Isla de Creta

Marie Claire Figueroa


 

De esta isla, rica en vestigios de la era minóica, visitamos la ciudad de Heraclion, su palacio y su museo. Situada al sur de Grecia, Creta fue la cuna de civilizaciones entre las más antiguas de la humanidad, la egea y la micénica, de cuyo esplendor son muestras elocuentes los restos del Palacio de Cnosos. Hacia el año 1000 a. C., es conquistada por los dorios; en los siglos siguientes, se vincula a la civilización griega; en el año 67, cae en el poder de los romanos; forma parte del imperio bizantino de 395 a 823; los árabes la dominan desde esta última fecha hasta la segunda cruzada (1204),  año en que pasa a dominio veneciano; entre 1669 y 1715, la conquistaron los turcos. Se constituye en Estado autónomo anexado a Grecia en 1913. Pido disculpas al lector por tantas fechas, pero es mejor no andar a tientas cuando uno aborda un país lejano y algo desconocido. Se piensa que en la época de los segundos Palacios, contemporánea de la XVIIIa a la XXa dinastías egipcias (1580-1300 a.C.), el pueblo de Minos1 estaba dividido en un sistema social de cuatro clases: los sacerdotes, los guerreros, los agricultores y los artesanos. Se mezclaban cotidianamente en un espacio urbano que consistía en la zona del Templo, del Palacio del soberano y de su administración así como de la ciudad propiamente dicha. Los espacios construidos estaban separados por huertas, hortalizas y plantíos de vid; la contabilidad de los grandes santuarios registraba las entradas de los cereales, el aceite, las verduras, aceitunas, higos, vino, etc.

La gran originalidad de los cretenses es la de haber sido a la vez campesinos y negociantes. La sobreproducción agrícola permite el desarrollo de la clase social de los artesanos, en particular de los alfareros quienes trabajan para los santuarios, el palacio y el pueblo: las ánforas sirven para transportar los productos para su almacenamiento y su exportación; llenas de alimentos o de perfume, acompañan al muerto en su último viaje. La cerámica se utiliza también para fabricar ataúdes. Con el bronce, se hacen calderas, armas, herramientas, estatuas e ídolos. Los egipcios del siglo XV a. C. importan lingotes y vasos de metal de Creta.

Fotografia
Marie-Lorraine Figueroa

Los curtidores viven afuera de la ciudad por los olores nauseabundos que desprenden los materiales con los que trabajan. Los tintoreros y teñidores usan primordialmente la púrpura, invento cretense, extraído de la glándula del murex, especie de caracol de mar carnívoro, que vive en las costas de la isla;  con sus siete puntas, figura sobre los vasos pintados minóicos. También se labran conchas gigantescas que lo representan en cerámica. Se considera la púrpura como la sangre inalterable de los dioses.
Un arte de lujo que reserva sus productos a las divinidades, a sus sacerdotes y sacerdotisas, a los soberanos y a los muertos más destacados, es la fabricación de los perfumes, de los ungüentos y de las pinturas para maquillaje. El incienso lleva los votos de los hombres hacia los dioses. Otras actividades animan la vida de los templos y de los palacios: la de los decoradores al fresco, los fabricantes de vasos de piedra y los imprescindibles escribas (más de cuarenta en el Palacio de Cnosos), quienes desempeñan un importante papel. Dominan una escritura  de más de 200 signos con la que controlan el sistema de intercambios de productos alimenticios contra productos artesanales y otros. Pero el arte cretense por excelencia es la glíptica o el arte de grabar piedras finas: en una población constituida sobre todo de analfabetas, el sello sirve a la vez de identificación y de firma, de joya conmemorativa, de talismán y de objeto pío para los vivos y los muertos.
En numerosos sitios y ciudades de la isla se hallan vestigios de esta civilización tan refinada: Arkanes, Vathipetro, Gorlyne, Agia Triada y, sobre todo el segundo gran centro minóico, Phaestos, sin contar las villas y palacios minóicos situados en las diversas costas. Pero nuestro viaje llegaba a su fin y nos limitamos a la visita del Palacio de Cnosos.
Es muy difícil hablar de manera imparcial de la reconstitución que, de este palacio, hicieron el arqueólogo Sir Arthur Evans, hacia el año 1900, y, después de él,  Heinrich Schliemann, el arqueólogo alemán que descubrió, en 1870, el sitio presunto de la ciudad de Troya. Las excavaciones revelaron una civilización que podemos dividir en tres etapas: la primera empieza hacia 3,000 a. C. y la última fue interrumpida bruscamente por razones todavía sujetas a discusiones: explosión del volcán de Santorini seguida por un maremoto, o, tal vez, invasión de hordas primitivas; no se ha aclarado hasta ahora, a pesar de que, sin duda, las olas del maremoto llegaron hasta las costas norte y este de la isla, destruyendo la flota cretense.
Por su complicada estructura, el palacio del rey Minos ha sido identificado con el legendario laberinto que el rey mandó construir por el arquitecto ateniense Dedales para encerrar al Minotauro, fruto de los amores de Pasifae, esposa de Minos, con un toro; aquél se alimentaba con siete mancebos y siete doncellas y fue matado por Teseo quien pudo orientarse en el laberinto gracias al hilo prestado por Ariadna, hija de Minos. Conocemos la ingratitud de Teseo quien, al terminar su misión, abandonó a Ariadna en una isla vecina.
El paseo no deja de ser interesante, pero el exceso de concreto coloreado molesta y aun escandaliza. Es cierto que las ruinas dejadas a la intemperie se degradan o se vuelven a recubrir de vegetación. Cierto también que las piedras amontonadas “no hablan” al visitante quien comprende mejor una civilización cuando se encuentra en presencia de un conjunto más “vivo”. Así que Sir Arthur Evans no dudó en complacernos utilizando los restos de columnas y de frescos como modelo para levantar otra vez una muestra de lo que fue, según él, la arquitectura del palacio. Consciente de los efectos desastrosos de las lluvias de otoño y de invierno sobre los revestimientos de estuco y de yeso de las salas ceremoniales y de las galerías decoradas del palacio-santuario cnosiano, decidió, a partir de 1906, con la ayuda de su arquitecto Fyfe, abrigar debajo de armazones de madera, luego de lozas de concreto, los cuartos que le parecieron más importantes: el complejo de la sala del trono (en donde se encuentra el trono más antiguo de Europa) al oeste, los aposentos del rey y de la reina al este, los propileos o entradas monumentales al norte y al sur. Como las columnas de madera hechas en un tronco de árbol habían desaparecido, levantó sobre los zoclos originales columnas de cemento pintadas de rojo, blanco y negro, supuestamente destinadas a soportar las vigas del techo. Se quitaron los restos de relieve o de estuco pintados, para reemplazarlos por reconstituciones y cuadros en principio similares a los originales en el Corredor de la Procesión, la Sala del Trono, el Vestíbulo de las Hachas Dobles y en la Sala de la Reina. Se completaron las escaleras de las que se tenía solamente algunos escalones. De este modo, el visitante, al recorrer los 20,000 metros cuadrados de un magnífico conjunto arquitectural con un patio de 27 por 54 metros, debía tener la impresión de vivir con Minos en el más suntuoso y confortable de los laberintos.
Tal vez las restauraciones más arbitrarias fueron las que tocaron la pintura mural y los relieves. Veamos un ejemplo: de la frisa de los delfines retozando en un paisaje marino, sólo quedaban una aleta y un pedacito de hocico, más algunas rayas oblicuas ennegrecidas por el humo. En 1984, se descubrieron en las reservas del Museo Arqueológico más de 4000 fragmentos inéditos, que se prestan a innumerables hipótesis y nuevas pegaduras.
Debemos reconocer, sin embargo, que en Cnosos como en otros palacios cretenses, abundan ruinas conservadas cuidadosamente en el mismo estado en el que se encontraron: vías de accesos, edículos periféricos, talleres, establos, criptas, vertederos, etc., en medio de prados floridos de margaritas y de anémonas, de cipreses negros y pinos verdes, recubiertos por el incansable canto de las cigarras. Allí puede darse libre curso a la imaginación y fantasear ante los cuartos sin muebles, la gente que los habitaba, las piedras colocadas sin yeso ni cemento, los techos ausentes, lo pequeño de algunos reductos y lo estrecho de algunos callejones…conjeturando el tamaño de los habitantes.
Sabemos que cantidad de errores se cometen en el campo de la arqueología, a veces enmendadas a la postre, a veces dejadas tal cual; a pesar de aquellos, creo que la sociedad sale ganando y se ilustra sin duda mejor que en presencia de decenas de cumuli recubiertos de maleza a imagen de tantos en México y en el resto del mundo, sin excavar; de todos modos, actualmente, los arqueólogos trabajan con más cautela que sus antecesores y con medios más modernos a sabiendas que todo es asunto de paciencia, conocimiento y buen gusto.

Una visita mucho más interesante, en mi opinión, fue la del Museo de Heraclion, colmado de objetos curiosos, sorprendentes, excepcionales. Nadie puede salir de allí diciendo que no ha visto por ejemplo a “La parisina”. ¡La parisina  en un museo cretense! se exclamará el lector. De las tres mujeres de un fresco “reconstituido” por Evans, una con su mirada provocativa, su nariz impertinente, labios muy pintados, pelo de bucles, blusa rayada al estilo “Belle Epoque”, recuerda irresistiblemente las mujeres frívolas del tout Paris 1900; como en otros personajes, el ojo aparece de frente en una cara de perfil. Las jarras de arcilla no son sólo jarras sino cuerpos vivos: cabeza, pico y cuello, hombros y flancos. El estilo de esta alfarería lleva el nombre de la gruta en donde se descubrieron: Kamares, en el monte Psiloriti; estatuillas de mujeres llenan las vitrinas con sus brazos cruzados en el pecho o extendidos a los lados. Unas tablas horizontales hacen el recuento de las mercancías importadas y exportadas; una sala exhibe dobles hachas, otra ataúdes de barro con su tapa, pintados a la manera de las otras cerámicas, vasijas recubiertas de volutas, espiras, margaritas, lirios o yedras o simples pétalos y zarcillos, sobre un fondo azul o morado u ocre.

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Marie-Lorraine Figueroa

Entre las muestras de alfarería destaca una pieza única: el primer texto impreso que se conoce en el mundo (por lo menos es lo que está indicado en el letrerito, pero tengo mis dudas al respecto, pensando en la famosa obra La historia comienza en Sumer), sobre una especie de tortilla de barro: el disco de Phaestos, de 16 centímetros de diámetro. En sus dos caras presenta 242 signos en espiral repartidos en 31 casillas de un lado, 30 del otro. Se le calcula una fecha aproximativa de 1600 a. C. Los 45 tipos empleados representan personajes, plantas, animales, herramientas y objetos cotidianos, navíos, etc. Pero hasta ahora no se sabe si hay que empezar la lectura por el centro o la periferia. Algunos signos tienen una correspondencia en los signos minóicos y otros no la tienen. Por otra parte, las tachaduras y enmiendas no facilitan la tarea de descifrado.

Otro objeto realza su hermosura entre las joyas de oro cuyo trabajo celebra la habilidad consumada de los orfebres cretenses: un dije de oro (1800 a.C.) que representa a dos abejas frente a frente, una bolita de polen entre las antenas, un pedazo de panal entre las patas; de las alas y de la unión de los abdómenes cuelgan tres pequeños discos, ejemplo sin par de belleza y de gracia. Por otra parte, dijimos al principio de esta sección que los cretenses destacaban en el arte de la glíptica: algunas piezas no miden más de un centímetro cuadrado e interpretan escenas llenas de movimiento y de poesía entre animales, a manera de fábulas ilustradas.
La estatua que domina una de las salas es un ritón (vaso destinado a la ofrenda del vino o de la sangre de los sacrificios) en forma de cabeza de toro: el toro divino, criado en un establo especial del ala oriental de cada uno de los palacios, terminaba por ser sacrificado y su sangre se vertía probablemente sobre la cabeza de los participantes. Este bautizo prefiguraba el de los fieles de Mitra. La cabeza expresa algo mucho más espiritual que su realismo: la fe en la generosidad de un dios que se sacrifica para los que lo adoran. La cabeza negra con altos cuernos dorados, el belfo subrayado por una línea sinuosa de esmalte blanco, comunica un efecto de testarudez, amenaza y soberbia.
La sala destinada a los instrumentos de música muestra una diversidad de flautas, de liras, cítaras. La música acompañaba todas las faenas, todas las fiestas; la cítara se escuchaba en las procesiones y sacrificios fúnebres. La danza no aparece mucho; en cambio la figura de un acróbata de marfil que pertenecía a una escena de tauromaquia, ejecuta un salto durante un ejercicio ritual que consistía en esperar de frente al toro sagrado, asirlo por los cuernos y volcarse en una especie de clavado, por encima de su cruz, recayendo finalmente sobre la punta de los pies del otro lado de la grupa. La estatuilla fue reproducida por el artista en el momento del movimiento más alargado del salto.

No se trata de saturar al lector sino de darle una muestra de las piezas excepcionales del museo. Por otro lado, es importante recalcar que las notas históricas y las descripciones relativas a las islas visitadas no corresponden más que a una ínfima parte de sus tesoros. Pero ¿no dijo Montaigne —al contrario de lo que quería Rabelais— que vale más una cabeza bien hecha que muy llena? Además, en una semana, hubiera sido difícil abarcar tanto y siempre es bueno dejar algo para una próxima vez.

 

Ciclo Literario.

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