Leer y releer Moby Dick

Russell Banks


 

Russell Banks, uno de los más importantes escritores americanos de hoy, recuerda su primera lectura de Moby Dick a los 22 años. Un homenaje conmovedor a una novela que ha crecido con su lector.

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            De la misma manera que un lector, al filo de los años, se desenvuelve y cambia, parece que la gran novela también evoluciona y se modifica, de tal modo que, a cada lectura, mientras las palabras permanecen las mismas y se siguen en un orden inmutable, el texto aparenta ser otro. Tal vez sea la razón por la cual, antes de sentarme para releer una novela que me gustó hace años —cuando yo era alguien muy diferente— me siento empujado a comprar una nueva edición del libro. Así poseo cuatro ediciones de Moby Dick, la obra maestra de Herman Melville: una para cada lectura que hice de ella.

Fotografia
Kerry / 1893

            La primera vez tenía 22 años. Era durante el verano de 1962; vivía solo en un mobilhome minúsculo, con un techo de lámina, en Islamorada Key, Florida, isla angosta y arenosa entre Miami y Key West. Allá terminan los Estados Unidos y comienza el Caribe. De medianoche al amanecer, trabajaba para pagar la renta  en una gasolinera abierta las 24 horas del día. Pero tan escasos eran los coches que se paraban allí, que yo pasaba la mayor parte de las noches leyendo. Tenía muy pocos libros, apenas media docena. Un amigo de Boston, mayor que yo y también más culto, me había dicho que era preciso que los leyera si mi intención era la de ser escritor. Y a pesar de que no hubiera ido a la Universidad, sí quería ser escritor. Entonces, más o menos me instruía.
            Una de estas obras era Moby Dick. Todavía no la había leído. Me asustaba un poco. Era muy larga: mi ejemplar, en bastante mal estado, de la Oxford World Classic de 1920, tenía 676 páginas, con tipos muy chiquitos. Me había costado un dólar, esa primavera, en una librería de libros usados, antes de partir de aventón hacia el Sur: allá pensaba realizar lo que visualizaba como un aprendizaje en el arte de la escritura y de la lectura. La prosa de Moby Dick se veía muy extraña sobre la página: largas oraciones sinuosas entrecortadas por lo que me aparecían como fragmentos o artículos extraídos de enciclopedias, de diccionarios y de tratados científicos sobre las ballenas y su pesca. A primera vista, me percaté del nivel elevado del estilo, al mismo tiempo muy concreto y muy preciso, lo que me gustaba. En cambio, el lenguaje me pareció anticuado, casi arcaico, al contrario de todo lo que había leído hasta ahora, excepto tal vez Shakespeare o la Biblia en su versión King James; y, en esa época, leer textos escritos por ingleses no se me antojaba. Quería leer a los americanos, a los clásicos como Mark Twain, Jack London, Stephen Crane o Theodore Dreiser, porque era lo que quería volverme: un escritor americano clásico.
            Una vez por semana, el bibliobus de la biblioteca municipal bajaba a lo largo de la Carretera 1 y se detenía en Islamorada. Yo cambiaba entonces los libros solicitados la semana anterior por nuevos —la mayor parte, pues, clásicos americanos, pero también autores todavía vivos tales como William Faulkner, Ralph Ellison, James Jones, Jack Kerouac, o fallecidos hace poco, por ejemplo el muy célebre Ernest Hemingway. Durante el día, trabajaba mis primeras novelas cortas, imitando, sin empacho, las de Hemingway; él había escrito gran número de éstas, a algunos kilómetros de allí, en su casa de Key West, a la orilla del mar. El año anterior se había suicidado de un disparo, pero su fantasma aparecía todavía en estas islas y no lograba sacármelo de la mente, ni a él ni sus obras. Sin embargo, sus novelas cortas resultaban mucho más difíciles de lo que había imaginado.
            Luego, durante una semana no pasó el bibliobus por Islamorada —me acuerdo que un huracán había destruido una gran  parte de la carretera. En esa época, ya había leído todos los libros traídos de Boston, excepto Moby Dick, y terminado en esa semana los que había pedido a la biblioteca de Miami. Llevé pues mi Moby Dick a la gasolinera, me senté para esperar a los clientes de la región, quienes vendrían de vez en cuando a cargar gasolina, lo abrí y lo leí.

Fotografia
Henry Horenstein / 1995

Primera lectura.  Viví una experiencia inolvidable. Inolvidable sobre todo porque sigo teniendo ese ejemplar de la novela —mi exmujer me lo devolvió a regañadientes   después de un divorcio que ocurrió con bastante saña (pero ésta es otra historia). Pude entonces volver a abrir ese ejemplar y leerlo con los pasajes que había subrayado y las notas que había escrito en los márgenes; esto me permitió tener una idea del tipo de joven que yo era en ese entonces y de lo que había percibido en este libro. En esa época, mi letra era diferente —más segura, más nítida, menos precipitada, menos atormentada— y lo que me importaba no era lo que hoy me importa. Había subrayado este pasaje: “…sin embargo parecía totalmente a sus anchas, conservando la más completa serenidad, satisfecho con su propia compañía, con un humor siempre parejo.” (Claro, la marca de un joven solitario, quien procura dar a su soledad un giro filosófico). Y luego: “El marido y la mujer, dicen, descubren uno al otro lo más recóndito de su alma, y hay viejas parejas quienes, acostadas, platican de los buenos tiempos casi hasta el amanecer.” (Marca de un joven solitario a quien hace falta cruelmente la compañía de una esposa.) En el margen, al lado de estas oraciones subrayadas, una anotación manuscrita: ¡Si sólo estas cosas pudieran no trastornarme tanto! (ya aun en mis anotaciones la prosa de Melville me contaminaba. ¿Habría escrito semejante oración el joven y estoico Hemingway? No, seguramente que no.) Y, varias páginas adelante, otro pasaje subrayado: “…La muerte no es más que un salto al No probado, todavía desconocido; no es más que el primer saludo dirigido a las posibilidades de la inmensa Lejanía, de lo Inexplorado, de lo Líquido, de la Ausencia de ribera. Así, ante los ojos enamorados de la muerte de estos hombres quienes, llenos de escrúpulos, dudan todavía en suicidarse, el océano —el que ofrece y recibe todo— exhibe la seducción de su  paleta entera de terrores inimaginables y fascinantes, de aventuras miríficas, de vida nueva…” He aquí lo subrayado por un hombre joven, quien vivía a la orilla del mar, con una visión romántica de la muerte —visión que puede tener porque lo inevitable de la muerte no parece concernirlo y no lo alcanzará hasta dentro de una veintena de años.
            El ser receptivo que era a los 22 años —un ser más chico de lo que soy ahora a los 65 años, y con una figura diferente— esa noche había estado totalmente colmado por Moby Dick. Todo mi imaginario, todas mis vanidades y todos mis terrores, fueron llevados a rebasarse, a franquear sus límites anteriores, al crear en una noche a un hombre nuevo, quien no existía la víspera. Claro, lograba comprender que esta novela, fundamental a cierto nivel, trataba de los Estados Unidos, y que el ballenero, el Pequod, era una Nave de los locos que idealizaba la democracia americana y al mismo tiempo la parodiaba en su mezcla de razas y de clases, en su misión comercial que consistía en matar a la gran ballena blanca, regresarla y vender el aceite de su cuerpo; que la parodiaba también en la loca y fanática búsqueda de absoluto de su jefe, el capitán Achab  quien, por su parte, quiere matar a la ballena por razones personales esencialmente religiosas; y que este libro era al mismo tiempo una mina de informaciones, de datos concretos, prácticos, reales, sobre una industria, sobre el trabajo, sobre el océano y todo lo que vive de él y en él. También veía que, a pesar de que se había escrito a finales de los años 1840, esta novela era de un total modernismo por su rechazo a limitarse a la simple representación: de este modo, a nivel literario, se adelantaba de 75 años a las obras de Joyce, Kafka y Borges. Pero, para mí, joven escritor afanoso de establecer un plan que trazara los límites de mi imaginación y de mi ambición, Moby Dick era un portal que daba a espacios más vastos, pensamientos a escala mayor que todo lo que yo había sido capaz de concebir hasta ese momento. La novela sobre el atraco de la ballena blanca, terrorífica y vengativa, se volvió desde entonces la imagen misma de mi vida y de mi trabajo. Y lo permaneció en parte, aun si mi vida y trabajo se remiten hoy a imágenes y metáforas muy diferentes, que proceden particularmente de personajes a quienes no podemos ni juzgar ni idealizar, o de la calidad de la atención atestiguada por todos los grandes novelistas o también de este profundo afecto por la humanidad que las grandes novelas vuelven irresistible. Pero, por todo esto, me puedo acercar de nuevo a Moby Dick y releerlo. Puesto que, a medida que fui cambiando, él también.

                                                                                              Trad. por Marie-Claire Figueroa
a partir de la versión original en inglés por
Pierre Furlan

En: Le Magazine littéraire, no. 406,  Sept. 2006, pp. 30-32

 

Ciclo Literario.

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