Es momento de existir

Lorenzo León Robles


¿Jezek?- me preguntó.
-¿Si?
-¿Estamos...  muertos? 
              -No- respondí.
  Cuando me liberé de mi cuerpo no sentí nada. Que estuviera drogado y dormido ayudó mucho. Y aunque mi muerte no les parezca ni agradable ni honorable les diré lo que pasó:
Era 12 de diciembre de 1984 cuando por primera vez escuché a Aréo dentro de mi cabeza. Bueno, me dijo que se llamaba Aréo. Y así lo llamé. No acudí con ningún siquiatra ni nada por el estilo porque Aréo me ayudo en muchas ocasiones a solucionar problemas. Desde entonces yo cambié radicalmente. Se podría decir que para bien. Pero sólo si es visto desde cierto ángulo.

Fotografía
Hervé Guibert / 1984

Aréo me decía qué nos convenía, y yo lo hacía. Sin preguntarme por qué. Algunas veces heríamos a muchas personas, supongo que por eso fue que la tercera luna del segundo ciclo del año 350 después de la autoridad, un negro de yo creo dos metros y medio, me acuchilló y rebanó el cuello. Fue a plena salida del jiro. Nadie estaba en la calle, por supuesto. Nadie se enteró nunca.
Aréo y yo desaparecimos en cinco segundos. Pero fue suficiente para que sintiéramos la concentración de dolor absoluto. La muerte.
Ahora sé que no morí. Cuando tu cuerpo muere tu cerebro queda al descubierto. Ves cosas que no sabías, cosas fuera de lo posible. Todo queda a oscuras. Te iluminas.
Los conocimientos de dios son tuyos, y a la vez eres dios. No escuchas tu propia voz. Pero sentí que Aréo seguía allí. Todo fue en vano. Lo odiaba. Esa locura que el infundió en mí debería haber desaparecido con la muerte. Pero si seguía ahí significa que ¿no morí? ¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando?
 -¿Jesek sigues ahí?- dijo Aréo.
No sabía que responderle. Hasta ese momento yo creía que estábamos muertos. No, no creía, yo sabía que estábamos muertos.
-Sí- dije tembloroso, mi voz apenas se oía.
-¿Qué pasó?
-No lo sé.
-¿Puedes gritar? Pregunta por alguien. Pide ayuda.
-¿Hay alguien?-grité.
Nadie respondió, afortunadamente. Mi cerebro no hubiera soportado que alguien hubiera respondido. Pero de alguna manera sabía que era por eso que nadie había respondido.
Sé exactamente cuanto tiempo pasó. Lo contaba en mi mente. 201,600 segundos, eso es 3360 minutos. 56 horas. Desde que conocí a Aréo contar los segundos se volvió mi única forma de pasar el tiempo.Cuando estaba apunto de contar el segundo numero 201,601,  una voz habló.
-Bienvenido- dijo.
-¿Hay alguien ahí?- pregunté aterrado.
Ahora que me pongo a pensar la voz era tan fría y rígida que parecía que esa palabra la había repetido muchas veces. Parecía una grabación. Aunque era una voz humana y era un contacto humano.
Después de oír esa voz nada me importó. Quería volver a oírla, aunque fuera una grabación. Quería contacto humano. Fue cuando me di cuenta de que por eso existía Aréo. Él era lo que necesitaba. Mi amigo. ¿Como pude odiarlo? En ese momento empecé a llorar. Lloré porque maté a mucha gente, porque ame a mucha gente. Porque todo. Porque nada. Mi vida parecía a propósito. Parecía buena, vista desde este extremo. ¿Estar muerto? No claro que no. Alguien no puede estar muerto y pensar.
  Inmediatamente me transporté a una gran sala blanca llena de flores. Me vi a mi mismo en un espejo de agua. La ira me lleno los ojos. Olvidé las escrituras. Patético dije. ¿Lo dije yo, o Aréo? Una vida moral me pareció patética. Todo lo hacen tan complicado cuando todo es tan simple como respirar. Por cierto, no estaba respirando. ¿Cómo supe que no lo necesitaba? ¿Cómo que ahora era inmortal? No lo sé.
En ese momento lo único que podía hacer era imaginar mi vida pasada. Aunque podía imaginar cualquier infinidad de posibilidades. Mi vida podía ser triste. Podía ser desagradable. O feliz. Sólo tenía que pensarlo.
Cuando mi vida no fue suficiente para controlar mis habilidades para imaginar empecé a imaginar la vida de otras personas. Y si eso no era suficiente imaginaba la vida de dos personas paralelamente. Controlaba cada detalle.
Al principio todo era bueno para ellos. Vivían muy felices. Después Aréo empezó a influir en sus vidas. Ahora veo que Aréo y yo nos hemos fundido en uno. Mis decisiones sobre la vida de esas personas son frías. Juro que son completamente al azar. Si es que eso es de alguna forma posible.
Ya no me contento con dos o tres. Ahora son millones. Millones de millones. Seres inimaginables para mis seres imaginados. Además mi obsesión con el tiempo regresó, han pasado 18 537 984 756 trillones de segundos desde que empecé a imaginar la vida.
Sin querer imaginé a una persona igual a mí. Sin querer le hice oír una voz dentro de su cabeza, sin querer lo maté.
-¿Jezek?- le preguntó esa voz.
-¿Si?
-¿Estamos...  muertos?
-No- respondió.

 Sin querer dejé que imaginara. Sin querer tuve que imaginarlo hacer lo mismo que yo. Sin querer mis decisiones dejaron de ser tan al azar. Sin querer me convertí en el primero. Sin querer derroqué al último. Sin querer.      

 

 

Ciclo Literario.

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