El amor burgués

Lorenzo León Diez


 

El que ama, teme
S.M.
La mujer justa
Sándor Márai
Salamandra
2005


Por “mujer justa” Sándor Márai no se refiere a la acepción de justicia  ética o legal (al menos en la primera intención) sino a la utilitaria u objetual que indica que dos piezas se ensamblan, se empalman, “ajustan”, pues. Un término que alude a la precisión de la unión  entre un hombre y una mujer. El escritor húngaro, con toda su impresionante batería narrativa, se dispone a examinar esta soldadura a través  de la falla en lo que es, paradójicamente, la unión de los amantes. Pero ¿existe esta justeza (que no justicia)? Al parecer es imposible, pues algo que se proponía quizá ser una novela de las uniones resultó ser un gran fresco del desencuentro, la separación y el divorcio.

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Imre von Santho / 1933

¿Por qué este escritor nacido al principio del siglo XX, tan leído y reconocido en su país y en la Europa de su tiempo (luego suprimido de la lectura por el comunismo húngaro), es hoy un acontecimiento entre el público hispano? ¿Qué es lo que vemos en su prolífica obra que permanece intacta al tiempo y a los cambios tan intensos en la sociedad, la política y la cultura? ¿No será que al leerlo nos percatamos, con nostalgia, de algo que ha desaparecido de la literatura y que es eso que identificamos con lo clásico y que está en franca retirada del libro como un producto no de la cultura sino de la “civilización de masas”? Parece que nos acercamos a ese secreto, pues Sándor Márai representa el fin de una cultura, la cultura burguesa que está unida a una continuidad enraizada en el esfuerzo centenario de los pueblos que fueron arrasados, destruidos, reconstruidos y transformados por los ejércitos nazis, soviéticos y  norteamericanos...luego de ese vendaval quedó el exilio. Del asedio de Budapest todos salieron siendo otros y la obra de Márai es un testimonio de esta herida por la que vemos no sólo la podredumbre de una época que terminaba, sino luz, la luminosidad por la que de su mano avanzamos hacia el núcleo de la inteligencia burguesa y el corazón de una sociedad basada en normas que transmitían, además de la costumbre fastidiada de viejos rituales, una actitud con que se había erigido el mundo.
Un mundo sólidamente estratificado, pero lleno de sutileza, donde estaría en orden descendente el artista (la capa superior de la burguesía), el burgués, el pequeño burgués y el proletario, encerrados en una cultura definida como experiencia, una experiencia constante, como la luz del sol (no los conocimientos, que sólo son una carga). Lázar, el escritor, (el amigo de Peter, el burgués, heredero y dueño de la fábrica,    esposo de Ilonka,   primero y esposo de Judit, después) expresa, un poco antes de que su biblioteca aparezca hecha pasta por las bombas, que la cultura es cuando una persona...o un pueblo...se colma de una alegría inmensa.
Sí, para el artista, la cultura supone una experiencia de vida. Pero para para el burgués, la cultura es el milagro de la domesticación. ¿Por qué la burguesía ubica en en su primer puesto no al propietario, sino al artista? Porque entre los hijos de Dios, son ellos los que han elegido la tarea más ardua. ¿Cuál es? ¿A qué se refiere Peter cuando dice esto? La novela que leemos es la prueba: dotar de trascendencia a una cultura, transmitir, para la posteridad, esta inmensa alegría. Por eso, –dice Lázar a Ilonka– los escritores no podemos permitirnos el lujo de ser rebeldes. Somos los guardianes. Es mucho más difícil conservar que crear o destruir.
La tragedia de Peter es que no es escritor, el pobre –dice Ilonka–, era un burgués y un artista sin arte. Alguien que si tuviera una religión que le permitiera dirigirse a la gente, si fuera un sacerdote, un artista, un escritor...le imploraría que se convirtiesen a la felicidad.
En efecto, el artista ocupa, como dice Bataille, el lugar que en las antiguas culturas tenía la religión (el arte es un rito, un cuento sangriento)...hasta que esta sociedad se entumece, pierde el sentido y los burgueses empiezan a tener miedo a morir, igual que a vivir. ¿Qué sucede entonces con el arte y, en especial, con la literatura? (si el arte no es más que una manifestación del instinto de juego, la literatura es algo más que arte, es una respuesta, un comportamiento ético): Expulsa el pensamiento. Paradójicamente la cultura formada, como ninguna otra, gracias a los libros, ya no puede esperar nada de estos. Por eso Lázar, el escritor ya sólo lee diccionarios, pues no esperaba nada de las palabras. No creía que las palabras ordenadas de manera racional pudieran ayudar al mundo y a las personas. Ahora –le dice a Judit, tan amada por su amigo Peter- hay tantas palabras hormigueando en los libros que el pensamiento no cabe. Calla el escritor y muere la cultura. Los libros de Márai son la voz de este silencio, por ello, tal vez, nos impresionan, nos fascina su gravedad, su resonancia, su constante significación, como una proyección que toca el universo desde la particularidad, pues las palabras verdaderas tienen un poder creador y catártico, son registros que alcanzan los más grandes escritores burgueses, como su contemporáneo en Alemania, Thomas Mann, autor de Los Bunderbrock, esa otra familia que, como la de Márai, tenía un calendario familiar escrito, un libro encuadernado en piel en el que se anotaban los nacimientos, las peticiones de mano, las bodas, los fallecimientos, escrupulosamente.
¿Y la historia, ese concepto tan caro para la cultura? Es la pesadilla de la razón , al menos que no sea la trama que ayudará a develar ese sin sentido desde una posición (la literatura) más fuerte. Y las historias de Sándor Márai están planeadas para dar el testimonio de una gran complejidad emocional y social, sus novelas están construidas como grandes metáforas de una catástrofe, del fin de una añeja elegancia.
Por eso La mujer justa , escrita en el apogeo de su creación, cuando regresa Márai a su patria, luego de su largo intinerario como periodista europeo, donde vive la guerra y la entrada del Ejército Rojo, simula la esbeltez de un jarrón, una pieza que ha sido salvada de un bombardeo, un envase roto que fue pegado y,  no obstante el cuidado y el amoroso esmero invertido para unir sus partes separadas, la maestría reconstructiva de quien lo recogió, vemos sus lamentables costuras, esas junturas que nos enseñan, como si estas fueran la verdadera alma del jarrón, la defección de su origen.
Una pieza de cerámica, una porcelana, rota en tres principales y grandes trozos: tres voces que pueden ilustrar el epígrafe foucaultiano: “Es el punto de vista el que crea el objeto”. ¿De cuál objeto se trata? Del amor, indudablemente. ¿Y qué es el amor? Peter piensa que las personas se matan con el amor como a través de una emanación invisible y letal, pues el amor, si es verdadero, siempre es letal, por eso se ha respetado tanto a los amantes en todos los tiempos y en todas las religiones, porque al estrecharse en un abrazo están subiendo a la hoguera, detrás de cada abrazo verdadero está la muerte con sus sombras, amar significa simplemente conocer por completo la felicidad y luego perecer. Tristán e Isolda dirían: “desear y luego morir”.
Así como se ha hablado del amor cortés, es posible hablar del amor burgués, la especie más fina del desencuentro, el sofoco sobre el que se yergue una solidez y no existe nada más difícil en la vida que deshacer las situaciones ya consolidadas, por eso no hay sabio en el mundo que pueda decir por qué se unen un hombre y una mujer y por qué luego se separan. Amor burgués, que dice en boca de Judit: Hubo un tiempo en que estuve enamorada de él (de Peter)...

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YVA / 1933

pero sólo estaba enamorada porque aún no vivía con él. Estas dos cosas nunca van juntas. Amor burgués, como el que recuerda Peter de sus padres. Todo empezó porque en mi casa nadie se atrevía a querer a nadie. Mi padre y mi madre vivían un matrimonio “ideal”, es decir, monstruoso. De ahí viene Peter, estas son sus raíces, por eso se casa con Ilonka, porque no sabía que me amaras tanto.
Pero Peter envejece, entonces nuestros sentimientos se convierten en simples pensamientos, y  exclama: ¡Cuánta vanidad, cuánta mediocridad hay en cualquier sentimiento humano!
Pero años antes, él pensaba que no le debía nada a nadie y sólo tenía una obligación consigo mismo: buscar siempre la verdad. Es el burgués, diciendo a Ilonka, su inteligente, honrada, guapa, culta esposa: en realidad no necesito que me quieran. Hay hombres que no necesitan amor, que pueden vivir perfectamente sin eso. Yo no puedo entregarme a un sentimiento. Vamos a quedarnos juntos, pero quiéreme menos. Déjame libre de tus vínculos interiores. No puedo vivir con esta tensión emocional. Hay hombres de naturaleza femenina que necesitan precisamente eso, ser amados. Amor burgués. Ilonka va al confesionario, a llorar al sacerdote, quien define, en su vejez adusta, esta modalidad amorosa: quien ama sin humildad (como ella misma, quien tuvo un hijo –que murió–como un instrumento, una excusa para obligar a mi marido a amarme) pone una gran carga sobre los hombros del otro. No puedo absolver a su marido –le dice– porque él tampoco sabe lo que es la humildad. Dos personas tan orgullosas pueden sufrir mucho si están juntas. Usted quiere privar a un hombre de su alma. Eso es lo que quieren hacer todos los enamorados. Amor burgués.
Pero Peter, que era descendiente de los que se marchaban a los trópicos con el hacha al hombro, entonando a voz en grito cantos litúrgicos, y avanzaban cantando hacia lugares salvajes para acabar con los árboles y los indígenas, abandona a Ilonka, a su familia, a su clase social, por una proletaria, su sirvienta, Judit Áldozó, quien luego, a su vez, lo traiciona, le roba y se va con otro. Peter ha aprendido, aunque cuando al fin lo aprendemos todo, ya nos ha pasado la vida por encima. Y cuando nos damos cuenta de los sucesos decisivos, la mayoría de las veces ya han pasado y no nos queda más remedio que aceptarlo y salir corriendo a avisar a un abogado, a un médico o a un cura. ¿Qué sabe ahora Peter, el burgués, de la vida? Humildad y conocimiento de uno mismo. Ése es todo el secreto. La palabra humildad quizá sea demasiado importante. Para alcanzarla hay que saber perdonar, estar en gracia, y ése es un estado de ánimo excepcional. Ojo, Peter no es un cura, no es un místico. Es un fabricante que ha sido despojado de sus bienes por la “democracia popular”, camina en una fila de refugiados sobre el puente reconstruido sobre el Danubio, viste como siempre,  impecable, y carga solamente una maleta. Ahora piensa diferente. Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas. Un valor que es casi heroísmo. Sabe que nos quedamos solos porque somos engreídos y no tenemos el valor de aceptar el regalo un poco intimidatorio del amor. Porque consideramos que nuestro papel en la sociedad es más importante que la experiencia del amor. Sabe ahora Peter que ningún orden social o productivo puede darnosla paz espiritual y somos nosotros los únicos que podemos conquistarla. ¿Cómo? Venciendo el orgullo y el deseo.
¿Qué le ha pasado a Peter, el burgués, para llegar a este estado búdico?Se fue a vivir con su antigua sirvienta, renunciando a mi posición social, a mis obligaciones burguesas, a mi familia y a una mujer que me amaba. ¿Y quién es esta mujer que tanto lo ha transtornado? ¿Es posible –se pregunta Peter- que un día entre alguien en la habitación y uno piense al instante: es ella, la mujer justa, la verdadera, igual que en las novelas? Judit había surgido del anonimato, de las profundidades de lo ignoto, de la muchedumbre, y traía algo extraordinario, la armonía, la seguridad y la belleza, con aquella mirada abierta e inquisitiva. Siempre la misma pregunta. Lázar dijo una vez que era la pregunta de la creación.
Peter se declaró a la sirvienta, le propuso matrimonio (mucho antes de casarse con Ilonka): Yo sentí que la unión que le estaba proponiendo era no sólo el medio para satisfacer un deseo sino, sobre todo, una alianza en contra de algo o de alguien.
Estamos en el meollo del asunto. Judit, muchos años después, dirá: Peter a través de mí quería pagar su deuda con el mundo. Peter, piensa Judit, nunca consiguió vencer su remordimiento. Y quien se siente culpable busca venganza.
Es la otra faz de la palabra “justa”. Ya no se trata solamente de esa juntura objetual entre dos seres que embonan, sino de la justicia que Peter quiere hacer al casarse con ella. ¿Puede que él buscara la justicia?¿Por eso se había casado conmigo?
Sin embargo, una vez con ella, descubre que Judit,  dentro y fuera de la cama, no me amaba, me servía. Y a partir de una edad buscamos la verdad en todo, por lo tanto también en la cama, en la dimensión más física y oscura del amor.
 Peter quiso huir del amor burgués para encontrarse...esquilmado, con una mujer que en la primera noche, cuando se acostó en su cama, tuvo que salir a vomitar por ese olor acre, masculino y señorial, que ella conocía tan bien, pues a él le gustaba que le aromatizaran toda la ropa con esa amarga esencia inglesa de heno.
La novela está por terminar. La primera esposa, Ilonka está viva y muere lentamente. Muere de una forma educada, delicada, tranquila, burguesa. Judit vive en Roma, con su amante joven, en la misma habitación en que años antes ha muerto Lázar. Y para Peter ha llegado el momento en que invade tu alma el deseo de soledad, cuando ya sólo quieres prepararte en silencio y con dignidad para la última gran tarea del ser humano: la muerte. Peter dice a un viejo amigo que todo ser humano tiene derecho a prepararse a solas y en silencio sepulcral para la despedida y la muerte. Vaciar el espíritu, devolver el alma al estado de ligereza y devoción que tenía al principio de los tiempos, en la infancia. ¿Sabes? –le dice Peter a su amigo- en la historia entre dos personas llega un momento en que ya no merece la pena sentir rencor. Y entonces te invade la tristeza. Pero Peter no está amargado, reconoce que las mujeres, con la vejez, se vuelven locas, toman hormonas, se cubren de maquillaje, pagan a los jóvenes...pero los hombres, cuando envejecen, a veces sonríen.

 

Ciclo Literario.

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