Sándor Márai: Periodismo y escritura

Lorenzo León Diez


 

Confesiones de un burgués
Sándor Márai
Salamandra
2005

¡Tierra, Tierra!
Sándor Márai.
Salamandra
2006

 

Los primeros recuerdos de Sándor Márai (Nació en Kassa, Hungría en 1900 y murió en 1989 en San Diego, California) sobre los periódicos y el periodismo, ámbito donde a lo largo de su vida desarrollaría una intensa actividad, datan de su ciudad natal, donde había cuatro diarios que se mantenían gracias a las subvenciones de los partidos políticos y cuyos  redactores cambiaban a menudo.

Nos ofrece su primera impresión de los personajes que para el gran autor serían entrañables: la mayoría de ellos eran trotamundos románticos, asalariados que iban de ciudad en ciudad, de periódico en periódico, y sólo lamentaban su marcha los dueños de los cafés a los que acudían.

En aquella época (nos está hablando de las primeras dos décadas del siglo XX), la prensa era todavía una autoridad y un poder. La burguesía temía a la prensa, pero también despreciaba a los que la hacían, así que cuando en la familia de Sándor se enteraron de que él colaboraba con varios periódicos de Pest, pensaron que estaba perdido, como si trabajase de perrero o verdugo. Un periodista no formaba todavía parte de la sociedad burguesa: todos lo saludaban con respeto, pero nadie lo invitaba a comer.

La redacción de la magía 

Fotografia
Alfred Eisensaedt,1932

Sándor describe la “redacción”, o sea el espacio de elaboración intelectual de los diarios, como una habitación oscura y maloliente situada junto a la imprenta que servía también de almacén, oficina y papelería, y en la que el olor a pintura se mezclaba con los vapores asfixiantes de los polvos de plomo. A través de las puertas de cristal se oía el ruido de las impresoras y el canto de las muchachas que doblaban los periódicos. Era un sitio mágico: el que llegaba a conocerlo estaba perdido para siempre.

Recorriendo esos socavones, el joven Sándor, a los 14 años, fue increpado por el jefe de los cajistas: “No tenemos editorial para la edición de tarde, jovencito, así que escriba usted algo”. Era un viejo llamado Banekovics, cuyo nombre debería figurar en un tablero iniciático, pues su orden fue ejecutada por quien sería uno de los más grandes escritores centroeuropeos del siglo que comenzaba.

Este fue el primer paso de un muchacho que, años más tarde, se trasladaría a Leipzig, en Alemania, para empezar sus estudios de periodismo en el Institut fur Zeitungskunde (Instituto de Investigaciones Periodísticas).

A Sándor esta ciudad le pareció un mercado enorme, construido con barras de metal y hormigón, donde se vendía de todo: pieles, frutas tropicales, filosofía, música y muchas maneras de pensar. Su familia suponía que iba a la universidad, donde se formaba como periodista según los infalibles métodos alemanes, pero en realidad pasaba el tiempo sumido en imaginaciones y ensoñaciones. Se pasaba los días en el Kaffee Merkur  junto a un joven holandés con quien fundó una revista literaria llamada Edimión. Sándor declara que nunca supo por qué dieron a su  empresa el nombre de ese hijo infeliz de Zeus de quien sólo se sabe que su esposa no dejaba de cubrirlo de besos mientras dormía. De esa revista sólo se publicó un número, y quien tenga un ejemplar ahora, será poseedor de un histórico documento del que sería uno de los periodistas más destacados de su tiempo y el escritor más significativo de Hungría.

Como estudiante –su aspecto de lunático flacucho y pálido con un mechón sobre la frente- Sándor era un profesional de los cafés, donde se gastaba todo su dinero, y se alimentaba en el comedor de caridad. Gastaba más en propinas de lo que podía gastar una familia alemana de varios miembros en la comida de un mes. Su manía era comprar todos los periódicos y todas las revistas, incluso en idiomas que no sabía: le intrigaba el carácter incomprensible y caótico del mundo.

Aunque Sándor asistía a sus clases en el instituto con mucha paciencia, un día se dio cuenta de lo mucho que se aburría. Y cuando el director se enteró de que escribía para algunas revistas, le llamó y le prohibió hacerlo hasta que recibiese su diploma. Así que sus profesores le aconsejaron, que abandonase los estudios por dificultades de comprensión, de tal manera que se matriculó en la Facultad de Filosofía.

El padre de Sándor no deseaba que su hijo se quedase en el rango de simple reportero; por supuesto, él también se sentía orgulloso al ver su  nombre en los periódicos y las revistas, pero exigía que terminase los estudios superiores, cosa que al paso de los años lograría, obteniendo certificados de varias universidades húngaras y en las de Leipzig, Frankfurt y Berlín.

A los veinte años Sándor soñaba realizar un “reportaje sensacional” por entregas, sin ningún tema en especial más que la vida misma. Su juventud iniciaba al mismo tiempo que el terror rojo en Munich y los acontecimientos de la Liga Espartaquista en Berlín, cuando había pequeñas batallas callejeras todas las semanas. Cuando  oía el ruido de los disparos de alguna metralleta, se refugiaba en un portal y esperaba hasta que el tiroteo terminaba. Llegaban los camiones, se llevaban a los heridos y por fin podía cruzar la calle para entrar en el café de la acera de enfrente.

Un diario de nivel mundial

Sándor se trasladó a Frankfurt, esa ciudad sensible y refinada, y empezó a trabajar para el Frankfurter Zeitung. Por supuesto, escribiendo en lengua alemana. En la sección de opinión habían trabajado, entre otros, Thomas Mann, Stefan Zweig y Gerhart Hauptmann: todos los que importaban en Europa Central. Sándor trabajó durante años para ese diario que constituía una auténtica obra de arte, y tenía una organización como el cuerpo diplomático de un pequeño Estado, periódico de altísimo nivel y espíritu verdaderamente europeo, al que Máraimandaba crónicas desde París, Londres, Jerusalén y El Cairo.

Sándor escribía como respira un joven, a pleno pulmón, con unas ganas y una alegría bárbaras. Le interesaba el periodismo y le alegraban los pequeños éxitos que cosechaba, aunque tampoco apreciaba mucho esa forma de expresión y pensaba que el trabajo periodístico sólo sería una manera de ganarse la vida. Y así fue, cuando contrajo matrimonio con Lola y vivía en Berlín enviaba artículos para un periódico de Kassa, su ciudad natal, y para  otro de Transilvania,  artículos cortos y poéticos, y él y su esposa vivían con los billetes en divisas que le pagaban por ellos.

Sándor reconocía que nunca había tenido “secretos” y todo lo que la vida le daba lo “traducía en un artículo periodístico”.

Cuando se trasladó con su mujer a París, tenía que ganar dinero como fuese, y lo consiguió; compró una máquina de escribir para redactar sus “crónicas sobre París”,y en tres o cuatro copias y las mandaba, en tres idiomas distintos, a todo el mundo.

Para Sándor  los años en Francia  fueron fundamentales en su visión de las culturas. Joven de gran curiosidad empezó a escribir artículos periodísticos con ambas manos, con lápiz, a máquina y al dictado, en casa, en el café, en el metro y en el tren. Sin embargo reflexiona: el periodismo puede ser un oficio muy triste que sólo sirve para ganarse la vida o puede ser una “vocación”, pero en la mayoría de los casos se resume en un determinado estado anímico.

Al regresar Márai a Pest, Hungría, luego de su larga estancia en Alemania, Francia, Inglaterra e incluso Italia, pero también después de frecuentes viajes al Oriente, el escritor todas las mañanas se despertaba con la sensación de que algo iba mal. Y también escribía a diario porque en una de las calles de la ciudad había una imprenta cuyas gigantescas máquinas empezaban a funcionar a medianoche y necesitaban alimentarse de papel y tinta, de sangre y nervios; pedían de comer todas las noches a la misma hora, y siempre había que darles algo para alimentarlas. Esta imagen, de la información como monstruosidad vital, como devoradora de vida, es memorable. Márai en sus notas al respecto postula toda una teoría del periodismo moderno: No puede uno “acostumbrarse” al periodismo, dice. Un periodista no puede vivir con comodidad, nunca puede tener descanso. El periodismo es también un narcótico que puede terminar matándote, aunque te asegura una embriaguez y un olvido perfectos y agradables.

Sándor unas veces se sentía agotado, otras se desesperaba; unas se agobiaba, otras le faltaba información; pero escribía a diario, como el cirujano opera a diario. El periodista desarrolla en el sistema nervioso una potente toxina que lo envenena poco a poco y no permite que se calle.

Fotografia
Tina Modotti

El periodismo como narcótico 

Sándor describe con detalle lo que podría ser  una “psicología del periodista” que determina, a su vez, una ética bastante cuestionable. Escribe: El buen periodismo es siempre agresivo, aunque esté de acuerdo con las cosas, aunque esté dando su consentimiento o su bendición. El periodista que describe los fenómenos vitales diciendo siempre que sí y mostrando su conformidad resulta aburrido y poco convincente. En cualquier caso, el público del circo espera que las bestias despedacen a todo pagano o cristiano que se atreva a entrar en su territorio.

Es hilarante cuando Sándor ilustra la disposición del periodista, ya listo para lanzar su mensaje: Cada tarde, entre las seis y las siete, empezaba a olfatear sangre, a ver por todas partes manipulaciones y traiciones, abusos e injusticias, “trampas de la burocracia”, actos de corrupción de los pudientes, infidelidades y malas intenciones de las mujeres.

Por eso, no tarda el  escritor Sándor en sospechar del otro Sándor,  el “periodista comprometido” e  identificar que se trata de una droga muy potente de la cual el escritor no debe abusar, pues las sospechas automáticas y la superioridad indiferente –que logran que el periodista “sepa con certeza” que sólo existen dos tipos de personas: aquellas sobre las que todavía no se sabe nada y las que ya están “descubiertas” solo llevan al escritor a transformarse en un fiscal que no puede dejar de acusar.

En varios momentos de su obra, Sándor nos ofrece un elogio y una crítica que sitúan  la naturaleza de esta actividad que todos los días disfrutamos y padecemos y que son, a su vez, momentos distintos de una personalidad creativa.

Una eternidad de 24 horas 

Mucho más tarde, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los húngaros sufren la ocupación del Ejército Rojo y se instaura el comunismo, Sándor reflexiona sobre este tema: No echaba de menos la profesión periodística (me había ganado el pan de cada día con ese oficio durante varias décadas, pero en realidad nunca lo había disfrutado) pero sí la posibilidad de escribir algo en los periódicos y las revistas.

Cercado por la censura, pero sobre todo por el oportunismo y el terror rojo, Sándor echaba en falta la cercanía mágica que brinda la oportunidad –en las páginas de un periódico, en la dimensión de esa eternidad de veinticuatro horas- de contar al lector, de manera inmediata, la idea, la chispa juguetona o la observación lírica que inquietan al escritor en un instante determinado.

El escritor como chaman

 Y aquí Sándor introduce una crítica desde el periodismo a la escritura: Hay escritores que desprecian el género periodístico. Lo que quieren decir se lo guardan para sus libros o para revistas de tirada limitada, dirigidas a un público selecto: hablan a sus fieles desde la posición de un sacerdote o un chaman. Sin embargo el artículo literario, el folletín, la colorida descripción de algún fenómeno cotidiano grotesco, terrible o ligero, esos avisos al lector, más breves que un ensayo pero más largos que una crónica, no son tan “menores” ni tan fáciles como se suele pensar.

Sándor recuerda un tipo de periodismo que ha desaparecido. Es la colaboración literaria que se produjo en la prensa húngara de entreguerras, un número perfectamente ejecutado por escritores de primera: mostraban los fenómenos cotidianos, efímeros pero tremendamente densos, con un gesto muy ligero, haciendo así evidente que en lo efímero había algo mágico, profundo y eterno.

En México conocimos un corto periodo de este tipo de periodismo creado por Julio Scherer García en Excélsior, con colaboradores como Jorge Ibarguengoitia, Vicente Leñero, Ricardo Garibay, José Alvarado, Daniel Cosio Villegas, entre otros grandes escritores.

Márai describe con exactitud este género: Piezas maestras absolutamente fugaces y de forma perfecta, unas piezas que no se encuentran en otras latitudes literarias. Los escritores de periódico, artesanos de artículos “coloristas”, creaban sus pequeñas piezas maestras en los cafés, entre cigarrillo y cigarrillo, y éstas reflejaban determinados momentos vitales con tanta veracidad y con tanto encanto como las mejores obras de la gran literatura, los grandes poemas verdaderos.

Son artículos –sigue- repletos de sabor y colorido que significaban para los escritores la posibilidad de practicar un género muy digno.

Estamos hablando de las primeras décadas del siglo, de periódicos de Viena o Budapest, donde el folletín constituía una pequeña obra maestra. Y el escritor sabía para quien escribía: escribía para el lector que por el módico precio de un periódico había establecido un contrato con él, para que juntos, en un estado de complicidad y hechicería, hablaran y comentaran, furiosos o encantados, algún asunto en particular.

Nostálgico, el viejo Sándor, pensando en esa complicidad incandescente y emocionante entre autor y lector, declara: Durante treinta años de mi vida yo escribí, casi a diario, una colaboración en algún periódico. Ése era mi oficio.

Fotografia
Lartigue, 1927

El quiebre de la escritura 

Hemos visto que el periodismo ofrece la posibilidad de no callar, pero llega un día en que hay que elegir: el escritor pide la palabra, y entonces el periodista debe callar; no se puede vivir en dos direcciones, creer en dos cosas distintas.

Con este pensamiento Márai deja de creer que la palabra escrita pudiera volar alto y rápido, que pudiera cambiar algo en el mundo. Así, empezó a cuidar toda palabra escrita, a trabajar menos y a recibir cada día más de la escritura.

¿Qué es la escritura? ¿De qué nos está hablando Márai? Recordemos que al instaurarse el comunismo en Hungría, la editorial que publicaba a Sándor tenía más de cuarenta títulos del autor en su catálogo. Era el escritor más culto y experimentado de su país, se movía con maestría en dos océanos: el periodismo y la literatura. El primero  le daba la oportunidad de expresarse todos los días, sin embargo vislumbra que en la literatura, como en la vida misma, sólo callarse es sincero.

Vemos clara la polaridad que establece entre estos dos oficios: el ruido y el silencio.

¿Qué es la literatura? Se pregunta Sándor y cita a Novalis: El latido del pulso místico. Porque sí, la literatura se compone de palabras, igual que el periodismo, pero en palabras que hay que repetir hasta que se conviertan en ritmo, o sea, en energía (¿cómo el sonido del tambor de los negros? Claro, pero el poeta no solamente toca el tambor, sino que al mismo tiempo también recuerda). Quien tiene miedo grita –escribe el gran autor húngaro- así que yo, por puro terror, empecé a escribir. Sándor sabe que el trabajo es el único principio en cuyo nombre un escritor puede permitirse el lujo de la humildad, que la genialidad no es suficiente para la obra, que  la soledad es el elemento vital del escritor, que para el escritor, las cosas sólo valen en la medida en que él las destila en el laboratorio de su personalidad única, que la escritura no es una tarea para una persona “sana”, una persona sana es una persona que trabaja para acercarse a la vida, mientras que un escritor trabaja para acercarse a las profundidades de su obra, donde lo esperan peligros, terremotos, abismos, incendios.

La voz de Sándor Márai ha ganado profundidad en su vocación amorosa y humilde. Un hombre que vivió todo el siglo XX, que se exilió de Hungría, amándo como nadie su cultura y su lengua, porque no  lo dejaban, siquiera, callar en libertad.

Ahora, en español, tenemos la gran oportunidad de acercarnos a su personalidad impactante y con él, a una cultura muy poco conocida, menos difundida, en donde se graban las grandezas y desgracias de la cultura europea.

 

Ciclo Literario.

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