Asilos

Araceli Mancilla


Pablo lloró mucho, pensó que me sucedería algo malo. La verdad, creí que esto sería peor. Aunque me siento rara, en las tardes salgo a caminar al patio, juego básquet o platico con las otras niñas. Me gusta. En las noches es distinto, no nos dejan salir del dormitorio. Dicen que es por nuestra seguridad. No importa. Hay un ventanal desde donde se ve la copa de un árbol muy grande, un colorín. Me entretengo viéndolo, es más bonito de noche que de día. Creo que nunca había tenido tanto tiempo para mirar. No, no pienso en nada, sólo veo el movimiento de sus ramas. Es como si me hablara, el colorín. Después me canso y me da sueño.

    

Fotografía
Adriana Lestido / Mujeres presas

    

De momento se me ocurren cosas que le contaré a Pablo cuando chateemos el miércoles; es el único día que usamos la computadora. Se pone feliz. Lo sé pues escribe cuanta idea pasa por su mente, tan rápido que no sé ni qué onda, pero me divierto muchísimo. Puedo ver su narizota pegándose a la pantalla del gusto al leer las nuevas groserías que me han enseñado aquí.  Otra, otra, me pidió la última vez. Se me acabaron, estoy juntando más, le dije. Las anoto y se las explico porque a veces no entiende. Él también me pasa cosas chidas.  Es mi mejor amigo. Más bien, el único. De los demás chavos sé poco; se asustaron con lo que pasó, supongo. Pablo me cuenta lo que hacen y se burla de ellos. Dice que le preguntan por mí y les contesta que si quieren enterarse, que me escriban. Ninguno lo ha hecho. A lo mejor se los prohibieron. Pensarán que estoy en la cárcel. De cierta manera, así es.  No me preocupa. Además, si todos escribieran tendría poco tiempo para chatear con Pablo que es el que me interesa.

     Otra vez eso de que si andamos, es una ñoñería. ¿Tus amigos son tus novios? ¿Ves? Qué pregunta tan ñoña.
     Pablo vio cuando llegó la policía a mi casa y me llevaron. Íbamos a andar en bici un rato. Yo tenía muchas ganas, no había podido salir en toda la semana. A mi hermano nunca le encargan nada. Sólo a mí me dejaban a los ancianos y otros quehaceres de la casa. No sé por qué, eso lo deciden mis papás.
     Ese día habíamos quedado en vernos. Pablo me hablaba a diario, sobre todo en vacaciones. Muchas veces comíamos en su casa, yo no lo podía invitar a la mía. En la suya todo es más tranquilo, nadie molesta. Él se aburría de estar solo viendo la televisión y me llamaba. Algunas veces me ayudó a cuidar a los viejos, cuando salía mi mamá. Mi papá no tiene que ver con el negocio, él sólo llega a dormir a la casa. Mi mamá, desde que yo era chiquita, atiende ancianos. Cuando mi papá se quedó sin trabajo alguien, alguna amiga enfermera, creo, le dio la idea. Primero fueron dos o tres.   Ahora deben ser nueve, descontando al que se acaba de morir. La casa no es tan grande como la de Pablo, pero sí caben. Puede haber hasta tres en una recámara. El que se murió estaba en la habitación de cuidados especiales, solo, para que nadie lo molestara. Ya estaba acostumbrada, pero de gustarme, ¿Cómo crees? ¿A ti te gustaría vivir así? 
     Con algunos me llevé mejor que con otros. Hubo uno, don Mateo, que era muy chistoso. Yo tenía seis o siete años y le gustaba hacer muecas y disfrazarse con tal de hacerme reír. También se ponía calcetines en las manos, les pintaba una cara y listo, inventaba diferentes personajes que jugaban conmigo. Me divertía. Yo creo que murió de muerte natural. Así dice el médico siempre. Recuerdo que casi nadie lo visitaba ni venían por él para llevarlo a pasear, como a los otros. Se pasaba horas callado cuando lo dejaba plantado su familia. Mi mamá recibía dinero extra, pero se fastidiaba. De repente teníamos planes de pasear por lo menos una tarde, y ya no se podía. No, no he perdido ningún año. Mi escuela me gusta y es de paga. Sí, tengo ropa bonita, bici, tele, compu. Me hubiera gustado ir alguna vez a la playa con mis papás. He ido con mi grupo del colegio a Oaxtepec, a Veracruz, es padre. Muchos chavos que conozco no salen a ningún lado, ¿sabes?
      Es cierto. Le dije a Pablo que en cuanto pudiera me iría de allí. Se me hizo. Qué cara pones, es una broma. Ya sé, nada me falta, pero es horrible tener que cuidar a gente vieja, no lo soporto. Si me negaba a hacerlo había regaños, me encerraban en la casa con llave hasta que mi madre regresara. Mis obligaciones eran darles de comer; a las viejitas cambiarles el pañal, cuidar el horario de las medicinas. La tarea la hacía como a las siete u ocho. Soy buena alumna, no creas que de puro diez, pero no rebuzno.

 


Fotografía
Adriana Lestido

 

     Ese día tenía más de una semana sin salir, me habían castigado. Un viernes antes me había enojado porque no me dejaron ir a patinar. Del coraje, no me di cuenta, pisé mal y un bacín de orines se me derramó al bajar la escalera. Claro que tuve que limpiar, la sirvienta no hace ese trabajo.
     Mi mamá me había dado permiso de ir con Pablo, pero salió y tenía que esperarla. Le dije a Pablo, “vente en cuarenta y cinco minutos”. En eso llegó el señor. Ya lo había visto algunas veces, cuando visitaba a su abuelo, sobre todo, últimamente. La sirvienta no estaba, era domingo. Mi papá se fue al fut con mi hermano. Dejé pasar al señor y subió. Me pidió un vaso con refresco. Se lo llevé. Me preguntó cómo me llamaba, olía a crudo -A veces mi papá llega oliendo a borracho y donde quiera que pasa huele espantoso.
     Le contesté; iba a dar la vuelta para irme y sentí de pronto un jalón en mi cinturón. Me asusté. Voltee para zafarme y me agarró por la cintura. Grité. Me tapó la boca. Sentí una de sus manos adentro de mi blusa. Se me iba el aire. Me agarré del tubo que sostiene el suero, se estrelló la botella y una astilla de vidrio se encajó en mi tobillo. Caímos encima de la cama. El cuerpo del señor sobre mí, sin soltarme. Con nuestro forcejeo se desconectaron los cables del respirador. Escuché un quejido debajo de nosotros. Era el viejo. Resoplaba, sentí su aliento en la cara, parecía que los ojos se le iban a salir. De repente empezó a ponerse morado.  El señor se levantó, me empujó y cerró la puerta. Se recargó en ella para que yo no intentara salir.  Empecé a gritar. Se oía mucho ruido afuera porque los demás viejos se pusieron histéricos. “Ya verás, cabrona”, me dijo. Marcó su teléfono y siguió insultándome. El viejo se ahogaba. “Necesita el respirador”, le dije. Me puse a buscar los enchufes y a colocar el aparato. El viejo empezó a volver en sí.
     En eso llegó mi mamá, después la ambulancia. La policía. Me trajeron aquí. Vine a este lugar porque se supone que causé el accidente.
     ¿Eso anda diciendo mi mamá?  Mira, voy a contarte algo, pero no se debe saber.  Sólo a ti te lo digo porque eres buena onda y me caes bien. El señor, cuando vio que yo trataba de reanimar a su abuelo, se acercó, zafó la almohada debajo de su cabeza y se la aplastó en la cara. Dos, tres minutos, quién sabe. No, no hice nada, sólo lloré. Del abuelo sé que tenía dinero porque mi mamá le daba una atención especial. Él pagaba directamente sus gastos, lo ayudaba una de sus hijas. Una mujer X, de esas que te ven y ni te pelan. Flaca, fea, con gestos de sangrona, igual que el papá. Ella iba a que le firmara cheques y otros papeles por lo menos una vez a la semana.  En los otros casos pagaban los familiares. A este viejo, desde que se enfermó, comenzó a visitarlo un abogado para hacer cambios en su testamento. Eso escuché decir a mi mamá.
     ¿Detalles?, Mmm; llegó mi mamá, bajé corriendo y le explique qué había pasado. Se puso furiosa. El señor y ella se metieron en la cocina, estuvieron discutiendo. No escuché mucho, se tardaron un buen rato. Antes de que llamara a la ambulancia mi madre salió de prisa, muy nerviosa. Fuimos a su recámara; me advirtió que debía responder como ella decía o tendríamos problemas. Sí, está molesta porque declaré lo que me hizo el señor. Ella asegura que lo estoy inventando.  No sé si contar lo de la almohada. Cuando mi madre vino a verme la última vez, muy rápido, en voz baja, me pidió que desmintiera lo que dije y así pronto regresaría a la casa.
Explicó a la policía que desconecté el respirador porque soy distraída y torpe aunque buena muchacha. O sea, una bemba.  Imagínate si se entera que sabes esto. No, no creo que esté preocupada.  Pablo la ve en la calle, muy normal; hasta se arregla más que antes. Con él se hace la tierna. Se lo encontró el otro día en el parque y volvió a llamarlo para echarle un rollo: “El amor de los padres es sagrado”, “debe confiar en nosotros”, cosas así. Ahora sale con que Pablo me mal aconseja.

Oye, gracias por los cheetos, me encantan.     

 

Ciclo Literario.

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