Walter Benjamin, tras las huellas de un errante

Lionel Richard


 

El periodismo artístico de Ciclo Literario se beneficia del azar y la feliz casualidad.
En este número presentamos dos textos relacionados que tratan de un par de ilustres berlineses separados en su nacimiento por 28 años, mas cuyas obras son emblemáticas del pensamiento y el arte visual del siglo XX.
Se trata de Walter Benjamin (Berlín 1892-1940) y Helmut Newton (Berlín, 1920-2003).
El primer artículo es una traducción de Marie Claire Figueroa que aborda, con ejemplar brevedad, la presencia vital de un autor cuya premisa es la libertad: “amor, viajes, drogas o lecturas: vivir y pensar no han sido para Benjamin más que una aventura”.
En el siguiente artículo Lorenzo León glosa la formidable autobiografía del inventor de un género fotográfico, el porno chic, que enraizado en la imaginería sado masoquista de las calles berlinesas, ha impuesto una influencia donde la seducción y la ironía crítica constituyen uno de los comentarios más lúcidos de la contemporaneidad, marcada por la moda y el consumo.
Dos grandes de la cultura alemana que aquí se dan la mano.

Filosofía, arte, literatura: sobre Baudelaire, Proust, Kafka o Brecht, hasta nociones que definió como la alegría, el aura y la cultura de masa, hoy es difícil no encontrarse con los sutiles y estimulantes análisis de Walter Benjamin, tan comentado y citado en referencias. Es difícil permanecer indiferente al fulgor, a veces sibilino, de sus fórmulas, a la fuerza y a la precisión de su estilo. Si fue a la vez periodista, ensayista, traductor, literato, antes que nada era escritor. Aun desintegrada, su obra está atravesada por todos los problemas esenciales en los que se fusionan ética, estética y política.
        Después de una antología de sus Obras en tres volúmenes, se publicó su correspondencia con Adorno. Sin pretender definirlo, tenemos ahora una excelente oportunidad de meditar sobre los escritos de un autor que fue una de las víctimas ejemplares de una época de catástrofes.
Sobre las huellas de un errante.


Fotografía
Margaret Bourke-White / 1930

 

Redescubierto desde los años sesenta, Walter Benjamin se ha vuelto paulatinamente una figura mítica y su obra dio lugar a comentarios proliferantes. Retrato de un héroe saturnino de rostros múltiples.
 ¿Quién conocía el nombre de Walter Benjamin antes de 1940? De verdad, poca gente. Los lectores de sus artículos en las publicaciones en las que colaboraba durante la República de Weimar. Y también un círculo de amigos. Pero ¿lo tomaban en cuenta como autor? Cuatro libros firmados con su nombre, un quinto con un seudónimo. Dos eran el resultado de sus investigaciones universitarias y sólo podían dirigirse a un público restringido de especialistas a quienes tampoco alcanzaron. El concepto de crítica estética en el romanticismo alemán y Origen del drama barroco alemán. El tercero, ensayo sobre la novela de Goethe Las afinidades electivas, lo que no tenía nada de cautivante para atraer a las multitudes. Sólo el cuarto, Sentido único, publicado por un editor apreciado por los turiferarios del “espíritu del momento”, Ernst Rowohlt, con una portada de moda, un fotomontaje que evocaba Berlín, le había aportado un pequeño suceso de estima en el mundo literario de 1928-1930.
Sólo a partir de los alrededores de 1955, empezó a descubrirse gracias al trabajo editorial emprendido por uno de sus amigos, el filósofo Theodor W. Adorno, a quien había confiado parte de sus manuscritos. Lento y difícil trabajo de resurrección de una personalidad casi sin huellas hasta ahora en la sociedad intelectual, y quien, al principio, no suscitó gran interés, para desembocar en una realización monumental, productora de debates como nunca. Desde los años 1960, se dio a luz una obra gigantesca y se han acumulado sobre ella un sin fin de comentarios. Con el riesgo de asfixiarla.
Así la sombra desvanecida de Benjamin tomó poco a poco, de modo universal, los rasgos de un mito. Debajo de los relatos, las descripciones, las hagiografías, adquirió los atributos de una representación imaginaria sobre la cual se proyectan los valores afectivos más opuestos. Jaloneado por los que pretenden haber compartido, o presentido, su pensamiento íntimo, se le presenta alternativamente con el traje del teólogo mesiánico, del judío místico, del utópico romántico, del neomarxista crítico, o del materialista puro y duro. En resumen, comidilla para cada uno, de acuerdo con las necesidades. Basta agitar el caleidoscopio.
Fragmento de antología en los retratos de fantasía, el de la ensayista americana Susan Sontag, esbozado en 1978. Pretende haber encontrado la clave del personaje en las fotos que lo representan: Benjamin baja siempre la vista. Así pues, claro, es la encarnación perfecta del melancólico. Un “héroe saturnino de la cultura moderna, con sus ruinas, sus visiones agresivas, sus ensoñaciones, su tristeza sin remedio”. Por supuesto, sus posiciones, forzosamente, no pueden ser otras que múltiples, vacilantes, abiertas.
¿Qué importa la obra misma en esta clase de mitificación? En uno de los apuntes que reunió con el título de Zentralpark en 1938, Benjamin escribe: “El personaje de Baudelaire entra de modo decisivo en la composición de su gloria. Su historia ha sido para la masa de lectores pequeñoburgueses una imagen de Epinal* , el ‘recorrido de un libertino’ en ilustraciones.” El proceso está bien visto. Le concierne a él también ahora. No en la forma del esperpento satánico, sino como una víctima emblemática del siglo XX. Su muerte ¿a los 48 años apenas? Un suicidio programado por las circunstancias históricas. Mártir, se volvió el santo laico que salvó la figura elevada, tan problemática, del Intelectual.
Sea lo que fuere, estas obras suyas están aquí, a pesar de todo. Tomadas en cuenta o no, imposible ocultarlas en su celebración. De ésta fueron el trampolín. Apartando el mito, Hannah Arendt, quien lo conoció personalmente y quien estaba convencida de su grandeza de escritor, dijo acerca de él que esta clase de gloria póstuma es “el destino de los inclasificables”. Pero ¿Quiénes son, estos inclasificables? Son aquellos cuya obra no podría entrar en las casillas existentes porque han inventado un tipo de escritura excepcional, permanecido sin linaje. No pueden valerse de ningún predecesor para alinearlos juntos. Ningún discípulo, ni siquiera vagos sucesores que pudieran equipararse con ellos. Una originalidad total.
Benjamin, efectivamente, se ajusta bastante bien a esta visión. Dedicó su atención entera a la filosofía del lenguaje, pero sin ser filósofo ni filólogo. Se sumergió en la cultura del pasado sin ser antropólogo, tampoco historiador, ni siquiera historiador de la literatura, hasta rechazó, por lo demás, todos los métodos en uso en las disciplinas tradicionales. Trató de teorizar el fenómeno de la obra de arte sin disponer de las competencias ni en sociología, tampoco en estética, lo que, incontestablemente, lo hubieran habilitado en estos campos. Para los eminentes especialistas, no eran más que laboriosas pasiones intelectuales de un aficionado, de un diletante quien no practicaba su lengua y a quien no comprendían. Sus investigaciones les parecían esotéricas y excéntricas. Rechazo de parte de las instancias universitarias, que dice mucho -aunque no colaboró sobremanera-, el de su proyecto de tesis de Habilitación sobre el drama barroco en 1924-1925.
No, no nos engañemos, Benjamin no ha sido nunca un investigador como solemos entenderlo hoy. Sólo las necesidades materiales lo empujaron en 1934, ya emigrado en París, a tratar de obtener la aceptación de sus proyectos en los programas del Instituto de Investigación Social inaugurado en Francfort diez años antes, y que tuvo que desplazarse a Nueva York por las circunstancias políticas. De lo que fue llamado la Escuela de Francfort, alrededor de Adorno, de Fromm, de Horkheimer, nunca fue miembro. A fines de 1935, se le integró simplemente, como investigador asociado, a la sección parisina del Instituto de Investigación Social. Esto le valió subsidios regulares y la publicación de estudios e informes en la revista del Instituto.
Por haber escogido, desde 1922, vivir de su pluma, como “hombre de letras”, Benjamin tuvo siempre que enfrentar dificultades materiales. Dependerá de los periódicos con trabajos por líneas, de la ayuda financiera de su padre mientras éste pueda hacerlo o de la ayuda de Dora, la esposa de quien se divorció; finalmente, a partir de 1933, de los pagos abonados por la familia.
Adorno y el Instituto de Investigación Social. Su trabajo de crítica literaria le permitió adquirir un estilo brillante, de fórmulas contundentes. No obstante, aun para las páginas que se veía obligado a entregar de urgencia, nunca transigió con el tema ni con la forma. Se interesaba de la misma manera en la novela policial, en los juguetes, en los almanaques populares, en el teatro de títeres como en la literatura vanguardista, siguiendo siempre la corriente de su curiosidad natural.

 

Fotografía
Gisele Freund / Walter Benjamin en la Biblioteca
Nacional de París

Pidió prestado a Baudelaire su evocación del errante para alzarlo al rango de la figura parisina ejemplar del Segundo Imperio. Ahora bien, excepto en lo que concierne la indolencia, los rasgos que le confiere no están inadaptados a su propio comportamiento ante los fenómenos naturales. El errante disfruta de la ciudad sin perderse en sus laberintos. Contempla, desde el exterior, al margen. De este modo, Benjamin practica una forma de vagabundeo intelectual. Pasa de un tema a otro. Relaciona los acontecimientos más alejados, los más diversos y las personalidades más opuestas. De un libro a otro colecciona las citas. Es sorprendente constatar que, en la multiplicidad heterogénea de sus centros de interés, sabe todavía discernir con lucidez las cumbres de la literatura europea de la época para dedicarles páginas deslumbrantes: Proust, Kafka, Brecht.
Amores, viajes, drogas o lecturas: vivir y pensar no han sido para Benjamin más que una aventura, una exploración en la maleza del mundo contemporáneo, con la ambición de desvelar sus mistificaciones y sus enigmas. Por esto privilegia tanto “la ebriedad”, ya sea por la ensoñación, el hachis, el estado de la infancia, o el libro. Provoca el surgimiento de la transparencia, una puerta que se abre a la vida integral, un “pasaje” que produce una confrontación-choque entre presente y pasado. Expediciones inspiradoras hacia las “ruinas y vestigios” de la Historia. Incursiones en lo “anticuado”, que descubre en Nadja de André Breton y en El campesino de París de Aragon ¾de seguro no leído completamente¾, por lo demás, esas son también, por lo que él cree, las intenciones de los Surrealistas, y por consiguiente, los saludó con simpatía.
Desconcertante conjunción de la experimentación caótica y de la reflexión, ya que, paradójicamente,  él no ha sido más que un ratón de biblioteca durante la mayor parte de su existencia. Pero para él, el libro representa a sus ojos, el monumento por excelencia en la historia de las civilizaciones y la fuente de intercambios dialécticos vitales entre el presente y el pasado.
¡Qué felicidad cuando encuentra, casualmente, a principios de 1938, una obra como La  Eternidad por los astros del revolucionario Augusto Blanquí, “especulación cosmológica” a la cual nadie hasta ahora había prestado atención y que le parece mantener una relación innegable con Baudelaire!
En Sentido único, transforma Berlín en un libro del que voltea las páginas. Restituye la ciudad por un conjunto de signos, como cualquier escritura: carteles, paneles publicitarios, aparadores, pancartas. Experiencia personal transcendida por intermedio de las palabras y de su magia. Dos cortos textos ligados uno al otro, “Bandera…” y “…A media asta”, ilustran la naturaleza de esta experiencia, fenómeno resentido interiormente en simbiosis con el funcionamiento del mundo, en una relación entre el pasado y el presente. Para el que se queda, escribe Benjamin, la silueta “del que se va” se desdibuja en un “suave resplandor”, una impregnación de éste que se despliega “en su ausencia”, y que lleva a “saludarlo en una lengua que ya dejó de entender”.
Adorno ve en el cúmulo de breves apuntes de Benjamin, la práctica de un género que el autor del Libro de los Pasajes, según él, apreciaba, por haberlo pedido prestado a Novalis y a Friedrich Schlegel: el del fragmento. Por cierto, Benjamin considera fragmentos y fórmulas, en su tesis de doctorado sobre los Románticos alemanes, como un modo de filosofar. Son hallazgos incandescentes que establecen la unión entre la intuición intelectual y el pensamiento discursivo. Le sigue gustando los aforismos, pero está atraído mucho más y a pesar suyo por “lo inacabado”. La prueba es que da vueltas y vueltas a las mismas frases, regresa y regresa a los mismos textos, hasta redactar varias versiones. ¿Por qué? Porque está preocupado por afinar su pensamiento, precisarlo de modo más justo y que todo pensamiento es moviente. Pensar significa, para el “dialéctico” -escribe en sus comentarios de 1938 sobre Baudelaire-, que iza un conjunto de velas, es decir de palabras, con el fin de atrapar allí “el viento de la historia”.
En estas condiciones, este “dialéctico” que quiere ser, cuya atención está continuamente en alerta, se ve obligado a nutrirse también de todo lo que detesta y reprueba. Para escribir en contra, a contracorriente. Pues Benjamin es polemista. Los conceptos que defiende, como crítico literario, se dirigen en contra de la erudición filológica que reina en las universidades alemanas. Su estudio sobre Las afinidades electivas tiene como blanco uno de los maestros de los estudios goetianos, Friedrich Gundolf. Su estudio sobre Kafka, la interpretación teológica de Max Brod. En cuanto a sus presuntas “tesis” de la primavera de 1940 sobre el “concepto de historia”, cuyas ideas lo obsesionan desde sus discusiones con Brecht y que ya diseminó por aquí y allá, critican, entre otras cosas, la historia de las civilizaciones tal como se divulga desde el siglo XIX, la “magia seductora” del positivismo, y la vieja noción de “progreso” a la que se refiere ciegamente la socialdemocracia alemana: un progreso continuo, lineal, que minimiza las catástrofes.
Pero es muy importante leer a Benjamin en el original, respetando su modo de lectura. La ciudad y los ciudadanos de su Infancia berlinesa, en la época imperial e imperialista de Guillermo II, son vistos desde la óptica de la Alemania nazi. Una Alemania, fuente de terror para él, a tal grado que en Port-Bou, el 26 de septiembre de 1940, lo perturbará, lo perderá del mismo modo que esa Alemania encerró, humilló, torturó, lo sabe, a su hermano comunista Georg, médico de los pobres de Berlín. La rememoración del pasado, para él, es una proyección hacia el porvenir. Nuestra tarea es la de aprehender, a nuestro turno, lo que es nuestro tiempo, el de nosotros, a través de sus escritos, sumergiéndonos en el tiempo en el que surgieron y cuya impronta lleva. Descifrarlos a la luz de nuestro progreso y de nuestras catástrofes de hoy.

 

Traducido por Marie-Claire Figueroa
del Magazine littéraire, no 408, abril 2002.
       
Nota:
* Historietas coloreadas destinadas al imaginario popular, editadas desde 1796 por Pellerin en la ciudad de Epinal (Este de Francia). El tono variaba desde el humor, lo moralizante y el color de rosa. N.d.t.

 

Ciclo Literario.

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