Tea for two

Alejandra Junco


Con los ojos cerrados y la nariz sólo un poquitito hacia adelante sobre la taza, huele su café de la mañana. Es el primero del día, el más importante. Permanece unos segundos junto al quicio de la ventana sintiendo el calor del sol mientras sostiene la taza de porcelana con flores rosas y amarillas que, de niña, había codiciado junto con la vajilla entera de la abuela Digna. No puede ni armar un juego de té, pero las cuatro tazas que tiene están destinadas al café matinal y nada más que a eso. La ceremonia repetida con la misma precisión, idénticos movimientos y exactos ingredientes cada mañana le da una sensación de predictibilidad reconfortante que le ayuda a empezar el día.

Fotografía
Man Ray / 1937

Cuando despierta está siempre boca arriba, cubriéndose la cara con el brazo derecho doblado sobre los ojos y el dorso de la mano rozándole la oreja y el pelo del lado izquierdo. Al retirar el brazo, espera unos segundos. En los peores días, unos minutos. A veces sus ojos enrojecen, a veces producen lágrimas que alcanzan a correr por su rostro, pero a las que nunca permite mojar sus sábanas de lino blanquísimo. Una vez secadas las lágrimas, gira la cabeza hacia la izquierda, vuelve luego a mirar el techo y empieza a levantarse. Empieza, porque es una de las actividades diarias que más trabajo le cuesta y no es por el sobrepeso. No, con la última dieta había perdido trece kilos, de los cuales ha recuperado cuatro. No tiene una obesidad mórbida. Es un sobrepeso emocional paralizante. Tiempo atrás lo supo: come porque el alimento es el cariño que necesita.
Ahora abre los ojos sintiéndose fortalecida por el aroma de su mezcla favorita, Sumatra descafeinado. Ya puede mirar el bulto bajo las sábanas conteniendo las lágrimas. Es más fácil, desde donde está, admirar el embozo de treinta centímetros de tira bordada suiza que tiñó con té. La combinación de blanco con beige es su preferida. Aunque no está muy contenta con las iniciales bordadas. No, no son del tamaño adecuado. Las próximas serán más grandes.
Sorbe el café y mira una última vez el bulto bajo las sábanas. Deja el plato con la taza y adelanta el cuerpo para dirigirse hacia la cama pero se detiene sin brusquedad. Vuelve a tomar la taza y dice, unos minutos más, mientras pongo la mesa.
En la cocina, retira la maceta de violetas africanas rosas de la mesita alta para dos junto a la ventana para colocar dos manteles individuales, dos servilletas de algodón, dos tazones, dos cucharas soperas. A cada tazón le pone media taza del mismo cereal, media taza de leche descremada, cuatro arándanos secos y tres nueces de la India. Se sienta y mira los platos y cubiertos haciendo una revisión mental. El jugo, me falta el jugo. Se levanta para abrir el refrigerador y retira la jarra de cristal en la que cada semana vierte el contenido del cartón de jugo de durazno de importación que compra en el supermercado Gourmet.
De nuevo a la mesa, sentada en la silla que mira al parque de jacarandas que un nuevo centro comercial cambiará por locales, come su cereal mientras imagina entre cuál y cuál árbol estará la nueva sucursal de su tienda de tallas especiales para mujeres.
Es un éxito profesional mantener una tienda como la mía abierta durante catorce años, piensa.
No hay utilidad, pero sale para mi sueldo y el de mi mamá. Con esta nueva tienda podré desplazar todo el inventario que tengo atorado. Sí, va a ser un éxito. Mi padre no lo entiende, pero un negocio puede producir más que ganancias. He estado ocupada, he tenido una razón
para levantarme todas las mañanas durante estos años. Se termina el cereal, coloca el plato sobre la mesa y toma el otro tazón. Ahora que si no me aceptan en París los nuevos plazos que quiero proponerles, no sé cómo voy a pagarles. No quiero tener que pedirle prestado a mi papá otra vez. Cómo se le ocurrió a mi hermana sugerirme que cerrara y le pidiera trabajo a mi papá, al gran hombre de negocios. Ese trabajo tendría otros costos. El primero, dos terapias a la semana en vez de una para poder sobrellevarlo.
Terminado el segundo plato de cereal se toca el vientre y mueve la cabeza. No, no, hace tiempo que no he ni pensado en devolver. Se lo prometí a la terapeuta. Y ya no tengo ni laxantes en la casa. Estoy bien, estoy bien, voy mejor. No lo siento así pero me lo tengo que repetir.
De regreso en su recámara, se lava la cara con un cepillo especial y se pone las cremas suizas que usa para desmanchar el rostro. A pesar de sus cuarenta y pocos no tiene arrugas. Es la envidia de sus amigas. Ella lo sabe pero no es un motivo de orgullo cuando se mira al espejo. Entra a su vestidor para pensar en el atuendo del día. Ese sí es lugar que le produce satisfacción. Ahí está su colección de bolsas y un ejemplar en su talla de la mejor ropa de su tienda. Hoy se prueba tres combinaciones diferentes y sale a pararse de frente y de espaldas junto a la cama. ¿Qué te parece? ¿No, verdad? Espera a ver la falda con el twin set que me acaba de llegar. Tocan a la puerta. Es la mujer que le hace la limpieza y le pica platos y platos de jícama, pepino y zanahoria. Lo que debe de comer. Espere, Prude. En un momentito salgo. Termina de vestirse y saca del último cajón de su closet, de debajo de su creciente colección de camisones sin estrenar, una peluca negra y unas tijeras. Se acerca a la cama, retira las sábanas y regresa la almohada a su lugar. Toma las tijeras y corta unos mechones de la peluca. Sólo unos pocos, muy pocos, y cortos. No me gustan los hombres de pelo largo. ¿Qué es eso? Eso no es de hombres. Los esparce sobre la almohada.
Ya puede pasar doña Prude, ya estoy lista.

 

Ciclo Literario.

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