JonathanBarbieri: la conexión realmente inmensa

Lorenzo León




Baila güero, baila/ 2006

En la avenida de pintores que crean su arte en Oaxaca, quien busque un cuadro para decorar su sala o una oficina tendrá que pasar de largo por el taller de Jonathan Barbieri. Esto no evita que pueda detenerse a contemplar los lienzos de este autor, que incorpora a su iconografía motivos significativos de estas luminosas tierras, sobre todo de los ardientes valles centrales, como son las cantinas.

La vida / 1997

Retrato de mi madre / 1997


A Circe, de uno de sus cerdos.

De entre todas las bestias
que en mi cuerpo lucharon contra mi alma
acabó por triunfar el cerdo.

Circe, amor mío, cuánta paz y felicidad sabernos
nada más cerdos. No ambicionar
la aprobación de nadie,
no suplicarle a nacie: entiéndeme,
tienes que comprenderme, soy falible, perdóname.

No hay embrujo tan grande como el placer
de revolcarnos en el lodo:
tú la hechicera, yo el cerdo.

Qué triste dicha ser uno más de tus cerdos.
Somos tu piara, la zahúrda es tu templo.

Disfruta, Circe, la pasión de tus cerdos.
Paga en amor la humillación de tus cerdos.

-José Emilio Pacheco

 

A partir de que los expresionistas alemanes instauraron sus dramáticos trazos y el absolutismo de su paleta (como una florescencia de sus antecesores, entre los que encontramos a Goya y a Vincent Van Gogh) el arte pictórico se abrió a factores novedosos que, desde entonces se potencian en cada individualidad enfrentada al acto creativo del dibujo y la pintura, espacio total de una reflexión.

Reflexión. Visión. Anécdota. Son términos que utilizaremos para referirnos a la pintura de Barbieri, donde la manifiesta agresividad de su pincelada define la exactitud de su intención: acumular unidades que, como minutos, van componiendo un espacio donde nace un tiempo cerrado (la dimensión  de una habitación) o abierto (un paisaje) que acentúa su  raíz idéntica: la del alma y la inteligencia del pintor.
El aire universal de su concepción y la asunción radical de su estilo o el entusiasmo por su escuela, nos impresionan gratamente en Jonathan, cohabitante de la prodigalidad pictórica oaxaqueña, tan cara para para el mercado del arte y con la que, sin embargo, su obra marca una distancia muy instructiva para los que escribimos  a partir de la exposición de las telas.

Barbieri, en su ejecución plástica, muscular, definitiva, sin concesiones nos enseña varias cosas y nos inspira palabras que aquí son como moscas alrededor de la cabeza cortada de un cerdo; o gotitas de sangre confundidas con el mezcal en esas escenas que retratan, de adentro hacia fuera, la embriaguez y la alucinación.
Reflexión, visión, anécdota. La noción inmediata en Barbieri es, por supuesto, no secuencial (como en el discurso),  sino simultánea, pero no por ello menos metódica. ¿Un contrasentido?, sólo en apariencia. Como ejemplo veamos Paisaje con mina terrestre (pero también paisaje con bomba), en referencia  a los penosos acontecimientos de las guerras que siembran explosivos para hacer saltar en pedazos a los desventurados que los pisen,  y aquí voy a invitar al escritor Thomas Bernhard, en su libro Helada (1963), para explicar este tipo de arte.
El autor holandés narra la vida del pintor Strauch, creador de “una arquitectura sobre el dolor” y que seguramente era un expresionista y posible maestro de Barbieri;  pienso en sus palabras al mirar esta tela de Jonathan:“Los niños descubrían en las hondonadas granadas antitanques altamente explosivas, que los destrozaban. Jirones de niños, sabe usted, por los árboles”.

Hombre con cigarro /1991

Pinl Mezcal / 2001

Strauch, quizá como Barbieri, para pintar no necesita la luz del sol, sus líneas y colores sólo nacen “en la tiniebla total”. Sabemos que en el expresionismo palpita el espíritu de Nietzsche, pero también de Pascal, a quien lee Strauch: “La suprema adquisición de la razón consiste en reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan”. Así las palabras del pintor de Bernhard tienen un eco en los lienzos de Barbieri: “Lo que me une a mí mismo es lo que está más lejano y con la edad, el pensamiento se convierte en un mecanismo de tormento de rozar las cosas”.
En las palabras de Strauch encuentro las mejores para presentar la obra de Barbieri. “¿Qué clase de lenguaje es? Lo que al principio parecía desgarrado, sin conexión, tiene su conexión realmente inmensa” y aquí aparece ante mí otra vez Sacrificio, esa cabeza de cerdo vigilada por cámaras de televisión y fincada en una mesa en cuyo cajón asoman los exprimidos tubos de pintura, “una actuación despiadada contra la debilidad mental”.
En las historias encerradas en los cuadros de Barbieri “algo reina sobre nosotros que, según parece, nada tiene que ver con nosotros”.
Al ver sus lienzos, de inmediato creamos un compromiso. No hay amabilidad, nadie pasearía en esa galería empujando un carrito de supermercado. “Yo no sé lo que quería decir –dice de Strauch a un estudiante que lo visita-, pero era algo malvado”.


El pintor Strauch-Barbieri viene a nosotros, asoma por un orificio de la habitación que lo contiene y declara: “La realidad es que no quiero tener ya pensamientos de artista, pues el arte es un gran niño nacido muerto. Ahora los artistas son hijos e hijas de la repugnancia y de la desvergüenza paradisíaca, son las archihijas y los archihijos de la indecencia, los artistas, los pintores, los escritores, los músicos, son los esforzados del onanismo sobre la tierra, sus repugnantes centros de crispación, sus periferias ulcerosas, sus códigos de procesos purulentos”.
¿No les parecen palabras adecuadas para comentar la obra plástica de este allegado a Oaxaca?
“Donde hay podredumbre no me canso de respirar” podría decir Barbieri al interior de sus lienzos o, “La clase de lectura debía darse a partir de las víceras y no de inútiles renglones de libros”. Hay un concepto para nombrar a tales creadores: “el hombre abismal fantástico”.

Hombre ante micrófono / 1997

Aquí es preciso detenerse para matizar este concepto. Nótese que está unido en Strauch-Barbieri a lo abismal. No es un artilugio, es más, me atrevería a decir que la fantasía de Barbieri es un procedimiento de vaciado, y si bien el postulado surrealista del encuentro de elementos sin relación está presente en sus composiciones, su sentido no es el juego ni el azar sino la fijación del enigma y el desarrollo de un argumento, nada que ver con lo surreal.
Es, dice el estudiante en la novela de Thomas Bernhard, un “antisufrimiento de la naturaleza mentalmente perturbada contra la que se rebela su opuesto, siempre increíblemente hastiado del hombre”.
Es “el hombre político como sueño y el soñador simplificado como político, y ambos en eternos ajustes de cuentas mutuos”.

Encuentro en la obra de  Barbieri una ética muy nítida. Visión: Retrato de mi madre. Ética tiene que ver con el comportamiento y en la serie de su obra compleja, rigurosa, preñada de peligro, está la visión despiadada sobre sí mismo. ¿Y qué hay más allá de uno mismo? Nada menos que nuestra progenitora. Pero en el territorio donde la figura de la madre pertenece al orden de los cancioneros, he aquí esta figura-sombra que nos estremece como un atisbo en la grieta del vacío. ¿Sombra entonces?: Mejor ausencia. Dijimos que en los cuadros de Barbieri se crea una dimensión espacio-temporal porque de otra manera no sería posible la construcción de la anécdota; sí, se trata de una pintura narrativa con ondas concéntricas, ángulos que se organizan como ecos, porque hay siempre uno o varios acontecimientos al interior de la obra. ¿Qué hay, entre otras cosas?: Silencio. Una quietud fantasmal. La figuración deformada del pintor Francis Bacon  merodea la obra de Barbieri, que es un acento contínuo, el frío de una espiral que nos conmueve y asola con su mareo vertiginoso donde la palabra “retrato” es una ironía, pues si hay algo aquí no es inmovilidad, sino inquietud, agobio, soledad.

Sacrificio / 2003

Lo mandé a la chingada
y ahora por fin estoy libre / 1999


Este comportamiento está emparentado con lo literario. Yo diría que si avanzamos, nos metemos al cuadro, aceptamos la invitación “malvada” del artista, podríamos caer en una especie de delirio capitular. No sólo en este cuadro, pero especialmente en él. Podríamos leer una autobiografía si nos lo proponemos, en esos lentes que esconden una mirada neutra, en sus manos que admiten la frialdad de los muros, la deformidad reumática del tiempo que vibra en las esquinas.

Anécdota. Término mágico y común. ¿Quién no las cuenta? Es la materia prima de las conversaciones. La visión de Barbieri está consubstanciada con el teatro. Veamos, por ejemplo, La vida. Dos personajes que son indudablemente una pareja, un matrimonio ¿Por qué se infiere? No tienen nada qué decirse, ese acto de comer de él y de esperar de ella (que seguramente le sirvió el plato) está edificado por acumulación. El pintor desvela una estancia que en la pesadez de su rutina y hasta de su suciedad (el mantel manchado, el perro husmeando) más que una aparición es un tránsito a la desaparición: el anonimato de miles de seres que así conviven, con su gesto endurecido y que, sin embargo, ¡tienen la corona luminosa de la santidad! Y luego el artista deja salir de su pincel una serpiente, un bicho totalmente fuera de lugar que tiene su carga simbólica: el envenenamiento de los días.
Veamos otro cuadro en su galería: El bendito. Otra vez lo cerrado, un muro donde, desde un orificio cuadrangular, atisba un rostro: ¿qué busca? ¿Quizá al chiquillo deforme parado en una silla? ¿Y las palomas, qué hacen en esa habitación picoteando migajas? ¿Qué relación existe entre los dos personajes y las aves que llegaron - ¿cómo?- a una habitación cerrada? ¿Dónde está la bendición? 

Y en  Man on a Mike  francamente podríamos oír la risa desquiciada del personaje, sus carcajadas que responden a nuestra expectación, ¿de quién se está burlando este hombrecillo? O el sexo del hombre fumando, la insensualidad como una proyección que apunta a la in-creación, a la in-fertilidad y, paradójicamente, como dicen de Strauch, al ¡antisufrimiento!, O el hombre comiendo pollo, pollo él mismo, insinuación del canibalismo que procura el nacimiento sombrío de una erección. O el hombre que limpia, desecho nutricio, pulimiento de una rutina que reina en la envolvente pulcritud de una mortaja. Y así, cada cuadro tiene la historia que queramos, que inventemos, esa es la libertad que nos da Barbieri, él no la dice por completo, sólo la enuncia, no es un clásico; en ese sentido, no aborda el canon, más bien le repugna la ley de la trascendencia, de la virtud, pero no hay protesta, eso sería bastante vulgar, a veces ni siquiera comentario, solamente esa “conexión realmente inmensa” con una latencia que nos subyuga, que nos persigue, y que el pintor trata de liberar, de dejar escapar con todos los fantasmas que la razón ha hecho florecer en la acumulación de los siglos.

Esperando a Arcadia / 1999

Fotografia
Fausto Razero / Retrato con autorretrato, 2004

 

Ciclo Literario.

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