Lectura a dos voces

Geneviève Brisac y Agnès Desarthe
Conversación recogida por Arlette Armel


 

Amigas desde hace mucho tiempo, Geneviève Brisac, quien redactó el prefacio de los textos inéditos de La casa de Carlyle (ed. Mercure de France), y Agnès Desarthe, quien los tradujo, han descubierto hace mucho la complementariedad de su lectura de Virginia Woolf. Hoy, nos entregan este trabajo en común, en forma de un libro, VW (ed. de l’Olivier), en donde sus voces se entremezclan sin poder separarse. Su diálogo nutre la reflexión de este ensayo literario a cuatro manos, evocación cronológica liberada de cualquier peso biográfico y colocada bajo el signo de la “mezcla de géneros”: literatura y pintura, masculino y femenino, esfera pública y privada, se cruzan como en la vida de Virginia Woolf, ser solitario, pero en relación constante con su hermana y sus allegados, y quien, sin duda, hubiera sido sensible a la amigable colaboración que forjó este libro singular. 

Fotografia
Ihar Krasheuski

Le Magazine Littéraire. Cuando ustedes leyeron a Virginia Woolf, ¿qué las atrajo hacia ella?

Geneviève Brisac. La leí a los veinte años. Era la época del feminismo, de las ediciones Des femmes que publicaban  Tres guineas o Un cuarto para sí misma. Un escritor necesita apoyarse sobre algunos de los mayores que trazaron el camino. Para los hombres, no hacen falta figuras de identificación. Las mujeres se encuentran, las más de las veces, confrontadas con obras masculinas a las que pueden constantemente referirse, pero el hecho de estar en presencia de un género literario femenino confiere más fuerza, más valor para atreverse a escribir.
Agnès Desarthe. En lo que me concierne, mi lectura se fundó en mi formación de anglicista. La traducción nos hace penetrar hasta el corazón del texto, desarticulado fibra por fibra. Encontré también en el trabajo de Virginia Woolf sobre la imagen y la metáfora un fermento para mi propia escritura.

Mag. Lit. La pintura constituye un hilo conductor de su lectura de Virginia Woolf: ella hubiera querido ser pintora, y su escritura muestra lo que la pintura no puede dejar ver.

A.D. Compartimos, Geneviève y yo, esta frustración de no ser pintoras, sino sólo escritoras. Virginia Woolf empezó a escribir en el momento en el que los pintores pasaban de la figuración a la abstracción. En este inicio del siglo xxi, el foso entre pintura y escritura ha crecido todavía más. La pintura no ha dejado de objetar la figuración, se vuelve video, las artes plásticas se desarticulan, mientras que, en literatura, sigue uno topándose con el obstáculo de la narración, de la palabra forzosamente portadora de sentido. Virginia Woolf nos enseña mucho acerca de la esperanza suscitada por esta divergencia entre artes plásticas y literarias.

Mag. Lit. ¿Desempeñó también un gran papel en la revolución del lenguaje?

G.B. Buscaba constantemente la palabra que sonaba de modo más justo. Luchaba en contra de la mentira inherente al lenguaje ordinario y en contra de su vulgarización. En los años setenta, se afanaron en desarticular la escritura, en dejar de escribir más novelas, en practicar el fuego del lenguaje caótico. Ahora estamos sometidos a una suerte de reacción. Virginia Woolf estuvo igualmente confrontada con una corriente de reordenamiento, de regresión política, social, estética. Lo vivió dolorosamente. La lectura de su diario nos ayuda a sentirnos menos desmoralizadas.

Mag. Lit. Y emprendió una obra de editora…

G.B. Es algo que, personalmente, me impresiona mucho: ser editor al mismo tiempo que crítico y escritor, son aspectos diferentes de un mismo modo de vida. Virginia Woolf se interesó siempre por los otros artistas y los jóvenes escritores.

A.D. Decidió crear su casa editorial para poder escribir lo que quería, sin ninguna presión de los editores. Sus textos son tan modernos e inclasificables que seguramente sería difícil, hoy todavía, encontrarles un editor. Su mente emprendedora es una lección. “Si quieres ir lejos en el campo artístico, no llores en tu cuarto, crea tus medios de producción”, dice ella; como todo lo que es valiente, su ejemplo nos da valor.

Mag.Lit. Su reacción frente al Ulises de Joyce, que estuvo a punto de editar, es bastante asombrosa.

A.D. Primero se percató de lo pesado de este texto en cuanto a objeto, al número de signos tipográficos. En ese entonces se componía a mano, su edición representaba un número considerable de horas de trabajo. Luego se sorprendió de cierta pesadez en la escritura misma, una opacidad, una seriedad.  El Ulises es extremadamente lúdico, pero hay juegos que hacen reír sólo a algunas personas. Admiraba este libro. En algunos momentos la impresionaba demasiado. Se sentía amenazada.

G.B. ¡Y tenía razón! La descendencia de Joyce es mucho más importante que la de Woolf: todos los jóvenes escritores del sexo masculino se valen de él. Virginia Woolf sentía que arriesgaba ser asfixiada por la gran sombra de Joyce.

A.D. Lo más conmovedor en ella, es que consideraba su trabajo como una misión. Piensa en los escritores jóvenes que van a nacer en el siglo xx. Para ellos, busca el lenguaje de la modernidad. Barre con todo en un gesto casi maternal. Logra desembarazarse de los viejos modelos naturalistas, no para hacerse una estatua gloriosa, sino para facilitar el camino de los futuros poetas. ¡Y esos poetas se han valido de Joyce!

Mag. Lit. Cuando ustedes hablan de Un cuarto para sí misma, insisten sobre un aspecto, el que a menudo descuidamos: la campaña llevada por Virginia Woolf contra el “yo” en literatura.

G.B. Ya en los años 1928-1932, se da cuenta de que, después de la muerte de Dios, de las religiones o de la era victoriana, no queda más que el individuo, y que el individuo reducido a sí mismo es muy poca cosa. El “yo” puede ser un camino hacia lo universal si pasa por la desaparición de “lo mío” y si transciende hacia un objeto artístico. Es una intuición increíble de su parte.

Mag. Lit. El gran público descubrió la personalidad de Virginia Woolf de modo indirecto por el best-seller  de Michael Cunningham, Las horas, que inspiró la película de Stephen Daldry.

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Ihar Krasheuski

G.B. Quienes tuvieron ganas de leer Mrs. Dalloway después de haber visto la película nos interesan mucho: tienen una curiosidad, un instinto, quisieran acceder a algo poco evidente, perciben una especie de misterio y se percatan de que les falta la clave para leer esta novela. Hemos tratado de dársela, mostrándoles quien era Virginia Woolf, sobre que reflexionaba al escribir Mrs. Dalloway.

A.D.  Por esta razón hicimos coincidir la cronología de la vida  con la de la obra, para que lo aparentemente inaccesible al leerlo fuera de contexto se vuelva legible. Al entender su camino, al identificarse con él, al seguirla paso a paso, es más fácil acoger el libro, por más enigmático que sea. Los libros de Virginia Woolf pueden asustar. Al saber las posibilidades encerradas en ellos, se leerán con más paciencia: a veces se necesita cierta paciencia para leer.

G.B. Y que el lector tenga confianza en sí mismo. Virginia Woolf habla muy bien del “lector ordinario”. Se consideraba como una militante de la lectura. Era muy optimista, convencida de que si se formaban a lectores, éstos podrían leer cualquier tipo de libros, a la inversa de lo que está sucediendo hoy en día al producirse libros muy vulgares y cada vez más fáciles para los que están considerados como incapaces de leer otra cosa.

A.D. Virginia Woolf multiplicaba las conferencias: vivió en una época durante la cual se prohibía la universidad a las mujeres y tomó muy a pecho transmitir el saber que había adquirido de contrabando. Quienes tuvieron cierta dificultad en acceder a la cultura están sensibles a este aspecto de su personalidad. Si la cultura, el arte, se aprenden, ya no es un tesoro reservado a un cenáculo.

Mag. Lit. Insisten ustedes igualmente sobre el hecho que el suicidio de Virginia Woolf es también un acto político, no sólo el gesto de una mujer enferma.

G.B. El pathos que rodea a la figura de Virginia Woolf nos parece bastante inapropiado. Quisimos mostrar que primero era una escritora trabajadora, una intelectual y una gran creadora, y no sólo una figura melancólica y suicida. Su suicidio debe colocarse en correlación con los de Walter Benjamín y de Stefan Zweig: frente a la imposibilidad de pensar en un futuro, no lograron evitar el pozo de la desesperanza.

                                                          

Le Magazine Littéraire, no. 437, diciembre2004

                                                          

 

                                                          

 

Ciclo Literario.

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