Morder el Corazón

Araceli Mancilla


 

Jaime Sabines. Algo Sobre su vida
Carla Zarebska
Plaza Janés, 2006

El arte, no es más que un modo de vida, y puede uno prepararse para él viviendo de cualquier modo, sin darse cuenta siquiera.

 Rainer Maria Rilke
Cartas a un joven Poeta

 

Como decía Franz Kappus, a propósito de las diez cartas que Rainer Maria Rilke le escribió de 1902 a 1908, estas son importantes para el conocimiento del universo en que vivió y creció el poeta, y también para quienes están creciendo y formándose, y para quienes se formarán mañana. Y cuando un príncipe va a tomar la palabra, los demás debemos guardar silencio.

Fotografia
Jaime Sabines, 1962

     Por eso este epistolario, publicado en 1929, es ejemplo de la sencillez y claridad de que sólo son capaces los grandes espíritus, pues si el artista deja su impronta en la unidad que conforman vida y obra, y en ambas se alojan las preocupaciones fundamentales de su existencia, la coherencia y profundidad con que ambas se asumen definen un carácter, una manera irrepetible de crear poesía.
     Escritura y soledad, el encuentro doloroso con el propio ser, la infancia, Dios y su tormentosa búsqueda, la relación entre el hombre y la mujer, la imprescindible necesidad de lo difícil para alcanzar lo extraordinario, la cercanía entre el amor y la muerte, la atención paciente y silenciosa a la vida son  temas  del itinerario personal que Rilke ofrenda al joven cadete Kappus y que habremos de encontrar en la trayectoria de otro poeta de excepción,  Jaime Sabines, quien nacía en 1926,  año en que murió Rilke.
    Del poeta chiapaneco no contamos con un epistolario a la manera de las cartas de Rilke, pero gozamos de algo similar y único en el libro Jaime Sabines, algo sobre su vida de Carla Zarebska, quien elaboró, en homenaje al poeta, la ofrenda de un collage memorioso donde escuchamos su voz y la de sus contemporáneos, entre los que se encuentran grandes escritores mexicanos del siglo XX como Octavio Paz y su entrañable “Chayito” (Rosario Castellanos), contenida en el vasto cofre de recuerdos, imágenes, poemas y  pensamientos  que es este libro.
    “El recuerdo de Sabines es una mordida en mi corazón”, dice Carla, y procede a narrarnos su encuentro con el poeta, que daría como resultado la célebre primera edición del libro en 1994 y la promesa de una edición popular del exitoso volumen. La muerte de Sabines impidió que esto se lograra hasta este 2006, y recorridos algunos avatares.
     El resultado es una versión enriquecida con la entraña, la carne y el hueso de quien ha entrado en la naturaleza telúrica, avasallante de Sabines, y desde luego, no ha salido inerme.
     Podemos palpar entonces, impresionados, la manera en que este poeta de lo terrenal, de la furia y la imprecación, se muestra en lo más íntimo a través de sus cartas, de sus anécdotas, de los instantes de extravío y dolor en que se libran sus desencuentros con la vida. Pero algo nuevo nos revela esta reciente versión del libro: el poeta visto a la luz de los ojos de Zarebska, su joven y amorosa editora con quien sostuvo una intensa y afectuosa relación en la que los claroscuros de su temperamento no estuvieron ausentes.
     Ni la ternura; Sabines se dirige a Carla como un viejo árbol que la cobija con la fronda de sus palabras escribiéndole a la veinteañera muchacha en momentos de flaqueza: “¡Fibra, fibra, cabrona!”, y algo que seguramente la comprometió a cumplir la promesa que le hizo, a pesar de los obstáculos: “Este libro me ha dado un regalo precioso: tu amistad”.
     Un poeta igual a un terremoto, querido como pocos por el pueblo mas sensible y vulnerable en la vorágine de su efusión amorosa y su hermosura física signada por sus poderosísimos ojos azules, que fulminaban a cualquiera.
    Escritor que se dedicó por algunos años a vender telas, con dignidad, humilde, mientras forjaba penosamente, en la trastienda, sus poemas. El mismo que reflexiona cosas como esta:

                   El poeta es el testigo del hombre, de las cosas, del acto amoroso, de la acción política…Por eso el poeta debe ser, antes que nada, un hombre común y corriente, oficiante de todos los oficios, actor de todos los dramas, las tragedias y las comedias del mundo…    

     Sabines admiraba en el Ulises de Joyce la libertad que él mismo intentó plasmándola en una de las obras poéticas más sinceras y desgarradoras de la literatura mexicana; y fue también un hombre que lamentó el silencio auto impuesto, en el libro sobre su vida, ante un hecho personal -- si bien no desconocido, al menos no público--: la existencia de sus otros hijos. Carla Zarebska rescata en la nueva versión del libro esta parte inédita de la existencia de Sabines, y la muestra al lector sin estridencia ni escándalo. Simplemente como fue. Tal como sucede el amor en la vida de un ser apasionado y libre.
     Y transitamos con él el río caudaloso de sus recuerdos, desde la infancia que le dio la dicha de crecer bajo un majestuoso cedro del Líbano --el inolvidable mayor Sabines--,  pasando por  los  años de soledad, cuando estudiaba medicina y, lamentándose de su suerte, buscó consuelo en la Biblia que no lo abandonaría jamás;  hasta los  tres años que pasó en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM  y durante los cuales escribió los dos libros que desde el principio le dieron un lugar destacado en la poesía mexicana: Horal (1950) y La señal (1951).
   En todo el trayecto, que nos lleva también a los primeros años de su matrimonio y al nacimiento de su primogénito, Julio, tiempo en el que escribió uno de sus libros más incomprendidos: Tarumba, del cual dice José Emilio Pacheco se trata de “un texto que nadie entendió en su momento porque sus verdaderos lectores apenas estaban naciendo”, advertimos a un escritor que asombra por la espontaneidad con que da la vida en sus poemas, sin retórica, con palabras rudas y enardecidas tomadas de la calle, del hombre y la mujer ordinarios, de los sufrimientos más corrientes  y cotidianos.

Miloslav Stibor, 1968

Te quiero porque tienes las partes de la mujer
en el lugar preciso
y estás completa. No te falta ni un pétalo,
ni un olor, ni una sombra.
J. S.
Autonecrología

     En los años cincuenta y sesenta, cuando dentro de la poesía mexicana la mayoría de las voces se empeñaban en seguir a las vanguardias y escribir poemas puliditos y bien acabados, la poesía de Sabines se impuso irreverente y rasposa, dotada de una emoción y un sentido estremecedoramente humanos, no vistos hasta entonces. La crítica no fue ajena a este acontecimiento: Octavio Paz, Luis Cardoza y Aragón, Carlos Monsiváis, Gabriel Zaid, Javier Sicilia entre muchos otros, comentaron con admiración su obra.
     En torno a Sabines y sus críticos el libro de Zarebska nos ofrece también pasajes deslumbrantes y esclarecedores como el siguiente de Octavio Paz:
             “Humor como un puñetazo en la cara redonda de la realidad, pasión hosca de adolescente perpetuo, el disparo de la imagen y el secreto del silencio, una rara energía verbal no siempre bien dirigida pero fulminante al dar en el blanco, el cuerpo a cuerpo con el absurdo y su cadena irrefutable de sinrazones, una imaginación a un tiempo justa y disparatada, una sensibilidad a la intemperie y nadando a sus anchas en el oleaje contradictorio —dones admirables que nos hacían olvidar el sentimentalismo de ciertas líneas y  la pose primitivista, macha y antiintelectual de Sabines. Un poeta verdadero y un comediante disfrazado de salvaje”.
          Sin duda polémico, --el único priista amado por la izquierda sentimental, según Christopher Domínguez Michael; “todo en la vida del poeta era bastante visceral”, dice Zarebska--, no faltan los comentarios de Sabines sobre poetas consagrados de la tradición mexicana como Ramón López Velarde y el mismo Paz, de quienes, a contracorriente de la opinión generalizada del mundo intelectual, opinaba lo siguiente: del primero, que le parecía retórico y falso, y sobre la poesía de Paz: “No me gustan los poemas en donde no se ve al poeta, ni al hombre. Pura construcción, pura objetividad, sin mancha y sin trato. Tal vez eso sea la poesía, la belleza con mayúscula, no sé…pero me temo estar equivocado. No me agrada definir así a la gente, tan fácilmente. Octavio Paz, en realidad, es un problema mío”.
    Poeta de la primavera, Sabines murió seis días antes de cumplir setenta y tres años, el 19 de marzo de 1999.  A pesar del sufrimiento físico que padeció en los últimos años pudo complacerse del fervor de sus lectores y su público en los numerosos homenajes y celebraciones que antecedieron a su muerte. De entre todos, unos de los más emotivos y elocuentes del amor del pueblo hacia su obra, fue el que se llevó a cabo en Bellas Artes con motivo de sus setenta años. Tres mil personas -- entre quienes ocupaban el interior del palacio, abarrotado, y quienes seguían el recital en la calle a través de pantallas gigantes—escuchamos, en absoluto recogimiento, la inolvidable lectura del poeta. Una sacudida colectiva recorrió la sala. En la voz magnífica de Sabines la poesía fluyó impecable recordándonos sus orígenes sagrados, su raíz de oración. Los asistentes fuimos así los amorosos reconociéndonos en aquellas palabras hondas, sensuales y verdaderas vertidas por aquel oficiante del hombre. En algún momento, el público pidió Algo sobre la muerte del mayor Sabines. No fue posible. El poema, considerado como uno de los más importantes de la poesía mexicana del siglo XX, resultaba demasiado extenso. Al terminar la lectura, la conmoción parecía no tener fin.  El poeta aceptó el aplauso inagotable, desbordado, levantándose de su silla de ruedas y abriendo los brazos en un agradecimiento conmovido que era también una despedida.

Anotó Sabines en su libreta de apuntes:

      En la vida práctica, la satisfacción suprime el deseo, pero en el universo de la poesía, la satisfacción no suprime el deseo, sino al contrario, revive indefinidamente la necesidad: es decir, se regeneran las exigencias…y en esto es bastante parecido al amor.

     Cuando se entra en contacto con un espíritu grande y la necesidad de pronunciar el encuentro se impone, surgen libros como el de Carla Zarebska que no se amedrenta ante la cercanía de los acontecimientos y, en cambio, sin temor a incomodar, consciente de la altura de su personaje, se asume discípula y legataria de un tesoro --similar al que Rilke depositara en Kappus-- que nos presenta a su maestro en variados matices e impide que hagamos de un ser humano extraordinario, una figura hierática, intocable.

Devotamente, con este libro que es una especie de calidoscopio existencial de Sabines, Zarebska nos impele a recorrer la obra del poeta como la sinfonía de un gran creador, de un príncipe de las letras para quien, precediendo a la poesía, está la vida, y ante cuya palabra callamos.        

 

 

Ciclo Literario.

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