Los retos del ensayo

Marie-Claire Figueroa


Escribir sobre los retos del ensayo es un verdadero reto aun para los ensayistas mismos.
 Más de una vez se ha planteado la pregunta siguiente: la de saber si se trata realmente de un género, por lo menos en el sentido tradicional del término, puesto que lo propio del ensayo es el de no acudir a ningún contenido específico, de no someterse a ninguna estructura previa y de admitir todos los tonos y estilos. Tal vez por esto Paul Valéry dio a su colección de ensayos el título de Variété. En nuestra época, veremos que este género cada vez se contamina más o es contaminado por otros. Antes que nada, el ensayo forma parte de una literatura reflexiva cuyo tema no se agota; su campo es inmenso, de la filosofía a la política, de la crítica a la moral, de la estética a la ideología…
        Desde la Antigüedad, encontramos ensayistas que no escribían siempre ensayos propiamente dichos sino, como Platón, usaban el diálogo, o como los satíricos romanos, se servían del poema; pienso en Horacio, Lucrecia, Juvenal y Marcial entre otros.

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Ana María McCarthy / 1996

Para no alargar esta historia, demos un salto hasta el siglo XVI en el que encontramos, en Francia, al “padre” del ensayo moderno, Michel de Montaigne. En sus Essais, canta una voz reflexiva, pura, sin mezcla de ninguna clase. Los temas principales que aborda son la amistad (recordemos los lazos que lo vinculaban a Etienne de la Boëtie), el papel de la educación, la importancia de la libertad, la búsqueda de la felicidad, etcétera. Pero, sin duda, su tema principal es él mismo; escribe: “Debemos quitar la máscara tanto de las cosas como de las personas”; por esto se pinta para desenmascararse, convencido de que el ser veraz alcanza la gran virtud. Apoya sus reflexiones sobre los filósofos de la Antigüedad con abundantes citas en latín, su lengua materna, que aprendió antes del francés. A pesar de mucho parloteo y discurso farragoso, puntualiza André Gide, encontramos en Montaigne un estilista admirable y un sabio sin par, cuyo lema era “¿Qué sé yo?”
        En Francia, el ensayo se apagó un tiempo después de Montaigne, relevado por unos nombres célebres en Gran Bretaña: el inglés Francis Bacon, hombre de estado y filósofo, nacido apenas treinta años después del francés. Con sus ensayos, de carácter eminentemente científicos, quiso probar que el desarrollo de las ciencias era un medio para perfeccionar lo ético y lo político. A partir de Bacon floreció un conjunto de escritores quienes usaban un estilo lapidario y humorístico, lejos del tono austero de Montaigne. En los siglos XVII / XVIII, Charles Lamb, en Ensayos de Elia, reúne muchas características del género, burlesco, paradójico, crítico y autobiográfico. En cuanto a los dos modelos y autores-fetiches de Jorge Luis Borges, el escocés Stevenson y sobre todo el inglés Chesterton, del siglo XIX, ambos poetas y novelistas, se dedicaron también al ensayo, religioso en caso del último, después de que se hubiera convertido al catolicismo, atraído por el reto a la razón que le ofrecía esta religión.
 Antes de regresar a Francia e indagar posteriormente en la obra de algunos autores latinoamericanos, quisiera detenerme un momento sobre este extraordinario satírico, el irlandés Jonathan Swift, para mostrar hasta qué límites llevó el reto de publicar panfletos con el fin de levantar a la opinión pública en contra del país opresor, a expensas de la integridad de su persona. Con estos panfletos nos demuestra que el ensayo no es siempre un género árido y aburrido: el reto de Swift fue el de utilizar la sátira, el tono sarcástico e incisivo para una causa justa. Se ha dicho que él provocaba la risa sin participar en ella. Uno de tantos ensayos satíricos: Argumentación contra la abolición del cristianismo fue la causa de su expulsión del partido de los Whigs por haber defendido los derechos del clero irlandés. Decano de la catedral St Patrick de Dublín, tampoco pudo acceder al obispado por su Cuento de un tonel, motivo de disgusto para la reina Ana. Desde su exilio definitivo en Irlanda, escribió sus más mordaces ensayos: Propuesta para el uso universal de los productos de Irlanda en el que propone quemar todo lo que viene de Inglaterra excepto el carbón. El más feroz chorrea humor negro y destila veneno a manos llenas; se llama La modesta propuesta para impedir que los niños pobres de Irlanda estén a cargo de sus padres o de su país y para que sean útiles al público. Se trataba ni más ni menos de vender a los niños de un año para rostizarlos y llevarlos a las mesas de los ingleses. De igual modo, sería una gran oportunidad para evitar la opresión del tirano desde temprana edad. Jonathan Swift es uno de los escritores quien supo utilizar el discurso ensayístico contra el poder y el prestigio, la opresión y la intolerancia, dando rienda suelta a su fantasía.
Durante la madurez de Swift nacía en Suiza el escritor de lengua francesa Jean-Jacques Rousseau. Lejos del estilo lúdico anterior, regresamos con él a un estilo serio y personal, no tanto para hablar de sí mismo como Montaigne, sino para afirmar que el hombre es naturalmente bueno pero la sociedad lo corrompe. El único remedio es el de regresar a la naturaleza para volver a encontrar la virtud primigenia. Rousseau renovó las ideas en política y en educación: recordemos El contrato social.  Junto con los autores de los ensayos de la Enciclopedia o diccionario razonado de las ciencias, artes y oficios, prepara los grandes cambios políticos de la Revolución y la llegada del romanticismo. Uno de los dos directores de la Enciclopedia, D’Alembert, escéptico en religión y en metafísica, defensor de la tolerancia, expuso la filosofía natural y el espíritu científico que reinaba en la obra en su Discurso preliminar de la Enciclopedia. El otro director, Diderot, fue el principal animador de ésta y uno de los más apasionados propagadores de las ideas filosóficas del siglo XVIII.

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Man Ray / 1922

Los retos de hoy no son los de ayer y el tono de los ensayistas modernos difiere de los que acabamos de repasar. Sin embargo, en Francia, en la primera mitad del siglo 20, el tono sigue serio, formal, intelectual y brillante: es el caso de Paul Valéry como ya lo vimos con Variété, de François Mauriac en su Bloc-notes que se publicaría durante varios años en el diario francés de derecha Le Figaro, el del  filósofo Alain que intituló sus ensayos Propos, o sea Conversaciones. Más cercanos a nosotros, nombraré sólo un puño de célebres ensayistas: Albert Camus, Jean-Paul Sartre, André Malraux, Michel Butor, Marguerite Yourcenar, esta última la primera mujer que entró a la Academia francesa. Con ellos nos percatamos de un nuevo reto: dejar que el ensayo se contamine de lleno por varios géneros. Tal vez el más representativo de todos sea Jean-Paul Sartre. Excepto La crítica de la razón dialéctica de 1960, ensayo polémico por repensar el marxismo con un método reflexivo, sus obras anteriores son ensayos-novela como La nausea, ensayos-relato como El muro, Los caminos de la libertad y sobre todo los ensayos-teatro de los que recordaré uno de los títulos más famosos: A puertas cerradas. Estos textos sirvieron de plataforma para la exposición de su ideología. Aceptó el reto de la polémica y de la ruptura con muchos de sus amigos, especialmente con Albert Camus a propósito de El hombre rebelde de éste.

 Desde los siglos anteriores conocíamos del ensayo los aspectos humanísticos, el tono personal, el modo de abarcar todos los temas, de expresar las creencias y convicciones profundas de sus autores, unas, salidas del corazón, otras, de la mente. Sartre nos mostró su carácter protéico. Esta contaminación del género por otros no cesará y lo veremos ahora en algunos de los más grandes autores latinoamericanos. Podemos asegurar que en el caso de Jorge-Luis Borges, Octavio Paz y Julio Cortázar, el ensayo une las facetas de la formalidad y de la informalidad y, sobre todo, se caracteriza por una mezcla de géneros, de tal suerte que, a veces, es difícil distinguir si se introdujo el ensayo en la novela y el cuento o si fue a la inversa. No descartemos a la poesía que experimenta el mismo fenómeno.
Es indudable que el ensayo es un género mucho menos seductor que la poesía, el cuento o la novela; no goza de la misma popularidad. Pero se ha venido renovando y expandiendo en varias direcciones, y se ha vuelto, de esta manera, más atractivo. Los tres escritores mencionados fueron novelistas, cuentistas o poetas, o las tres cosas a la vez… y de los mejores ensayistas contemporáneos.
El ensayo de Paz se tiñe de poesía, ejemplo de simbiosis o de reconciliación entre los géneros. El laberinto de la soledad sobre lo mexicano, El mono gramático sobre lingüística y tantos otros en el que nunca pierde de vista su derecho a la poesía   A la inversa, muchos de sus poemas funcionan como ensayos al concretizar, con sus metáforas, las respuestas a las interrogantes aludidas a lo largo de su escritura. Bien hubiera podido hacer del poema “Noche en claro”, de su libro Salamandra, un ensayo metafísico.
En cuanto a Borges, texturiza muchos de sus cuentos en forma de ensayos y, a la inversa, muchos de sus ensayos se disfrazan de cuentos por la narración de un hecho con clímax y desenlace; sin embargo, la abundancia de notas bibliográficas, citas, tesis y antitesis nos pone en frente de un ensayo injertado con un cuento. (Pero no olvidemos el gusto de Borges por jugar con las citas o las notas, para desconcertar al lector.)

Sus poemas podrían situarse en libros de biología (el bisonte, el tigre), de historia (Espada), los hace biográficos y autobiográficos; en breves palabras, los moldea a su antojo.
Se podría quitar la etiqueta de ensayo a los de Cortázar. No le sirven tanto para exponer ideas porque son más cercanos a un diálogo que busca respuestas; la mayor parte de sus novelas tienen una estructura ensayística. Cortázar buscaba en la escritura literaria el máximo acortamiento entre autor y lector-intérprete. Rayuela está construida a la manera de un ensayo, o sea una transgresión total. Se puede decir lo mismo de El libro de Manuel, pero de modo diferente. El argentino rechazaba la solemnidad, por esto llegó a confundir los géneros, en el sentido de reconciliarlos. Estamos muy lejos del estilo convencional y sentencioso propio del ensayo clásico. Cortázar quiere jugar y juega muy bien; basta ver la tarea que nos deja, a nosotros los lectores, para leer Rayuela en varias direcciones.
Regresemos a México y remontemos el tiempo para no terminar estas notas histórico-filosófico-literarias sin nombrar a Julio Torri, del principio del siglo XX, y sus ensayos breves y líricos a la vez. Fino observador, reproducía la realidad a su alrededor, no de modo serio y enfático, sino con escepticismo sonriente, palabras precisas pero exentas de la solemnidad inherente a las letras de su tiempo.  En uno de sus ensayos, intitulado “El ensayo corto”, que forma parte de su libro De fusilamientos, afirma lo siguiente: “El ensayo corto ahuyenta de nosotros la tentación de agotar el tema, de decirlo desatentadamente todo de una vez. Nada más lejos de las formas de arte que el anhelo inmoderado de perfección lógica. El afán sistematizador ha perdido todo crédito en nuestros días, y fuera tan ocioso embestirle aquí ahora, como hablar mal de la hoguera en una asamblea de brujas”.

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Man Ray / 1934

Después de Montaigne, retoma el tema de la amistad en apuntes concisos y tal vez más exactos que la frase del francés: “parce que c’était lui, parce que c’était moi”. Dice Torri: “En la amistad hay por lo menos dos periodos. En los primeros meses, la conversación es venero de gratísimos entretenimientos. Cada vez se descubren nuevas conformidades de pensamiento y se establece una corriente de secretas afinidades. Las experiencias del uno son nuevas para el otro, y la curiosidad de ambos encuentra apacible regalo en las confidencias mutuas.
 Pero llega un día en que nuestro amigo no nos guarda ya sorpresas. Tenemos una visión clarísima de su vida y nos parece como si la hubiéramos incorporado a la nuestra…La amistad deja de ser en este punto fuente de pasatiempo y risas y se torna en cosa más dura y firme. Nuestro amigo se ha convertido en algo familiar y molesto, de que no podremos ya prescindir”.
Dejemos aquí a Torri para hacer unos últimos comentarios: se ha usado y abusado del término “ensayo”: un texto amorfo constituido por divagaciones sobre un tema sin relevancia no se puede llamar ensayo. Juzgar que no necesita de un mínimo de estructura o de argumentación, dejándolo irse a la deriva, olvidando el rigor que debe sostener y mantener cualquier escrito en forma, descuidar el estilo, no es escribir un ensayo.
Por otra parte, como ya lo dijimos, el ensayo a secas, no contaminado, no es un género tan popular como la poesía, el cuento y la novela puesto que utiliza la reflexión en lugar de la narración y a muy poca gente le gusta reflexionar. Por esto es importante revestirlo, no de oropeles, sino de ataviarlo con una indumentaria más atrayente, seductora, casi mágica como lo supieron lograr tan bien nuestros modernos ensayistas.

Quisiera terminar por una experiencia personal un poco desalentadora, que me llevó a plantear una pregunta a la que todavía no le encuentro respuesta: escribí dos libros de ensayos y, con el segundo, que la editorial Almadía tuvo a bien publicar con el título Ecos, reflejos y rompecabezas: ‘la mise en abyme’ en literatura, decidí poner un punto final a mi “carrera” de ensayista. La razón es sencilla: en ambos libros mi propósito era didáctico. Dejo “el arte por el arte” a los grandes clásicos. Para ilustrar el procedimiento literario llamado “mise en abyme” que permaneció en francés en medio del título en castellano porque el término fue acuñado por André Gide, analicé cinco novelas de diversos países, obras clásicas, mas no muy conocidas, tales como El Maestro y Margarita de Bulgakov, Si una noche de invierno un viajero de Calvino, La vida, instrucciones de uso de Perec, una comparación entre El libro vacío de Josefina Vicens y Los frutos de oro de Nathalie Sarraute, finalmente, del vanguardista argentino Macedonio Fernández, Museo de la Novela de la Eterna, así como algunos cuentos de Borges, Cortázar y Edgar Allan Poe. Escogí estas obras por ser muy representativas de la ‘puesta en abismo’, es decir más brevemente, la historia dentro de la historia. La meta principal de cada uno de estos ensayos es la de estimular al lector para que conozca nuevos libros, proporcionándole claves que le ayuden a desbrozar el terreno, y, al mismo tiempo, dejándole la posibilidad de encontrar otras. Sin embargo, al poner el punto final a cada capítulo, me asalta de modo regular una duda: ¿No sería preferible escribir sin propósito didáctico, únicamente para los que ya leyeron las obras mencionadas, es decir para un público restringido, o mejor perseguir mi objetivo inicial, el de vulgarización, con el riesgo de desanimar a los que no las conocen, pero también de encontrar entre ellos unos, a la vez curiosos y deseosos de ampliar su campo de lectura? Al lector le dejo el cuidado de resolver el dilema.

 

 

Ciclo Literario.

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