De la luz medieval a los fantasmas de la pantalla: una
historia de la página o de la flotación del texto

Lorenzo León Diez


Ivan Illich nació el 4 de septiembre de 1926 en Viena, Austria, y murió el 2 de diciembre de 2002 en Bremen, Alemania. De todos los lugares en que vivió consideró a México su hogar (Ocotepec, Morelos). En 1961 fundó en Cuernavaca, el célebre Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), bajo cuyas siglas difundió su polémica obra que abrió con Némesis Médica, una denuncia de las atrocidades que se cometen en los hospitales y, en general, en la medicina institucional. Otros de sus títulos, que él llamó “panfletos”, y que son parte de su “cruzada contra el desarrollo” fueron La sociedad descolarizada, La convivencialidad, Energía y equidad, Desempleo creador. 
     Su formación académica fue muy vasta: estudió ciencias naturales en las universidades de Florencia y Roma; se graduó antes de cumplir los 20 años en la especialidad de física del estado sólido; ingresó a la Universidad Gregoriana de Roma donde estudió filosofía y teología; obtuvo el doctorado en historia en la Universidad de Salzburgo y, posteriormente, cursó un pos doctorado en la Universidad de Princeton.
A su alrededor se reunieron intelectuales de la talla de Paul Goodman, Erich Fromm, Peter Berger, Paulo Freire y Sergio Méndez Arceo

    

 

En el viñedo del texto. Etología de la lectura:
 un comentario al “Didascalicon”
 de Hugo de San Víctor
Ivan Illich
Fondo de Cultura Económica
2002

Ivan Illich, uno de los pensadores más importantes del siglo XX, consideró a En el viñedo del texto su mejor obra. Esto es significativo para un hombre que tocó los más diversos temas en su nutrida bibliografía. Quizá lo dice porque este ensayo es su testamento intelectual y su aportación definitiva a la visión humanística de nuestro tiempo, y es también la despedida del libro como metáfora central de la época moderna. ¿Qué cosa o instrumento o tecnología lo ha reemplazado?: La pantalla: En cada computadora hay una apisonadora acechando con la promesa de abrir nuevas autopistas para los datos, las sustituciones, las inversiones y la impresión instantánea. Un nuevo tipo de texto modela la mentalidad de mis alumnos: el texto que sale de la impresora no tiene ancla, no puede pretender ser una metáfora ni un original de la mano del autor. Como las señales de una goleta fantasma, sus fibras digitales forman moldes de imprenta arbitrarios en la pantalla, fantasmas que aparecen para desvanecerse después. Cada vez menos gente se acerca al libro como a un puerto de significado. Sin duda, aún transmite a algunos admiración y alegría, perplejidad y amargo pesar; pero me temo que, para la mayoría, su legitimidad consiste en ser poco más que una metáfora apuntando hacia la información.
Esa es la realidad, lo que no exenta a un hombre acostumbrado a la crítica radical de las instituciones y de las modalidades productivas del sistema occidental, a sentir cierta nostalgia. Es el fin del texto libresco, mi hogar. Durante unas veinte generaciones, fuimos alimentados bajo esta tutela. Al menos mis raíces se hunden irremediablemente en el terreno del libro libresco. Este hogar está ahora tan pasado de moda como la casa en la que nací, cuando las bombillas empezaban lentamente a remplazar a las velas.

Fotorafía
Hervé Guibert / 1989

Con esta inquietud Ivan Illich extiende su mirada hasta el siglo XII para contar desde el principio la historia del texto, una categoría fundamental en el desarrollo de la cultura universal. Veamos al viejo y delgado Illich, su cara iluminada por la pantalla digital mirando las páginas cuando todavía se hacían en pergamino y no en papel. La piel traslúcida de oveja o cabra se cubría con escritura manuscrita y se le daba vida con miniaturas dibujadas con finos pinceles, de tal manera que enfrentarse a un libro era comparable a la experiencia que puede revivirse por la mañana temprano en esas iglesias góticas que aún conservan las ventanas originales.
Para el lector de estas páginas medievales, la lectura es una actividad mucho menos fantasmagórica y mucho más carnal; comprende las líneas moviéndose según su latido, las recuerda recuperando su ritmo, y piensa en ellas como si las colocara en su boca y las masticara. No es de extrañar que los monasterios que precedieron a las universidades se describan en varias fuentes como los hogares de bisbiseantes y masticadores. En efecto, se trata de una tradición que se extiende durante milenio y medio, donde el eco de las páginas sonoras se transmite a través de la resonancia del movimiento de los labios y la lengua. Mediante la lectura, la página se incorpora y se encarna literalmente.
 Para un lector ocular este testimonio del pasado puede resultar chocante: no puede compartir la experiencia creada por la reverberación de la lectura oral en todos los sentidos.
¿Por qué el erudito alemán se detiene en el siglo XII o en la tardía Edad Media? Allí, en su claustro de París, se encuentra trabajando un monje: Hugo de San Víctor. Estamos en las inmediaciones de 1140, trescientos años antes de que el tipo movible se comenzara a usar, y es el momento más trascendente para la cultura, pues se pasa una página. En la civilización del libro, se cierra la página monástica y se abre la página escolástica. El claustro de San Víctor institucionaliza el breve momento en que se pasa la página. Este monje escribe el primer libro sobre el arte de la lectura, donde presenta un calidoscopio de categorías y conceptos técnicos y místicos sobre los que se sustenta el periodo que se inicia: la escritura y la lectura con fines más que de comunión de construcción mental.
¿Diferencias entre uno y otro periodo? El lector monástico (entonando o musitando) toma las palabras de las líneas y crea una atmósfera pública de auditorio social. Cincuenta años después de Hugo esto, en general, ya no era real. La actividad técnica de descifrar ya no crea un auditorio y, por tanto, tampoco un espacio social. Entonces el lector hojea las páginas. Sus ojos reflejan la página bidimensional. Pronto concebirá su propia mente en analogía con un manuscrito. La lectura se convertirá en una actividad individualista, una relación entre un yo y una página. La redefinición del lector que estaba en marcha en tiempos de Hugo fue un paso hacia el supuesto, aceptado en nuestro siglo, de la “lectura” como condición de la ciudadanía. Es el descubrimiento de la lectura en silencio.
 ¿Entonces no fue la imprenta el protagonista principal del desarrollo intelectual, técnico, científico y espiritual de la modernidad? No, nos dice Illich, el principal efecto de la imprenta fue el de mecanizar el procedimiento mediante el cual la página del siglo XII aún se sigue reproduciendo hoy en día. Este hecho no se había señalado hasta ahora. Ningún libro, ningún artículo de peso, se ha ocupado ex profeso de la hipótesis de la existencia de una revolución en la escritura que creó el objeto que, trescientos años después, estaría preparado para la imprenta. Este ensayo pretende remediar esta laguna.
En efecto, insiste Illich, esta transformación de la página y el libro sobre la etología y la semántica (perteneciente o relativo a la significación de las palabras) de la lectura y, por tanto, sobre el pensamiento, fue más importante que la imprenta.
Aquí tenemos explícitamente el por qué Ivan Illich consideró a En el viñedo del texto, obra cuya bibliografía contiene 650 títulos, la más importante de su vida, un ensayo que se ocupó directamente del arte de leer, no del arte de escribir, y reconoce que se requiere de una historia paralela del ars scribendi psicomotor, en la que ya estoy trabajando. Quizá podamos tener la noticia pronto de esta investigación, pues expresa el autor que mientras carezcamos de una perspectiva histórica de la etología (es la ciencia que estudia el comportamiento del hombre) y el simbolismo (un símbolo es una colección de formas visibles para demostrar cosas invisibles) de la lengua que dicta, la mano y las posturas de la escritura, el texto como objeto, con su significación modeladora de mentes, permanecerá tan oculto como la luna nueva.
Este breve libro fascina por ser una reflexión de una costumbre que es casi natural del hombre contemporáneo, pero que tuvo que escalar desde la más remota antigüedad. Recientemente hemos vivido una ruptura de la lectura como metáfora, tan importante como la que sintetizó en su obra el fraile de San Víctor. Es por eso el interés de Illich de documentar aquel momento para permitirnos las bases teóricas que nos permitan dilucidar la revolución tecnológica informática y su impacto en la mente de los hombres de hoy y el futuro. Un ejemplo de ello es que la imagen y su comentario, los cómics, las tablas, recuadros y gráficos, las fotografías, los esquemas y la integración con otros medios, demandan al usuario de libros de texto hábitos opuestos a los cultivados en las lecturas escolásticas.
En efecto, durante el siglo XII el arte del recuerdo disciplinado y cultivado sufrió una metamorfosis que sólo puede compararse a la que tuvo lugar en la transición ocurrida en Grecia con la aparición de la escritura,(la elaboración de discursos y el canto épico de la Grecia previa a la escritura, no se basaban en la memoria visual, sino en el recuerdo de fórmulas emitidas según el ritmo de la lira).
Esta revolución fue tan importante como la actual, con la aparición de la informática. De esta manera estaríamos hablando de tres momentos fundamentales en la conformación de la mente y el espíritu humanos, uno de los cuales tenemos el privilegio de vivir. La lectura moderna, especialmente la académica y profesional, es una actividad que realizan trabajadores y turistas en su trayecto, no peatones y peregrinos. La velocidad del coche, la monotonía de la carretera y la distracción de las vallas publicitarias llevan al conductor a un estado de depravación sensorial que continúa cuando se precipita sobre manuales y revistas una vez que llega a su despacho. Como el turista equipado con una cámara de fotos, el estudiante actual se lanza hacia la fotocopiadora para conseguir una instantánea del recuerdo. Se encuentra en un mundo de fotografías, ilustraciones y gráficos que colocan el recuerdo de coloreados paisajes de letras más allá de su alcance.
En general, menciona Illich, la pantalla, los medios de difusión y la “comunicación” han remplazado subrepticiamente a la página, las letras y la lectura.
Estudioso de la historia del alfabeto, Illich se va a centrar en un breve pero importante momento de este tránsito cuando tras siglos de lectura cristiana, la página, que era una partitura para beatos bisbiseantes, se transformó de repente en un texto organizado ópticamente para pensadores lógicos.
Es precisamente el momento en que, debido a la combinación de más de una docena de inventos técnicos y adaptaciones la página dejó de ser una partitura para convertirse en texto.
 Nos dice que el “texto” es una categoría analítica, incluyendo una página o cualquier discurso estructurado pronunciado en voz alta. Entonces, es necesario remarcarlo, pues en eso consiste la importancia de la profunda investigación de Illich en la línea de la nueva historia de Europa que se escribe, no fue la imprenta, como normalmente se asume, sino este conjunto de innovaciones, doce generaciones antes, lo que constituyó el fundamento necesario para todos los estadios recorridos por la cultura libresca.

Fotografía
Hervé Guibert / 1987

De esta manera, lo que propone el gran pensador alemán, es una etología histórica de los hábitos de lectura medievales junto a una fenomenología histórica de la lectura como símbolo en el siglo XII.
La nueva historia de Europa, a la que Illich hace referencia, es una reciente tendencia que trata de centrarse en la determinación mutua entre una sociedad y su sistema notacional. Y lo que hace él es una historia de la relación entre los axiomas (cada uno de los principios fundamentales e indemostrables sobre los que se construye una teoría) del espacio conceptual y la realidad social en tanto que esta interrelación está mediada y configurada por técnicas que utilizan letras.

Ahora, señala,este texto alfabético se ha convertido en una más de las múltiples formas de codificar algo, que ahora se denomina “el mensaje”
La aportación de Illich a la reflexión sobre la lectura es pugnar por el florecimiento de un nuevo ascetismo de la lectura, pero para ello debemos primero reconocer que la lectura libresca “clásica” de los últimos 450 años es sólo una entre varias formas de utilizar las técnicas del alfabeto.
Con estos antecedentes Illich se acerca al Didascalicon, de Hugo, el primer libro que se escribió sobre el arte de la lectura que es, según la percibe e interpreta, una técnica curativa de carácter ontológico (ontología es la parte de la metafísica que trata del ser en general y de sus propiedades transcendentales) y como tal intentó explorarla. La luz de los manuscritos medievales “busca” el ojo, del mismo modo que Dios “tiende” hacia el alma. Hugo presenta el libro como una medicina para el ojo. Quiere que el lector (alguien que se ha hecho a sí mismo dentro de un exilio) se enfrente a la página y que por medio de la luz de la sabiduría descubra su yo en el espejo del pergamino. ¿Qué entendemos por sabiduría? Cabe preguntar: la búsqueda de la sabiduría es una búsqueda de los símbolos del orden que encontramos en la página, porque la lectura cuidadosa siempre toma y escoge elementos que luego han de unirse, examinarse y organizarse.
Rastrea Illich en el Didascalicón la especial correspondencia que existe entre la aparición de la identidad entendida como una persona y la aparición del “el texto” a partir de la página. Y hay algo que emparenta paradójicamente a Illich, a fin del siglo XX y a Hugo, en el siglo XII, pues ambos hablan desde una perspectiva intensamente visual.
Durante los primeros siglos del uso del alfabeto las “palabras”, como otras partes sintácticas del discurso, todavía no adquieren significado. Illich encuentra una clara analogía entre el descubrimiento de la “palabra” y la “sintaxis” en los albores del siglo V a.C. y el descubrimiento de la composición de la página y el índice antes de la fundación de la universidad en Europa.
Situándonos en este tiempo histórico, Illich nos explica que Platón distinguió claramente entre el poder esotérico del recuerdo creador y la habilidad exotérica –ligada a la escritura- de aprender de memoria un texto escrito. La técnica que Hugo adopta para mejorar la lectura meditativa se había desarrollado para apoyar algo diferente, el discurso público.
En efecto, la “lectura” se convirtió en este contexto, fundamentalmente, en una conmemoración ritual. Hugo sostiene que el principio del aprendizaje está en la lectura; su consumación está en la meditación. Tanto para el orador o el sofista clásico como para el monje, la lectura compromete al cuerpo entero. Sin embargo, la lectura no era una actividad más para el monje, sino una forma de vida. Leer es para Hugo más una actividad moral que técnica. Está al servicio de la realización personal.
El origen simbólico de la palabra “página” dice Illich puede referirse a las líneas de viñedos consideradas en conjunto. Las líneas de la página eran los hilos del enrejado que sostiene las viñas. Y el latín “legere” se deriva de una actividad física. Legere connota “escoger”, “reunir”, “cosechar” o “recoger”.
Illich va ilustrar este proceso describiendo una sesión escolar con el monje Bernardo (famoso por su relación con Eloísa): Bernardo habla (loquitur) o dice (dicit) algo. Estas expresiones (dicta) son anotadas por otra mano (a-manu-ensis, “el hombre mano”) Este escriba las dibuja con su stylus, un instrumento afilado de madera o asta, con el que va marcando las letras sobre una tabla encerada. Lo que hace le recuerda al espectador el trabajo de arar (exarare). A este escriba de primer estadio se le llama a menudo labrador, y las líneas se perciben como los surcos de los que florecerá la semilla de las palabras.

Con esta imagen de gran profundidad poética, podemos concluir este texto, pues es evidente ya que fue la pluma en la mano del escriba, más bien que el molde de imprenta movido por el impresor, la que creo esta nueva entidad: el texto, que cien años después de Hugo, ya había comenzado a flotar por encima de la página.

 

Ciclo Literario.

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