Como las burbujas en el fondo de un refresco

Ángel Morales


 

Las ocho menos diez y todos duermen. El despertador ¡rinn, rinn! (Que alguien bendiga a los que apagan los despertadores.) Amaneció tarde hoy. Me llega a rozar este pensamiento “Dios me odia”, pero digo no importa, yo a Él también. Comienzo a prepararme  para ir a la escuela pues estoy atrapado en la vida; me arreglo conforme a la orquesta de mi casa, al son de mi madre en la cocina, con el ton  del segundo piso que es una batalla  entre mis hermanos  por las sábanas y cobijas; mi hermana aferrándose al abrigo grita: ¡Voy a pelear por mis sueños!, ¡quiero dormir, dormir! El perro Tayson sonríe desde afuera. La batalla sigue. No tengo tiempo de ver en qué concluye porque son las ocho; las ocho exactamente. Con un aliento fresco grito: ¡Ya me voy!… Se me olvidaba. Antes de salir me fijo en la mochila, no se me vaya a olvidar otro pedazo de mi vida, que algunas veces el hombre del costal toma por descuido. También llevo conmigo la liga que sujeta mi cabello y que le gusta a la mujer a quien hay que reconquistar.

            Camino con entusiasmo, con el de siempre, mi sombra me empuja para seguir avanzando. En el trayecto, ese viejo incansable que es el pensamiento me sigue hasta la entrada de la escuela donde saludo con un gesto al policía. Sigo avanzando hasta la puerta de mi salón que ya está cerrada. Me digo no temas, Ángel, haz que suene la onomatopeya frente a la puerta.
            -Toc toc. Toc toc -digo
            -¿Quién es? -pregunta el maestro, abre la puerta y me recibe con una expresión austera-. Ah, es Ángel.  
            Penetro la  forma del salón, me deslizo por el silencio intolerable de mis compañeros; llego donde mi silla está encantada.

Cuando el telón de mis  ojos se levanta ya comenzaron. El maestro explicaba la epistemología genética de Piaget. Mis compañeros se miraban las caras y fruncían las cejas. Freddy tenía microsueños pues la noche anterior se había quedado en charlas del internet como todos los domingos, lunes, martes… Ahora sólo me relajo y filtro la información importante: la distancia tan larga entre Jathzel y yo. La información del maestro se derrama sobre mí y no regresa. Hay que llevársela tranquila.

Fotografia
Óscar Gustave Rejlander, 1860

            El maestro nos deja solos y los de atrás crean sonidos sin traducción. No hay palabras. Yo aún con un viejo pensamiento, algo visible para los jóvenes.
            -¿Qué tienes, Ángel? -me pregunta Ayari, la joven con granos en la cara.
            Todavía me siento vulnerable y espantado por cada repentina aparición. 
            -Nada, no tengo nada -le digo.
            -Hueles a preocupado.
            -Ay, Ayari, por qué no sólo te comes tu torta y me dejas la mía.
            -Anda, Angelito, dime.
            Es una mujer con granos en la cara, astuta y a la que hay que alejar.
            -Lo que pasa es que siento que la vida no me merece (no me mereces vida).
            -Ja, ¿pero por qué piensas eso? –pregunta, riéndose.
            Mis respuestas amplían cada conversación.
             -Bueno. Dime si te ha pasado que estás toda la noche dando vueltas en tu cama y no puedes dormir porque tienes una idea en la cabeza, así estás todas las horas y despiertas espantado y te preguntas ¿por qué Ángel es tan cabrón?
            Suenan sus carcajadas y dan vueltas por todo el salón; cuando una va otra viene o se juntan frente a mí y chocan, otras más se pierden o se hacen eco. Yo pienso en que se vaya y me deje solo. Me vulnera cada día.
            -¿Sabes, Ángel?, cuando  te propones ser divertido lo eres, pero siempre estás metido en tus cosas y eres muy pesimista. Deberías ser más positivo, ¿no te lo han dicho?
            -Mujer, ¿por qué vienes a decirme cómo debería comportarme? Para ser más positivo hay que perder electrones y eso es algo que no sé hacer.
            El maestro reaparece. Al cabo de  noventa minutos todos ¡hurra, bravo! Receso.

Me recargo en la pared para desquitar la colegiatura cuando inicia el desfile. Creo con firmeza que  en las escuelas particulares no se paga por las clases sino por ver mujeres hermosas, porque la selección es exhaustiva y en estas escuelas están las mujeres más bellas. Ya vienen. Que el cielo tenga piedad de mí  que soy un ángel. También Jathzel es un ángel, que nadie intente engañarme diciendo que  es tan humana como el resto. Su profunda cabellera es pelirroja y a su piel blanca  le hace  falta sangre. Después pasa Rossy. Es ahora el momento exacto en el que me he vuelto loco y ella camina dejando atrás hombres hipnotizados. Al medio tiempo pasa la mejor. Alejandra. Dicen que una vez fue al panteón y se levantó algo de las tumbas. Yo camino tras  ella como siempre, respiro el aire que acaricia su piel, voy recogiendo sus huellas con la mirada, levantando su sombra para que no la arrastre y ella me paga con su perfume de belleza. Esa fragancia fermentada diecinueve años me emborracha para después aceptar con gratificación su ausencia. Mujeres que veo y que no alcanzo a ver, hasta  Fátima, con su amiga, que me saludan. La amiga no está tan guapa pero es igual de bisexual promiscua.  
            No hay nada más qué ver y tengo un corazón en el estómago que indica la hora del lunch. Al revisar mi bolsillo sólo tengo una moneda. No sé si desayunar con mi moneda un chicle o una paleta. Hay que meditar eso. La mejor solución encontrada es una paleta con alma de chicle. Más de mil y un lengüetazos entre el caramelo y el chicle; para llegar hasta el centro, una hora. Nada mejor que ese fabricante ocioso de saliva mientras reinicia el desfile.
            Antes de llegar a la tienda tengo que pasar por los baños y un olor a flatulencias me recuerda de qué gran mierda estoy hecho, por eso apresuro el paso hasta la tienda. Veo cómo la gente espera frente a la cortina de barrotes para ser escuchada. La tienda está llena también de mierda que mira contenedores estancados de porquería con vitaminas y proteínas que disfrazan el veneno con algún saborizante que se acumula en cada hígado. Difícilmente se compra algo en este lugar, y yo sé retroceder.
            Cuando atravesaba la calle con el estomago todavía virgen, un camión viejo de esos que aún avanzan con leña pasó muy cerca de mí. Rodeado de nubes de humo no puedo evitar arrojarle una de mis máximas: Bienaventurado el smog, que hace más cercano el reino de los cielos.
            En la esquina el camión casi choca con un coche familiar. Ambos conductores se gritan muchas palabras y oraciones completas. A punto de entrar a mi escuela sólo alcanzo a escuchar algunos otros insultos y maldiciones. Si tuviera beca de escritor tendría ánimo de retratar fielmente la conducta de esos hombres, aunque tal vez debería entender las conductas antes que describirlas.
            Ahora sólo camino. Me siento en una esquinita frente a los salones para hablar conmigo mismo (pensar, según Vygotsky). Creo que soy un robot enajenado. Esto, desde aquella  vez que me vi reflejado en esencia en una caja con antenas, como si tal fuese un espejo; simultáneamente estaba en dos partes, era yo y  yo, mirándome desde fuera. Yo no quiero ser un robot. Quiero volar,  ser libre como una bolsa de plástico que ha sido aventada desde un automóvil. Ser un hombre  del mundo, de uno que no conozco al lado de Jathzel. Como sea, no terminaré de resolver esto, es tarde ya.

Todavía no entiendo por qué este maestro dicta como si fuéramos sus secretarías. A veces dudo de sus capacidades. Toda su clase no hace otra cosa que no sea dictar. No importa, faltan sólo cinco minutos para salir y largarme de aquí.
            -¿Ahí acaba maestro? -me atrevo a preguntar.
            -Sí, eso es todo -responde el dictador.
            -¿Ya nos podemos ir? -continúo. Por un momento me olvido de respirar. Es el miedo a que mis compañeras rían de mí. Mis ojos enfocan los labios del maestro, espero otro sí como respuesta. Sólo responde con el movimiento de su cabeza. Entonces sonrío.
Avanzo atravesando el tiempo, viendo cómo parejas de novios se reúnen  para ir a ninguna parte. Dicen estar enamorados, yo pienso que amo Jathzel, nada material, no besos y abrazos. La vida no anda bien, está ebria.
           
Estoy en casa, cansado del infierno que no me suelta. ¡Mamá, ya estoy aquí!; ¡Tayson, déjame en paz! Subo escaleras con el infierno acuestas, es el mismo infierno que algunos confunden con el peso de una cruz. Observo mi cuarto abierto antes de entrar y me da asco. Aviento la mochila al piso y siento cómo se desvanece el peso de mi espalda. Abro ventanas y desde mi cama canto victoria. Qué me importan guerras, ciudades sitiadas, no tener novia... Escucho cláxones y poesía de perros que sólo los teporochos atienden.

Mi madre llama a comer y su voz avanza con el tiempo. No saldré. Ni mi madre me quitará el sueño. Ahora mismo voy a callar a mi pequeña ciudad  como las burbujas en el fondo del refresco que suben para hacer shhh shhh shhh.

Necesaria y estrella
Rafael Villegas

Los incendios, como los diluvios, son inevitables. De esto me convencí hace algunos años, cuando desperté, casi ahogado, en una playa desconocida. Tenía agua salada hasta en los ojos y algunos caracoles bajo la lengua. Como ya lo habrás adivinado, aunque desperté me fue imposible abrir los ojos: me ardían de tanto blanco, de tanta nada.
            Escuchaba, entre pestaña y pestaña, cómo caían algunas estrellas desde la altura de un cielo cuyo recuerdo, siendo francos, estaba en peligro de extinción. No hubo planes de contingencia, ni luchas románticas por el derecho vital a la conservación de los cielos sin estrellas. Una a una cayeron, las luces ardientes y las uñas mordidas. Me di cuenta de que lo peor no es lo que pasa, sino lo que está por venir: lo peor siempre está por venir. Imaginación apocalíptica para cada mañana en que aprendí a vaciar la sal de mis ojos y a dibujar algunas líneas muy negras sobre la cal.
            Estrellas opacas,
                                          dibujos opacos de estrellas.
            Las estrellas me gustan no por su brillo, ni su cursi ontología, sino por ser los puntos de una posible figura mayor, un sentido, algo más. Figuras de figuras. Necesito estrellas para trazar un dibujo de mi vida, un nuevo cielo para no entender. 


Colaboradores

Olga Y. Mancinelli nació en la ciudad de México.  Obtuvo la
Maestría en Letras Hispanas en California San Diego State University.  Ha sido profesora de castellano y letras hispanas en el mismo campus donde estudió; dedicada a la enseñanza primaria bilingüe durante
varios años en el Distrito Escolar de San Diego, CA. EE.UU. Ahora
escribe y traduce poemas.
Marie Claire Figueroa nació en Francia. Licenciada en Biblioteconomía y Documentación por la Universidad Católica de París y la Sorbona. Ha publicado ensayos literarios en La Jornada y en Ensayos. Revista de la observación; cuentos y ensayos en Cantera Verde, así como el libro El placer del texto. Ensayos sobre literatura (Instituto Oaxaqueño de las Culturas, 2003). Se encuentra en prensa su libro Ecos, reflejos y rompecabezas. La “mise en abyme” en literatura.
Lorenzo León Diez (ciudad de México, 1953). Ha publicado en diferentes casas editoriales, entre otros títulos el libro Los hijos de las cosas (Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 1985), la novela Miedo genital, el libro de cuentos La realidad envenenada y el libro de ensayos Crítica y celebración. Textos suyos se han antologado en publicaciones del país y el extranjero.
Araceli Mancilla Zayas (Estado de México, 1964). Abogada por la Escuela Libre de Derecho de la ciudad de México. Ha publicado los poemarios Desde la sombra, dentro del colectivo Armar las palabras (1999), UNAM, colección El ala del tigre; Al centro de la ínsula (2001), Instituto Oaxaqueño de las Culturas y Fondo Editorial Cantera Verde, A luz más cierta (2004), IOC, e Instantes de la llama (2005), editado por Almadía.
Fernando Herrera Gómez. Medellín (Colombia), 1958. Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia 1985 con el libro En la posada del mundo. Ha sido editor de libros y portafolios de obras gráfica de diferentes artistas nacionales y director del área de literatura en el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá.
Rafael Villegas (Tepic, México; 1981). Licenciado en Historia y Diplomado en Cine por la Universidad de Guadalajara; actualmente estudia la Maestría en Historia de México. Autor de los libros de poemas Galería Prosaica presenta (2004), 100formas100(2005) y Video Ergo Zoom (2006), así como del ensayo La virgen seducida (2006). Premio Ignacio Arriola de Guión Radiofónico (2004); Premio Nacional de Poesía Amado Nervo (2005); Premio de Ensayo Literario Agustín Yáñez (2005). www.rafaelvillegas.tk / rafaelvillegas.typepad.com

 

 

Ciclo Literario.

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