Diana

Ruben Fonseca

Traducción: Alfredo Coello


 

Rubem Fonseca es ya del dominio de los lectores en español, pues la mayoría de sus novelas y cuentos han sido publicados en nuestro país y en España. En el 2003 recibió el premio Camoes que es el galardón más importante en lengua portuguesa, y en el mismo año le otorgaron el premio de literatura Juan Rulfo. Nació en 1925 en Juiz de Fora, estado de Minas Gerais, en Brasil.

Además de escritor prolífico fue en tiempos remotos director de una cárcel de alta seguridad en su país. Ha publicado desde 1963, diferentes libros de cuentos, antologías y novelas: Los prisioneros (cuentos), Lucía Mc Cartney (cuentos, 1965) El hombre de febrero y marzo (antología, 1967), El caso Morel (novela, 1975), Feliz año nuevo (cuentos, 1975), El cobrador (cuentos, 1979), La gran arte (novela, 1983, premio Jabutí) lo mejor de su obra literaria; Bastas emociones y pensamientos imperfectos (novela, 1988). La lista abarca 24 títulos, además de un número interminable de escritos en suplementos culturales y diversas revistas de literatura. Entre sus libros más recientes figuran: Diario de un Libertino (novela, 2003), 64 cuentos (antología, 2004), Mandrake: la Biblia y el bastón y Ella y otras  mujeres (cuentos, 2006), colección a la que pertenece el siguiente texto.

Fotografia
Gian Paolo Barbieri

Eran las tres de la madrugada cuando salí a tomar un café en el único boteco* que estaba abierto a esa hora.  Me senté en uno de los bancos de la barra y pedí un café con leche y pan tostado. El pan realmente era una porquería en ese lugar, demasiado grumoso, el café tampoco era gran cosa, aunque el pan bien tostado con mantequilla se podía pasar.
Tomaba el café cuando entró la mujer, paseó la mirada por el lugar y aunque había más lugares vacíos se sentó a mi lado. Vestía de negro, usaba una espesa capa de maquillaje, aun así se podía ver que era una mujer joven y bonita. Debía de estar saliendo de una fiesta.

Mi nombre es Diana, dice ella, ¿y el tuyo?
Manuel.
¿Manuel? Ella parecía asombrada.
Mi padre se llamaba Manuel, mi abuelo se llamaba Manuel, mi bisabuelo se llamaba Manuel.
¿Y tu hijo?
No tengo hijo. Tengo un cachorro. También se llama Manuel, aunque yo le digo Mané, a él le gusta.
¿A qué te dedicas?
A nada. Estoy desempleado.
¿Y antes?
Todavía desempleado. También dibujo.
Haz un dibujo para mí, dice ella, y atrapa una servilleta.
Necesito una pluma o un lápiz.
Diana le pide prestada una pluma al mesero. Pone la servilleta y la pluma frente a mí.
Dibujo un cachorro.
Este es el Mané, le digo.
¿Callejero?
Legítimo.
¿Me lo puedo quedar?
Puedes.
Lo quiero autografiado.
Firmo Manuel en la servilleta.
Soy una loca, dice ella.
Yo también, respondo.
Estoy hablando en serio. Soy ninfomaníaca. ¿Sabes lo que es eso?
Sé. Una mujer que busca compulsivamente el orgasmo sin alcanzarlo.
Esa es una definición demasiado simplona.
No es simplona. Es apenas simple, y las definiciones simples siempre son las más correctas.
Nosotras, las ninfomaníacas, somos personas impulsivas. Vemos un determinado hombre y luego luego nos lo queremos llevar a la cama. ¿Ahora me vas decir que no sucede lo mismo con ustedes? Apenas para los hombres es más difícil satisfacer ese impulso, las mujeres resisten más las embestidas. Ahora mismo, si te invito para ir a la cama conmigo no te vas a resistir. ¿Cómo la ves, le entras, o no?
Volteo a verla. ¿Estuviste bebiendo?
Bebí champagne, en la fiesta. Y lo único que había allí eran hombres aburridos, por lo que antes de equivocarme al elegir me desafané.
Le pido un café express doble.
Tómate esto, le digo.
Ella se toma el café. Pago la cuenta.
Vamos a dar una vuelta, digo yo, no me gusta coger con mujeres borrachas.
Este lenguaje me excita, las palabras sucias me ponen caliente.
Las calles están vacías.  Caminamos en silencio.
Muchas veces queremos tan solo satisfacer una fantasía sexual, dice Diana. Hoy mi fantasía es ir a la cama con un hombre sádico, que me amarre, me amenace, me dé algunos golpes, pero sin lastimarme demasiado. ¿Eres tú ese hombre?
Tal vez.
¿Tal vez? O eres o no eres.
Soy. Más o menos.
¿Más o menos?
Ya lo comprobarás. ¿Vives solita?
Así es.
¿Tu apartamento tiene portero?
No.
¿Podemos ir?
Claro.
Vamos caminando hasta su apartamento.
Entramos. El lugar es limpio, tiene un olor agradable. Ella saca una botella de champagne del refrigerador.
¿Puedo beber un poco?
Sólo una copa. Es necesario que estés lúcida, así lo disfrutarás mejor.
Ella bebe dos copas, repletas.
Vamos al cuarto, la cama es de fierro, con cabecera sólida.
No tengo nada para que me amarres en la cama. Voy a cortar una sábana. Tengo unas sábanas viejas que ya están para jubilarse.
No hace falta, le digo, sacando las esposas de la bolsa. Te voy a esposar.
¿Esposas? Qué maravilla. ¿Eres policía?
No.
¿Dónde fue que las conseguiste?.
Las Compré. Quítate la ropa y acuéstate en la cama.
Mientras esposo sus muñecas a los fierros de la cabecera, puedo notar la perfección de su cuerpo. Los senos son pequeños y empinados, aun estando acostada, y yo nunca he visto vientre y muslos tan perfectos en toda mi vida.
¿Cuántos años tienes?
Veintitrés.
Me quito la ropa.
Eres grande, dice ella. Quiero decir, esa cosa.
Es un orgasmo lo que buscas ¿cierto?
Sí, dice ella, sí.
Después de lamer sus senos y su vagina, la voy penetrando lentamente y dándole unas palmadas en su rostro, no muy fuertes, aún así su rostro se enciende.
Qué bueno, qué rico, dice Diana.
Eso no es nada. Te voy apretar el pescuezo y vas a experimentar una sensación de muerte y en ese momento vas a tener el orgasmo que nunca tuviste en tu vida.
Yo quiero, yo quiero, dice ella, entusiasmada.
Voy apretando lentamente el pescuezo de Diana, su vagina se empieza a contraer y luego un líquido abundante inunda mi pene.

Estoy gozando, alcanza a decir, casi asfixiándose, mi Dios, estoy gozando.
Aprieto más su garganta, y más, con toda mi fuerza.
Cuando siento los huesos quebrándose, también gozo, un gozo largo.

* Son pequeños bares donde se sirve en el mostrador cervezas, café, cachaza y botanas como empanadas o masas rellenas de pollo  y algunos bocadillos árabes. Son muy populares en la provincia de casi todo Brasil; por lo regular, tienen una mesa de billar.

 

Ciclo Literario.

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