El amor como un espejo

Lorenzo León Diez


 

No digas noche
Amos Oz
Siruela
1994

Tel Keidar es una pequeña ciudad en el desierto en las inmediaciones de Tel Aviv, en Israel. Allí vive una pareja: Teo y Noa, él, de sesenta años, ella de 45. Teo es robusto, de cara ancha de campesino, un poco tosca y desgastada; pelo canoso cortado casi a cero y un bigote grisáceo, poderoso. Ella es una mujer no muy alta y de una esbeltez carente de tensión, de pelo rubio y ojos verdes, activa, con voz gutural y un perfume a madreselva. Él es un urbanista retirado, ella profesora de literatura.
Pero Teo y Noa no se conocieron aquí, en esta nueva ciudad en el desierto,  sino muy lejos, en Caracas, Venezuela, donde ella trabajaba un poco de secretaria de la embajada a la vez que de maestra de los niños de la pequeña colonia israelí. Eso fue en febrero de 1981. ¿Y él, qué hacía allí? 

Fotografia
Ruth Bernhard / 1959

Desde 1972 Teo fue enviado a México en nombre del Instituto de Planificación, como asesor especial para asuntos de planificación medioambiental. Diseñando estructuras innovadoras su trabajo le llevó desde la región de Veracruz hasta Sonora y Tabasco, y posteriormente viajó también a otros países. Desde entonces decidió no regresar a Israel, ni leer periódicos de su patria ni contestar cartas. Desde la distancia, veía todas las guerras, y la retórica que las rodeaba, como un círculo vicioso que derivaba de un entramado de autojustificación e histeria. Un año tras otro vagabundeó por hoteles y albergues rurales, entre oficinas climatizadas y pueblos abrasados por el calor, durmiendo entre los indígenas; llevaba consigo lo indispensable, en una pequeña bolsa que le colgaba al hombro, y aprendió a hablar seis variantes del español. Subían y caían los gobiernos, pero él conseguía salir indemne, pues evitaba hacer amistades. Cuando pasaba en medio de la crueldad, la corrupción, la barbarie, la miseria, eludía emitir juicios, esmerándose solamente en lo suyo: no había venido aquí a luchar contra el mal, sino acercarse en lo posible a la perfección profesional para, con ello, reducir la tragedia, aunque fuera una reducción microscópica.

Las voces

La prosa de Amos Oz nos envuelve cual el aire caliente de los trópicos y del desierto. Esto es notable en la realización de la sensualidad que subyace en toda la trama y que, por ahora, es la única que me interesa difundir, dos cuerpos en su encuentro, pues se trata de una obra concebida en el centro de la madurez amorosa. El novelista traza con elocuencia y sutilmente, dos personalidades cuya esencia genérica (el yin-yang) es la fugacidad de las relaciones amorosas que casi siempre se circunscriben a lo genital.

La prodigalidad de Teo

Noa, al conocer a Teo, ya sabía de él y sus hazañas. No tuvo ningún reparo en decirme, con voz juvenil y sólo diez minutos después de que yo hubiera entrado en la oficina: Quédate un ratito. Eres una persona interesante. Teo está sorprendido, pues casi sin saberlo había empezado a corresponder a sus señales, él que durante todos esos años se había negado a relacionarse con israelíes y que se alejaba especialmente de las chicas de Tel Aviv, progresistas, diligentes, con argumentos a favor o en contra de todo lo existente. En sus años de vagabundeo, le atraía la femineidad tropical, hipnotizante, que a veces se le mostraba refrenada como una llama oscura en el arrogante cepo hispánico.
El lenguaje poético es el momento luminoso de una deriva. La historia de Amos es común: el trabajo de técnicos especializados en el tercer mundo, como podría ser el trabajo de migrantes en las fábricas o en los campos del primer mundo. Pero sucede un contacto especial, el que logra alguien que se ha despojado de importancia y puede descender a las latencias interiores de una cultura. Esto lo percibe Noa, siente que este hombre se ha desclasado, vive como un poeta y con esa decisión imponente y secreta propia de su género, no lo dejará ir.  Su mirada brillaba abiertamente por el gozo que yo le causaba, emanando sin cesar un flujo de vitalidad, rebosante y generoso, moviendo el hombro y la cintura como diciendo: Mira, aquí hay un cuerpo.

Digamos de Teo que es un solterón empedernido, un técnico altamente cualificado que vive igual a un hippie. Todos los meses enviaba la mayor parte de su sueldo a un banco de Toronto, porque tenía pocos gastos. En esos años, vagabundeaba como un trabajador ambulante, de un lugar olvidado a otro más remoto. Pernoctaba en míseras aldeas al pie de volcanes apagados y una vez vio incluso uno en erupción. Solía pasar, en sus expediciones, por debajo de una bóveda espesa de helechos y lianas de hiedra a través de bosques bulliciosos. Entablaba amistad, aquí y allá, con algún silencioso río o con una cadena de montes abruptos en los que la selva parecía hundir salvajemente las garras de sus raíces. Por las noches solía acercársele una muchacha o una mujer joven, para compartir la hamaca, y traía de algún lugar café caliente en tazones de barro.

Fotografia
Leo Dohmen / 1957

 Teo cuando estaba con la mujer que lo había escogido, generalmente veinte o treinta años más joven que él, la amaba pausadamente y con precisión, era especialista en prolongar el gozo, guía experto por senderos forestales secundarios; y en alguna ocasión en medio del placer le invadió de repente un fuerte deseo de ser padre. Entonces le entregaba a la muchacha una forma de amor que no era propia de una relación sexual esporádica, ni aceptable entre extraños: el lado paternal. La muchacha a la que le mostraba en medio del disfrute, de pronto, este aspecto, el lado paternal, reaccionaba al principio con turbación y asombro, con temor, e inmediatamente se estremecía por completo, como si algo hubiera penetrado, en ese momento, su médula espinal. De esta manera, sus cuerpos alcanzaban estados a los que el deseo solo no puede llegar; hasta tal punto que parecía que el río ya no fluía a sus pies, detrás de la choza, sino que manaba de ellos.
Como podemos ver este hombre del desierto está feliz en las selvas americanas, tanto que de cuando en cuando lo asaltaba el temor o, más bien, la vaga sospecha de que tal vez la ausencia de sufrimiento le estaba privando de algo que no volvería a repetirse. Amos Oz crea un personaje cuya trascendencia es su propia substancia, o sea, su masculinidad. Cuando trabajaba no necesitaba dormir ni comunicarse, no levantaba la cabeza de los papeles, ni siquiera cuando una chica mona entraba con un café y comida sobre una bandeja y se quedaba mirándolo por un momento, esperando, tensa, como si percibiera en la piel de sus pezones las chispas de energía que brotaban de él.
Este hombre es el que conoce Noa, quien con ella experimenta un sentimiento distinto a todas sus relaciones anteriores, una amistad como la que tienen los dedos con la palma de la mano, una relación carente de perplejidad, con fronteras abiertas, nunca imaginé que fuera posible establecerla con una mujer. En realidad pensaba que era imposible con cualquier persona. Hasta que llegó Noa, con sus alegres vestidos de verano con mucho vuelo, con una hilera de grandes botones abrochados en ojales a lo largo de todo su flexible cuerpo, riéndose, dándome a veces palmadas en la espalda como para demostrar un compañerismo sereno, su sexualidad profunda y sencilla como el pan recién horneado.

Este encuentro será el definitivo para el planificador hedonista y humano, como son las ciudades que proyecta, así lo ve Noa, cuando la lleva Teo un fin de semana a ver el lugar de construcción de un centro urbano rodeado de seis aldeas, al sur del estado de Tabasco: Esto es estupendo. Ojalá en nuestro país hubieran advertido a tiempo que existe la posibilidad de construir de esta manera. 

Dos geografías

Noa, un día, simplemente le dice: Vámonos a vivir a Tel Keidar, al fin del mundo; el desierto es como un océano y todo está abierto. ¿Te vienes? En una semana Teo le dice Está bien, ¿por qué no?Intentémoslo. Algo en mí aceptaba y quería seguirla al desierto.
Así empieza el otro periplo de Teo, en una geografía radicalmente opuesta a donde se ha acostumbrado a vivir. Teo saca la mitad de sus ahorros del banco de Toronto, los distribuye en valores del Estado, en unas cuantas acciones y en un plan de pensiones, compra un piso y una propiedad que le reportará mil dólares mensuales y abre una pequeña oficina de planificación urbanística.  Por su parte, Noa encuentra un puesto de inmediato como profesora de literatura en un instituto de enseñanza secundaria, donde uno de sus alumnos, a quien conoce superficialmente, se suicida y llega su padre a proponerle abrir un centro para toxicómanos en su memoria.

En su departamento Teo está echado sobre la alfombra blanca del salón, en camiseta y pantalones cortos, como siempre descalzo, sin leer, sin televisión, quizá dormitando con los ojos abiertos.  
Lo exterior y lo íntimo
Amos escribe una novela cuya parte central es la intimidad entre Teo y Noa. Los acontecimientos exteriores a ellos, las peripecias y las múltiples voces de quienes tienen que ver con la fundación del centro para toxicómanos, pasan a ser como un telón de fondo que explica el momento actual de la sociedad israelita, pero lo que prevalece es esta experiencia de la pareja que se convierten en espejo uno del otro. Teo –dice Noa- puso un disco y nos quedamos un rato sentados en silencio, cada uno en su sillón. Y quizá en ese momento éramos muy parecidos el uno al otro. De pronto me levanté y me acerqué a él, metiéndome entre sus rodillas. Levantó de pronto la camiseta y metió dentro mi cabeza, envolviéndome en la cueva oscura y peluda de su pecho, como si estuviera embarazado de mí.
Es esta fuerza espejeante la que emana del texto de Amos, de una técnica narrativa impecable, compleja en sus fundamentos para lograr la transparencia y transmitir la vivencia de lo amoroso al interior de cada individualidad. Amos es un maestro de las voces en voz baja. Siendo la novela un mapa con dos geografías (la selva y el desierto) es también una geometría de lo sensible; así, afirma que lo más interesante serán siempre los senderos interiores. 
Dice Noa: En la cama no hablamos. Me puse el recatado camisón blanco que él había comparado con el de una alumna de internado religioso, y se vino a mi dormitorio desnudo con excepción de la áspera rodillera elástica que llevaba por culpa de una antigua dolencia. Imaginé de pronto que podía apreciar con la yema de los dedos el proceso de aclarado del vello de sus brazos y pecho, de negro denso a gris, de polvo a plata, tenía un cuerpo prieto y sólido, pero su pasión de esta noche aparecía casi al margen de sí mismo: como si quisiera especialmente rodearme o envolverme, como si ardiera solamente por contenerme, recogerme dentro de él, y estaba tan ocupado en abarcar toda mi piel que casi no le importaba lo que recibiera su cuerpo, si es que recibía algo, mientras yo estuviera enfocada en posición fetal, envuelta en su cuerpo como un polluelo escondido bajo el ala. Quería y quería rendirme, obedecerle, dejarle dar y darme, y a pesar de ello me liberé suavemente de su envoltorio, del mimo que emanaba de él e hice que se echara de espaldas y que no interviniera en lo que yo le hacía, de manera que llegáramos al punto de equilibrio, y desde ese momento y hasta el final fuimos los dos para los dos, como cuatro manos. Y por un momento quizá nos parecimos a dos padres entregados, inclinados sobre una cuna, concentrados, cabeza contra cabeza, inventando juegos para un bebé que prodigiosamente devuelve amor.
Este pasaje es, quizá, el más memorable que pueda escribir una mujer sobre el acto sexual como realización de su alma. La gimnasia corporal es una geometría que busca el equilibrio, y su plenitud se cumple en la figura de una tercera persona que, sin existir, -un bebé- está presente como símbolo de una unión trascendente.

Fotografia
Bill Brandt / 1953

El juego de las esencias

Teo ha estado ausente diez años, en la ciudad corre su leyenda como un hombre que vivió perdido entre selvas con los indígenas; ahora ve aparecer por encima de los montes una luna incompleta, musulmana, que derramaba su palidez sobre las explanadas desiertas y los edificios del barrio.
La reseña que me interesa hacer de este libro se limita a estas esencias, que en relación con la totalidad del texto, son escasas. Son escenas donde se manifiesta una prístina vocación poética del narrador y una especie de ventana a la intimidad en la que se levanta la historia (el cúmulo de esfuerzos en la cotidianidad). La voz de Noa: Apagué la luz, le desabroché el cinturón ancho de cuero que desprendía olor a piel antigua y sudor y me refugié en la vellosidad de su pecho, mientras mis dedos buscaban hacer con él lo mismo que hicieron los suyos cuando me arreglaba la máquina de escribir. Después salimos a la terraza para quedarnos de pie en la oscuridad y ver el río plateado que trazaba la luna a través de las colinas en el horizonte. Estábamos muy juntos pero sin tocarnos, sin hablar, de pie, bebimos lentamente la ifusión y escuchamos la voz de un ave nocturna cuyo nombre no conseguimos recordar.
En el amor, el hombre y la mujer son un espejo. Esta es la reflección (reflexión) que se esconde en el fondo de esta historia. Teo: Noa aparece en mi habitación rodeada de un delicado halo de perfume de madreselva, entra descalza sin hablar, y viene flotando hacia mí con ese camisión recatado que la hace parecer una alumna de internado religioso. De pie, beso su marca marrón de nacimiento por debajo de la línea del cabello. Todo mi cuerpo se prepara para poder escucharla, comprenderla, como un médico cuando va a diagnosticar, o como si fuese mi hija y le hubiese ocurrido una desgracia que desconozco. Le sujeto las dos manos que han envejecido mucho antes que ella, y me lleno de una pasión que no está compuesta de pasión sino de ternura. Cubro sus pechos y deslizo mis dedos hasta el interior de sus muslos, como un enfermero que busca cuidadosamente el origen del dolor. Después de hacer el amor ella se queda dormida, al momento, con la cabeza en la concavidad de mi hombro, el descanso de un recién nacido.
Es sorprendente la relación que hace Teo entre el placer y el dolor, o el dolor como origen del placer o el placer como descenso hacia el dolor. Y luego, nuevamente, la figura del recién nacido, pero ahora por parte de él, la presencia del ser imaginado como hijo del amor.

Con estos pasajes, al margen de la historia, o en un recóndito lugar de las anécdotas, nos basta para decir que Amos Oz es un escritor imprescindible de nuestro tiempo.

 

Ciclo Literario.

El URL de este documento es http://www.cicloliterario.com/ciclo58marzo2007/elamor.html