La orden del encuentro en la mortal
ascensión de los amantes

Lorenzo León Diez


 

Divorcio en Buda
Sándor Márai
Salamandra
2002

Los amantes al estrecharse en un abrazo están subiendo
A la hoguera. Detrás de cada abrazo verdadero,
Está la muerte con sus sombras.
S.M.

El que ama, teme”, dice el doctor Imre Greinier, a su antiguo compañero de banca en el bachillerato, el juez Kristóf Komives. Una frase que resume el tema fundamental que le preocupó a Sándor Márai y que ilustró como ningún otro de sus contemporáneos en el magma de sus graves piezas narrativas. Es extraño, estamos ante una obra donde el humor está ausente. No hay una situación que invite al lector a la risa, menos a la carcajada. Márai sabe que tiene poco tiempo (como si fuese presionado a dejar el papel para ir al refugio, como si alguien lo persiguiera o lo acosara para callarlo, como si su mensaje consistiera en un encargo de guerra o contra la guerra), para desnudar la naturaleza del amor, del amor burgués. Vamos, ni siquiera una sonrisa se cruza en ese arduo camino que traza el gran escritor húngaro. No hay tiempo que perder, la cultura, el mundo burgués está derrumbándose y es imperioso ofrecer un testimonio de esta debacle. Así, su imaginación no es ningún artificio, tampoco es un escritor costumbrista, encasillarlo en el realismo lo empobrecería,  no, Sándor Márai es un narrador simbólico, sus personajes no están para decorar la escena ni la escena es fondo de las voces que componen el drama. Ante la tensión de una violencia que está, primero, secreteando en el aire y luego definitiva sobre los cuerpos, el autor no se demora en la especulación, no tiene el tiempo ni el espacio para una composición lenta, detallada. Pone todo su esfuerzo sobre la mesa, invierte toda su energía para eregir un monumento a la fragilidad y esculpir en una lápida, con ironía, este epitafio bíblico: “El amor nunca se acaba”.

Fotografia
Helmut Newton

La burguesía es una clase social que construyó un sistema cuyos mecanismos internos (morales, místicos, si se puede decir, civilizatorios) son tan finos y delicados como su arte y su filosofía. La guerra terminó en Europa con un sentido cultural exclusivo y lo desplazó por la civilización de masas. La modernidad avanzó hasta borrar fronteras que, antes de la guerra, distinguían vocaciones trascendentes, visiones humanísticas asociadas a la propiedad y valores de justicia aliados a las estirpes. La ideología, la moral, la religión, las tradiciones, la familia, las instituciones y todas las formaciones de esta sociedad determinan también la naturaleza de lo amoroso. Esta afirmación es polémica, pues supone que el amor no es un sentimiento ajeno a la organización social, todo lo contrario, es quizá su expresión más nítida. Pero esta manifestación difícilmente la encontramos en la clase de historia, en el documento público. No, está en el ámbito de la intimidad, en lo que no es “registrable”, en el silencio. Y es aquí donde trabaja el artista. Sándor Márai sabe que le tocó vivir el fin de una época que tiene sus raíces en el pasado medieval, que se desarrolló con la lentitud de varios siglos y que logra su madurez en familias como la suya, la clase de propietarios y fabricantes responsables incuestionables del progreso de sus comunidades, respetados, conscientes de su individualidad cuyas fibras alcanzan hasta el último socavón proletario.
Pero a diferencia de Thomas Mann, que se da a la tarea de exponer con acusiosidad este magno engranaje de lo familiar y de lo social aunado a lo político y a la religiosidad, Márai, evidentemente bajo una presión mayúscula al pertenecer a un país subordinado y vulnerable a los dominios externos, como ha sido Hungría, opta por ir directo al grano. Debe ser más rápido, casi, se diría, un guerrillero que va a mostrar al mundo como está construida la moralidad de su clase. Márai fue uno de los grandes periodistas de su tiempo, escribía para diarios alemanes, ingleses, franceses y húngaros. Dominaba la forma más imperial de los estilos: la periodística. ¿Tenía prisa Márai por decir brevemente cosas tan hondas? Parece que sí. Sus novelas son cortas, modernas, sin un gramo de paja, esbeltas como una muchacha con un frágil vestido paseándo en un día ventoso. Son serias, pero sensuales. Tienen esa belleza tan cara a sus personajes femeninos. Y también son impactantes por la fuerza de su masculinidad. Un yin-yang perfecto. El autor afinó meticulosamente la punta de su bisturí para penetrar en los cuerpos vivos, porque no es un diseccionador de cadáveres, sino alguien que hiere para curar…aunque sabe que todo está perdido, los alientos de sus personajes son los últimos, encuentros definitivos en el umbral de la muerte. Lo leemos y nos despierta. ¿De ahí que sea un acontecimiento en Hispanoamérica a partir de las ediciones italianas de sus novelas? En las olas de libros que caracterizan nuestra cultura-mercado, llegan los suyos escritos hace decenios para decirnos: he aquí una literatura de la urgencia, unas palabras que no expulsan el pensamiento, unas historias que no son ociosas, unas tramas que no están hechas para lucir el estilo, para envanecer la inteligencia; unos personajes que no son figurines, no son ventrilocuos; unas escenas que no son ambientaciones; una tensión que no tiene un plan estructural…en fin novelas simplemente que nos enseñan la pureza del género, un género inventado para servir de correa de transmisión de emociones y silencios entre los hombres de todas las épocas. Por eso estamos leyendo en español a Sándor Márai, porque nos sorprende que su arte tenga toda la juventud de su antigüedad, que la novela sea una creación metafórica, pues Márai en su primera fase fue un poeta, un poeta que prefirió el periodismo y se decidió por la novela. Por ello al leerlo nos encanta con la vibración del lenguaje que se concentra en el proceso de su exposición, que exuda cualquier estorbo, que filtra sus esencias; nos da vértigo, a su vez, la nitidez de su eficacia, la fluidez que desprecia la grandilocuencia, la recitación; y nos conmueve por develar, mediante descripciones que lindan con el sueño, luminiscencias que parecen grabar en piel marmórea verdades eternas.

Fotografia
Helmut Newton

El significado del amor

Describir el amor burgués es su objetivo. Un amor que está en las leyes cristianas. ¿Qué significa amar? se pregunta Imre Greiner, esposo de Anna Fazekas, a casi diez años de haberla conocido y en el vértice de su divorcio. Durante años he pensado que significa conocer a la otra persona…conocerla perfectamente, con todos sus secretos; conocer cada rincón de su cuerpo, cada reflejo; conocer a fondo su alma, cada una de sus emociones…Quizá sea eso, quizá conocer sea lo mismo que amar.

Pero ante el juez, su viejo compañero, y el encargado del proceso de divorcio, que a su vez, en su juventud, conoció a Anna y que ahora, a altas horas de la noche, sorpresivamente, recibe la visita de Greiner, para pedirle una respuesta más allá de la ley, más allá de él mismo, duda, no está seguro que eso sea amar, porque seguramente el amor es algo más que el conocimiento. Amar debe ser algo parecido a seguir el mismo ritmo, una casualidad tan maravillosa como si en el universo hubiese dos meteoros con la misma trayectoria, la misma órbita y la misma materia. Dos personas a las que les gustan las mismas comidas y la misma música, que caminan al mismo ritmo por la calle y que se buscan al mismo ritmo en la cama: quizá sea eso el amor. Yo imagino que los encuentros de ese tipo deben ser místicos.

Esto lo dice ante uno de los personajes emblemáticos, pues Kristóf  Komives es un hombre que viene de una familia de jueces, la “escuela “Komives”, convencido absoluto de que la humildad cristiana es lo único que puede ayudar al ser humano a superar las crisis insoportables y que su trabajo y su misión de juez era sofocar los instintos que se revelan contra la disciplina de la sociedad. En esta novela Sándor pone frente a frente a dos personajes nodales en los que se sostiene este mundo de orden y progreso: un juez y un médico, un burgués de estirpe y un burgués advenedizo, pues Imre era hijo de una criada eslovaca y un campesino del norte de Hungría que conoce a Anna, un poco después que ésta y Kristóf, ya un joven juez, tienen un encuentro en las canchas de tenis de la isla Margarita.

Recordemos que en el “encuentro” está la substancia de la novelística de Márai, que en un instante se densifica la historia y el destino de los hombres y las mujeres, un suceso que a veces ni los propios protagonistas saben leer, pero que es un acontecimiento con implicaciones magníficas y que tendrá cada quien que descifrar, sea en el  momento presente o en uno posterior y –quizá-como antelación de la muerte. ¿Suena patético? Así es, serio, grave. Se trata del amor, de esa respuesta que ahora Imre va a buscar en el juez, pues su esposa, con su suicidio, ya ha respondido. Sí, Imre está en el estudio familiar de su compañero de juventud, irrumpió en la placidez de su hogar con Hertta y sus dos niños, para hacerle una pregunta, una pregunta simple: ¿Has soñado alguna vez con Anna?  ¿Qué está pasando? O, más bien ¿qué pasó hace nueve años entre Anna y él? Cuando Kristóf tuvo en su escritorio del juzgado la demanda de divorcio, se acordó de Anna, cuando, en un recodo del camino, luego de jugar una partida de tenis ella se detuvo y se volvió hacía él, como si quisiera preguntarle algo. La joven tenía un cuerpo espléndido, quizá hasta era bella…¿Bella? Kristóf buscaba en su memoria el último encuentro, pero no conseguía recordar cuándo había visto a Anna Fazekas por última vez. Ante el documento legal del cual es responsable, el juez recordó el momento en que descubrió, con un extraño sentimiento de hostilidad, que Imre Greiner, aquel Imre Greiner por quien sentía simpatía desde la adolescencia y los años universitarios, con quien le hubiera gustado encontrarse y conversar, y con quien había cruzado a veces sin poder hablarle, se había casado con aquella joven que él conocía y que…Pero en ese punto se detenía. Ojo. No más. El juez hasta aquí llega. Luego se fue a Austria, más tarde conoció a Hertta, una mujer de la mejor sociedad, y se casó con ella. Por su parte Imre se acerca a Anna, como el aire, como su sombra, como la noche oscura. Anna no sabía qué había sucedido entre ella y Kristóf, aún no. Se mostraba siempre extrañamente tranquila. Era como si estuviera constantemente soñando. Había en ella algo de ligereza, algo flotante y aéreo que colmaba el alma…algo parecido a la música. Así la describe Imre a su viejo compañero y que no sabía que era, sino hasta esa noche en que Anna se lo confesó, su rival. Tengo que decirte, por si no lo sabias, que Anna me amaba. Desde anoche sé con certeza que también a mí me amaba. Imre va hasta el juez a confesar, a describir la naturaleza de su amor, lo rememora, lo narra en presente, son jóvenes, van a casarse: No sólo quiero obtener mi presa sino que exijo una entrega absoluta, lo quiero todo; no me basta con las atenciones cálidas y tiernas de una mujer llamada Anna Fazekas, quiero poseer todos sus recuerdos, hasta los que el tiempo ha borrado; quiero conocer todos sus pensamientos, los secretos de su infancia, el contenido de sus primeros deseos; quiero conocer a fondo su cuerpo y su alma, la composición de sus tejidos, de sus nervios. Sin Anna, no sólo me aniquilo yo, Imre Greiner, sino que desaparece una fuerza que ha encontrado expresión en mi y en Anna, en nuestro encuentro. Nuevamente, como en casi todas las novelas de Márai,  está aquí definido la naturaleza de un amor preciso, epocal diría yo, que tiene la posesión como premisa, la necesidad como su manifiesto, la dependencia como esencia, el sofoco como moral y el dominio como ley. Imre Greiner (quien ha visto morir envenenada a su esposa, una vez que ella se encontró por fin consigo misma dándose cuenta del vacío de su vida al dejar ir en el pretérito el encuentro con Kristóf) como médico ha preferido no hacer nada para salvarla, respetar su decisión y seguirla en su camino él mismo, inyectándose una dosis letal de morfina, pero antes tenía que venir a preguntar a Kristóf, porque es posible que sea una locura, una manía, la obsesión de una mujer histérica. Sin embargo, si encuentro en ti la otra mitad del sueño…entonces ya no es una locura. Entonces se transforma en una realidad. Impresionante. Es el deseo de una mujer que ha escapado a la ciencia (de Imre) y a la ley (de Kaniver). Y se ha refugiado en la muerte. Una lección que los hombres leen, en esa noche, aciaga, lenta, desesperante, donde Greiner parece aullar la verdad del amor burgués: no actúo con la entrega o la pleitesía del hombre enamorado, no le rindo una atención de ese tipo, ésa no es mi disposición natural; mi adoración es más seria, más tensa, casi podría decir que más mecánica. Tiene algo de prueba deportiva. En estos tiempos todo se mide, todos esperan batir marcas espectaculares, hasta el aprendiz de cerrajero; en todas partes se oye el tic tac del reloj de precisión: en las canchas deportivas, en los hospitales, en la política. Hay alguien midiendo constantemente los resultados, todo está sometido a una tensión demasiado fuerte…Quizá incluso el amor se haya cargado de esa tensión, de ese afán de superación, de esa preocupación dolorosa, y ya no sea un idilio sino una competición. Lo dicho. Es una definición de un sentimiento nada abstracto sino al que le da su sello su pertenencia. Es por eso que el “encuentro” es la posibilidad de la inocencia, quien escucha esa voz, se salva, se pone al margen de esa terrible sentencia: quien ama, teme, porque entonces ocurrirá el milagro de la atemporalidad. En cambio Imre al salir del registro civil, después de casarnos, miro confundido a mi alrededor; tengo la sensación de haber llegado primero a la meta, llevo la copa en la mano y la medalla al cuello. Yo quería vivir una vida conyugal con Anna. Ni más ni menos. La vida de la que hablan las Escrituras…Me lo imaginaba todo conforme la Palabra de Dios: la mujer abandona a su padre y a su madre para seguir al marido. Hasta la muerte. En lo bueno y en lo malo. Desde el primer instante yo soy celoso, y no lo niego, sería un esfuerzo sobrehumano intentar negarlo. No vayas a imaginarte unos celos brutales o vulgares; aunque, al fin y al cabo, todos los celos son iguales. Siento celos de todo el mundo, por descontado también de su familia. Todos los seres vivos están bajo sospecha.  El tiempo pasa. Viven Anna e Imre cinco años fuertes, productivos, felices…hasta que un día, me invade un miedo terrible. Tengo la sensación de que ha ocurrido algo. ¿Quién sería capaz de fijar, de fotografiar, de definir con seguridad el instante en que algo se ha roto entre dos personas? Y como marionetas siguen funcionando durante una temporada aunque parte de su mecanismo esté roto ¿Qué focos debo encender para encontrar en este oscuro laberinto el momento, el instante preciso en que algo termina entre dos personas?  Estamos ante el hecho que marca nuestra cultura: la ley de Dios que dicta: hasta que la muerte los separe; los necios de carne y hueso que se resisten: las familias se desintegran, la gente se refugia en la muerte o pierde su capacidad de trabajo, no encuentra su sitio, su sentido de responsabilidad social se desvanece. Las familias se vuelven frías, los sentimientos desaparecen, se cubren de polvo y, un día, se desintegra la vida…y detrás de todo eso descubro una compañera frígida. La frigidez es ante todo una consecuencia de índole social. Sus razones pueden ser de tipo educativo, circunstancial, anímico; es el precio de la civilización. He podido observar que en nuestra clase social casi todas las mujeres son frígidas.

Fotografia
Imogen Cunningham

Entonces Imre se pone enfermo. Mis colegas me examinan, y me dicen lo que quiero oír. La primera crisis de la madurez. Depresión, ansiedad, eso es todo. Existe una teoría según la cual este sentimiento de angustia es típico de las civilizaciones que se extinguen, rígidamente encerradas en su cultura.

Así que un día Anna sale huyendo, se retira del escenario…y es que la casa en la que vivíamos hasta hace poco se ha convertido en un decorado y en unos bastidores; no tenemos nada que ver con ella. Imre es sincero, ¿cómo no serlo, si al salir de con el juez va a morir también, como Anna?: mi trabajo, mi carácter, mi lugar en el mundo, todo se basa de alguna manera en algo que me impide conocerme del todo. ¿No está claro? Sándor Márai trabajó toda su vida para expresar por todos sus medios esta funesta verdad, el amor al que juegan los hombres y las mujeres en su sociedad es un artilugio, una comedia de equívocos que se hace posible porque se trata de seres imposibilitados para conocerse a sí mismos. Pero siempre llega el día y esta premisa de la iluminación se cumple, como con Anna. Un día ocurre el encuentro consigo misma. Y de repente lo comprende todo, tiene la certeza. No tiene nada de extraordinario. Es parecido a una orden, a un golpe. Lo extraordinario es la fuerza con la que el alma se ha mantenido cerrada para no oír esa orden. Durante ocho, nueve años…Anna lo calcula con exactitud: durante diez años y tres meses. Fue entonces cuando te vio por primera vez, en un baile. ¿Alguna vez, en estos últimos ocho o diez años…has soñado con Anna? No puedes contestar…te entiendo, debe ser difícil…Porque entonces todo lo que has construido a tu alrededor, todo lo que reposa tranquilo aquí sólo es un mal entendido, una especie de equivocación. Cierto, el juez lo sabe. Sí, todo ese tiempo él también ha soñado con ella. Muchas veces, regularmente, e incluso, su rostro ha aparecido mientras hacía el amor con otras mujeres, con Hertta, su propia esposa, pero esto no lo quiere decir, no lo puede decir y…por lo tanto Sándor Márai no lo puede escribir. Este es el silencio al que me refería, esta es la pureza del género que practica el húngaro. Pero sigamos escuchando a Imer, ya está por terminar, ya, también, va a amanecer: Anna no entendió de dónde había sacado la capacidad, la fuerza para evitar durante diez años tener que enfrentarse a esa realidad. Claro que los sueños…con los sueños ya no había sido tan perfecto; el día lo llevaba bien; además, estaba siempre conmigo, yo la tenía en mis brazos. Ella me amaba, de lo contrario no habría sido posible. Pero por otro lado estaba atada a ti. Me contó que os visteis por primera vez hace diez años y que ese encuentro fue para ella como si la tierra se hubiese abierto bajo sus pies, que aquel encuentro fue “eso” para ella. Las cosas así parecen órdenes. Nadie puede pasar de largo, nadie puede hacerse el sordo ante una situación así. Ella creía, y así me lo aseguró anoche, que también tú debías haber oído esa orden. Es imposible no oírla porque es más fuerte que un trueno. Los encuentros así se producen una vez en la vida. Después, ya sabes, la otra persona pasa de largo. No se puede explicar. No es culpa de nadie. La vida continúa por su camino, la orden que debía ser escuchada por dos personas ya ha sido pronunciada. Todo está dicho. Sigue la muerte.

 

Ciclo Literario.

El URL de este documento es http://www.cicloliterario.com/ciclo57febrero2007/laorden.html