Del Libro de Era

Lorenzo León Diez


 


Diríase que sólo ella mantenía
La duración de las cosas, desde lejos.
Pero de cerca, era simplemente una
Mujer hermosa que olía a jardín.
Odiseas Elytis

Para adorarla

Podría empezar con la luz (o la esquina más alegre de tus dientes). Podría empezar con un pedazo verde del árbol guardado en mi cartera o por el tiempo que huele a maíz tierno y nos llevamos a la boca. No sé por dónde comenzar a decir. Quizá por el aroma pulmonar de tus costillas o por la lista en latín de un jardín fósil. De cualquier modo es inútil como el sermón de un sacerdote frente a un muerto que respira el copal de la oración.
     No hay forma de esculpir tu nariz sobre mi azoro ni de tocar aquí la tibia erupción de tus rodillas, a no ser que dijera que te encontré sabiendo que vendrías a saturar tu simple nombre con la sorpresa indescifrable de tu rostro. A no ser que dijera el dibujo de tus pupilas negras en la piel de un guijarro. En fin, no me preocupa saber que es imposible que aparezcas aquí donde no estás. Este principio no tiene letras ni acentos. Tiene tal vez la sutil hierba de tus dedos creciendo en mi mirada. O tiene quizá pies sin camino, limpias raíces de tus muslos nobles. ¿Tú crees? me dices y creo no poder ni hablarte enmudecido como el testigo de una santidad. Pero hay que registrar tu nacimiento:     Digo Era, un acta no oficial un documento de aire, nómadas mis palabras no conocen las huellas. Así que esta historia carecerá de archivos, encartes de diálogos, los dichos de la respiración nacida y muerta en menos de un segundo. Habré de trabajar en la blancura que no logro entender: cómo ennegrecen, cómo iluminan, cómo hacen los poetas para que la fina textura de la página sea la sábana revuelta de nuestra novedad.  Habrá que contar sílabas, hacer una resta que encuentre  el equilibrio entre la rigidez de mis dedos y la libertad de tu silueta, ser un organismo que civilice a la fiera de tu filosofía que prefiere desde ahora ser cascada, caída, precipicio, pozo, túnel, cráter activo, cueva que te divide.
     ¿No te aburro aún? Pues mira qué toscos mis pinceles, infieles para copiar la galería de tu cara, mostrar tu cuerpo desdoblado en este espejo que puse frente a ti.
    ¿A dónde voy contigo? ¿Desde ti me despido? ¿El amor da el olvido? Bien, me contesto: hago a un lado los nombres, se trata de contar sin geografía, sin territorios poblados con casas de muñecas. Estoy lejos de las pocas palabras para formar el mundo o al menos la estrechez de tu cintura, y veme cual gusano de seda, cual araña tejiendo para seguir tu modo con una condición: naufragar verbos-botella, palomas que veo salir del cristal de tu magia con la llana esperanza de cambiar tu virtud por la moneda que compra un hueco en el corazón de los hombres.

Su fotografía

En esta mesa pongo la foto: No hay brújula para avanzar en las latitudes de su mirada. Sin guía que nos conduzca podría tratarse de una perdida reposando de las gulas ocultas bajo la sábana de su desnudez. Sus brazos acolchan cómodamente la nuca, pero no hay lasitud, más bien una quietud generadora de antiguas emociones. Aparece en el fondo una cabecera corriente -con seguridad una cama pública- aunque la fina piel de la muchacha, sus nítidas cejas formadas por un arco de terciopelo, su boca extenuada y como pacida por otros labios, su cabello nutrido por largos dedos, (y las sombras que danzan en la luz), indican que la chica no ha cobrado. Y si acaso existiese una suma en el resto del absorbente huracán de sus pupilas melancólicas, sería la nada del fotógrafo y el infinito que se atisba en el principio de sus axilas. La unidad manifiesta de su serenidad nos invade desde el papel emulsionado como si alguien cuyo nombre esconde en su flagelo un místico hubiese decidido envenenarnos al echar en el cuenco de sus ojos una tintura cósmica.
     ¿Por qué inquieta esta quietud de la chica? ¿Es por lo que acaba de suceder en esa cama? ¿Por qué en este rostro inmóvil algo se mueve aún?
     Una forma respira y el instinto nos ve sin compasión, despierto al interior del sueño. La chica construye una tristeza idéntica a la plenitud, una espiral se teje en ascendente ventisca que disloca paraderos, estaciones, láminas donde se graban los nombres de nuestra civilidad. Entonces la foto es un umbral, la aldaba una vena donde sangra la imagen y araña la memoria que lastima a los hombres, cuando ven a esta muchacha acostada en el filo del tiempo recortado por el flash: cumple un comportamiento secreto que no por estar fuera o antes del clic impide contemplar las huellas de la estampida del deseo.    

Contra la poesía

Dice el hijo: no des forma a los sentimientos, al nombrarlos los limitas, destruyes lo que de vivo tienen, sus designios son nada inventada por los poetas en su impotencia de tocar apenas su piel. Húndete en ellos sin palabras, habita su oquedad sin pedir credenciales. Calla cuando los sientas. Aprende de su quietud o simplemente velos arder

ajenos a ti. Comprende sus colores sin vocales. Son necios los hombres que insisten en nombrar lo innombrable, que tapian las ventanas de su interior, que apodan la transparencia y a la menor provocación cantan, cuando los sentimientos nacen para nunca ser dichos, son anteriores a los hombres, a cualquier vibración, lejanos de todo aquel que emborrona papeles.
    El hijo concede sin embargo cierta oportunidad a los músicos que miran a los sentimientos sin hablar. Pero los poetas, dice, por favor, qué tristes son en su afán de humanizarlos, levantar plegarias, construir epifanías, esculpir himnos, engarzar sonetos, en fin, todo eso que hay en los libreros, cuando los sentimientos son inmunes, están solos, rodeados por perros hambrientos de nombrar, con guitarras pegadas a sus lomos para ir bajo los balcones, al rincón de una cantina, a los reclinatorios y berrear con verbos y adjetivos. Y es porque los hombres no quieren vivir sus sentimientos, no soportan que carezcan de lenguaje.
      Todo esto lo dice por teléfono al agradecer el regalo de existir, y agrega que no puede ofrecer nada porque está solo en casa observando esto sin apego, sin apuro, como quien ve un jardín. Y yo pienso. Veo que no aprendo, necio, busco nombres, me desespero bajo las estalactitas donde gotea un rostro.

 Antes de las estrellas

Me gusta despertar pensando en Era y descender al sueño erosionado donde encuentro su imagen. Allí está, grabada en una piedra, pintada como una mano abierta para siempre, tallada en una roca con cara de animal, representada en la obsesión gástrica
que dio origen a la espiritualidad. Así que bajo al territorio de los párpados cerrados
y en medio de un incendio controlado veo su sombra en la danza de cuerpos demoníacos. Sus muslos, su pubis recortado enseñan a mis labios sus tibios labios
para descifrar petroglifos en su gemido que tiene la solidez del granito, la dureza de un sentimiento muy anterior a esa asamblea de fieras desnudas del pelaje que enseñan lúbrico en sus ojos al adorar a Era, Diosa de la esquina no creada, no referencial, sin código, distante en su entidad celeste a quien nadie anuncia ni profetiza pero todos sabemos que existe y le oramos a Era, Diosa que no perdona porque tampoco salva
y está sentada a la derecha,  a la izquierda sobre mis rodillas, encajada en mi vértebra de sangre, inunda mi visión con un mar lácteo,  anterior al origen que creó los sentimientos,
mucho antes que Dios con su saliva inventara a los hombres. Por ello Era no me conmueve. La toco, la beso, me inclino ante ella porque es una abstracción.
La siento y aprendo que nada hay que decir pues Era está lejos, atrás de mis sentidos, 
creciendo su musgo milenario. En la esfinge del día, en la madrugada que convoca mi talento de vigía para cazar su imagen como ahora que despierto al sueño donde yace
más lenta que la ruta recorrida por un nómada de huesos destemplados, llevando una rodela de oración para abrir la espiral que asciende donde no hay sol, antes de que el cosmos en su Big-Bang mascara a las estrellas.

El sitio del sentimiento

Una vez descubierto el sentimiento Era y yo nos tomamos de las manos
Y lo abarcamos dejándolo en el centro. Allí está el sentimiento. Respira en un planeta no atmosférico, en su piel reflejante revela eléctrica su infancia
y cuenta su vejez sin gracia,  pesada y densa como un valle lunar. Recuerdo de nuevo la sentencia de mi maestro, niño que crié: el sentimiento no nos pertenece, nos confundimos porque ama  el sentimiento tener en su orfandad rasgos humanos.
Pero es sólo apariencia porque es frío, si como Era y yo lo acariciamos.
Casi está muerto de tanto ser tocado, cuando corre por él la sangre de un cometa.
Era y yo, en medio el sentimiento nos miramos y sonreímos. Lo hemos atrapado.
Tiene dibujado un corazón sobre su tez de arena. Tiene labios de mujer entre un boscaje capilar. Incluso besa. Era dice que vio sus pantorrillas varoniles y las tocó con sus mejillas. Yo noté al sentimiento ajeno,  lejos, en retiro como un monje budista.
Vi su fatiga de tanto ser usado. Incluso carraspeó como un borracho y luego farfulló una oración en un lenguaje apenas comprensible. Era y yo no estábamos felices. Sabíamos que el sentimiento había acabado también con el dolor. Así dijimos: pobre de él sin nosotros estaba abandonado. Lo vimos con arqueológica emoción. Éramos libres.

Receta para recordarla

Tome lo que quedó en los poros -cada partícula mínima de espacio es un diseño en flor, forma de una respiración pintada por tactos invisibles-. Añada en la floración oculta de Era el verbo no conjugado -un monolito inmóvil, punto final de una excavación sin ambiciones minerales, tan sin sentido como el viento cálido que los turistas reflejan en sus gafas. Mezcle un ¿tú crees? para empezar el diálogo con Dios y calle de inmediato, escuchará una imagen de cabello negro y denso que fabrica fluidos mentales, aromas cárnicos que fijan el aliento astral de Era. Agite el fragmento de una memoria revelada sólo en el dormir y verá que es su dictado una voz depurada en oraciones, frases cinceladas por un metal de plumas. Eso es: un material que vuela y pesa para deshacer toda idea de gravedad. Caliente el resultado de esa combinación con una línea de sol en el aro lunar de Era, una corola, una corona, un aura que resplandece alrededor de la virgen (porque Era es intocada como un arpa de hielo) y guía los rezos de peregrinos que la adoran sin pensar el riesgo de sus pasos. Filtre lo que produjo esa escritura y espere un despertar con ella una mañana que ya huele a café cuando por la ventana de su alcoba el césped se estira y todo llama a crear el instante que dejará la huella para empezar lo que quedó en los poros -cada partícula mínima de espacio es un diseño en flor-.

 

Ciclo Literario.

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