La escritura como tumor del alma y la internet,
nueva metafísica de la conciencia.

Lorenzo León Diez


Los logócratas
George Steiner
Fondo de Cultura Económica-Siruela
2007

Cuando en el París de 1934 el niño George Steiner, de cinco años de edad, fue sacado de su escuela urgentemente por su niñera y su gobernanta, para llevarlo corriendo a su casa debido a los grupos antisemitas que desfilaban cerca de su colegio escandalosamente, al entrar, su madre lo escondió en una recámara y ordenó que bajaran las cortinas. Los manifestantes gritaban: ¡Muerte a los judíos! Sin embargo, llegó su padre y gritó: ¡Sube las persianas! Y tomando al niño de la mano lo puso a mirar y le dijo: “No debes tener miedo nunca: lo que ves se llama historia”. El diría después: Esta frase sin duda, marcó el curso de mi vida.

Fotografía
Marc Riboud / 1954

Fue el principio de un pensador que hoy por hoy ocupa la atención editorial y académica de todo occidente, alguien que sabe que el gran pensamiento florece bajo presión. Pensar es una empresa solitaria, cancerosa, autista, loca; ser capaz de concentrarse profundamente, de ir al fondo de uno mismo. Son muy raros los que saben pensar; el pensamiento realmente concentrado es, probablemente, lo más difícil que hay, y se beneficia enormemente de la presión.

Y una de estas presiones es definir o crear la epistemología del momento que estamos viviendo y del cual se ocupan los pensadores serios en el planeta: la transformación tecnológica de las herramientas del conocimiento. Steiner se pregunta  ¿Van a sobrevivir los libros (el original, el libro  difícil, el de una naturaleza más ardua) en este supermercado de valores culturales con su falta de espacio, su bombo publicitario y sus hábiles técnicas de mercadotecnia? ¿Van a sobrevivir los libros a la transformación del disco, del CD-rom, del nuevo mundo de acceso real al texto? Me imagino que los manuales, los libros sobre deportes o la actualidad se mantendrán sin daño. Las guías de los museos irán mejor que nunca. No estoy seguro que un Proust, un Musil, un Broch, un Faulkner tengan aunque sólo sea la sombra de una oportunidad. Esto me inquieta. ¡La abolición del tiempo necesario! ¿Por qué demonios ni usted, ni yo, ni nadie tenemos tiempo ya para nada, a pesar del teléfono, el fax y el correo electrónico?

He allí preguntas pertinentes, fundamentales, que requieren pensarse. Aunque reconoce que todos sus adversarios y sus críticos dicen que soy un generalista demasiado superficial en una época en la que eso ya no se hace, en la que no hay más conocimiento responsable que el especializado. Sin embargo, Steiner cree que un libro que merezca vivir es el acto de una voz, el acto de una pasión, de una persona. Decía Walter Benjamín que un libro puede esperar mil años a que lo descubra un buen lector. Los libros no tienen prisa. Un acto de creación no tiene prisa; nos lee, nos privilegia infinitamente.

El escritor de origen austriaco (1929) piensa que los mejores actos de lectura son actos de inconclusión, actos de intuición fragmentaria, de lo que rechaza la paráfrasis, la metafrase; que acaban diciendo: “Lo más interesante, de todo esto, no he sido capaz ni de rozarlo”, pero lejos de ser una derrota humillante o una forma de misticismo, esta incapacidad se convierte en una especie de gozosa invitación a releer.

Y cuando el entrevistador Ronald A. Sharp, le pregunta sobre el acto de escribir, Steiner exclama: Yo creo que una página que canta, que vive en nosotros, es un acto de autismo extravagante. Es una locura hacerla. Es una locura imaginar que uno pueda tener algo nuevo que decir. Después de Proust, Joyce, Kafka y Faulkner, ¿cómo puede uno sentarse a escribir una novela? Nunca lo he entendido del todo. Respuesta: es preciso. Y este “es preciso” es un cáncer privado, un tumor del alma.

Steiner ha publicado más 150 artículos en New Yorker, más de 250 en revistas como el Times Literary Supplement. En 35 años no ha firmado una reseña verdaderamente negativa. Se ha esforzado por elogiar, alegrar y decir a la gente: “¡Lean este libro!”. Y para ilustrar cuál es la labor de los reseñistas de libros, los comentaristas, los glosadores, el gozoso Steiner cuenta que, cuando estuvo en África, en una reserva, vi esos preciosos pajaritos amarillos que se posan en el rinoceronte y gorjean como locos para advertir que se acerca el rinoceronte. Pues bien, un buen profesor, un buen crítico, declara: “He aquí lo que importa. ¡Y he aquí por qué! Leed esto, os lo ruego, leedlo. Id a comprarlo. Conseguirlo”.

Nada más claro para definir una labor que, efectivamente, está unida a la actividad editorial. Sin embargo estamos viviendo un exceso de mercadotecnia, las instituciones culturales han creado agencias de relaciones públicas, y prolifera la publicidad, más que la crítica; la difusión y el diseño, más que el texto razonado, bien escrito, con esa ética que postula Steiner. Porque un crítico, dice, lo que trata de expresar es su alegría por ser el pájaro que pía posado en el rinoceronte.

Y cuando habla de los errores que puede cometer un crítico, las equivocaciones en las que frecuentemente caemos,  dice ¡Hurra! Lo que me interesa son los errores dictados por la pasión, los errores que se cometen arriesgándose. ¡Dios mío, los esfuerzos que se hacen para no equivocarse! ¡La preocupación que tienen los universitarios contemporáneos por justificarse! Llevo cuarenta años preguntando a mis alumnos qué obras coleccionan, qué autores vivos les gustan hasta el punto de querer hasta sus libros más flojos. Si contestan que ninguno, ya sé que no irán a ninguna parte en mi oficio, en mi artesanía.

La oralidad de Steiner es espectacular, por eso sus entrevistas brillan particularmente y enaltecen la vibración del género, él mismo es un impulsor del diálogo, de los textos abiertos, pues es en la interacción como se logran frases como ésta: ¿Vale la pena vivir con uno mismo? De una manera que soy incapaz de formular, uno se encuentra solo hasta en lo más hondo del amor y de la sexualidad. Como en la muerte. Las sociedades de consumo y las utopías igualitarias han intentado hacérnoslo olvidar. Por mi parte, siempre me ha parecido evidente. La muerte, así lo siento, será una cosa interesante. Me temo que no es un interés que se pueda compartir.

Encontramos en sus palabras un humor socarrón, luminoso, quizá muy judío y, a tiempo, extremadamente serio.

Una teoría de la lectura y la epistemología de la realidad virtual 

El lenguaje, la escritura, la lectura, el libro, la palabra oral ha sido una preocupación constante de George Steiner. En esta compilación de ensayos, entrevistas y prosa de ficción, el pensador está preocupado por plantear los problemas epistemológicos, inmensamente difíciles, que presenta el nuevo mundo de la realidad virtual, pues los mundos del ciberespacio y de la realidad virtual se saturarán de programas gráficos y revistidos de una pseudoautoridad hacia otros seres humanos, hacia nosotros mismos.

Fotografía
Candida Hofer /2004

Sin contar que nuestros quioscos de prensa, nuestros centros comerciales de sofá y hardcore, la inundación de la internet y de la red de una pornografía de un sadismo casi inimaginable lanzan desafíos fundamentales a la total libertad de expresión y comunicación.

Como Ivan Illich en sus últimos años, Steiner se ocupa intensamente de la revolución electromagnética que estamos viviendo, La puesta a punto por Gutenberg del tipo movible fue una extensión del manuscrito, una aceleración y una manipulación, ahora lo que sucede es una mutación de un orden incomparablemente más revolucionario. Apenas estamos empezando a comprender las nuevas formas del sentido, de la comunicación, del almacenamiento de datos. La internet, la red, son técnicas que implican una nueva metafísica de la conciencia tanto individual como social. Es una biblioteca ilimitada, una galería de cuadros, un tablón de anuncios y una base de datos a escala planetaria y dentro de poco de acceso planetario.

Definir la red es hoy tarea del más alto pensamiento, pues es enteramente interactiva, permitiendo la formación constante de comunidades en rápida evolución: comunidades de intercambio y de diálogo, pero también de trabajo en colaboración y en concertación. La página web es dinámica, “en acción”, como ninguna textualidad anterior podría ser.

La relación del libro y la pantalla; del texto y de la imagen es uno de los temas más apasionantes que nos ocupa a los periodistas, escritores y empresarios de medios de comunicación hoy en día. Por ello las aportaciones de Steiner son imprescindibles en la polémica que desatan los acontecimientos tecnológicos, y que no es, tal vez, muy diferente a la que suscitó, en su momento, la imprenta de tipos móviles cuando la sociedad estaba habituada al libro, concebido entonces como una empeñosa manualidad y, también, como el arte más estricto.

La revolución electromagnética y digital impone una revolución en la lectura, en la escritura, en las técnicas de aprendizaje, en la difusión del conocer. Opina Steiner que desde luego el libro, tal como hoy lo conocemos, se seguirá publicando, igual que se siguieron haciendo manuscritos cuatrocientros años después de Gutenberg. Pero su dominio será cada vez más el de lo estético, el de lo literario. De ahora en adelante, sin embargo, está claro que la lectura llegará a ser un tráfico electrónico constante más que una actividad solitaria, y que la escritura –incluso la del novelista- será un intercambio abierto, en línea, entre el autor y el público.

Hijo privilegiado de la cultura libresca, pues nació en una casa repleta de libros, ante la revolución de la electrónica, el advenimiento planetario del tratamiento de textos, del cálculo electrónico, del interfaz y, en general, de las modalidades que la pantalla crea (la página web es dinámica, “en acción”, como ninguna textualidad anterior podría ser), Steiner formula reflexiones sobre el tipo de lectura que califica de clásica y por la que pugna vuelva a ser una pasión un poco especializada, enseñada y practicada en “casas de lectura”.

Este acto clásico de la lectura requiere de unas condiciones de silencio, de intimidad, de cultura literaria (alfabetismo) y de concentración. Leer, en el verdadero sentido del término, es tener acceso a los espacios de silencio. Sin duda, señala el pensador alemán, las artes de la concentración, han tenido siempre una importancia esencial en la vida del libro.

Steiner destaca propiedades en las que no nos habíamos detenido, considerándolas casi naturaleza, como la intimidad, la soledad que permite un encuentro en profundidad entre el texto y su recepción, entre la letra y el espíritu, algo que es hoy una singularidad excéntrica, que resulta psicológica y socialmente sospechosa. Ahora el silencio se ha convertido en un lujo. Sólo los más privilegiados pueden escapar a la intrusión del pandemónium técnico, se ha convertido en un bien cada vez más costoso. La tiranía de las sintonías de los teléfonos móviles está poniendo fin a toda velocidad a esta tradición arcaica.

Es notable que el tiempo se ha acelerado de una manera fantástica. Lo que hace pocos años era una respiración accesible, necesaria, un reposo común, se ha convertido en patrimonio especializado, casi técnico, del universitario, del investigador.

Estamos en una “vuelta de página”, como Ivan Illich distinguió en el siglo XIII, (Ver Ciclo 61) a propósito de Hugo De San Víctor. Un antes (la lectura bisbiseante) y un después (la lectura en silencio). Ahora esa lectura libresca está siendo desplazada por la escritura electrónica y la inteligencia simultánea que propone la pantalla y su juego infinito de “ventanas”. Dice Steiner que el formato del libro en sí, la estructura del copyright, de la edición tradicional, de la distribución en librerías están en plena transmutación, hasta en plena revolución. A partir de ahora los autores pueden atender a sus lectores directamente por la internet y pedirles que entren en comunicación directa con ellos. Cada vez se leen más libros on line, en la pantalla de la computadora, o se consultan en la red.

La generación de Steiner puede dimensionar con prontitud lo que está sucediendo, no olvidemos que son los últimos homo legens herederos de una tradición de casi 500 años, vidas privilegiadas, interculturales, políglotas, de la estirpe de los pensadores y “sus lecturas monstruosas”, como los sir Thomas Browne, los Montaigne o los Gibbon,  que están un poco contrariados pero más fascinados ante el reciente fenómeno: la internet es enteramente interactiva, permitiendo la formación constante de comunidades en rápida evolución: comunidades de intercambio y de diálogo, pero también de trabajo en colaboración y en concentración.

Son autores que ven con cierto desconsuelo, la partida del texto puro (la verdadera “patria”) y la entrada a escena del nuevo rey: la imagen, en sus formas variables y reproducibles hasta el infinito, es la que dominará la conciencia futura. Desde ahora la lengua, sobre todo la que leen los jóvenes, se reduce al acompañamiento de las imágenes.

Fotografía
Marc Riboud / 1954

Y es desde esta nueva realidad - la visión no alfabética-, como otro autor le llama (Rafaelle Simone) que Steiner reflexiona sobre el origen del lenguaje y la función de la memoria. La escritura –nos dice- es un archipiélago en medio de los inmensos océanos de la oralidad humana. Decenas de miles de años antes de la elaboración de formas escritas, la humanidad se contaba fábulas, transmitía doctrinas religiosas y mágicas, componía hechizos de amor o anatemas.

Este elogio de la oralidad es una constante en Steiner; el arte de la transmisión, el discipulado, son temas caros al autor (ver su libro Lecciones de los maestros). Por eso pide mayor prudencia ante las estadísticas de alfabetización. Una buena parte de la humanidad debe, como mucho, contentarse con textos rudimentarios. No lee libros, pero canta y danza.

Steiner sitúa, en esta perspectiva que desplaza al silencio, la textualidad pura y, con más, la oralidad como cultura del conocer, la tradición verbal, pues aspira a la verdad, a la honradez de la autocorrección (algo realmente fundador de la interactividad que ahora se exalta en la internet), a la democracia, por así decirlo, de la intuición compartida. El texto escrito, el libro, regularía la cuestión.

Y este paso de la oralidad a la escritura tendrá graves consecuencias, pues merma las capacidades de la memoria. Lo que está escrito y almacenado –los “bancos de datos”, la “memoria” de nuestras computadoras- no tiene que ser ya memorizado. Por lo contrario, una cultura oral se nutre de una rememorización renovada sin cesar; un texto o una cultura del libro autoriza todas las clases de olvido.

Comparte Steiner con sus iguales una lamentación, pues cuando lo escrito gana terreno y el libro está al alcance de la mano, dispuesto a ser consultado, los músculos de la memoria se atrofian, el gran arte de la memoria cae en desuso. De manera creciente, la educación moderna es nuestra amnesia institucionalizada. Aligera el espíritu del niño de toda referencia vivida. Sustituye lo aprendido de memoria por el caleidoscopio pasajero de lo efímero. El tiempo queda reducido a la instantaneidad, y ésta insinúa, hasta los sueños, una homogeneidad y una pereza predigeridas.

El crítico considera inútil detenerse a hablar del hundimiento de nuestra enseñanza secundaria, sobre su desprecio del aprendizaje clásico, de lo que se aprende de memoria. Una forma de amnesia planificada prevalece ya desde hace mucho tiempo en nuestras escuelas.

Sin embargo, piensa Steiner, está lejos de ser evidente que los usos de la pantalla vayan a dejar totalmente absoleta la lectura tradicional. Con el tiempo, el impacto se reforzará. Ya hay estudios que hacen pensar que los niños saciados de televisión e internet leen en el sentido tradicional sólo a regañadientes, aún cuando posean las competencias para ello. Cuando las artes de la memoria, la gimnasia de la concentración, los espacios de silencio disponibles se deterioran, el lugar de la lectura en la civilización occidental está condenado a cambiar.

¿Cómo? ¿Hacia dónde? Quizá no sea tan importante especular, sino más bien reconocer la inmensa riqueza del pasado, desde dónde hemos partido para estar en el lugar de hoy. Steiner nos quiere hacer reconocer el encuentro con el libro, como con el hombre o la mujer que va a cambiar nuestra vida, a menudo en un instante de reconocimiento del que no tenemos conciencia, puede ser puro azar. El texto que nos convertirá a una fe, nos adherirá a una ideología, dará a nuestra existencia una finalidad y un criterio podría esperarnos en la sección de libros de ocasión, de libros deteriorados o de saldos.

Y desde aquí, frente a la pantalla del computador, en navegaciones de internet, la pregunta de Steiner es majestuosa: ¿Cómo es posible que unas incisiones sobre una tablilla de arcilla, unos trazos de pluma o de lápiz, muchas veces apenas visibles en un trozo de frágil papel, constituyan una persona cuya sustancia, para innumerables lectores o espectadores, excede a la vida misma en su realidad, en su presencia fenoménica, en su longevidad encarnada y social?

¿Qué es un logócrata?, son los poetas y pensadores, los cuidadores del ser, los que están a cargo de las pulsaciones de luz del logos. Steiner lo es y sabe, pues es su oficio, que el lector serio trabaja con el autor. Comprender un texto, “ilustrarlo” en el marco de nuestra imaginación, es, en la medida de nuestros medios, re-crearlo. En una lectura bien hecha, el lector hace con él algo paradójico: un eco que refleja el texto, pero también que responde a él con sus propias percepciones, sus necesidades y desafíos. Nuestras intimidades con un libro son completamente dialécticas y recíprocas: leemos el libro, pero, quizá más profundamente, el libro nos lee a nosotros.

 

Ciclo Literario.

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