Javier Marín

El Fragmento plenificado

Susana Wald


 

Con el alma y el cuerpo completamente desquiciados por los eventos y el ambiente que nos rodeaba entramos el ocho de noviembre al Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO) y participamos en el más violento matrimonio del infierno y el cielo que Blake jamás hubiera podido imaginar; los contrastes, las emociones, las sensaciones no pueden haber sido más opuestos, más estremecedores, más viscerales.
Afuera del museo estuvimos envueltos en la multitud alimentada por la indignación, el odio aplastante, la exasperación total, la impaciencia y resistencia sorda, estado mental y físico de intolerancia, de amargura palpables en quienes están envueltos en una trágica impasse de oposición entre voluntades irreconciliables.

El gentío que atravesamos con empecinada voluntad propia para llegar a una biblioteca estaba impregnada de emociones que nos envolvieron, estábamos ante grupos de personas que hablaban de asuntos que no aparentan tener solución y que tienen a la población entera en vilo; la violencia emocional difícilmente puede ser mayor sin que seres humanos frenéticos se ataquen, despedacen y devoren unos a otros; nos rodeaba una multitud de cuerpos reunidos en masa para resistir con sorda biología física lo que es insoslayable y sobrecogedor, personas que se sienten oprimidas rebelándose sin descanso, y sin dar tregua a los que, como nosotros, inocentemente quieren pasar de un espacio a otro, con fines completamente ajenos a los de la multitud reunida.

De esto entramos a otro ámbito, el del museo, donde se exhiben las esculturas de Javier Marín que se manifiestan en la más desatada sensualidad, en formas humanas de expresión sexual, visceral, orgánica, dentro de una estética atronadoramente sobrecogedora; las esculturas expresan lo que la multitud de afuera anhela, la solución a los conflictos del alma, formas bellas, al tiempo que aterradoras y enormes, bellas en el sentido más puro de lo maravilloso, bellas como la conjunción de la vida con la muerte, bellas, palpables, luminosas y oscuras, formas que viven en la vista y el tacto, formas voluptuosas, rostros de mujer que estallan ante los ojos, que se despliegan como arcos, volutas, piel remolineante, ola congelada, deseo realizado, impedido, amarrado, roto y vuelto a recomponer, flor, carne, textura agitándose en el viento, arrastrado por el agua, vida.

Para acoger el estallido de voluptuosidad de las esculturas, el museo se ha desvestido de todo elemento superfluo, las superficies y espacios que rodean la obra lucen claros, diáfanos, ininterrumpidos por distracción alguna; tres patios enormes abrazan amorosamente las monumentales esculturas, las dejan hablar, resonar, como resuena una orquesta sinfónica en una sala poblada de gente que está reteniendo el aliento mientras escucha, envuelta en el milagro, el sonido de la ola musical amorosa experiencia de belleza.

Afuera del museo todo es sordo conflicto asesino, listo a despedazar al semejante, mientras que dentro las formas se oponen, se entrelazan, se rompen y vuelven a armarse, se amarran unas a otras en la expresión de tragedia y éxtasis de las formas, en expresión del milagro en que un elemento acepta al otro, en vuelo sensual y espiritual complementarios y opuestos. Ante la expresión de la furia, la irritación, la impaciencia, a la beligerancia, la lucha por el poder, la pugna por sobreponerse unos a otros que se extiende por las calles y salas de la ciudad se alza en el interior del museo la verdadera respuesta que puede proponer el arte, la posibilidad del goce, a través de los sentidos, la posibilidad de la especulación, la expresión de tragedia, dentro del vuelo más elevado de que es capaz la mente humana. La experiencia fuera del museo deprime y hiere y la del interior de los tres patios eleva y exalta.

Las piezas escultóricas examinadas de cerca y palpadas revelan fisuras, quebraduras, ranuras y cortes en la materia, además de parches, junturas por medio de materiales diversos ajenos al que da la forma misma; hay también trazos arbitrarios, a veces geométricos, puntos de expansión de la escala y muchas huellas de dedos, palma y pulgar del escultor; la materia, al ser trabajada es obviamente blanda, a primera vista una de las figuras colosales nos ha parecido estar hecha de cera; sólo cuando leímos la ficha técnica nos enteramos del nombre del material sintético que se ha usado; este uso de material que al esculpir es blando da texturas parecidas a las que se observan cuando una escultura está hecha gestualmente usando cera o barro y luego llevada a fundir en bronce.

Las imágenes las conforman casi exclusivamente figuras humanas en las que se destaca y evoca la blandura de las carnes, el caprichoso movimiento de los cabellos, los músculos, como el esternomastoide, exageradamente expresados y en torsión; de hecho la torsión, el elemento que ha sido tan estimado en la escultura de la época tardía del arte de la Grecia antigua y luego del arte del barroco y del manierismo, es una característica a través de la cual este escultor logra una expresividad y dramatismo muy especiales; los cortes casi constantes en las formas, la fragmentación misma conectan la obra con el romanticismo, particularmente en el caso de la música de Schubert y Schumann.

Este es sin duda un escultor de gran sensibilidad, enormemente trabajador, conocedor de su materia que aprovecha en sus virtudes y también en sus defectos; nos encontramos frente a un creador dinámico, viril, sensual, expresivo, de intenciones majestuosas y sobrecogedoras; sin duda Javier Marín conoce cabalmente el manejo de lo espacial, y nos presenta en cada imagen un universo de sensaciones.
Es notorio que en una situación extrema como la que vive la sociedad de Oaxaca esta obra escultórica absorbe y refleja con eficacia las emociones; ello es prueba cabal de lo que puede lograr un verdadero artista. El arte es trascendencia y la escultura de Javier Marín trasciende plenamente. No se percibe mediocridad en ninguna de las piezas presentadas, el nivel de las obras muy variadas es parejamente alto; en tres patios se separan tres modos de expresar volúmenes y espacios; en los tres modos hay expresión de lo trágico, de lo vital y lo sensual: en el patio de la entrada las cabezas gigantescas; en el patio siguiente cuatro figuras, hombres y mujeres suspendidos en el aire, y en el patio que se halla a la izquierda al entrar, una monumental columna, verdadero totem, en la mejor tradición de la acumulación de figuras humanas de Gustav Vigeland. Este último, escultor noruego, obtuvo subsidio durante toda su vida para realizar una obra escultórica monumental que cubre todo un parque en la ciudad de Oslo; Javier Marín necesita y merece un desafío de esa especie.

La fragmentación de las figuras humanas en los tres grupos expresa tragedia y sondea elementos de la realidad que conforma nuestra época en que se pasa de lo entero a lo segmentado, de lo hueco a lo abultado, de lo biológico a lo artificial lacerante.
En la columna totémica del tercer patio del MACO vemos figuras humanas completas o fragmentadas, pequeñas y grandes, junto con cabezas (algunas de ellas son verdaderos retratos), segmentos de cuerpos en un movimiento en espiral ascendente, en un maelstrom, una vorágine que nos hace pensar en tornados, trombas marinas, situación que tan bien representa la condición humana de nuestros días, al tiempo que evoca los cadáveres de campos de concentración a finales de la Segunda Guerra Mundial y de otros pavorosos genocidios. Delgados alambres parecen amarrar unos trozos escultóricos a otros, especie de costura que fuera cruelísima si de carnes se tratara; esto y la fragmentación misma de las formas otorga al conjunto un viso de tragedia.

Este elemento trágico también lo comunican los cuerpos suspendidos del segundo patio; la falta de contacto con el suelo de estos cuerpos da a este conjunto un sabor particularmente angustioso; los seres aquí representados no son atletas que logran una proeza al desafiar la gravedad: el mensaje es otro. Sólo la belleza del tratamiento del material hace que el conjunto de la obra se pueda digerir, que se pueda soportar.
Celebramos la obra de Javier Marín y anhelamos que continúe su dinámico desarrollo. Celebramos el esfuerzo que ha hecho el MACO para poder montar una exposición de la complejidad técnica que require una muestra como ésta que nos da en esta ciudad de Oaxaca la oportunidad de gozar de ejemplos de la mejor escultura.

 

Ciclo Literario.

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