La sórdida belleza de Frances Turner.

Jutta Rütz K.


Al tomar conciencia de sí mismo, el hombre reconoce la dualidad de su existencia, que incluye distinguir entre el bien y el mal, la verdad y la mentira y que parecen ser conceptos de valoración inherentes al ser humano. Probable­mente, nuestra noción de belleza y fealdad entra en estos parámetros, porque respondemos hacia ellos de una manera espontánea, instintiva. Ahora bien, a través de la comprensión empezamos a diferenciar los opuestos según las normas de la sociedad que nos rodean, por lo cual, existen entendimientos y juicios infinitos de lo bello y lo feo. No obstante, hay un denominador común: La belleza se asocia con el bien y la verdad, la fealdad con el mal y la mentira. Las pinturas y dibujos de Frances Turner cuestionan esta disyuntiva polar porque los concep­tos se entrecruzan: cuando el hombre disimula su fealdad interna bajo la faz de una belleza externa, o bien al descubrirse bajo una supuesta fealdad ex­terna la belleza del interior. Los contrastes del pen­samiento como blanco y negro se diversifican en inconmesurables gamas de gris. Al girar en torno de los extremos, Frances Turner motiva un replan­teamiento de lo estético en su obra. Con base en su análisis pictórico respecto de las consideraciones establecidas de la belleza, la artista alcanza una re­definición y revalidación de lo sublime sin prejuicio moral.

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Frances Turner aborda dos identidades en su obra: el yo biográfico y el alter ego artístico. Desde que la artista comenzó sus estudios de actuación en la Real Academia de Artes Dramáticas de Londres en 1983, espejearse se convirtió en una forma inherente a su personalidad. Al dedicarse a la pintura ocho años después, transformó esa actitud en un hábito debido a la necesidad de trabajar con modelo.

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Muestra el cuerpo humano de manera defectuosa e “inválida” y representa un realismo cruel de la tortura interna y externa del individuo; aquel dolor y sufrimiento que padece el ser física o metafísica­mente mutilado.

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La referencia al teatro se manifiesta en la obra de Frances Turner también en la relación que llevan los personajes entre ellos. Casi no existen contactos visuales.
Por lo general, los personajes sino engendran monólogos a los personajes del obra de dramaturgos como Stoppard. Frances Turner aislamiento —característico.

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personajes no establecen diálogos, monólogos paralelos parecidos teatro del absurdo en la como Samuel Beckett y Tom Turner asimila el concepto del característico del ser contemporáneo de finales del siglo XX— en el lenguaje pictóri-co, tanto al presentar como número máximo tres personas en una imagen, como al evitar que ellas se toquen. Parece que la autora quisiera proteger la vulnerabilidad personal que acompaña la intimidad de las relaciones humanas.

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En muy pocas ocasiones se manifiesta contacto físico, por ejemplo, cuando la creadora quiere ex-presar la necesidad de confianza en el otro, como en los cuadros que se refieren a personajes familiares cercanos: la hermana (Niños sabios) .

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La oposición entre calidez y agresión que trans-curre en varias pinturas de Frances Turner, hace que la artista establezca un enlace inmediato con Méxi-co —debido a sus contrastes— durante sus dos es-tancias en la megalópolis en los años 1999 y 2000. Ella se impresiona con la riqueza cultural del país: el mundo prehispánico y el arte virreinal; el colo-rido del arte popular y el muralismo de la Escuela Mexicana; pero ante todo encuentra su alma gemela en Frida Kahlo, cuya obra había conocido en Ingla-terra, antes de su primer viaje a México. Con ella, Frances Turner comparte el valor emotivo de la pin-tura y el impacto que causa en ella el sufrimiento, el dolor que arde y congela a la vez.

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En su búsqueda por una redefinición de lo es-tético en la plástica contemporánea, Frances Tur-ner absorbe no solamente su herencia religiosa y filosófica, sino también los modelos de la pintura occidental.

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Frances Turner se distingue en su oficio por un ortodoxo manejo de la pintura al óleo sobre madera en la tradición de los artistas renacentistas como Jan van Eyck y Jerónimo el Bosco; empero, sus dibujos se caracterizan cada vez más por un trazo suelto y una mayor libertad tanto en la expresión como en el empleo de la superficie.

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En la obra de Frances Turner se revela la inquie-tud artística de una joven generación de creadores que aplica el oficio tradicional de la pintura figura-tiva para expresar en ella sus convicciones, las que trascienden el narcisismo artístico en favor de un cuestionamiento filosófico, estético y moral.

 

 

 

Ciclo Literario.

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