Bloomsbury Y Compañía

Gérard-Georges Lemaire


 


Virginia Woolf fundó con su hermana Vanessa, su marido Leonardo y unos amigos como Lytton Strachey el círculo de Bloomsbury que se interesó tanto en la reforma de la sociedad como a la pintura o a la literatura. Historia de una comunidad intelectual, artística y afectiva.

*********

            ¿Alguna vez habrá existido el grupo del Bloomsbury? Si creemos a quienes lo integraron, nada menos seguro. Leonardo Woolf, partícipe desde el principio, en 1904, en las reuniones en el departamento de Gordon Square de las hermanas Stephen, Virginia y Vanessa, por iniciativa de su hermano Thoby, es el primero quien rechaza esta idea: “¡Un grupo, un grupo, jamás fuimos un grupo!” Y más tarde, seguirá indignándose: “Bloomsbury es, y hoy todavía lo es, una palabra usada pero de la que se abusa, para definir un grupo más bien ficticio de personas con objetivos y características bastante imaginarias”. Los primeros participantes de estas reuniones en las que se discuten cuestiones muy diversas, desde la filosofía a la economía, de la moral a la política, son egresados, en la mayor arte del Trinity College de Cambridge en donde Thoby cursó sus estudios y donde, al igual que sus amigos, formó parte de un círculo muy cerrado, Los Apóstoles, en la época en que se encuentran todos bajo la influencia de su profesor de filosofía, G.E. Moore.

Fotografia
Bill Brand. Londres, 1948

            Entre los miembros de esta sociedad secreta se encuentra Lytton Strachey, con un sentido del humor muy afilado que sabrá utilizar con eficacia en sus ensayos, al describir el universo de la generación anterior: Victorianos eminentes o La Reina Victoria. Thoby ve en él “la quintaesencia de la cultura” y Virgina Stephen, futura esposa de Leonardo Woolf, lo considera como un “prodigio de ingenio” y un hombre fuera de lo común “extremo en todos los sentidos”. Desmond McCarty es el más viejo de Los Apóstoles. Es también el más refinado y el más esnob. Frecuenta el Londres elegante y también los medios intelectuales. Agrada a las mujeres y cautiva a Virginia a quien le gusta este narrador amable y finamente irónico. Saxon Sydney-Turner es un joven erudito y reservado, a menudo silencioso. Parece sobresalir en todos los campos: pinta, escribe poemas, compone música y se sabe de memoria a los clásicos griegos. Aparentemente es el más dotado de este círculo, pero también es el quien más rápido va a decepcionar a Virginia. En cuanto a Clive Bell, jinete experto, buen cazador, siempre de moda, lo presenta Thoby como una “especie de cruzamiento entre Shelley y un hidalgo de campo”. “Si no hacía más que recitar versos”, como lo evoca Virginia, le gusta también la pintura francesa por la que profesa una pasión profunda. Es el único que no fue admitido en el seno de Los Apóstoles. Leonardo, tal vez el menos brillante y el más reservado de estos ex-alumnos, deja esta pequeña sociedad desde el fin del año 1904 para trabajar en la administración  de Ceylan. A esta compañía exclusivamente masculina, se unirá luego Maynard Keynes, quien no tardará en afirmarse como uno de los economistas más grandes del siglo XX.
            En el seno de este círculo que instituyó su Thursday Club (“Club del jueves”) en 1904, se presta juramento de fidelidad a las dos guapas hermanas, pero sigue uno comportándose con la indolencia y el respecto absoluto de las reglas sociales en su presencia, como en la época de las reuniones en Cambridge. Y se charla también con una libertad sin freno sobre todos los temas posibles. Por lo demás, es este agudo sentido de la libertad y de la verdad la característica no sólo de las primeras horas “del” Bloomsbury, sino también de las futuras obras de los unos y de los otros. Todos quieren desembarazarse del decoro y de la ética heredada de la era victoriana y de las apariencias que hay que salvaguardar. Su “moral sexual” llama la atención de manera particular puesto que los comportamientos indecorosos o francamente marginados son aceptados en su confraternidad. Con esta perspectiva, un autor de fama escandalosa como D.H. Lawrence se les acerca.
            En 1909, Virginia Woolf decide representar esta comunidad intelectual y afectiva (se casó con Leonardo a su regreso de la India, mientras que su hermana se había casado anteriormente con Clive Bell) en una novela colectiva escrita en forma epistolar. Logra convencer a Lytton Strachey, Sydney-Turner, Walter Lamb, Clive Bell y Adrian Stephen de que participen en esta empresa en donde aparecen todos como personajes con seudónimos. Al principio, los acontecimientos son imaginarios pero, poco a poco, toman un giro realista. Virginia se entusiasma con esta aventura y exclama: “La vida es indudablemente emocionante… ¡Ah, qué ganas de escribir una novela!”. Quentin Bell describe este divertimiento literario como un detonador: “De hecho, era una suerte de bailes de máscaras epistolar, en el que los disfraces servían solamente a envalentonar a los participantes”. Esta fecha marca un giro en la historia del grupo: hasta Vanessa propone la creación de una sociedad libertaria, implicando la libertad sexual para todos. Por lo demás, Virginia admite que “la sexualidad impregnaba nuestras conversaciones. Estábamos siempre a punto de pronunciar la palabra pederasta. Discutíamos de copulación con la misma excitación y la misma mente abierta que si hubiéramos discutido de la naturaleza del bien”. El pintor francés Henri Doucet se asombra sobremanera de esta libertad en el lenguaje durante las veladas y se refiere a aquello de modo lacónico: “En Francia, esto hubiera terminado con abrazos”. Desde entonces, resulta que la ambición de Bloomsbury es trabajar para la creación de una sociedad emancipada, libre, racional y civilizada. Una especie de programa sin ideología que se traduce en la experiencia de cada uno. Quentin Bell discierne en ellos el gran designio de “una civilización de la mente”. Ya Virginia había declarado: “El tiempo llegó para que una sociedad verdadera sea posible”.

Fotografia
Grete Stern. 1948


            Pero el círculo de Bloomsbury no se interesa exclusivamente en la reforma de la sociedad moderna y sus implicaciones en la vida sexual. La estética ocupa allí un lugar fundamental. Por otro lado, Vanessa Bell forma el Friday Club (“Club del viernes”) en el que las discusiones giran alrededor de las artes plásticas, el teatro, la literatura y la música. Esta nueva asociación está dirigida por Vanessa y Clive Bell; Virginia los compara a unas “grandes señoras en su salón francés”. La presencia del pintor Duncan Grant sugiere a Vanessa la idea de constituir un grupo informal de artistas con una exposición anual (estas manifestaciones tendrán lugar hasta 1919). La aparición en su seno de una personalidad como Roger Fry quien trabajó  en el Metropolitan Museum de Nueva York, dará un verdadero impulso a estas discusiones sobre el arte. Este hombre de mucha experiencia los
impresiona. Además tiene una ambición personal que el Bloomsbury le permitirá realizar:  no sólo quiere volverse pintor, sino también influir sobre el curso del arte moderno en Inglaterra haciéndolo adherir a la causa de los pintores franceses, de Monet a van Gogh, de Pissarro a Signac. Al final de 1910, prepara una gran exposición en las Galerías Grafton, con el título de Manet y los postimpresionistas: es un rico panorama de la creación en Francia desde los inicios del impresionismo hasta sus desarrollos más recientes con Picasso y Matisse. Si las críticas no son muy favorables, Fry lanzó la idea de un arte postimpresionista inglés y, en el año siguiente, reitera con una exposición todavía más vanguardista, que cuenta con una sección específicamente inglesa. Estas iniciativas coinciden con una gran efervescencia en el mundillo de las artes de Londres, deslumbrado por la llegada de los futuristas italianos. Fry no decide lanzar un movimiento en los géneros mayores, sino desarrollar las artes llamadas menores y fundar una sociedad para crear objetos de mobiliario, los Omega Workshops. El proyecto consiste en introducir su estética en los hogares de sus contemporáneos. Los artistas que trabajan para él, los amigos del Bloomsbury y algunos jóvenes creadores como el escultor francés Gaudier Brzeska o el impetuoso Windham Lewis, no firman sus obras. Los contratan por mes y se suponía que este trabajo debía dejarles bastante tiempo para sus empresas personales. Estos “Talleres Omega” abren sus puertas en 1911, están de moda algún tiempo, pero declinan a causa de la I Guerra Mundial. Sin embargo Fry no renunció del todo a ser el jefe de fila de una nueva escuela de pintura, que se limitará al pequeño cenáculo del Bloomsbury y de algunos amigos cercanos.
            Por su parte, Leonardo Woolf aporta al grupo un  poderoso instrumento: una casa editorial que bautiza “Hogarth Press”. Desde los años 1920 a los 1940, es el laboratorio de donde saldrán las obras de Virginia Woolf y de los otros miembros del Bloomsbury. Las portadas ilustradas por Vanessa Bell o Duncan Grant confieren a estos libros un carácter inimitable.
            El Bloomsbury tuvo una influencia subterránea; no obstante, fue considerable sobre la sociedad eduardiana. Sus enemigos o quienes fueron excluidos de facto, lo percibieron como un clan, una sociedad de admiración mutua, una “junta” (Osbert Sitwell). No es falso del todo: Virginia Woolf admitió que resultó para ella y sus allegados una máquina bélica y, en 1922, se alegra: “En Gordon Square, todo el mundo es célebre”. Además, ¿no ha sido ella quien fomentó desde el origen un Memory Club para cultivar el mito de lo que se desarrolló en su departamento del barrio de Bloomsbury?

Le Magazine littéraire. No. 437, diciembre 2004.

 

 

Ciclo Literario.

El URL de este documento es http://www.cicloliterario.com/ciclo54noviembre2006/bloomsbury.html