José Benigno Zilli, filósofo

José Luis Martínez Morales


 

Con los años llegó a ser para algunos el capellán de Humanidades. No de manera oficial, pues Humanidades es el recinto actual de la Universidad Veracruzana donde se cobijan las facultades de dicha área, a excepción de Derecho; y, por lo tanto, podrá haber en su campus cafetería, laboratorio de idiomas, biblioteca y centro de cómputo pero jamás capellanía. No se le puede acusar, sin embargo, de que en dicho lugar hubiese ejercido su ministerio. Como tampoco al licenciado Adolfo Carrillo se le podía tildar de haber sido también para muchos el abogado de Humanidades. Incluso, se decía que sus oficios se complementaban: mientras el primero los casaba, el segundo los divorciaba; sólo que sus esferas de poder pertenecían a ámbitos distintos. El primero testimoniaba la unión de parejas según las leyes divinas; mientras el segundo ayudaba a desuncirlas siguiendo las leyes terrenas.
        Los dos están jubilados y ambos son mis amigos, pero mi tarea por ahora es hablar del primero, cuya existencia comenzó aquél 30 de junio de 1934 en Tepatlaxco, Ver., donde nació, dicho prosaicamente, o vio la luz primera, dicho de manera tan trilladamente poética. De su preparación y capacidad intelectual nadie duda. Se licenció en filosofía, en 1955, por la Universidad Gregoriana de Roma, y se doctoró en dicha disciplina, en 1960, por la Rheinische Friedrich Wilhems-Universität de Bonn, Alemania. Y aunque,  como parte de su carrera eclesiástica, había cursado teología, obtuvo la licenciatura de la misma en 1969, por la Universidad Gregoriana de Roma.

 

Fotografía
Mauricio Castillo / José Benigno Zilli

        Tan cura como maestro, su carrera eclesiástica la comenzó en l947, en el Seminario Conciliar de Xalapa y la continuó en España e Italia. Después de sus estudios doctorales en Alemania, se incorporó, en 1960, como maestro y guía espiritual de los jóvenes latinos del Seminario de Xalapa. Sus inquietudes intelectuales, a pesar de su grado de doctor, lo llevaron a tomar cursos de filosofía, en la Universidad Veracruzana, con los célebres académicos José Gaos, Adolfo Sánchez Vázquez y Luis Villoro. Su amistad con el rector Fernando Salmerón, pero sobre todo por el reconocimiento de su preparación académica, lo llevaron a ser postulado como maestro de la Universidad Veracruzana en 1966. Fue principalmente catedrático de la Facultad de Filosofía, llegando incluso (a pesar de su investidura eclesiástica, dirían otros no sin cierto recelo, ignorando que lo que no está prohibido por la Constitución Política mexicana está permitido) a ser director de la misma, allá por el año de 1989 hasta el más reciente de 1994. No sólo eso, impulsó la fundación y fue el primer coordinador de la Maestría en Filosofía de la Universidad Veracruzana: 1995-1997. Al jubilarse el 2 de marzo de 1998, no sólo dejó un buen número de alumnos y de exalumnos de dicha facultad sino de otras más donde impartió en algún momento sus conocimientos: en Historia, en Letras, en Pedagogía, en el Instituto de Investigaciones Jurídicas y en el Instituto de Psicología y Educación.
        Se jubiló en la Universidad Veracruzana pero no de sus otras actividades. Su ministerio sacerdotal y su vida académica en el Seminario Conciliar de Xalapa han seguido desde entonces con la misma pasión y entrega que siempre les dedicara a la par de sus actividades intelectuales en la Universidad. Incluso se podría decir que aprovechó los ámbitos universitarios para ejercer su ministerio, no haciendo proselitismo ni prédicas doctrinales sino mostrando y demostrando con su ejemplo lo que debe ser un intelectual cristiano, máxime si es sacerdote. Parafraseando unas palabras suyas del discurso de agradecimiento al homenaje que, junto con los maestros Octavio Castro López y María del Rosario Amieva, le hiciera la Facultad de Filosofía de la Universidad Veracruzana, y a la que se unieron otras instituciones, diría de él: “Es un cura, sí, pero no de esos de misa y olla. Es un intelectual, y por eso quiere entenderlo todo. Mas no quiere para sí sólo los conocimientos y por eso ayuda a los demás a intentar buscarlos por ellos mismos, pero con la ayuda desinteresada y benigna de parte suya. Es un ser humano y probablemente se haya equivocado algunas veces y haya cometido errores, pero siempre es sincero en sus afanes”.
        Yo tuve la suerte de que fuese mi maestro en el Seminario y precisamente en una materia que se llamaba Estilística. Ahora sería equivalente a un taller de Lectura y Redacción. No fui precisamente un buen alumno, y no por falta de ganas, sino porque a mí el lidiar con las palabras siempre ha representado una lucha ardua y perenne. Desde entonces, sin embargo, siempre he reconocido en él un hombre de palabras. Apenas hace unos días le dije: “usted nos enseñó que no se debe escribir como se habla; pero yo reconozco que usted habla como escribe”. Y así es, entre su habla y su escritura no existe más diferencia que la mayor abundancia en la primera con relación a la segunda, pero el estilo es del hombre, emisor de ambos actos. Siempre nos repetía el axioma: “Lo bueno si breve, dos veces bueno”. Y él siempre lo ha cumplido. Como yo no puedo seguirle sus pasos, he agregado al anterior, este otro: “Lo malo si breve, al menos algo de bueno tiene”. Por eso, esperando no rebasar el límite de lo breve, aunque mi texto no sea tan bueno, quiero hablar de su relación con la palabra escrita. Es decir, de sus textos.
Aparte de la publicación de su tesis de doctorado, Introducción al estudio de los Conimbricenses (Xalapa: Editora Jalapeña, 1961), y de innumerables textos publicados en revistas tanto de sello católico como de corte periodístico local y nacional, nuestro sacerdote-filósofo se decidió, a partir de 1980, dar a la estampa una serie de libros que, a la fecha, rebasan ya la decena. El primero fue Día y hora (Xalapa: Ediciones San José, 1980), donde reúne una serie de artículos publicados con anterioridad y a través de los cuales reflexiona sobre los acontecimientos más relevantes tanto nacionales como internacionales que, en su momento, fueron noticia. Más tarde, hará lo mismo con las diversas cápsulas que durante un buen tiempo transmitió en un noticiero radiofónico: Radar (Xalapa: Ediciones Punto y Aparte, 1987). Y como para cerrar esta línea de escritura, y darnos una trilogía de sus reflexiones sobre los acontecimientos del devenir diario en que se mueve nuestra existencia, aparece su libro Comentarios (Acotaciones marginales) (Xalapa: Editora del Gobierno del Estado de Veracruz, 1996). Dije que tal libro cierra una veta de escritura, sin embargo, en sentido estricto, se trata de un libro bisagra porque, de hecho, es el cierre de una doble trilogía. Es decir, con la publicación de dos de sus obras anteriores: De la tarea académica (Xalapa: Editora del Gobierno del Estado de Veracruz, 1994) y Amado amante (Xalapa: Editora del Gobierno del Estado de Veracruz, 1996), nuestro autor había incursionado en los laberintos académicos, fruto de su experiencia docente. Con sus Comentarios, no sólo retoma un género de escritura nacido en los ámbitos universitarios sino que clausura, por así decir, ese otro ámbito de su temática: el académico. Pero no sólo eso, sino que con él fusiona su doble papel de docente: el realizado en las aulas y el ejercido a través de los medios públicos de la comunicación.
Dejamos al final su papel de investigador e historiador que, quizás, jamás pensó que le retribuiría tantas satisfacciones y reconocimientos. Ligado a su origen y a su historia personal y familiar, la tarea de rescate de la historia de los inmigrantes italianos en México comenzó con la publicación con su libro Italianos en México (Xalapa: Ediciones San José, 1981) y continuó con las obras que son ya referente obligado para los especialistas del tema: Braceros italianos para México (Xalapa: Universidad Veracruzana, 1986), ¡Llegan los colonos! (Xalapa: Ediciones Punto y Aparte, 1989), La Villa Luisa de los italianos (un proyecto liberal) (Xalapa: Universidad Veracruzana, 1997) y La Estanzuela (historia de una cooperativa agrícola de italianos en México) (Xalapa: Editora del Gobierno del Estado de Veracruz, 1998). Convertido en pionero de esta vertiente de la historia en México, su labor comienza a rendir sus frutos en otros ámbitos y ya cuenta con un discípulo y colaborador italiano.

Relacionado con su oficio de historiador y su ministerio sacerdotal, tiene además otro libro relacionado con la historia eclesiástica de México: Frailes, curas y laicos (cinco estudios sobre historia de la Iglesia en México (Xalapa: Editora del Gobierno del Estado de Veracruz, 1994). Y en el año de 2003, como una muestra de simpatía, un grupo de amigos nos unimos para hacerle una pequeña y modesta edición de cien ejemplares de sus cuentos que otro amigo, Librado Basilio, le publicara en distintos números de la revista El Caracol Marino. Se trata de un pequeño volumen que titulamos: Cuentos en un caracol (Xalapa: Durandarte, 2003) y que muy pocos de sus discípulos y amigos pueden presumir en sus bibliotecas particulares. Muchos somos, sin embargo, los que nos vanagloriamos de haber tenido por maestro y amigo a este cura, filósofo, teólogo y humanista que es el Dr. José Benigno Zilli Mánica.

 

Ciclo Literario.

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