Escalera con tres descansos

Alonso Aguilar Orihuela


 

 Los caimanes
Miguel Tapia Alcaraz
Ed. Almadía.
2006


¿Por qué no podré ser como él?, ¿por qué no podré tirarme de cabeza contra la pared? Antepongo minuciosamente las palabras a la realidad que pretenden describir.
Julio Cortázar. El Perseguidor.

Romeo despejó su mente con una sacudida de cabeza, inhaló a plenitud y emprendió el ascenso por la angosta escalera en espiral.
Miguel Tapia Alcaraz. Escalón perdido.

En Los Caimanes, una palabra sucede a otra como peldaños de una sinuosa escalera que nos guía, minuciosamente, a una terraza desconocida. Al iniciar la lectura, el paseante acepta someterse a los designios del autor, a subir la escalera, y sólo si los peldaños que sostienen su andar comprueban que son firmes, que el lenguaje es empleado de manera correcta y es el adecuado para contar una historia de manera verosímil –aún dentro del territorio de lo fantástico—, el paseo terminará con el punto final del libro, en un lugar desde el cual el lector - paseante apreciará un paisaje, acaso distinto, al mirado al iniciar el ascenso. Hay libros que al terminar de leerlos nos revelan un panorama desolador, otros sombrío, apacible, pirotécnico, multitudinal, íntimo… en el caso de Los Caimanes, antes de llegar a la terraza que ofrece, el lector podrá recrear su mirada en tres descansos:

Uno. Realidad y fantasía

En el primer libro de cuentos de Miguel Tapia Alcaraz, los territorios de la realidad y la fantasía se entrecruzan para urdir mundos posibles donde la cultura popular, las obsesiones mundanas, las apetencias terrenales y un sentido del humor ácido, bullen bajo el calor seco del norte del país.
La calle, el colegio y la cantina como los escenarios donde todo puede ocurrir –y de hecho ocurre—, el interior de una camioneta como la cavidad intracraneana donde se generan nuestros pensamientos, el punto de encuentro con los amigos como lugar de inicio y fin de las historias individuales, Trescaballos como la frontera entre la cordura y la demencia, una carta como confesionario y uno mismo como el gran laberinto y minotauro que somos, cámara y actor, pintura y museo, voyeur y sodomita, transcurren ante nosotros. Sin embargo, el territorio más transitado por el autor es el de la creación.

Dos. Historias y personajes

Una fan perversamente acompañada, desmedida en sus mimos hacia el ídolo; un tipo y un fulano, el primero con buena y el otro con muy mala suerte; un grupo de música norteña que pide prestada hasta la tarola; una pareja de jóvenes atrapados por las circunstancias; un hombre extraviado en un lugar “donde el sol dificulta la nostalgia”; un grupo de estudiantes, jugadores de béisbol y Romeo, un gordo atribulado por sus deudas motrices, seres que escapan de su realidad o se obsesionan tanto por intervenir en ella que quedan atrapados en las espirales de su existencia, son los personajes de Los Caimanes.
                En tanto a las historias, a partir de la premisa básica de sus cuentos, el narrador retuerce la anécdota para no cometer un error que sería lapidario, la predecibilidad. En cambio, juega con el imaginario popular y ofrece estructuras, si bien sencillas, no carentes de imaginación para ofrecer variaciones que abren las posibilidades de lo narrado.

Tres. De la artesanía intelectual

Como escalones cortos y diseñados con minuciosidad, tallados con esmero a lo largo de los años, el lenguaje elegido por Tapia Alcaraz para narrar las historias permite ascender por la escalera de los cuentos de manera gozosa, sin preocuparse por interrumpir un andar piano por un acabado mal hecho.
                El tiempo y el esfuerzo invertido en la escritura de esta obra ha sido reconocido por Eduardo Antonio Parra, quien en 2004 incluyó Al pueblo llegó un fulano en una antología que reunió los mejores cuentos del país.

Respecto al paisaje que se puede apreciar desde la terraza a donde conduce la escalera llamada Los Caimanes, es algo que deberán averiguar ustedes, lectores.                                

 

Ciclo Literario.

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