UnA dE dOS
O la gracia de narrar en verso

Araceli Mancilla


 

Daniel Sada
Una de dos
Tusquets editores
 2002

Se dice que después de aquella narrativa jocosa e inteligente que dejara Jorge Ibargüengoitia en su punto más fértil y lúcido al momento de morir, no se ha encontrado en las letras mexicanas prosa que se le asemeje en agudeza e ironía asociados a un disfrutable sentido del humor. Se dice que, por el contrario, los narradores nacionales brillan por su solemnidad y una tendencia muy actual –presente sobre todo en los novísimos—de recrearse en los escenarios de la decadencia urbana plagada de excesos narcóticos y desaforo sensual o en el cruce de caminos de la globalización que despista al lector sobre cualquier seña de identidad estilística en los autores.

Fotografia
Jane Evelyn Atwood

Seguramente se exagera. Como en todo, hay excepciones y, dentro de ellas, afianzados en nuestras letras nos vienen a la mente escritores notables: Sergio Pitol (El desfile del amor, la vida conyugal, Domar a la divina garza), algunos proyectados en los últimos años en los tablados internacionales: Guillermo Fadanelli (Lodo) y Mario Bellatín (Salón de belleza, Flores), y otros que están dando a conocer sus primeras novelas como Martín Solares (Los minutos negros), para dar un ejemplo de narradores que se han atrevido a abordar con desenfado, impecable prosa y, sobre todo, ánimo burlesco temas de suspenso, asesinatos, tenebra y retruécanos similares.
Dentro de esta estirpe de escritores dotados en el aguzamiento de la mirada y el arte de procurarse el estilo, tono y lenguaje para arrebatarle al lector el goce risueño, se encuentra Daniel Sada.
Premio Xavier Villarrutia 1992, ex becario del Centro Mexicano de Escritores (donde fue discípulo de Juan Rulfo y Salvador Elizondo), ha sido también becario del Sistema Nacional de Creadores. Con varias novelas en su haber (Porque es mentira la verdad nunca se sabe, Lampa Vida, Albedrío y Una de dos), elogiadas por la crítica lo mismo que sus relatos, este escritor Bajacaliforniano (Mexicali, 1953) publicó por primera vez, en 1994, Una de Dos, quizá su novela más breve, que ha sido llevada al cine y recibido varios reconocimientos de la crítica en su versión cinematográfica.
Si, como dijo alguna vez Elena Poniatowska, la narrativa mexicana es un valle de lágrimas, Una de Dos puede equipararse a la voz de los dolientes que cuchichean y se solazan de lo lindo sirviendo como telón de fondo a las plañideras en un velorio.
Esta novela viene así a refrescar y hacer su aporte con habladurías, susurros y entreveres de calibre muy norteño a la rigidez ambiental, tonal y formal de la narrativa mexicana.
Y esto sucede sin decir agua va, de modo que el lector la toma y se ve instalado de lleno en los provincianismos y vicisitudes de un par de personajes en principio tiernos e inofensivos: las gemelas Gamal.
Pero, ¿de qué manera –se pregunta uno—logra este escritor hacernos sentir de verdad que estamos en el centro de la dualidad simbiótica de esta pareja, asomados en su intimidad como perfectos intrusos?  ¿Cómo le hace para colocarnos a la orilla de su cama o al lado de su máquina Singer entusiasmándonos para seguir la rutina cotidiana de estas costureras maduritas a las que se les está yendo el tren?
Porque a lo largo de este asombroso relato no queda más que seguir, cada vez más curiosos, las figuras exuberantes de Gloria y Constitución Gamal enredándose en  lances amorosos que van generando una intriga sabrosa y aparentemente simple.  
He aquí que a partir de una anécdota sencilla, pueblerina, se hila una historia de apego, complicidad y perversión de donde salen a relucir resquemores, sospechas y emociones retintas muy bien ocultas en la insulsa existencia diaria.
Se trata, pues, de una novela que fluye de un tirón, sin capítulos que deslinden los espacios temporales, sin ruptura. Que transcurre al paso de un narrador mejor que omnisciente, metiche, quien a guisa de ponernos al tanto de los acontecimientos de las gemelas, condimentándolos con observaciones pertinentes e impertinentes, se convierte en un chismoso indispensable.
Sucede entonces que por su boca urgida nos enteramos de casi todo lo que ocurre entre estas hermanas chambeadoras y ahorrativas desde el momento en que ven la luz como dos gotas de agua, hasta que surge el dilema de encontrar novio para una de las dos. 

Fotografia
Leo Dohmen / 1956

De ahí en adelante la trama irá en crescendo, y vaya que nos dará sorpresas. Mostrándonos cómo el limpio juego del azar hace de las suyas a cada instante, y valiéndose de personajes medianos, inocuos, con atributos comunes y corrientes, el autor logra el mérito de una narrativa que restablece, dentro de lo banal, la complejidad de la condición humana.
Velocidad y una estructura impecable caracterizan formalmente a este relato fuera de convenciones y echa mano de una expresión rítmica, ligera, dispuesta a manera de versículos para hacernos cómplices de su recreo verbal.
Esta cualidad destaca por dotar de cadencia y maleabilidad al discurso del narrador en pausas y prolongaciones moduladas, listas para insertar, en el momento oportuno, la reflexión, el tono discursivo, el diálogo o la observación con una gracia y soltura que cautivan.
Lenguaje que hace circular campechanamente términos que creíamos en desuso o que suenan desconocidos, rescatados por la escritura de Sada con aires novedosos, con vuelos de invención.
Pero volvamos al humor, a la clara disposición del narrador de ser desparpajado e irreverente, de lograr la burla alevosa complacida en las debilidades y limitaciones de los otros en quienes nos reflejamos. Daniel Sada no regatea crueldad a sus personajes, en cambio la destila a través de su socarrón narrador que parece una sombra de las Gamal y a la vez una suerte de oráculo sentencioso. 
Es justo este cariz del narrador, opinador y maniobrero, lo que da a la trama un tono de intriga, de confabulación aderezada con un toque picaresco que atrapa al lector por descarado. Porque, no nos hagamos, cómo nos gusta solazarnos en los pudores y vicios de los demás, y si además es con jiribilla, qué mejor, parece recordarnos el novelista. 

Que estilo, personajes y lenguaje se urdan de una manera tan armónica y original en una novela breve y precisa es algo poco usual, un acontecimiento literario que se agradece, sobre todo cuando al hacerlo reconocemos que nos hemos reído de nosotros mismos.

      

Ciclo Literario.

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