Decir no

Oswaldo Ortuño


 

Fue frente a un parque de Polanco donde cerca practicaba aeróbicos; esa vez me sentía tan cansada que me puse una blusa larga sobre el leotardo de likra y crucé el jardín por un costado. Eran cuatro tipos. Me subieron a un auto. Recuerdo: risas y olor a tequila, rostros jóvenes, de ojos brillantes. No perdí la conciencia pero luego todo se borró. Te juro que solo recuerdo olores y jadeos en mi oreja, ningún dolor, ningún placer. Algo mudo y sin imagen. Llegué sangrando a mi casa, me bañé y no dije nada. Quedé dormida, toda la noche, casi todo el día siguiente. Mi madre me cuidó el sueño pensando que era gripe. Pero yo estaba en un reposo animal, como de bestia sin perspectiva. Desde esa noche seguí sangrando… mi mamá creyó que por irregularidad, pero terminaron llevándome al ginecólogo. Dijo que parecía haberme hecho un legrado. Les conté todo:nada, simplemente un auto con cuatro fantasmas, igual los sigo viendo:  hombres que clavan sus banderas en mi territorio, que sin saberlo, al hacerme el amor, se bañan en mi sangre. Al explorar la oscuridad porosa de la cueva no me importa ya, pues la flora yace muerta. Desde entonces me siento habitante de una isla y cada vez que un marino pasa por mi costa, en vez de cantar lanzo sonidos macabros tratando de alejarlos, pero algunos son demasiado tercos. Ciegos, al fin, ni siquiera sienten mis respuestas, mis ritmos automáticos, dictados por una alma ajena, que jamás los devora. Jamás los amo; mi gruta no se cierra, no los saborea.

Fotografia
Wynn Bullock / 1954


Todo lo relacionado al sexo es absurdo. El último me tuvo simplemente, cuando comprábamos yogurt en el supermercado nos vimos y respondí a sus ojos gustosos. Entablamos una conversación banal y nos dirigimos a su casa. Y me parece que disfruto un instante, sueño que gozo; pero parece no es mi cuerpo sino una ausencia que se obtiene fácilmente. De insistir, seguramente me tendrás en una cama, no lo olvidarás, pero tampoco estaré más contigo. Me voy, los alejo, y acabo escribiendo un verso más de los Poemas Fatuos, letras que se agregan con el semen.
Desde los nueve años tuve besos adultos en las calles. Una vez en un parque un hombre viejo, se acercó y se puso a mi altura. Acariciándome el rostro me dijo, qué linda niña y me besó largamente en la boca. Luego me preguntó ¿Te gustó? Y yo recuerdo que respondí: ah, pues eso es un beso, no, no me gusta, y salí corriendo detrás de mis amigos. En ese tiempo otro hombre en la calle me hizo lo mismo. Y me preguntó también. Le dije, ya sabía que eso era un beso, y no me gusta.
Hasta los quince años tuve un novio, de veintidós, estudiante de medicina. Pero la primera vez que hice realmente el amor fue con un músico, quien después de unas apasionadas y sinceras relaciones se fue al extranjero a estudiar sax. Me juró que regresaría  en un año y me quedé en su casa, esperándolo.

Regresó el músico para confesarme su culpa por haberme dejado y la traición que cometió en Texas, donde vivió con una chica; dijo que tanto me quería que prefería no sufrir el dolor de haberme abandonado, y lo mejor sería salirme de su casa mientras recapacitaba. No obstante lo visito y hacemos el amor aunque sangre porque, ¿sabes?, siempre estoy sangrando. El médico me dijo que para aliviarme debo dejar de hacer el amor cuando menos durante un año, cosa que no pienso hacer. Pero te escribo esta carta para que comprendas y no seas uno más, sino un amigo, necesito un amigo que entienda mi derecho a decir no.

 

Ciclo Literario.

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