La estrategia de Eros

Pierre-Marc de Biasi*


 

Desde los problemas de erección al tema de la prostitución, pasando por los méritos comparados de la poligamia, Michel de Montaigne (1533-1592)  aborda las cuestiones de orden sexual con curiosidad, medida y discernimiento, en dos palabras, como filósofo.


De poco garbo por su corta estatura, torpe y sin prestancia, el sexo breve y menudo, habitado por pesadillas de impotencia sexual desde los cincuenta años, desgraciado por una multitud de defectos de los que saca una lista abrumadora en los Essais, Montaigne se sentía con tan pocos encantos físicos que concebía una suerte de asco para su propia persona. De allí se ha deducido que Montaigne no era amigo de sí mismo y que su escritura había sido una manera de conjurar su dificultad de ser. ¿Debemos creerlo? Sobre todos estos asuntos, no sabemos más, en resumidas cuentas, de lo que tuvo a bien decirnos al respecto. ¿No sería esta complacencia para ennegrecer estas “iniquidades” del destino, un pretexto,  una precaución oratoria, para hacerse perdonar lo imperdonable? Al escudriñar la vida amorosa de Montaigne —porque habla de ésta también, aunque de modo mucho más discreto—  poco se parece a la miserable catástrofe de la que quisiera convencernos; iniciado precozmente en el placer, conoce una juventud perfectamente desordenada, se arriesga a frecuentar a prostitutas, colecciona  mujeres, se casa, tiene algunas aventuras de viaje, honra a sus conquistas femeninas con convicción —y más aun, con una sólida salud cuyas hazañas (“seis arremetidas”) podrían dar envidia a muchos—, antes de conocer el amor apasionado de una brillante joven de 23 años quien ilumina sus últimos años.

Fotografía
Fabián Castro

Qué pensar de estas contradicciones? Nacido tres años después del inicio de la Contra-Reforma, Montaigne empieza a escribir en pleno periodo de orden moral; a la vez un heredero del Renacimiento bastante impregnado de hedonismo para decir “los placeres del amor son, según yo,  los únicos placeres de la vida corporal” y para repetir “no tengo otra pasión que me ponga en mejores disposiciones” y el testigo hastiado de un ascetismo religioso nuevo que, tanto con los católicos como con los protestantes, inaugura una era de represión sexual más salvaje que ni siquiera la iglesia medieval la habría soñado. En este contexto, un libro de palabra libre como los Essais no puede considerarse más que como una obra de lucha, especialmente sobre el tema que lo irrita: el sexo. Con la inocencia de una mirada dispuesta a asombrarse de todo, Montaigne no pierde ninguna oportunidad de abordar la cuestión, ya de manera directa y cruda, hablando de temas que los letrados prefieren evitar y disculparse por llamar las cosas por su nombre, ya indirectamente, con la ayuda de digresiones o de citas en latín muy osadas que nos regresan, invariablemente, del lado de Eros. Ningún falso pudor compromete la aventura. Si habla de la erección, lo hace con sentido del humor pero sin disimulo: “Tiene uno razón de notar la indócil libertad de este miembro que se manifiesta de modo tan inoportuno cuando no tenemos nada que hacer con él, y que nos falla de modo igualmente inoportuno cuando más lo necesitamos, protestando de manera tan imperiosa la autoridad de nuestra voluntad, y rehusando con orgullo y obstinación nuestras súplicas tanto mentales como manuales” (I, 20).
Un relativismo sexual. A pesar de que se dedican a los más diversos temas, los Essais nos hablan a menudo de sexualidad y en la modalidad de un relativismo generalizado que permite decirlo todo con el tono desenfadado del naturalista. El capítulo XXII del  libro I (“De la costumbre…”) constituye, a este respecto, una hazaña. Montaigne declina allí las conductas más desviadas insistiendo sobre su valorización por otras culturas. Empezando por el amor libre y el derecho al aborto (“la castidad no se aprecia si no es para servir al matrimonio porque las muchachas pueden entregarse libremente y si quedan preñadas, pueden abortar con las medicinas apropiadas, sin tener que esconderse”); el exhibicionismo (“En una misma nación, las vírgenes muestran su sexo descubierto, y las casadas lo cubren y lo ocultan con cuidado”); y en el caso de estas naciones en donde el matrimonio es sinónimo de orgía nupcial con parejas múltiples: “Si es un comerciante quien se casa, todos los comerciantes invitados a la boda se acuestan con la desposada antes que él y entre más numerosos, más saca ella honra y fama de robustez y de competencia. Si se casa un militar con galones, pasa lo mismo. Y lo mismo si se trata de un noble. Igual para los demás excepto en el caso de un labrador o de algún otro tipo de vasallo, porque entonces le toca al señor. Sin embargo, se insiste sobre la estricta fidelidad en el matrimonio…” Por cierto, ¿acaso era tan exótico el derecho de pernada? Otro asunto crucial, la prostitución masculina y el matrimonio homosexual: “Existen poblaciones en las que hay burdeles públicos para los hombres, y aun matrimonios entre ellos”. Montaigne no se autoriza a suscribirse a aquello, por temor, sobre todo,  a que malinterpreten su amor absoluto por La Boétie. Pero explica el rechazo sin omitir detalles: “En cuanto a esta otra forma de unión practicada por los griegos, nuestras costumbres, con mucha razón, la aborrecen. Por lo demás, el hábito necesitaba una tal disparidad en la edad, una tal diferencia de comportamiento entre los amantes, que no corresponde a la unión perfecta que pregonamos aquí” (I, 27).

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Fabián Castro

Por muchos aspectos, sugiere Montaigne, estos desvíos podrían hacernos soñar. Imagine usted, por ejemplo, que es ciudadano de esta población para quien la poligamia es signo de valentía: “En ese país, los hombres tienen a varias mujeres y el número es cuanto más grande como lo es su reputación de bravura. Es una cosa realmente notoria en sus matrimonios: si los celos de nuestras esposas nos privan del amor y de la benevolencia de otras mujeres, con esa gente, al contrario, son los celos que favorecen tales relaciones. Más preocupadas del honor de sus maridos que de cualquier otra cosa, se esfuerzan, y ponen toda su diligencia en tener el número más grande posible de parejas, puesto que es un signo de la valentía del marido” (I, 30). Los Essais contienen pues el sueño de una sexualidad liberada, de un culto de la venustidad y del placer, cercano a lo que deja ver la pintura italiana y flamenca en la exaltación de los cuerpos, durante los años de libertad, entre 1480 y 1530. A la hora de la censura y del salvajismo, lo más urgente es seguir transmitiendo el texto antiguo: el de Lucrecio, por ejemplo, que devuelve alegremente su legitimidad a la voluptuosidad, a “la experiencia que sentimos en la compañía de las mujeres, cuando los cuerpos ya presienten el placer, y que el sexo está a punto de sembrar el sexo (Lucrecio, IV, 1099)”, a este gozo que “nos transporta tan fuera de nosotros que nuestro discurso no sabría entonces desempeñar ningún oficio, tan trabado y embelesado en la voluptuosidad” (II,11). Evocar la licencia extrema es una manera de reivindicar un compromiso, de hacer reconocer sus derechos a un ejercicio medido de la libertad sexual. Desde ahora, el defensor de Eros debe volverse estratega y dialéctico hábil, en una palabra: filósofo.
El lado oscuro de los Essais. Sin embargo, los Essais contienen también, con intermitencia, una tendencia más oscura. Antropofagia, zoofilia, crueldad: la figura del amor se vuelve a veces nocturna. Montaigne admira el doble suicidio de Séneca y de su muy joven esposa Pompeia Paulina: intercambiar dulces palabras y abrirse las venas, después de haberse “despedido de manera amorosa” el uno del otro. Encuentra también belleza en este “amor hasta la muerte” de jóvenes caníbales del Nuevo Mundo que se arrojan a la pira funeraria de su esposo. Algo de Sade atraviesa la exploración sistemática que hace Montaigne de las posibilidades del amor. El Marqués no habría repudiado la evocación de esta cultura a la vez pedófila, sodomita y prostituida presentada también por Montaigne en “De la costumbre”: “He aquí un pueblo en el que los padres prestan a sus hijos, y los maridos a sus esposas a sus huéspedes, pero cobrándoles”. Habría aplaudido del mismo modo a la imagen de esta otra nación que renuncia a la venalidad, pero para consumar mejor incesto y sodomía en un marco estrictamente familiar: “He aquí un pueblo en el que […] se puede hacer hijos honradamente con su madre, en donde los padres pueden tener un comercio carnal con sus hijas, y con sus hijos” (I, 22). Por lo demás, el incesto es una cuestión tan crucial que Montaigne vuelve a hablar de aquello en l’Apologie de Raymond de Sebond: “Los matrimonios entre parientes cercanos están rigurosamente prohibidos entre nosotros, y apreciados en otras partes: se dice que hay países en donde la madre / Se une con su hijo y el padre con su hija, / Y en donde el afecto familiar está duplicado por el amor. Ovidio, Metamorfosis, X, 332”. (II, 12, 12). ¿Cómo no percibir en esta insistencia de los Essais en explorar los límites de lo prohibido, el ejercicio de una duda radical que quiere obligarnos a suspender nuestro juicio sobre todas las convenciones establecidas?
        Entonces, claro, encontraremos también en Montaigne tantas huellas como lo queramos de un conservadurismo sólido y un poco misógino que, sin duda, no otorga a la mujer el lugar central que se merece en todo. Pero que las feministas de mollera blanda quienes lo acusan de falocracia y estrechez de mente se acuerden que no era tan fácil, en la época de la Contrarreforma, y por lo demás, hasta fechas recientes, afirmar: “Las mujeres no se equivocan mucho cuando se rebelan en contra de las leyes en uso en el mundo, ya que son los hombres quienes las han establecido sin ellas” (III, 5). Marie de Gournay, el último amor de Montaigne, a pesar de sus 23 años, no se engañó sobre aquello: pasmada de admiración por los Essais y ardiendo de amor por el autor, se dedicará a la edición de éstos después de la muerte del escritor, y encontrará allí la inspiración para sus propias obras, auténticamente feministas, (Igualdad entre los hombres, 1622, Las mujeres y Queja de las Damas, 1626) que defienden el principio de una igualdad absoluta entre los sexos.

Traducido por Marie-Claire Figueroa
del Magazine Littéraire, No. 464,
Mayo 2007

 

Ciclo Literario.

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