El niño que comía luz

Alexander Winstaley


 

Esta historia describe la sensibilidad poética y cómo a veces el alma, que habita una fatigante oscuridad, alcanza la luz suprema.

Fotografia
Bill Brandt /1947

Había una vez un niño que fue abandonado para morir en la profundidad de una mina de carbón donde la claridad del día aleteaba como palomas enfermas. Era una criatura luminosa—su mente, formada cual flecha solar, se orientaba hacia el techo de la cueva. No tenía más amigos que las sombras y su propia figura inclinada sobre las rocas. Para el niño la luz era la fuente original, y él, una tiniebla.
Comía solamente la luz del sol.  
Cada mañana, cuando los rayos de luz perdidos entraban a su cueva, se quitaba sus harapos y se encogía como un bailarín en el limbo para que los haces refulgentes alcanzaran por completo su cuerpo. Las venas refractaban luz amarilla dentro de sus ojos hasta que casi podía probar la memoria anaranjada de billones de estrellas y millones de seres humanos moviéndose bajo esas estrellas. El sol ardiente era la prueba sanguínea de un corazón que pulsaba oro anaranjado. Su cuerpo íntegro se infundía de luz: Este ritual lo dejaba saciado por un día. Un lenguaje se moldeaba en su mente fiera y clara. Lenguaje de luz y sombras, de curvas y siluetas. Nunca aprendió palabras para el temor. La oscuridad para él era sólo otro matiz del brillo que lo atravesaba.
Hablaba con las sombras; las más ligeras admiraban su aspecto parpadeante. Pero las audaces —tan espesas que debía agitar los brazos para reconocerlas como tales—se burlaban de su ser traslúcido y su necesidad de iluminación.  
Un día hubo una explosión, la mitad de las grutas desaparecieron y dos sombras en movimiento se deslizaron dentro de su casa. El niño se estremecía ante el resplandor directo del sol. Una de las sombras habló a la otra como si fuese un eco de la voz del niño.
¿Cómo podía el niño expresar la luminosidad fluyendo a través de las cavernas expuestas?: Desbordante luz matinal.
Una de las sombras móviles echó al frágil niño sobre su espalda y lo llevó hacia fuera. El sol llameó violentamente y el niño sintió todo su cuerpo y su alma entera impregnados con reminiscencias de estrellas—El sol carga billones de recuerdos del pasado de la humanidad.

     El niño fue colmado de reverencias hasta quedar tan solo una intensa flama.     

 

 

Ciclo Literario.

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