Rodolfo Morales: Seis Años de su ausencia

Dora Luz Martínez Vasconcelos


 

Rodolfo Morales en su
estudio en Ocotlán

A la entrada de la bellísima casona del siglo XVII de la Galería Arte de Oaxaca, captura mi mirada dentro de todo el contexto el letrero que anuncia: “Sala homenaje a Rodolfo Morales”, entro recordando al “amable maestro de Ocotlán” (como lo llamaba el poeta mexicano Alberto Blanco) y ya en el interior me sorprendo al encontrarme con un grupo de mujeres  que escriben en una  aptitud de respeto y silencio, en la cabecera de la mesa veo a un señor con barba y unos pequeños  lentes bajo dos cejas inmensas que revisa unas hojas, con cara de serio y profundamente ensimismado en lo que lee. 

No escapo del lugar, al contrario con más curiosidad continúo y sigo adentro y me hago invisible y así comienzo a relacionar los cuadros con las mujeres de Rodolfo que escriben, piensan, tachan, voltean la cabeza de un lado a otro mirando las pinturas que están colgadas en la pared. 
Todo es posible me digo: “se salieron de un cuadro, al rato aviso a la Dirección de la Galería para que vengan a checar esta escena”.Por lo pronto disfruto este ambiente de silencio y respeto como la Iglesia de Morales en el medio de la pared, la amarilla, la que más me gusta. ( Titulada‘De manteles largos’). 
Una vez más quedo fascinada viendo tantos rostros femeninos en la sala. Ahora son los cuadros que comienzan a hablarme, cuánto alboroto, cuánta charla, chisme, cuchicheos escucho por aquí y por allá en cada rincón. 
Y…las otras siguen escribiendo. 
Un desfile de mujeres pálidas, en tonos ocres viene hacia mí. Están tristes, sin embargo, sus ojos son traviesos y parece que sus pensamientos más. (‘¿Quién soy yo?’) ¿Cuántos secretos tenemos las mujeres? ¿Cuántas historias que no queremos contar? Un rostro esquinado las contempla. Me contempla y yo descubro en mí, a esa mujer de Morales que también está ahí con su vida, su historia, su límite, su contradicción y sus ganas de vivir. 
Doy vueltas y vueltas, comienzo a danzar, me ven entusiasmadas las mujeres de los cuadros, oigo el aplauso de muchas de ellas, la crítica en las otras, el desprecio en una novia sentada, ¿será porque no le he hecho caso?, ¿será porque no la he mirado? A las novias les gusta que las admiren, vean y festejen.(‘La espera de Soledad’) 
También siento la indiferencia de las mujeres del cuadro vertical (‘El muro de los recuerdos’). Están atrapadas dentro de arcadas conventuales, ¡tienen una ventana! Les grito, y ninguna de ellas me escucha, mejor dicho no me quieren escuchar. Que extraño les digo en voz alta, ¿no ven el paisaje que les marca el más allá? Giren solamente un poquito su cabeza…no me contestan, allá ellas. O me dirán, ¿para que mirar? ¿Qué hay de más interesante allá de lo que ya hay acá?.... 

 

De repente volteo y lo veo a él en blanco y negro, enmarcado en hoja de lata, con sus pinceles en la mano, muerto de la risa y con voz pausada y divertida me dice: “Mujeres, mujeres, siempre son así; por eso me gusta tanto mirarlas y luego eternizarlas en el lienzo o papel. Son parlanchinas, impredecibles y entusiastas”. 
-Mira, me señala, no has visto el gran cuadro hecho de miles y miles de rayitas. –Lo hice en Guadalajara (‘El muro de los recuerdos’) y ahí de plano callé a todas, a ninguna la dejé hablar-. Dirijo mi mirada y es verdad, silencio total, ahora en ese cuadro, en las otras mujeres y en la habitación. 
Salgo de puntitas, despacito así como entré y, extrañamente no salgo la misma, salgo ahora diferente con todo un universo dentro de mí. No quiero disturbar. 
¡Cuántos mundos vividos en un espacio pequeño y virtual!
¡Cuántas historias tengo ahora que contar!¿
¡Cuántas historias vividas con él! 
Y las otras mujeres continúan escribiendo…….las voy a esperar afuerita para que me digan todo lo que yo no vi. Sentadita en la banca que está pegada aquí bajo el letrero homenaje de mi querido maestro de Ocotlàn. 

Nota: las mujeres escribiendo son del grupo “Taller de escritura” que convocó la Galería Arte de Oaxaca, siendo el maestro el escritor y poeta Ludwig Zeller.

 

Cuando escuches el sueño

Ludwig Zeller

Si tú sueñas que sueñas abre las puertas que bajará
La luna, extenderá sus piernas sobre el pasto reseco,
Se abrirán las semillas y como por milagro verás flores
Girando entre mil pétalos, ese aroma de música, esa piel.

Venimos de mujer pero entendemos que lo invisible en ellas
A efectos del amor se hace visible, amapola morada, espuelas
De galán que vi en la infancia y son llamas que cantan, que susurran
Un poema sin tiempo que repite los ecos de lo eterno.

Yo como tú, Rodolfo, las escucho rasguear sus instrumentos
Volar sobre el tejado arrastrando aquel velo de otros tiempos:
Mi madre, mis hermanas, la señora encumbrada en altísimos tacones,
La que tragó las perlas de la ilusión y espera sentada en el silencio.

Todas van estirando aquel hilo del tiempo, el tejido que cubrió
Tantos años y corrió desde un pueblo a otro pueblo donde ladran
Los perros del insomnio, los que cuidan las novias, las que esperan
Al diablo que en la puerta del templo las convida al infierno.

Quizás ya todo es ilusión, ellas sienten que el tiempo les reclama
Los diezmos, ¿pero no son sonámbulas? ¿Por qué giran las ruedas,
Y sus huesos se doblan bajo el polvo? Por siempre vivirán
Sobre la tela, tocando las guitarras del olvido, del amor imposible.

Ellas son nuestra infancia —el cardúmen de abejas que enloqueció
En el humo de la gran zarabanda—, eran ellas la fuente de la piedad,
La piedra donde siempre es posible reclinar la cabeza. El terciopelo
Tibio de calles de Ocotlán, su recuerdo lejano y su melancolía.

Hoy miro allá en sus ojos la fiebre de otros días, el resplandor
De esa mujer eterna está esperándote detrás de los espejos;

Cuando escuches el sueño, la verás sonreír tras tus pinturas.

 

 

 

 

Ciclo Literario.

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