Lía

Pergentino José Ruiz


No la conocía, aun así fui capaz de responderle. La calle parecía rieles de tren por los charcos que formó el aguacero de aquella tarde. Tal vez fui  torpe al salir a buscarla en la entrada del mercado de Las tunas.  Me sentía agobiado por una soledad pesada, como si lo único que importara en ese momento fuera verla, no importaba cómo. Esa noche teníamos una cena con los abuelos y una amiga, que había llegado de la frontera, trataba de cautivar mi atención con su mirada; cuando salimos a la terraza dijo: esta luna es de nosotros. Mientras tanto tomaba mis manos, las colocaba entre sus pechos tibios y sugería con una mirada de niña traviesa: si quieres, podemos ir a otra parte. En ese momento recibí la llamada: ¿Quién?, Lía, sí, Lía, necesito verte.  No pedí más detalles, salí a la calle con  ganas de verla aunque estuviera nevando. Mi amiga me pidió que no  fuera, que me quedara unos segundos más con ella, ofreció llevarme en su auto y, ante mi renuencia, pidió un impermeable amarillo, me dio un beso y abrazo de madre. Salí a la calle, estaba lloviendo espeso. Desde el primer callejón entré en un sitio habitado de helechos enormes que proyectaban unas sombras terribles. Los surcaba un camino de adoquines en forma de círculo. Pasaron unos instantes y la desesperación apretujaba ya mis intestinos. Pensé en mi amiga, su largo viaje de dos días sentada en la terraza viendo llover tras los ventanales con la luz apagada, y mi madre diciéndole: Sabino, luego vuelve; siempre ha sido distraído. Empecé a escuchar de vuelta la voz susurrante de la llamada: Lía, sí, Lía, necesito verte.

Fotografía
Guido Argentini / 1997

II

Señora, oiga, mire, fui a la esquina que me dijo, tras ese callejón no hay más que hileras de helechos, unos con espinas y otros tan enormes como una palmera. Entonces siga caminando, me respondió la mujer cubierta con un rebozo negro y un delantal blanco salpicado de sangre. Ah, quiere que siga, es decir, hay unas villas de tren por acá. ¿Y a la vuelta está el mercado Las tunas?, sí. Necesito encontrar ese mercado. Gracias, señora. Veo luciérnagas en su rostro. Ah, ¿no son luciérnagas? La señora tapaba su rostro entre sus manos. ¿Qué son entonces? Son unos gorgojos que limpian el ojo. Mi abuela me contaba algo de eso. ¿Son de un color rojizo como de sol en el alba, verdad? Entonces, tengo que cruzar la villa. ¿Y a quién buscas, por cierto?, tu voz es parecida a la del señor  Lucio, un viejo músico que trabajó por aquí hace muchos años. ¡No!, ese señor fue el maestro de música de mi abuelo. Bueno, que tengas suerte, este frío me está carcomiendo los huesos.

     Continué el trayecto. Tras pasar esa gruesa franja de helechos vi casas desperdigadas sobre el cerro, la mayoría eran de madera. Otra señora con un sombrero con forro de plástico en la cabeza me dijo, ¿usted por acá?, ya lo había visto por la entrada de la villa, más bien mi nieta lo vio: Úrsula, Úrsula, sal hija, mira, aquí está el señor. Entre sombras, tras la puerta de varas salió una niña descalza con dos chongos en la cabeza a decirme: Buscas a Lía, ¿o no? Quedé asombrado por la precisión de la pregunta, antes de decir algo la niña siguió hablando: Ella trabajó por estos rumbos hace unos meses, íbamos a juntar guayabas en el campo. Las vendíamos en el puesto de Blanca, pero el cielo se puso caprichoso y nos mandó una lluvia terrible hoy, que es el último día del mes de marzo. ¿Usted no habla?  Hay un mercado acá cerca, ¿o no? Sí, había uno, pero  cuando colocaron  los rieles del tren lo destruyeron. Ahora las verduleras, los carniceros, se colocan tras la sombra de esos higos. Tras esa sombra cabemos. Yo subo a vender jícamas con sal de gusanos. ¿Gusta pasar?, mi hija estaría encantada de seguir platicando con usted, dijo la señora mientras ladeaba su sombrero para escurrirle el agua. ¿O me acompaña?, voy a la villa del tren a traer mi esposo. ¿Hoy es la fiesta que organizó su abuelo?, se supo hasta esta colonia, ha de ser una princesa la que dicen que llegó de la frontera. Instantes después, cuando llegamos a la vía, la señora se fue haciendo camino entre los helechos que parecían alambres afilados por sus espinas. Es el camino más corto para llegar a la vía, fue diciendo. El cielo seguía caprichoso esa noche. Unas luciérnagas apenas titilaban desconcertadas entre el agua rasante. Poco a poco, la señora fue  acelerando sus pasos hasta desaparecer en ese atajo de adoquines. Por primera vez temí no encontrar a Lía, me la imaginé impaciente, esperando en algún lugar del mercado de Las tunas. Recordé lo que me dijo la niña, entonces traté de orientarme en dirección hacia donde estaba el higo. Un vuelo de murciélagos cortó mi  respiración. Salí en un terreno baldío con un enorme muro al fondo, la luz de la luna en esa noche lluviosa parecía calmar un tanto mi desasosiego.

Fotografía
Guido Argentini / 1997

            Vi que unas sombras se movían hasta el fondo del muro, me acerqué discretamente, eran unos niños tiritando de frío y abrazados, tratando de cubrirse con un costal de plástico. Intenté  despertarlos. Sus cabellos estaban mojados; sentados sobre el charco de agua, parecían de la misma edad. Vestían camisa de tela y pantalones de mezclilla. Al niño que tenía el cabello largo se le comenzó a agitar la respiración, estiró el cuello, movió la cabeza hasta soltarse del otro niño y, recostando la espalda sobre el piso lodoso, comenzó a decir: Lía, Lía, Lía. Terminó por despertar en mis brazos mientras el niño más pequeño observaba desconfiado. A esa hora empezó el ruido seco de una granizada pertinaz y atrás del muro se escuchó un ruido certero de tren. El niño de cabello largo dijo: mi mamá nos espera. ¿Se llama Lía?, pregunté.  Sí, respondió precipitadamente el más pequeño, y empezaron a correr hasta colarse en un hueco en el fondo de la barda. Con dificultad los seguí. Fue espantoso ver ese armatoste estacionado precisamente allí.  Vi cómo los niños seguían corriendo; sin darme cuenta subí en uno de los vagones, de pronto la gente, en su mayoría hombres vestidos de blanco, me miraron. Uno de ellos me hizo una seña para que me acercara, y dijo: ¿Qué hace usted por estos rumbos? Busco a Lía, respondí con una tibieza en los labios. Me encendió un cigarro, me pidió que me sentara. Dije que no y pregunté por los niños. El tren hizo un movimiento ligero y comenzó su marcha. Sin mediar más palabras con el señor que me ofreció el cigarro, me pasé a otro vagón porque vi una puerta grande de madera  entreabierta. Adentro emergían luces de veladoras y entre rezos fúnebres una voz de mujer cantaba unas alabanzas en latín. Había velas rojas colocadas alrededor del ataúd. Allí estaba recargado el niño más pequeño, el de cabello corto, llorando. Sin que nadie se atreviera a consolarlo,  manchaba de lodo el ataúd. Me acerqué a preguntar  quién era la persona a la que estaban velando. Una señora con unos lentes de lupa, apretujando mi mano izquierda y colocándome un rosario, me dijo: rece, vamos en el misterio dos. Recé por instantes hasta que una desesperación me movió a seguir preguntando. Me fui a sentar al fondo de la habitación, allí se acercó una niñita de cabello rizado a preguntarme: ¿Conociste a Lía? No, respondí con desenfado. A esa hora resultaba bochornoso para mí hablar de la llamada. Era mi tía, dijo la niña cubriendo sus ojos de un llanto tierno, mientras me mostraba una foto en la que aparecía una muchacha delgada con vestido, sandalias rosas y sombrero de paja, sentada sobre unas gruesas raíces bajo la sombra de un higo en un día soleado.
     De pronto hubo movimiento en los pasillos de ese vagón y un cortejo de mujeres comenzó a mover el ataúd. En los ojos de la niña fui viendo cómo resbalaban las lágrimas. Aun así logró decirme entre sollozos: hemos llegado a La ciénega. Otros  cánticos inundaron el lugar mientras unas campanadas se escuchaban a lo lejos. Estallaron cohetes en el cielo hasta que las pocas personas fuimos bajando del vagón. No habíamos llegado a un pueblo sino estábamos cerca de un cementerio. Había una estrecha calle empedrada cubierta de pétalos blancos de flores de margaritas.

Era cercano al amanecer, a esa hora comencé a caminar de vuelta a casa. Llegué al mediodía, sediento, con esa imagen de la muchacha delgada sentada sobre las raíces. No se lo comenté a nadie, ni tampoco me interesó saber que mi amiga ya se había marchado, molesta. Simplemente recordaba la voz de Lía. Y la fui soñando de vez en cuando, hasta que después de una pesadilla, una madrugada lluviosa de finales de mayo, ya nunca más volví a soñar con ella, a pesar de mis intentos. Esa última vez se quitaba sus sandalias rosas, las  mismas de la foto. Corría un tramo cerca de una laguna, y se hundía con mucha calma entre las aguas con una certeza absoluta, como si se tratara de un sacrificio, sin ningún atisbo de miedo, para ya no salir jamás. Durante buen rato lo único que observo son las sandalias puestas en la orilla, hasta que un graznido de garzas termina por despertarme. Fue cruel creer durante esos días en sueños sórdidos, como si el amor germinara nada más por esos senderos. Sigo escuchando aquella voz que aún no ha muerto, que sigue dispersa en el aire que respiro: Lía, sí, Lía,  necesito verte.                           

 

 

Ciclo Literario.

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