Juicio de un best-seller

Marie Claire Figueroa


 

Carlos Ruiz Zafón.
 La sombra del viento.
Barcelona
               Planeta, 2001, 2006. 573 p.

 

            Esta reseña no pretende calificar La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón de buena o mala sino, más bien, demostrar que, de ninguna manera se le puede considerar, como cierta opinión pública se complace en hacerlo, una obra light. Pasando por alto su peso nada light (1kg 750gr), me detendré sobre el fondo y la forma, de alguna manera fusionados en el caso que nos ocupa.
            La historia, que transcurre en Barcelona, no carece de ingenio ni de suspenso, pero es bastante siniestra. Empieza en plena época franquista y termina en 1966, con numerosos episodios en flash-back, al evocar hechos pasados que incluyen la Guerra Civil y los periodos pre- y post- II Guerra Mundial. El autor no nos ahorra las persecuciones, torturas y matanzas, los personajes infames y perversos, lugares sórdidos, atmósferas tenebrosas y macabras. Nada faltó, ni los pasajes secretos, la puerta tapiada, pasillos laberínticos, ataúdes en la cripta, etc., para que Carlos Ruiz nos ofreciera una novela gótica en una Barcelona gótica, la que bien hubiera podido ilustrar Víctor Hugo. De hecho estamos ante una novela decimonónica, con una trama llena de peripecias folletinescas, maldiciones, amores románticos enfermizos...

Fotografia
Sally Mann /1944


            El tema recurrente, la quema de libros, es tan poco original como las “alusiones” —por así decirlo— a Borges, ya que, en momentos, nos consta el vil plagio de los cuentos “La Biblioteca de Babel”, “El libro de arena”, entre otros.  El acto de quemar libros tanto en la vida real como en la literatura no es nuevo y se antoja a veces como un ritual, una celebración, a veces como signo de locura (El nombre de la rosa de Humberto Eco, Auto de fe de Elías Canetti), de ignorancia o de primitivismo si pensamos en las novelas de caballería arrojadas por la ventana al patio de la morada de El Quijote, o en las persecuciones de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. No me extenderé sobre  la Inquisición o las hogueras de la Plaza de Nüremberg durante el III Reich, para no atiborrar esta digresión que daría para volúmenes enteros. Sin embargo, seamos justos con el autor: si el tema no es nuevo, le supo imprimir un giro personal.
            A semejanza de la trama, el estilo del catalán se remite a un tipo de escritura igualmente decimonónica, pero sin la inspiración de un Gustavo Bécquer, un Jacinto Benavente o también de un Pío Baroja y demás de la llamada Generación del 98, por sólo nombrar a algunos. Plétoras de lugares comunes, oraciones larguísimas que se arrastran a lo largo de las páginas, enmarañadas e hinchadas de metáforas por lo demás de un gusto muy dudoso. Como muestra, un botón: Pese a mis ardides, Sanmartí seguía espolvoreándome con sus insinuaciones, siempre prendidas de esta sonrisa aceitosa y gangrenada de desprecio que caracteriza a los eunucos prepotentes que penden como morcillas tumefactas de los altos escalafones de toda empresa. (p.516). En medio de esta prosaicidad y de esos embrollos, es deprimente no poder vislumbrar la menor “sombra” de poesía como parecía anunciar el título.
-¡Qué bien, me dirán, qué tipo de iconoclasta es usted para atreverse a criticar un best-seller que se vendió a más de cinco millones de ejemplares, no tanto, seguramente, como El Código da Vinci, “mais, quand même!”.
No quisiera  ofender al Sr. Dan Brown, pero si no fuera por mi oficio, no hubiera leído su “prodigioso” libro, el que, a pesar de ser algo más sobrio  que el de Ruiz Zafón, a fin de cuentas, es harina del mismo costal.
-Sin embargo, proseguirán ustedes, ¿qué me dice de los “increíbles” elogios en exergo de la obra, voceados por algunos de los mejores periódicos y revistas del mundo occidental? Contestaré que los llamo elogios “poco creíbles”; bien se sabe que cualquiera es capaz de entresacar de una crítica la frase más ditirámbica con tal de contribuir a las jugosas ventas de un best-seller.
Igual de ambigua la cuarta de forros del editor destinada al lector: se promete a los amantes de melodrama “una novela conmovedora”. No me cuento entre ellos pero, sin lugar a dudas, la mayor parte de estos cinco millones no quedaron defraudados.

Para mí, el término light no contiene nada del paquete melodramático de esta odisea. Light conlleva matices de alegría, de luminosidad como lo indica su nombre, incluso de poesía, sin duda algo de frivolidad, sin erudición ni grandes teorías. Una historia "light"es cautivante y bien llevada,  no se arrastra, su estilo es pulcro, elegante y ligero, sin sobrecarga; en una palabra, una obra sobria. La incontinencia fue, a mi parecer, el mayor pecado de Carlos Ruiz Zafón.

 

Ciclo Literario.

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