Detrás de las Bambalinas del Premio Nóbel

por Sabine Audrerie


 

En el mes de octubre, cada año, se otorga la célebre distinción literaria. Pero ¿qué sabe uno del proceso que, desde 1901, permite a 18 intelectuales suecos hacer de un escritor una referencia internacional?

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            Consensual o provocador, político o estético, el anuncio del premio Nóbel de literatura sigue, año tras año, creando sorpresas y suscitando aplausos al igual que crujir de dientes. A pesar de que el más prestigioso de los premios literarios (y el más dotado, con un millón y medio de dólares) no modifique mucho las ventas, el label Nóbel existe realmente…
            Es en octubre, cada año, que la  Academia revela el secreto al final de sus reuniones semanales del jueves. Esta asamblea creada en 1785 por el rey Gustav III sobre el modelo de la Academia francesa, consta de 18 miembros, todos eminentes letrados cooptados de por vida. Encargado por el testamento de Alfredo Nóbel de recompensar, sin consideración de nacionalidad, “el autor de la obra literaria más notable de inspiración idealista”, este distinguido areópago se ingenia desde más de un siglo en interpretar lo mejor posible esta frase enigmática ¿Idealista, ideal? “Idealistik”. El significado del término sigue en debate todavía. Diversas corrientes se han sucedido, evolucionando de acuerdo con la personalidad de los secretarios perpetuos. En 1901, la muy conservadora Academia sueca se encontró bastante embarazada para escoger su primer laureado. Indecisa, siguió el consejo de su hermana mayor quien le recomendaba a un ilustre desconocido: el poeta Sully Prudhomme. Inmediata protesta general de 40 intelectuales suecos, Strindberg a la cabeza, en contra de esta interpretación timorata del “ideal” nobeliano. Debe decirse que su candidato no era otro que el mismo Tolstoï. Primer disgusto antes de muchos otros. 

Escaldados por el lance provocado por Sartre.

            El jurado de 2005 tiene poco que ver con el del siglo anterior. Hoy, muy ligada con la vanguardia cultural, la Academia, mientras no trabaja por la defensa de la depuración y del prestigio de la lengua sueca, toma su misión muy a pecho. El secretario perpetuo, Horacio Engdahl, en el puesto desde 1999, traductor de Blanchot y de Derrida, trabaja en su hermosa oficina azul y oro en el corazón de la ciudad vieja. No puede uno contar con él para proporcionar indicios sobre las próximas vendimias. Escaldados por el “lance con Sartre”, quien rehusó el premio en 1964 bajo la presión de sus allegados prevenidos de la inminencia de su coronamiento, los académicos vigilan más que nunca la discreción y desmienten cualquier rumor. Apenas si se percibe una ligera molestia cuando adelanta uno, como quien no quiere la cosa, algunos nombres. Estamos en junio. El comité Nóbel (cuatro miembros elegidos por tres años, encargados particularmente de la misión Nóbel en el seno de la institución) acaba de preparar su “short list”. Cinco nombres entre los que figura el próximo laureado.
            Antes de llegar a este pelotón delantero, se ha lanzado un proceso muy estricto. En noviembre, unas 400 cartas se envían a universidades, academias o a antiguos laureados para que sugieran a un candidato. Se cierra esta primera etapa el primero de febrero, con un conjunto de más o menos 200 nombres potenciales. “Estamos particularmente atentos a las sugerencias de los antiguos Nóbel, nota Per Wästberg, presidente del comité. Entre ellos Günter Grass y Seamus Heaney son unos consejeros muy activos.” O también Joseph Brodsky, amigo cercano de Derek Walcott, del que se murmura que habría estado al origen del premio al poeta antillano.
            Después, la lista se reduce a 50 candidatos, luego a 25 (“lista de observación”), y en mayo a 15 (“lista de espera”). Finalmente, el comité propone a cinco escritores a sus pares de la Academia, que ésta puede recusar o modificar. Se redactan una veintena de notas críticas y, verbalmente, se discuten; con discreción, se encargan unos análisis (hasta se crean, para la poesía, seminarios secretos de traducción, palabra por palabra, de una obra completa como sucedió para Wislawa Szymborska ). Dedican el verano a la lectura de los autores y de sus exegetas, en todas las lenguas disponibles; los doce miembros activos (y no remunerados) de la Academia se retiran en el campo, algunos; otros, en una de las numerosas islas del Báltico, en espera de los últimos debates de septiembre.
            Lugar estratégico, la biblioteca de la Academia: los libros prestados traicionan las lecturas pendientes de los jurados. El editor, Magnus Bergh, recuerda: “Mi profesor de letras, miembro del comité Nóbel, nos había hablado de Claude Simon. Me fui a la Academia para buscar sus libros, los estantes estaban completamente vacíos: todos estaban en consulta. Simon tuvo el premio el año siguiente.”
            Trabajo minucioso, trabajo colosal. Aun cuando se sabe que entre los cinco autores, la mayor parte ya han estado presentados en los años anteriores, y que un nuevo nombre en la lista no podrá pretender a la consagración inmediata. “Es lo que llamamos la ley ‘Pearl Buck’, explica Horacio Engdahl. En 1938, los académicos habían escogido esta escritora menor, a pesar de que se proponía por primera vez. Desde entonces, hemos establecido esta regla informal de acuerdo con la cual debe uno haber aparecido por lo menos dos años consecutivos en la ‘short list’ para ser elegido”.
Este método de prudencia tiene sus inconvenientes: de tanto esperar, ¿no se arriesgan a dejar escapar algunos escritores importantes? Paul Valéry, Ernst Jünger, Adolfo Bioy Casares, Vladimir Nabokov, James Joyce… fallecieron todos sin haber recibido el Nóbel. ¿Se les habrá hecho esperar demasiado tiempo? En cuanto a considerar que su prestigio hace falta a la lista de los Nóbel… Sobre este punto la Academia toma la eternidad por testigo: “No debemos tener una perspectiva demasiado limitada. Cien años es poco respecto a la historia de la literatura”, replica Engdahl.

La política: un criterio rechazado rotundamente:

            Carl-Otto Werkelid, redactor en jefe del prestigioso periódico Svenska Dagbladet, conoce muy bien los hábitos de quienes llama “los Nóbel”. “En general, la Academia despeja un consenso alrededor de un nombre a fines de septiembre, y conserva otro en caso de ‘algún acontecimiento imprevisto’.” Con esta expresión, se entiende una declaración políticamente incorrecta del favorito, que lo privaría de los laureles otorgados por una institución atenta al decoro. Borges (quien se había acercado a Pinochet al final de su vida) y Pound (simpatizante del fascismo), padecieron las consecuencias de aquello. El comunista Pablo Neruda obtuvo el premio sólo gracias al empeño de su traductor, el académico Arturo Lundkvist, simpatizante también del Partido.
            La política, un criterio que todos rechazan con fuerza. Pero, al observar la lista de los premiados, cuesta trabajo descartarlo: en estos últimos veinte años, la Academia puso su corazón del lado izquierdo con la condición que existiera cierta elegancia: Elfriede Jelinek (2004), Günter Grass (1999), Jaroslav Seifert (1984), Czeslaw Milosz (1980) entre otros… “Algunos de los nobelizados están muy implicados en la política, aun si no aparece forzosamente en sus libros, prosigue Carl-Otto Werkelid. En cambio, el premio se ha vuelto muy importante para la nación que lo ‘recibe’. Algunas embajadas se invierten a fondo, pensando erróneamente que esto puede influir”. En 1986, el primer “premio africano” al nigerio Wole Soyinka tuvo un impacto muy importante. Y el gobierno chino recibió con rabia el anuncio del Nóbel al disidente Gao Xingjian en 2000.
            Pero en cuanto a la politización del premio, se admite la hipocresía. Argumento ineludible: un escritor digno de este nombre está forzosamente implicado en la sociedad en la que vive. “Nunca he escuchado a un miembro de la Academia hacer una propuesta de carácter explícitamente político, asegura Horacio Engdhal. “Todos estamos impregnados por nuestra cultura, pero nunca partimos de un a priori  político”, vocifera Per Wärstberg, quien ha sido por largo tiempo activo en el campo de los derechos humanos. “Sería estúpido buscar a toda costa la coronación de una mujer iraní por ejemplo. Otorgamos el premio a una persona que tiene impacto sobre el mundo, a la obra de toda una vida”. Este último, quien ejerce por primer año su papel de presidente del comité, tendrá que jugar una carta maestra. Amigo personal de Amos Oz, se le conoce por haber apoyado mucho tiempo a Doris Lessing, Saramago o Soyinka y seguramente ya se prepara a apostar por su favorito.
            La evolución de la lista de los premios depende de la personalidad de los secretarios perpetuos y de la cultura de cada uno de sus miembros, todos especialistas de primera, quienes leen y hablan con soltura varios idiomas, y saben destacar sus gustos respectivos. Detrás de cada premio, se puede detectar “la mano” de uno o de otro: Elfriede Jelinek es el “bebé” de Horacio Engdahl y de Katarina Frostenson (joven poetisa miembro del comité especialista para Europa del Este); García Márquez era el favorito de Knut Anglund, especialista en literatura en español. “Cada miembro tiene a su ‘gallo’, explica Per Gedin, editor sueco de Solzhenitzyn, García Márquez o Saramago. Per Wästberg, quien conoce muy bien a los africanos, sostuvo seguramente a Coetzee y a Gordimer; y es notorio que Arturo Lundkvist, miembro muy sobresaliente de los años setenta, puso obstáculos a las candidaturas de Graham Greene y de William Golding.”  Si desde hace mucho se criticaba la ausencia de un chino entre los laureados, ya se logró desde el año 2000 con Gao Xingjian, naturalizado francés; vive en París y su traductor sueco, Goran Malmqvist es miembro de la Academia.
            Horacio Engdahl insiste en presentar la decisión final como una lenta maduración colectiva, a base de discusiones y de evolución de los académicos hacia un ideal común. Pero no podemos más que imaginar las concesiones mutuas que se operan en el seno de la institución. “Todos los miembros tienen personalidades muy fuertes y los más jóvenes, progresistas, hoy se oponen a los viejos, anota el periodista Carl-Otto Werkelid. La Academia atraviesa una crisis y, seguramente, no podrá evitar la revisión de sus estatutos”. En 1989, dos de sus miembros dieron el portazo porque los del comité se rehusaron a escuchar su voz a favor de Salman Rushdie. Y recientemente, un tercero quien hablaba sin rodeos, fue cortésmente despedido. Se excluyen todas las posiciones extremas, subraya Engdahl, quien ve en esas salidas sólo conflictos de poder. He visto un miembro de edad modificar su opinión al escuchar a miembros más jóvenes. Es este diálogo que permite avanzar, y no la desmesura”.
            ¿Y qué decir de las presiones? Existen, pero todos concuerdan en que son contraproducentes. A estos incorruptibles no les gusta que vengan a dictarles sus decisiones, y cualquier candidatura espontánea se descarta de inmediato. Ambers Rybers, antiguo conservador de la célebre biblioteca de la Academia, recuerda, divertido, algunos intentos de seducción. “De vez en cuando, sucede que grandes escritores talentosos nos donen sus obras completas…”
A la mitad de septiembre se perfila la decisión final, desde la primera reunión semanal de la reanudación de actividades. A veces se necesitan cuatro o cinco vueltas para despejar un consenso al momento de un voto por mayoría, es decir hoy, ocho voces para un laureado. Se hace el anuncio de acuerdo con un ritual bien planeado. A las 11h30 del día D, se aseguran que el campeón sea localizable. Luego, el secretario perpetuo sale de su oficina y pronuncia la declaración tradicional, agregándole con algunos renglones, los fundamentos de la selección y los méritos des escritor. Diluvian los telegramas, y el mundo puede finalmente descubrir a un autor todavía mal conocido unas horas antes.

Cuando el progresismo heredado de Las Luces se une a la pompa real.

            Dos meses más tarde, el 10 de diciembre,  aniversario de la muerte de Alfredo Nóbel, las banderas ondean en toda la ciudad. La ceremonia de entrega de los cinco premios (medicina, física, química, literatura y desde 1969, ciencias económicas —el premio Nóbel de la paz se entrega en Oslo—) se organiza en el Stockholm Concert Hall, en presencia del rey y de la reina y de 1500 invitados muy escogidos, antes de una cena de gala digna de las grandes cortes del siglo XVIII. Ese día, el progresismo europeo se presta al fasto real. La tradición pide que el laureado pronuncie entonces su discurso de recepción. Estado de los tiempos, político, demagógico o personal: cada escritor tiene la libertad de escoger su tema —como Camus cuando tomó la palabra en 1957 en plena Guerra de Argelia.
            ¿Cuál es la vocación de este premio que se parece más a una medalla de oro internacional de literatura que a una garantía de inmortalidad para la obra premiada? Las selecciones elitistas de esta asamblea muy decorosa, pero también muy sensible a la moda del momento, están criticadas cada año. Hasta los detractores han predicho que pronto el laureado debería ser “una mujer lesbiana de origen indio”. Aun en Suecia, la perfección es un ejercicio difícil.
                  Francia, 2005

Trad. Marie-Claire Figueroa                                                                                              

 

 

Ciclo Literario.

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