Helmut Newton: aventura, moda y pasión.

Lorenzo León Diez


Helmut Newton
Autobiografía
RM Verlag
2005

 
Las fotos de moda rara vez poseen una lógica;
cada una es un instante, sin principio ni final
HN

 

A Fabrizio León

 

En 1946, cuando lo dieron de baja del Ejército Australiano Helmut Neustaedter quiso cambiarse el apellido por el de Newton: Movido por la ambición de convertirme en un fotógrafo famoso, decidí cambiarme de nombre. Era como una muda de piel, un proyecto que me parecía audaz, como salir de la Legión Extranjera con una nueva identidad.

 

Fotografía
Helmut Newton

 

Este ambicioso muchacho que se había fijado desde muy joven el objetivo de convertirse en fotógrafo de la revista Vogue se dio cuenta, al acabar la guerra, de lo lejos que estaba de cumplir esa meta, pues en Australia, a donde llegó de Singapur en su periplo de judío exiliado, sólo me había convertido en un follador experto.
Helmut Newton, uno de los fotógrafos más influyentes del siglo XX murió hace apenas tres años, en 2004, en un accidente de tráfico en Los Ángeles, California a los 83 años de edad. Había nacido el 31 de octubre de 1920 en un barrio de Berlín llamado Schoneberg, en donde su hermano Hans, casi quince años mayor que él, le señaló cuando era un niño a una mujer parada en la esquina y le dijo: “Míratela bien Helmut”. Era la famosa Erna la Roja, una puta muy conocida en ese barrio de Berlín. La llamaban así porque era pelirroja y llevaba botas rojas de montar y una fusta. Fue mi introducción al lado pecaminoso de la vida de las calles de Berlín, una ciudad maravillosa para ser joven.
            La creación del Porno Chic
Esta imagen de su infancia es la fundadora de una proyección de lo que sería su estética y que se conocería, a la aparición de su primer libro en 1976, White Women (Mujeres Blancas), como porno chic. Desde el momento que mi hermano me había mostrado a Erna La Roja me había fascinado la idea de poder comprar amor. Me encantaban los burdeles. Siempre me ha interesado la prostitución, desde que la vi a los siete años. Una de las cosas que solían entusiasmarme era el concepto de que la mujer era una mercancía. Recuerda Newton que las putas se vestían de una manera extraordinaria, hasta ellas tenían un talento innato para la moda que se reflejaba en lo que se ponían para atraer clientes, una intuición para mostrar cuales eran sus especialidades a través de la forma en que se vestían.

Las visiones de su infancia son potencias que cobrarán forma muchos años después, cuando Helmut hubo recorrido el arduo camino de los fotógrafos de moda y pudo disponer de las más espectaculares modelos para reproducir los imágenes que se abren paso por su memoria. Recuerdo bien una mujer que me impresionó que iba con un vestido blanco de novia con velo. Muchas llevaban botas –botas muy altas, parecidas a militares- con fustas en la mano y cadena alrededor del cuello y los brazos. Muchos hombres parecían preferir irse con ellas, porque eran como su esposa, o su madre. Helmut reconocería más tarde la fuerte influencia que tuvo en su fotografía de modas La historia de O, que leyó a principios de las sesenta, cuando encontré una edición rara en una de las bouquinistes de la ribera del Sena. La venta del libro estaba prohibida en la mayoría de los países por sus descripciones gráficas de actos de sadismo y masoquismo. Otros autores que lo estimularon fueron Arthur Schnitzler, autor de la famosa novela Adiós a Berlín y Stefan Sweig.
Helmut Newton es creador de una estética cuyos orígenes son las imágenes elaboradas para presentar ropa femenina para su venta: catálogos, folletos de escaparates y revistas de moda. La propuesta de Newton será inventar a una mujer occidental cuyo hábitat es París, Nueva York o Milán y su glamour avanza ya no solamente para mostrar las creaciones de los diseñadores más exclusivos sino las pulsiones más instintivas. Una imagen que sintetiza su intento es  “Vestidos” y “Desnudos” donde podemos ver a un conjunto de modelos con ropa vistosa y luego, en las mismas poses, completamente desnudas (o desnudas primero y luego vestidas, como se quiera). Con su mágico ademán fotográfico, Newton ha cumplido el sueño de la desnudez total, ha despojado a las modelos de todo objetivo comercial (mostrar ropa para venderla) y aparecen sus cuerpos liberados del valor de la moda, cuerpos que, sin embargo, no son naturales, más bien son maniquíes, formas exquisitas, pero rígidas. El fotógrafo más cotizado es el más despiadado: una especie de guerrillero del deseo que aprovecha los escenarios del jet set, de la alta burguesía, para aniquilar el fin mercantil y crear un sueño: la posesión absoluta del espectador en aras de conducirlo a los oscuros callejones de Berlín donde habitan sus onirismos sexuales.
Y también reelabora los códigos de la urbanidad, introduce en el espacio de lo público la intimidad más recóndita. Abandona los estudios y ocupa las calles con un teatro de la inmovilidad: se ocupa en irradiar, apuntando su lente, un festín erótico en lugares establecidos para los tránsitos maquínicos y la aniquilación de la individuación.
También somete a su dictado lo doméstico: los sitios de lavado de ropa, la cocina, la alcoba, por ejemplo, donde desarregla con cuerpos esplendentes una rutina que ha desfeminizado a la mujer.
El principio
La primera cámara que se compró Helmut fue a los doce años, en 1932, era una AGFA Tengor Box. Con ella decidió hacer inmediatamente su primer carrete (ocho fotos de 6 x 9 cm) en el Metro de Berlín.
Helmut era hijo de un fabricante de botones y su madre era elegante y bella. Tenía una vida muy cómoda y todo el amor de sus padres. Admiraba el trabajo que salía publicado con regularidad en el Berliner Ilustrirte. Me empapaba de todas esas imágenes de las revistas como una esponja. Recuerdo que me impresionó especialmente una foto de Heinz von Perckhammer de unas chicas muy bellas sentadas en un BMW. Se llamaban fotografías de género. Me había enganchado.
El chico Helmut conoció a unos fotógrafos de prensa que vivían cerca de su casa, cuando les dije que estaba loco por la fotografía, me ofrecieron un trabajo de recadero con ellos. Les preparaba café, archivaba los artículos y los negativos e iba a comprar carretes y materiales.
Un primo suyo, Bennet, era camarógrafo de cine y la madre de Helmut tenía una relación familiar con el director Alexander Korda, pero su padre le prohibió categóricamente irse como su aprendiz a Londres. Decía que un hijo suyo jamás entraría a la industria cinematográfica. Para él era tan malo como ser camarero, puta o chulo. “Sólo piensas en chicas y fotos”, me dijo que acabaría en el arroyo.



Fotografía
Helmut en Changi, Singapur / 1939

 

Sin embargo su madre, a través de sus contactos, consiguió que entrara como aprendiz de una fotógrafa muy conocida en Berlín llamada Iva, (en 1938 la deportarían a un campo de concentración y la mataron en Auschwitz) su nombre verdadero era Frau Simon. Ella hacía fotografía de modas, así como retratos de bailarines de ballet, actores y actrices. También hacíamos muchos catálogos de lencería, que me encantaban. Durante los dos años que estuve bajo su tutela me enamoré locamente de ella.
Iva tenía una asistente en el laboratorio, recuerda Newton, que llevaba un monóculo. Era 1936; yo tenía dieciséis años y ella veintiuno. En aquella época había una luz roja en el cuarto oscuro, y yo buscaba cualquier excusa para entrar a llevarle cosas o sólo mirarla. Todavía tengo afición por los monóculos...me encantan las chicas con monóculo.
Desde aquí podemos ver el origen de los fetiches que Helmut haría famosos y serían un sello característico de su imaginería erótica, como las botas, las fustas y otros elementos muy berlineses.
Ya el lector podrá percibir que la escritura autobiográfica de Helmut es rápida, gozosa e irreverente. La narración de su vida no sólo es un documento invaluable del desarrollo profesional de la fotografía sino de la historia del siglo XX. Hitler nos hizo, a mi hermano y a mí, un favor. Si no hubiera sido por los nazis, mi padre hubiera insistido en que fuera comerciante de botones, y estoy seguro que no habría sido mejor que Hans. Tarde o temprano habría salido corriendo y le habría roto el corazón a mi padre. Pero, en cambio, Hitler se ocupó en hacerlo por mí.
En efecto, la fábrica de Max, su padre, fue confiscada. Él y su esposa huyeron a Argentina y nunca Helmut los volvería a ver. El chico fue embarcado hacia Singapur. Al irme tenía un par de cámaras, incluidas una Rolleicord y una Kodak, que esperaba que me dieran de comer durante los años siguientes.
El barco hacia China estaba lleno de judíos fugitivos. Ninguno quería pensar en la terrible inseguridad del futuro. Todo el mundo se la pasaba en grande, bebía y tenía amoríos. Era como la extraña sensación de bailar sobre un volcán. Yo me abrí paso por el Mediterráneo y el canal de Suez follando sin parar.
Su estancia en Oriente
Cuando el barco llegó a puerto en la nochebuena de 1938 una comisión gubernamental dedicada a los migrantes realizó entrevistas con los refugiados. El hecho de que fuera joven, soltero, hablara inglés y llevara mis cámaras conmigo era una ventaja. Un miembro de la comisión me dijo que podía conseguirme un puesto de fotógrafo en el Straits Times, el periódico más importante de Singapur.
 Durante la travesía alguien le había comentado a Helmut que los coños de las chinas eran transversales, así que éste era el momento de averiguarlo. Me fui directamente a un burdel y descubrí que no era cierto.
En el periódico destinaron al joven extranjero a la sección de sociedad. Sus fotos eran abominables. Nunca llevé una foto que el periódico pudiera usar y a veces volvía sin ninguna. En sólo dos semanas lo corrieron.
Entonces conoció a Josette Fabien, de treinta y cuatro años, era una mujer pequeña, de uñas largas y rojas, rubia, nariz afilada, una boca grande y sensual, ojos azules y una piel blanca y transparente; tenía un próspero negocio de impresión de programas de teatro y menús de hoteles y restaurantes y venta de publicidad. Se hicieron amantes.
Cuando se cansó de ella y sus escenas de celos, Helmut pasaba mucho tiempo refugiado en la biblioteca. Gravitaba entre los libros y las revistas y empecé a toparme con fotografías maravillosas de gente como Brassai y George Hurrell.

El pasaporte alemán con la letra J en cada hoja caducaba a los doce meses de su salida de Berlín, y Helmut, de 19 años, tenía un instinto de conservación bastante fuerte, así que no fue al consulado alemán en Singapur y se convirtió en un apátrida.
 No pasó mucho tiempo sin que Helmut recibiera una orden de las autoridades para presentarse en el muelle 10. En el puerto estaba el Queen Mary que había sido acondicionado para trasladar tropas. En el barco.


Fotografía
Helmut Newton / En las calles nocturnas de Berlín

 

vivimos en medio de un lujo absoluto. Nuestro destino final era el Campo de Internamiento Tatura Uno, no muy lejos de Melbourne, Australia. Todos éramos judíos o comunistas y nos declarábamos antinazis.
Ya en el campo a Helmut le costó un tiempo acostumbrarse a limpiar letrinas, pero, bueno, sólo era olor a mierda después de todo.
Su estancia australiana.
En Australia Helmut pasó varios años. Los internos del campo eran tratados bien y podían trabajar en Melbourne. Nos encantaba ir allí (la Empresa Conservera Footscray) porque había un montón de mujeres, bastante duras y salvajes. A la hora de comer nos tirábamos algunas detrás de los cajones de latas. Era una maravilla.
Tuve una novia llamada Louise Golding. Tenía algo que nunca he encontrado en ninguna otra mujer: un hueso en alguna parte, justo encima de la vagina, que me daba una sensación muy especial mientras me la tiraba. A veces me dolía, porque ella siempre respondía muy efusivamente.
En 1946 Helmut abrió un pequeño estudio en Melbourne y conoció a June, una actriz que sería su esposa.
Durante el día Helmut solía recorrer Flinders Lane, esa calle larga y estrecha donde estaban todos los vendedores de ropa, para enseñar mis fotos, tratando de conseguir trabajo y abrirme camino como fotógrafo de modas.
En 1948 June y Helmut se casaron. Para poder comer y pagar el alquiler, hacía retratos y fotos de bodas. Detestaba hacer bodas. Los sábados por la tarde montaba la cámara en la puerta de una iglesia, junto con otros tres o cuatro fotógrafos que trataban de captar a la feliz pareja.
Pero luego consiguió trabajos de foto publicitaria. Usaba una vieja cámara Thornton Picard que me había comprado al salir del ejército por ocho libras australianas. Era de caoba y tenía una lente grande, fantástica, encastrada en latón, de placas, de los años treinta. Venía con tres placas. Montaba la cámara sobre un trípode viejo y destartalado y disparaba a todos los escaparates. Sólo podía tomar seis fotos, ya que los chasis de placa eran de doble cara. Entonces tenía que regresar al estudio para volver a cargar porque no tenía dinero para comprar más chasis.
Helmut convive con el círculo de actores, compañeros de su esposa. Ella a veces se ausenta en giras de presentación. Nunca he sido una persona celosa o posesiva. Siempre he considerado los celos como un sentimiento improductivo y totalmente inútil. Hay una canción que cantaba Marlene Dietrich, que dice algo así como: “¿Para qué llorar cuando dos amantes se separan si en la siguiente esquina ya está esperando el próximo?”.
Helmut ya estaba en lo suyo. Sin embargo reconoce que mi trabajo no era bueno. ¿Cómo iba a ser bueno? En Australia era difícil evolucionar como fotógrafo. Todo tenía que ser un refrito de lo que se hacía en Estados Unidos.
 En 1957 regresó a Berlín a trabajar para una revista llamada Constanze. Nos hacían trabajar mucho. No nos dejaban salir del estudio hasta la noche. Todas las modelos y fotógrafos tenían pequeñas habitaciones y dormíamos en las instalaciones. No podíamos salir del estudio hasta haber cumplido con nuestra cuota de no sé cuantos vestidos, y cada vez parecía haber más percheros y percheros.
Vogue a la vista
Helmut ya trabajaba con encargos que le hacía el suplemento australiano del Vogue inglés, y en ese mismo año de su estancia berlinesa, 1957, me ofrecieron un contrato de doce meses para trabajar en el Vogue de Londres. Fue increíble ir a las oficinas del Vogue por primera vez. Una cosa era trabajar para el Vogue de Australia, y otra muy distinta aterrizar en el Santo grial, en la fuente. Dios mío, me dije, al fin soy fotógrafo del Vogue de verdad.
Pero no todo era bueno, si se comparaba con el fotógrafo Claude Virgin, que hacía fotografías eróticas, muy diferentes de lo que se había visto hasta entonces en Inglaterra. Así que mientras a aquél le encargaban todo el trabajo emocionante, con modelos, al pobre Helmut le daban “la señora Exeter”, una dama dulce de cabello blanco que lucía ropa dirigida a la mujer mayor. Y para las colecciones traían a fotógrafos famosos de París y Nueva York, como Cecil Beaton y Norman Parkinson.
Su estancia francesa
En 1961 Helmut Newton está por emprender el vuelo: entra al Vogue francés. Ya sabía el artista el tipo exacto de fotografía que quería hacer. Y ellos sabían, si me lo preguntaban, que iban a recibir algo bastante sexy. Del Vogue de Nueva York, el redactor en jefe, Alex Leberman, quien fue uno de los primeros que reconoció el genio de Larry Finn –“Muestra lo más íntimo”-envió un memorándum al Vogue italiano para advertirle a la redactora jefe que tuviera cuidado con el contenido erótico de mis imágenes.
Los fabulosos sesenta
Helmut piensa que los años sesenta fueron un periodo importante y luctrativo para todos los fotógrafos. Fue una época muy rica, con un montón de trabajo, y los precios empezaron a ponerse interesantes.
Fue en esa década que se estrenó la famosa película de Antonioni Blow-up, protagonizada, precisamente, por un fotógrafo de modas que descubre un crimen. Entonces, en los bares de moda los jóvenes se paseaban con seis Nikons al cuello aunque no trabajaran. Como todo el mundo, querían ser fotógrafos de moda. Esta actividad se convirtió en un gran culto.
Los fotógrafos de revista nos superábamos los unos a los otros en todas partes, produciendo fotografías de moda curiosas y divertidas que no sólo mostraban el vestido sino que iban mucho más allá. La ciudad estaba repleta de fotógrafos con grandes ideas.
Pero Helmut nunca estaba de acuerdo con las fotografías que elegían sus editores. Muchos años después dirá: Hoy las cosas son diferentes. Me limito a enviar una selección muy reducida de fotos a la revista para la que trabajo, o sea, reduce al mínimo las opciones de los seleccionadores de imagen.
Helmuty conoció a Chris von Wangenheim, un fotógrafo que trató de emular su estilo. Él reconocía la influencia muy germánica, muy berlinesa de mis imágenes y mi trabajo influyó mucho en él, sobre todo el aspecto sadomasoquista. Su obra tiene ecos importantes en la mía.

 

Fotografía
Helmut Newton / Hicieron falta 2 años para
que el resto de las revistas empezaran a hablar
de la belleza de la chica grande, con unos kilos
de más.

En 1965 lo llama la señora Vreeland, redactora en jefe del Vogue estadounidense, para empezar a trabajar en Nueva York, donde se instalará definitivamente en 1971.
En su ansia por llegar a ser el mejor, Helmut fumaba como un carretero y bebía un montón. Y nada de chiquilladas como cigarrillos con filtro, no, fumábamos Lucky Strike y Camel. Tabaco puro y duro.
Así que Newton llega a Nueva York completamente exhausto depués de todo el trabajo que había hecho en Europa. Estaba fatigado, sin aliento y con el corazón a mil. Además tuvo que soportar las críticas de todo su trabajo porque a veces sobrepasaba la raya de la sensibilidad estadounidense.
Vemos a Helmut paseándose por Nueva York con una gran camioneta de exteriores y una limusina, porque nunca fotografiaba en estudio. Donde quiera que estuviéramos, el equipo lo formaban en general estilistas, peluqueros y modelos.
Entonces se desmayó en la calle. Sufrió un ataque al corazón. Lo llevan urgentemente a un hospital y es operado. Cuando me sacaron en camilla del quirófano tras la intervención, llevaba agarrada mi pequeña Minolta automática. Me ayudó a olvidar. Pocos días después los médicos le dan permiso de fotografiar. Alquila una habitación en el hotel Volney y hace una serie de fotos de ropa interior que supusieron una gran ayuda en el camino de la recuperación. Las cámaras tienen algo especial. Creo que funcionan como barrera entre la realidad y yo.
Varios años después June, su mujer, es sometida también a una operación, y Helmut formula esta idea: podía mirarla a la cara y a lo que le habían hecho a su cuerpo con mucha mayor facilidad y presencia de ánimo cuando la cámara se interponía ante mis ojos. Siempre ha sido así. Siempre he pensado que un fotógrafo de guerra sería incapaz de afrontar el derramamiento de sangre y la destrucción si no tuviera una cámara entre él y los horrores que retrata.
La fama y la Fundación Newton
En la cumbre de su fama, Helmut Newton retrató a las grandes divas de Hollywood, lo que da oportunidad para definir su estilo: algunas son demasiado intelectuales: se ponen un vestido y posan con algún fondo estrambótico que me gusta, y me preguntan: “Qué papel tengo aquí? ¿Quién se supone que soy?”. Por supuesto no tengo respuesta a esa pregunta, no soy director de cine. Las fotos de moda rara vez poseen una lógica; cada una es un instante sin principio ni final.
Entre sus maestros Helmut reconoce a Brassai: es el maestro de la luz nocturna, las calles parisinas, los paisajes urbanos de noche y los interiores de burdel. También admira las magníficas fotos del doctor Salomón, tomadas durante soirées en embajadas y conferencias diplomáticas.
Helmut ayudó a cambiar, entre otras cosas, la rígida concepción de delgadez de las modelos. Mucho antes de que nadie quisiera ver a una modelo rellenita, con exceso de peso, yo rogué y supliqué a las editoras de moda que arreglaran los vestidos para que esas bellezas cupieran dentro. Hicieron falta dos años para que el resto de revistas empezaran a hablar de la belleza de la chica grande, con unos kilos de más.
Para Helmut el plazo ideal de trabajo son dos días. Mi atención parece decaer tras la segunda jornada, y empiezo a aburrirme. Yo lo atribuyo a mi naturaleza superficial. Por eso nunca podré rodar películas: se me antoja imposible dedicar un mes, tal vez un año, a un solo proyecto. Lo hermoso de la fotografía es que es comparativamente barata de producir, se puede hacer con rapidez con un mínimo de personal y equipo y si metes la pata en un trabajo siempre puede salirte bien otro. Además, no hay que madrugar.
En relación a la actividad periodística, Helmut marca su distancia: No soy reportero. Archivo la imagen en mi cabeza: algún día la reproduciré.
En el año 2001, Helmut reconoce que la copia de una imagen en blanco y negro es un arte en vías de extinción. Conozco a muy, pero que muy pocos tipos en Francia y Estados Unidos capaces de satisfacer mi estilo particular. A esa gente hay que cuidarla, alabarla y mimarla. Son frágiles y a menudo extraños, y mi relación con ellos a veces debe ser como la que se tiene con un amante. Mi teoría es que, si un individuo se pasa la vida en un cuarto iluminado sólo por una tenue lámpara naranja o en completa oscuridad, su comportamiento tiene que ser por fuerza algo estrambótico.
En cuanto a su relación con el mundo del arte, su posición es nítida: Tengo que agradecerle al mundo comercial –la “sociedad de consumo”- el éxito que haya podido tener, no a fundaciones, museos o becas. Siempre he encontrado estímulo e inspiración en el trabajo para revistas o por encargo. Creo que la página impresa me sirve como una especie de think tank o laboratorio en el que probar nuevas ideas.

Los archivos de Helmut Newton se encuentran en una fundación en Berlín, su ciudad natal, en un palacio que lleva su nombre y fue habilitado en 2002, dos años antes de su muerte.

 

 

Ciclo Literario.

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