuchó Jesús de uno de los sacerdotes del templo. José, su padre terrestre, no dio aviso a los habitantes de Belén sobre las intenciones infanticidas de Herodes. Huyó del poblado, refugiándose en una cueva con María y Jesús recién nacido, mientras veinticinco niños eran asesinados. José pudo evitarlo. Sería la culpa su cruz que tendría que cargar hasta ser efectivamente crucificado, al ser confundido como un integrante de un grupo de rebeldes subversivos.
 Jesús tendría el mismo destino. Sostener el peso de su cruz de culpabilidad, soportar el error del padre e intentar expiarlo sin conseguirlo; llevar a cuestas esa vida que obtuvo a cambio de la muerte de niños y sufrimiento de madres, hasta cumplir su destino histórico en el Gólgota.
José Saramago vive desde hace 15 años en la isla española de Lanzarote. En 1991, publicó El Evangelio Según Jesucristo, que, en palabras del entonces Secretario de Estado Adjunto de Cultura de Portugal, Sousa Lara, era un libro blasfemo; y decidió vetarlo de la lista de novelas portuguesas candidatas al Premio Europeo Literario. Saramago, en vista de la censura sufrida en su país, abandonó Lisboa asentándose en aquella isla integrante de Las Canarias.  
Su libro provocó que muchas voces conservadoras se alzaran y le recriminaran su libre interpretación de los Evangelios. Al autor pareció importarle poco. Y al contrario, cada reproche que recibía, parecía darle la razón sobre la intolerancia humana, tema tan tratado en sus novelas, tan nuestro de cada día.
El Evangelio Según Jesucristo tuvo el problema de ser tomado literalmente por las mentes cuya fe es frágil. No soportaban leer retratado a un Jesús más humano que divino. Y creo que en ello radica la importancia de la obra.
Jesús nace como todos nosotros; no es la ayuda divina quien logra la concepción, sino una madrugada de sexo entre José y María lo que logra el milagro. Ella da a luz en las afueras de Belén en una cueva, y el padre da luz a la culpa. Así que junto con Jesús nació la cruz que llevaría hasta sus 33 años, cuando muere. La llevaría en su infancia al cuidado de su madre, al ser el mayor de sus hermanos; la llevaría cuando ve a su padre crucificado por un error humano o un castigo divino, como quiera verse; al entrar en la pubertad y derrotar en una discusión ideológico-filosófica a los sacerdotes del templo; al tener por mentor en su juventud al Diablo; al conocer a María Magdalena y hacerse su pareja; al reclutar 12 seguidores; al escuchar de Dios y de Lucifer, que decidieron de mutuo acuerdo mandarlo a la tierra como no más que un instrumento para crear la mayor religión del futuro, pero que para ello tendría que predicar, compartir enseñanzas y morir.
La imagen choca completamente con nuestras ideas preconcebidas de Jesús; pero no es difícil entender a este hombre con tintes divinos. Nos lo imaginamos con dudas, con miedos, recriminando a Dios su lugar y función en la historia de la humanidad. ¿Por qué se ha puesto sobre los hombros de una sola persona la carga de todos los pecados cometidos? ¿Por qué Él tiene que llevar todo ese peso, el de Dios y Lucifer, el de la humanidad, el de su padre, el de Él mismo?
La idea e importancia de la obra radica en transmitirnos que lo trascendental no es si Jesús era un hombre común o el Hijo de Dios, aquí lo importante es reconocer su mensaje: amarse los unos a los otros como Él nos ha amado. Si cumpliéramos cabalmente en todos los ámbitos de nuestra vida esto, ¿no viviríamos en una mejor sociedad?
La novela nos da la idea de un Jesús utilizado e incomprendido, y el autor implícitamente lo traslada a nuestros días, por Iglesias que lo usan como foco de poder olvidando y tergiversando sus palabras a conveniencia suya, alejándose cada vez más de sus mensajes y enseñanzas.

La Iglesia Católica portuguesa se quedó con las ganas de excomulgarlo; lástima, Saramago es un ateo declarado.

 

 

Ciclo Literario.

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