Atrocidades de un papa medieval

 Marie-Claire Figueroa


El sueño de Inocencio
Gerardo Laveaga
Planeta, 2006

Como muchos jóvenes, G. Lotario Conde di Segni, futuro Inocencio III, tenía grandes proyectos para el porvenir, pero en su madurez, los fue realizando por el camino equivocado. De no haber conocido parte de los hechos ¾que no hazañas como lo pretenden algunos¾ el libro de Laveaga nos hubiera dejado incrédulos. ¡Es del todo ilusorio pensar que nuestros tiempos son peores, aquellos eran atroces! El gran responsable de tantos desmanes en Europa y Medio Oriente en ese periodo de la Edad Media (fines del s. XI, principio del s. XII) fue este hombre maquiavélico quien urdía alianzas y no las respetaba (por lo demás sus adversarios tampoco); manipulaba a sus amigos de ayer, enemigos de hoy; nombraba arzobispo a quien le convenía y en los lugares que precisaba;  excomulgaba a su antojo a reyes, príncipes y a cuantos se le ponían en frente. Nada era demasiado excesivo para llenar las arcas de la Iglesia, apoderarse de tierras ajenas y, sobre todo,  reunir los diversos credos bajo uno solo, el del Cristianismo.

Fotografía
Clemens Kalischer / 1963

            Sin embargo, la juventud de Lotario había sido tan ingenua como la de la  mayoría de los estudiantes de la época: con sus maestros trataba de resolver las dudas sobre circunstancias y problemas no sólo de su entorno inmediato, sino también de Europa. En particular sobre las discrepancias entre el Imperio germano y el Papa, incontables y complejos temas que solamente su amor por la hereje Bruna solazaba. A pesar de ello, al conocer a Ortolana de Fiume, originaria de Asís, se encontró indeciso entre las dos mujeres; la última palabra la tendría la Iglesia. Pronto nombrado cardenal, supo imponerse a los 37 años como el nuevo ungido, a la muerte de Celestino III, colmando de esta manera las aspiraciones fomentadas desde hacía mucho por su madre y su amigo Ángelo.
            Se acaban entonces los titubeos y pocos dilemas alteraron la trayectoria de Inocencio. En esta segunda parte del libro de Laveaga, observamos las obsesiones del nuevo Papa por la misión que se había fijado: reunir a la cristiandad bajo una sola bandera, la suya. Provocó guerras incesantes entre los diversos estados de Europa, todavía divididos; para él ¾y cuántos más¾ las cruzadas tenían, oficialmente, un propósito sagrado: cercenar las cabezas impías de los judíos y de los musulmanes, enemigos de Cristo, y “rescatar” Jerusalén y otras tierras santas: En el mundo no caben dos religiones […] Si los musulmanes no están en lo correcto ¿cuál es nuestro papel aquí, Roberto […] Somos La Verdad o no la somos. No puede haber dos, tres o diez verdades…
            La persecución de los herejes y las hogueras en el Languedoc y otras regiones de Francia tenían la finalidad de enderezar el camino de los que inventaban nuevos cauces para practicar la religión. Por otro lado, Inocencio se arrogaba el derecho de casar a los reyes con las herederas susceptibles de servir a su causa, de allí la lucha contra Felipe Augusto de Francia para que volviera llamar a su lecho a Ingeborg de Dinamarca, repudiada por “fea” y sustituida por una bella amante que mandaría envenenar el mismo Inocencio.
            Tres años antes de su muerte, en 1213, el Papa convoca al IV Concilio de Letrán  en el que su ya inmenso poder y fuerza de persuasión impusieron una revisión corregida y aumentada del Credo, cuyas bases habían sido asentadas por el Concilio de Nicea en el año 325; en ese entonces, éste fue responsable también de haber borrado, de una vez por todas, la doctrina de la reencarnación que no convenía a la Iglesia. En el IV Concilio, Inocencio instituyó el carácter obligatorio de la confesión con el fin de enterarse y beneficiarse así de los asuntos importantes tramados a sus espaldas e instituyó el sacramento del matrimonio, indisoluble excepto por acuerdo suyo. Como se lo escribió Felipe de Francia: Si no fueras tan maligno, hasta se te podría adjudicar el motete de “el grande”’. Fue grande sin duda por su personalidad, su tesón, sus magnas intrigas, a pesar de que, en ocasiones, cavilaba con incertidumbre sobre la permanencia de su obra después de la muerte. Se antoja compararlo con el Papa Julio II, igualmente guerrero y político, igualmente instigador de un Concilio de Letrán (el V en 1512), pero Julio II se interesó mucho en las artes a diferencia de Inocencio.    

Fotografía
Marc Riboud / 1953

               Estas dos partes equilibran el libro de Laveaga, pero las escasas páginas del final podrían considerarse como una tercera: el anhelo súbito de Inocencio de revertir el proceso, no en los fines sino en los medios, cuando su encuentro decisivo con Il Poverello de Asís le quita de los ojos la venda que lo cegaba. De hecho, el cambio no fue tan súbito: desde algún tiempo le asaltaban premoniciones y relámpagos de incertidumbre:
                        No era fácil mostrar su mejor cara ante los cardenales, sostener que todo marchaba bien, a pedir de boca, mientras albergaba tantas dudas. ¿De veras podría unir las Iglesias de oriente y occidente al devastar Constantinopla? De veras lograría socavar la herejía provocando tantas muertes en el Languedoc? Si una cristiandad unida, imbatible, era deseable para todos ¿por qué, entonces, había tanta resistencia? “Qué cómodo sería que el demonio existiera”, resolvió, “Todo sería cuestión de culparlo, de atribuirle todo aquello que la figura de Dios no basta para explicar”. Predicaba la existencia de un solo Dios, pero, en la práctica, necesitaba dos: uno para justificar el bien y otro ¾el demonio¾ para justificar el mal. “Los cátaros no están del todo equivocados”, llegó a decirse. Luego recapacitó: lo cómodo, lo verdaderamente cómodo, sería que Dios existiera. “Sólo tendría que ponerme en sus manos. Dejárselo a él”. Pero el problema, lo sabía, era suyo. No del diablo ni de Dios.
            Al cerrar el libro, queda bien clara nuestra reacción ante este hombre tan singular: al principio lo queremos, luego lo odiamos, finalmente lo compadecemos.
            La novela de Gerardo Laveaga es una obra que nos enriquece como lectores. Pero a lo que a mí concierne, hubiera preferido un estilo menos apresurado; sin embargo, la urgencia de las “tareas” papales lo precisaba; un estilo menos compacto; a pesar de ello, escribir 400 páginas en prosa poética sobre hechos de fuego y sangre hubiera sido insostenible. No obstante, unos cuantos oasis de quietud y lirismo no hubieran sido por de más, a fin de cuentas, estamos ante una novela histórica, y no un manual de historia. Reconozcamos mejor el dinamismo de un libro que no abandonamos hasta el final, olvidándonos de los demás, sacrificados por unos días.
            El gran hallazgo de Laveaga fue el de entretejer la trama en varias ocasiones con cartas sin firma, pero reconocibles por los sucesos referidos así como por el tono: afectuoso, exhortador, sarcástico, insultante, etc., según los autores. Nos hace participar en su obra al obligarnos a descifrar los mensajes contenidos en estas epístolas que completan el relato, a la vez que nos ayuda a disipar nuestras dudas muy legítimas ante tantos laberintos de la mente humana y en esas empresas tan intricadas como torvas.
            Para concluir, me permitiré hacer unas críticas un poco inusitadas en este tipo de reseña: las primeras, a la editorial que dejó pasar alguna que otra falta de tipografía: p. 45, se debe leer de veraz en lugar de de veras (hay más de mito que de veraz en ese imperador); p. 101, se debe leer lisiados en lugar de liciados;  p. 111, acedía en vez de acedia; p.174, encargo en vez de ancargo; p. 180, Auxerre en vez de Auxeries; p. 181, Pierre de Corbeil en vez de Pierre de Corbeill;  p.210, devanar la madeja en vez de devanar la maneja. Admiramos la calidad del tipo y del papel utilizados y, sobre todo, el magnífico retrato de Inocencio, en la portada, pintado por un anónimo; aquel lienzo pertenece al Monasterio del Sagro Speco en Subiaco.

La segunda crítica va a nuestro entrañable autor: después de haber llevado años de investigación para entregarnos este fruto ¿por qué no habernos proporcionado aunque fuera un mínimo de bibliografía sobre el personaje y la época, puesto que su estudio sobre Inocencio III nos dejó con la inquietud de saber más todavía al respecto? Sin embargo, el libro contiene varios apéndices muy útiles, en particular una cronología, unas breves sinopsis de los personajes históricos y un par de mapas. Terminaré por un comentario acerca del título escogido por el autor para la portada del libro. Personalmente, hubiera preferido un subtítulo menos tajante inspirado, por ejemplo, en la reflexión más prudente y matizada del teólogo Hans Küng: tal vez el papa más brillante de todos los tiempos. Ojalá esta novela  sea leída por quienes, en la infancia, nos creímos todas las enseñanzas impartidas por los maestros y los manuales de antaño.          

 

 

Ciclo Literario.

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