Belleza y muerte: un diálogo carnavalesco
(en torno de Mario Bellatín)

Fernando Montes de oca


 

Mijaíl Bajtín, filósofo y teórico literario ruso, desarrolló desde 1936 los conceptos de polifonía y dialogismo, y en 1941 el de carnavalización como expresión de cultura popular que se manifiesta en ciertas tendencias novelísticas como crítica y ruptura con valores sociales establecidos y también con la norma literaria. El pensamiento de Bajtín no se conoció en Occidente sino hasta después de su muerte en 1975.
En este texto me propongo ensayar estos conceptos sobre la obra Salón de belleza (2003), de Mario Bellatín.
En principio Salón de belleza puede ser considerada como un tanto indefinida, en un sentido genérico, pero no creo que eso estorbe para nada. Suele ser considerada como novela corta, al igual que otras obras del mismo autor. Verla de este modo no establece más que una contigüidad con cierto número de páginas y algunas convenciones. En todo caso es una narración. Una narración literaria, claro.

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Helmut Teissl / Carnaval en Río

Comentado esto, primero haré un recuento de la historia narrada por la novela.
Los personajes principales son el dueño del salón de belleza, sus dos socios, y los enfermos (¿enfermos?, ¿qué no se habla de un salón de belleza?).
Cierto, el dueño es propietario de un salón de belleza, decorado, entre otras cosas, con peceras. Debido a una epidemia en la ciudad decidió convertir a su salón en “moridero”, a donde precisamente algunos enfermos llegan para refugiarse antes de morir.
El dueño tenía dos socios, con quienes había montado el negocio, pero que ya habían muerto a causa de la epidemia; sin embargo, se cuenta en retrospectiva, que los tres solían vestirse de mujeres para ir a bailar y a ligar.
Debido a la ocupación del dueño con las nuevas funciones de “moridero” en que transformó a su establecimiento, poco a poco ha ido descuidando a los peces, ya que él mismo se encarga de atender a los enfermos alimentándolos y dándoles un lugar para morir. No se ocupa de medicamentos ni de ningún tratamiento puesto que sólo llegan ahí para morir.
Finalmente él también es infectado y, aunque ignora si contará con el tiempo suficiente, planea ya no aceptar más enfermos, con la idea de acondicionar nuevamente el local como salón de belleza y que así ninguna institución se apropie de éste.
Para abordar esta narración recurriré entonces a los conceptos de dialogismo y de carnaval de Mijaíl Bajtín, que están necesariamente relacionados entre sí, pues el carnaval representa la multiplicidad del encuentro dialógico, liberado del monologismo autoritario de los discursos oficiales. De hecho la carnavalización representa, precisamente, el proceso de liberación de los discursos autoritarios así como de los comportamientos que aquéllos “inscriben en el cuerpo” (tomando una idea de Michel Foucault), durante el estado de excepción de la fiesta en la plaza pública, en donde las nociones de tiempo y espacio transgreden el orden dominante. En su trabajo sobre Rabelais, Bajtín, refiriéndose a la fiesta de carnaval, la identifica como triunfo de una ... liberación transitoria, más allá de la concepción dominante, la abolición provisional de las relaciones jerárquicas, privilegios, reglas y tabúes. Se oponía a toda perpetuación, a todo perfeccionamiento y reglamentación, apuntaba a un porvenir aún incompleto (Bajtín, 2001, p.11).

Desde este punto de vista, Salón de belleza podría no ubicarse, en apariencia, en el contexto de la fiesta, estrictamente hablando; sin embargo, lo que sí se plantea es la suspensión del orden cotidiano, al mismo tiempo que la instauración de lo grotesco, rasgo este último, también característico de lo carnavalesco. De este modo la suspensión del orden cotidiano “abre la potencialidad de un mundo enteramente diferente, de otro orden, otro modo de vida. Conduce al hombre fuera de los confines de la aparente (falsa) unidad, de lo indisputable y estable” (Ibid. p.48). En cuanto a la imagen grotesca, durante la celebración del carnaval, revela la inadecuación de una actualidad dada, y  los límites entre persona y persona, persona y cosa, son borrados en tanto lo individual se funde en lo colectivo y con la totalidad del cosmos. Mientras que el cuerpo individual es trascendido, el cuerpo biológico es negado y el cuerpo de una humanidad de carácter histórico y progresivo se mueve hacia el centro del sistema de imágenes. Enfocado en la muerte y la resurrección, en el carnaval el cuerpo individual muere, pero el cuerpo de la colectividad vive y crece: la vida biológica termina pero la vida histórica continúa. (IEP, 2006, p.22)
La situación que plantea Salón de belleza establece de entrada un estado de excepción, lo cual resulta acorde con la idea de “irrupción” que el carnaval introduce; sin embargo, contradictoriamente, sucede que el espacio de la plaza pública ha sido anulado y que su contexto no es exactamente el de una fiesta.

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Alecio de Andrade

Primero, si he de continuar con el enfoque carnavalesco, ¿qué podría justificar la anulación del espacio público como centro natural del carnaval y de la fiesta? Veamos, si el espacio público en Salón de belleza se hubiera transformado en un espacio sin posibilidades dialógicas, en donde el encuentro —el acuerdo— colectivo estuviera roto, entonces el carnaval se vería en la necesidad de reubicarse o no ser. Antes de continuar me parece necesario aclarar que desde mi punto de vista el “moridero” en el que se ha convertido el salón de belleza sí tiene, en cierto modo, una naturaleza festiva, aunque ambiguamente festiva, en donde el dueño —el héroe— parece jugar el papel de oficiante en el evento continuo de recibir enfermos terminales y atenderlos hasta que mueren.
¿Pero en qué residiría esta naturaleza “festiva” del moridero? El primer punto ya fue mencionado: el estado de excepción. Un segundo aspecto es el de la lógica de las “cosas al revés” (Bajtín,  2001, p.11), que se manifiesta en varios niveles. Veamos. La idea misma de salón de belleza alude al cuidado, el cuidado de las apariencias, el apego a ciertas normas de “belleza”, o en todo caso de arreglo personal, que se traducen en pertenencia y legitimidad: el salón “integra” a sus usuarios a determinados grupos de la vida social, pero en la novela su función es subvertida a su opuesto, o bien a un opuesto posible: el moridero: el lugar para abandonar la vida. Si en el salón de belleza se celebra una fiesta, es la de la preparación (o supuesto embellecimiento) de los “fiestantes”. El salón de belleza ya es la fiesta, o mejor, su anticipación, que ya pertenece al mundo festivo. Su opuesto, el moridero, es la preparación para la fiesta de la muerte: los funerales.
Un tercer aspecto es el del lenguaje convencional relacionado con la muerte como desgracia, que es suplantado (es vuelto al revés) por el lenguaje sin patetismo con el que el héroe narra la historia, de modo que, en su irónico discurso “objetivista” y desapegado, lo mismo se ocupa, con igual indiferencia, de las sutilezas relacionados con el colorido de sus peces, que de la decoración del salón de belleza, o de su pasado “disipado”, como él mismo lo llama, cuando juntos, él, y sus dos socios (ya muertos) salían vestidos de mujer y, entre otras cosas, iban a “cines donde proyectaban de manera continuada películas pornográficas [y en donde lo pasaban bien] cada vez que los espectadores iban al baño” (Bellatín, 2003, p.24). Agrega en otro momento, más que entristecido, extrañando tiempos mejores: 
Lo que no era ningún tipo de diversión es la cantidad cada vez mayor de personas que han venido a morir al salón de belleza. Ya no solamente amigos en cuyos cuerpos el mal está avanzado, sino que la mayoría se trata de extraños que no tienen dónde morir. Además del Moridero, la única alternativa sería perecer en la calle. Pero volviendo a los peces, en cierto momento llegué a tener decenas adornando el salón. (Íbid., p.14)
Los contrastes y sus significaciones no dejan de resultar, por lo menos, paradójicos, cuando no cómicos. Al igual que el comediante del cine mudo Buster Keaton, el narrador no ríe, sólo deja fluir la contradicción, aparentemente ajena a su conciencia. Aquí, el elemento cómico es necesariamente carnavalesco.
Un cuarto aspecto: la superposición de tiempos, que en la narración producen un efecto de simultaneidad. Está el tiempo del salón de belleza como tal, desde su acondicionamiento hasta que comienza a funcionar propiamente como salón de belleza: es el tiempo de la preparación de la fiesta, y fiesta ya desde que incia la decoración de los escenarios, que incluye tanto el espectáculo de los peces, como más tarde al desfile de máscaras, y de confección de las máscaras, que es también la función del salón de belleza: el peinado, el teñido, el maquillaje, el manicure. Está el tiempo (más carnavalesco aún), de las salidas nocturnas con sus dos socios. Es el tiempo de la fiesta propiamente dicha, incluso la fiesta en los espacios públicos, los tres carnavalescamente transformados, vestidos de mujeres, buscando hombres. El hecho de que el presente narrativo corresponda al momento en que el salón de belleza ya no es tal, sino moridero, no excluye los otros tiempos superpuestos en la globalidad semántica de la novela, puesto que como ya se mencionó, la superposición no-lineal de tiempos produce el efecto de simultaneidad, y, por otra parte, la superposición misma es ya carnavelesca. La fiesta es un pasado que, en el discurso narrativo de Salón de belleza, se hace presente.
            Un quinto aspecto, también ya mencionado, es el de la instauración de lo grotesco, que en la novela se manifiesta por medio de quienes asisten al moridero y que aparecen ya, bajo la metamorfosis que la peste marca en sus cuerpos y en sus vidas; no son ya ellos, sino otros. La imagen grotesca del cuerpo en el carnaval “revela una metamorfosis incompleta que no se representa a sí misma”, (IEP, 2006, p.23) sino a las contradicciones del mundo social (la metamorfosis para la fiesta). Quienes ingresan al moridero dejan una gran parte de su individualidad, e incluso de su humanidad, borrados ya “los límites entre persona y persona, persona y cosa” (Ibid.). Es “la abolición provisional de las relaciones jerárquicas, privilegios, reglas y tabúes”, que menciona Bajtín, ya citada al inicio de este trabajo. Declara el narrador de Salón de belleza: “Puede parecer difícil que me crean, pero ya casi no identifico a los huéspedes. He llegado a un estado tal que todos son iguales para mí.” (Bellatín, 2003, p. 25).
Un último aspecto es el de la variante carnavalesca que son también los funerales populares (la fiesta de la muerte), en los cuales el espacio de lo público otra vez adquiere relevancia, con sus fases de llanto, celebración, y ridiculación de los difuntos. El dueño del salón de belleza es entonces, también, el oficiante de los funerales, y su comicidad, aparentemente involuntaria, es el elemento que resignifica al acontecimiento como carnavalesco.
En cuanto al espacio público, ciertamente aparece restaurado en el salón de belleza. Si bien hay una negación de lo exterior, el carácter público es transferido al interior del salón de belleza otorgándole así un carácter de “plaza abierta”, cuyo fin fundamental es la presentación —el desfile— de lo grotesco, o, según lo pone el narrador: que los enfermos no mueran solos, en la calle, sino acompañados. Finalmente, aun para morir, es importante estar con alguien, morir en comunidad; pues si el significado se obtiene “sólo a través de las interacciones con los otros” (Honeycut, 1994, p.10), nada excluye que aun en los momentos más extremos necesitemos también de la relación dialógica con los demás, para entender, para encontrar sentido; y en este caso, la representación de lo dialógico en tanto narración, más allá del intercambio verbal, casi inexistente en el moridero, sigue siendo un intercambio de series distintas de signos sugeridos como gestos, manifestaciones corporales, otros sonidos, no-verbales; más que diálogo, estrictamente hablando, semiosis.

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Alecio de Andrade

Tal vez el rasgo en apariencia anti-carnavalesco del espacio interior no signifique sino que el espacio exterior está dominado por las instituciones y sus discursos monológicos: es el espacio cerrado a la colectividad, el lugar de desencuentro entre las personas, en un espacio social de relaciones atomizadas tanto por los discursos como por la ineficacia, ya que las instituciones no actúan en la resolución del conflicto, e incluso, en un sentido simbólico, podrían ser las productoras de la epidemia que aniquila a los habitantes del espacio social —la ciudad desmantelada por la oficialidad—, que remotamente se deja adivinar desde el moridero que es el salón de belleza. Si el espacio de la colectividad ha sido dispersado, en cambio su impulso persiste: la colectividad entonces es reinventada en el moridero-salón de belleza. En este aspecto, la negación del espacio exterior como público, es renovado en el interior, aunque con un sentido paródico. Sin embargo, es importante tomar en cuenta el señalamiento hecho por Bajtín de que la parodia carnavalesca está  muy alejada de la parodia moderna puramente negativa y formal; en efecto, al negar, aquí‚ la resucita y renueva a la vez. La negación pura y llana es casi siempre ajena a la cultura popular.  (Bajtín, 2001, p.13)
Así entonces, abolidas ya las “relaciones jerárquicas, privilegios, reglas y tabúes” de las normas dominantes, iguales en su condición grotesca, los moribundos penetran a una variante funeraria de lo carnavalesco en donde, el dueño del salón es coronado —autocoronado— rey-oficiante, para posteriormente ser destronado, puesto que finalmente también enferma, siguiendo así dos de las fases “obligadas” de la carnavilización: la coronación y el destronamiento. La tercera fase es la “paliza final”, que de pronto se vislumbra, en un intento de linchamiento que no prospera. La paliza, en todo caso, queda fuera de las acciones de la narración y es sólo anticipada en las elucubraciones del dueño del salón, ya enfermo, y transferida al salón mismo que prevé en manos de una de las formas de la oficialidad: “Nada podré hacer para librarme de las Hermanas de la Caridad. Lo más seguro es que tomen las riendas sin que yo me dé cuenta del momento exacto en que ocurra.” (Bellatín, 2003, p.71). Apunta así a un “futuro aún incompleto”, al oponerse a todo “perfeccionamiento y reglamentación”, de acuerdo con Bajtín.
Por otro lado está otro nivel de la concepción dialógica, pues si siguiendo a Bajtín, el autor hace hablar al héroe a través de su comunidad dialógica, ¿qué escucha el héroe que dicen los otros para a su vez decir? Es importante reconocer que a diferencia del estructuralismo que hacía del fenómeno literario una manifestación cerrada sobre sí misma, aislando las conexiones con el mundo social, con el referente, Bajtín, por el contrario, considera a la novela como la representación del mundo social, en donde “las voces ideológicas de su era son representadas”  (IEP, 2006, p.18). El narrador de Salón de belleza pareciera reflejar, en el sentido dialógico mencionado, un rechazo por el espacio público. Parece identificar al espacio público como amenaza. Acorde con este impulso de evasión —de evitación— la voz narrativa establece un distanciamiento emocional: se refugia en su descripción “objetivista”. Es una voz que sólo va tocando —apenas— las superficies y que trivializa los acontecimientos. Este alejamiento, y la desconfianza que lo acompaña, están dirigidos no al el evento carnavalesco en sí, sino al espacio público desarticulado por la acción del mundo oficial-institucional. De ahí que la representación del espacio social sea transferida al interior aislado del salón de belleza y del cuerpo enfermo. En este sentido me recuerda a Kafka, en cuya obra la representación del mundo social parece existir en una realidad paralela e inaccesible a sus propios personajes. El mundo social transfigurado, reducido incluso, a sus rasgos más patológicos. Reducido en tanto esquematización: se destacan sólo los rasgos más significativos para un retrato de la disfuncionalidad. No un retrato: una radiografía de un cuerpo invadido por la enfermedad. Una enfermedad social. El burocratismo minimalista, inaccesible pero omnipresente (y omnipotente) en Kafka, la indiferencia y la descomposición de los integrantes de la comunidad en Bellatin, contaminados en la epidemia desde el espacio público; ¿acaso no pueden simbolizar la ineficacia misma del sistema oficial, la desconfianza que sentimos hacia sus acciones y procedimientos, de apariencia articulada en los aparatos de normatividad (burocrática) y vigilancia (represiva) que pertenecen a un nivel macro (social), que descompone —destruye— (en el nivel micro) a los individuos?.

Bibliografía

BAJTÍN, Mijaíl (2001): La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el contexto de Francois Rabelais, URL [Disponible]: http://www.marxists.org/espanol/bajtin/rabelais.htm

BELLATÍN, Mario (2003): Salón de belleza, México: Tusquets Editores.
FOUCAULT, Michel (1975-1999): Vigilar y castigar, Madrid-México: Siglo xxi editores.

HONEYCUTT, Lee (1994): What Hath Bakhtin Wrought? Toward a Unified Theory of Literature and Composition, URL [Disponible]:   http://www.public.iastate.edu/%7Ehoneyl/bakhtin/thesis.html

[IEP] INTERNET ENCICLOPEDIA OF PHILOSOPHY (2006): The Bakhtin Circle, URL [Disponible]: http://www.iep.utm.edu/b/top

 

 

Ciclo Literario.

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