La tercera vía del amor

Lorenzo León Diez


 

Three in love

Triángulos amorosos
El ménage á trois de la antigüedad hasta nuestros días
Bárbara Foster, Michael Foster, Letha Hadady
Paidós Testimonios
1999

 El Tao engendró uno.
Uno engendró dos.
Dos engendró tres.
Y tres engendró las diez mil cosas.

Tao Te Ching

Una de las fantasías sexuales favoritas tanto de los hombres como de las mujeres, es contar con un tercero en el lecho. Imaginar y ver esta gimnasia sexual es uno de los motivos profundos (e invisibles) que marcan la cultura moderna y revelan una de las más ocultas formas familiares, pues quienes han llegado a realizar el famoso ménage á trois han experimentado una de las relaciones tabú que, sin embargo, empapan la percepción artística de nuestro tiempo.
     El serio registro que se propusieron efectuar los autores del libro que reseñamos--ellos mismos un trío de amantes-, es una original aportación al estudio antropológico (sin mencionar en ningún momento esta palabra tan especializada), del comportamiento singular de dos mujeres y un hombre, o dos hombres y una mujer que se aman y deciden convivir juntos. (En este sentido, es preciso notar que no es afortunada la traducción del título del libro al español, pues triángulo es lo contrario al trío, como se verá):

Los ménages á trois tienen una interesante y extensa historia como la alternativa más antigua a la familia tradicional y se forman en virtud de determinados objetivos ideales y han dado lugar a obras de arte, hazañas heroicas y movimientos literarios. La tríada –opinan los autores- tiene un efecto multiplicador en el talento de cada uno o crea por sí mismo una dinámica propia.
     Al revisar, a partir de su experiencia amorosa, cientos de biografías de artistas y famosos, Bárbara, Michael y Letha, lograron escribir un formidable ensayo sobre la cultura sexual de Occidente, al mismo tiempo que una historia sexual (oculta) de la literatura, pues son los escritores quienes, al dejar testimonio de sus vidas, posibilitan trazar las coordenadas de la asunción de la libertad individual y los encuentros amorosos al margen de la norma social, pues aquí estamos en la frontera entre el matrimonio convencional y la verdad extramarital.
     Si bien es cierto que esas palabras de origen francés seducen e invitan a cálidas ensoñaciones, los autores establecen que el ménage á trois no se puede definir sólo por el número de personas que lo forman pues también implica una plenitud no tanto de sexo crudo como erótica.
      Y esta es una buena clave para abordar la vivencia sexual múltiple, pues conduce a una revolución íntima, a una revolución de los sentimientos, donde los celos, característicos de los triángulos mas no de los tríos, desaparecen a favor de otra plenitud, misma que en este libro los autores pretendieron investigar y explicar.

Adulterio y ménage 

¡Tres son una agradable multitud!

Por eso es preciso señalar, con Denis de Rougemont, que no estamos hablando de adulterio, que es una compulsión externa de la pasión sobre la felicidad y donde el engaño y la culpabilidad siguen siendo su base. Pero habrá quien quiera enfrentar “la prueba suprema que un día u otro le espera a cualquier hombre o mujer sinceros”.  
     Es muy importante, entonces, marcar las diferencias: El adulterio se basa en la sospecha, los celos y la ira. Un ménage exige honestidad y, como mínimo, la aquiescencia de los tres. Los ménages dependen de la compasión, que conduce al amor, de todas las personas que participan en la relación. A diferencia del matrimonio abierto de los años setenta, que elevaba las aventuras amorosas corrientes y malolientes al estatus de una experiencia de aprendizaje, un auténtico ménage es intencionado. Tendrá una serie de consecuencias tanto en el plano espiritual como en el material.
     Estamos hablando entonces, de una especie de aristocracia de las relaciones humanas, donde el deseo para realizarse descarta seguir el curso tan trillado de la traición, la simulación o el engaño. Dejar atrás estos sentimientos destructivos exige una amplificación de los sentidos de comprensión y solidaridad entre los amantes. En Occidente la aventura amorosa extramarital es siempre una aventura del mal, lejos estamos de la mitificación tántrica, que dice:

No suprimas tus sentimientos,
Elige lo que quieras y haz
Cuanto desees, pues de este modo
Complacerás a la Diosa
La perfección puede alcanzarse
Mediante la satisfacción del deseo

Guhyasamaja Tantra 

Carecemos de una cultura (mas de no cientos de experiencias secretas) donde el deseo y el sentimiento vayan unidos. Libros como el que comentamos abonan afortunadamente un camino que hace de la alternativa amorosa trial no una deformación, sino una posibilidad natural, pues los que forman tríadas, ya sea con total éxito o no, encuentran una gran carga de emotividad.
      Así, la obra en cuestión, como lo fue el famoso Kamasutra, podría ser tanto un estudio sobre diferentes formas de comunicación como de gimnasia sexual. En este célebre tratado sobre recetas de complementación corporal entre una mujer y un hombre existe un vacío que estremeció a Occidente, no hay nada que se refiera a los celos o a la pasión de la posesión.
      Por eso, los autores recomiendan: Cuando un triángulo entra en acción en la cama...los participantes o bien hablan abiertamente de sus sentimientos o la relación les explota en las manos. Entre los testimonios que acuciosamente recogen los autores, el de una mujer describe esta intensidad: Nuestro trío fue el abrelatas emocional de mi vida. 

Las reglas del deseo

Fotografia
Roman Sejkot

Sin duda podemos considerar la obra de estos tres amantes, un estudio radical que testimonia el hecho de que la familia nuclear se ha derrumbado y de los escombros está surgiendo una nueva configuración; el libro abre las puertas de una nueva geografía, de un paisaje poblado de árboles pero que paradójicamente no se encuentra en los mapas.
     Y con esta convicción Bárbara, Michael y Letha se propusieron examinar los actos de una tercera forma de amar despojados de la ceguera moral y puesto que es una costumbre más practicada que debatida, intentaron poner su atención en lo que más se imita en cualquier clase social, ya que así –escriben- podrán formular las reglas del deseo.
    El gran escritor judío Isaac Bashevis Singer, postuló “un deseo de comunidad sexual” En su novela Meshugah dijo que “la sociedad se vería obligada a crear una especie de cooperación sexual en lugar de las habituales decepciones y adulterios”. En efecto, afirman los autores, la esencia de la traición no radica en el número de amantes, sino en la mentira que cada uno debe llevar a cabo para ser fiel a su propia naturaleza.
     De acuerdo a la lectura que han realizado Bárbara Michael y Letha, un trío consolidado se convierte en trisexual. Cuando hay tres amantes es algo especial, algo aparte, aunque no necesariamente una travesía apacible. Ya sean famosos o anónimos, los practicantes de los ménages beben de las mismas fuentes del narcisismo, del voyeurismo(todo lo que una persona revele sobre sus relaciones sexuales resulta excitante y provocativo para la otra...la promesa de contárselo todo potencia los sentimientos y las emociones hasta el punto de convertirse en algo contagioso) y de la irresistible necesidad de ser tres. Todos ellos se han consumido en el fuego de los celos. La dialéctica interna de la pasión frente a la compasión permanece inalterable. La cuestión de quien es mío y a quien pertenezco es planteada y respondida una y otra vez. Si el egoísmo prevalece en uno de ellos, la relación degenerará en un clásico triángulo amoroso, con sus espionajes, disputas, acusaciones, divorcio y violencia. Pero cuando un ménage consigue compenetrarse, existe una energía especial que puede conseguir y consigue que sucedan cosas fascinantes: en las artes, en el cine o en la vida. En nuestra vida.
     Dice un panadero al reseñar su experiencia: “En un ménage á trois los tres estamos juntos. Todo el mundo es feliz. Es como una aventura amorosa. Sabemos que el ménage, cuando es feliz, puede ser extático”.
     Los autores saben cómo funciona un triángulo amoroso nefasto. Pero, por otro lado, cuando tres personas se cruzan y deciden disfrutar de los beneficios del ménage á trois y de su creatividad, sólo podemos dibujar una sonrisa de satisfacción.
     Se trata, sin embargo, de una relación polémica, pues está completamente asumido que el matrimonio múltiple no tiene cabida en el mundo moderno, pero esa presunción la realizan los mismos deterministas que proclaman que los celos acabarán inevitablemente por triunfar en cualquier relación de tres.
    Una vez hecha esta breve introducción de lo que podría ser la teoría del ménage á trois, vamos a presenciar una especie de striptease de hombres y mujeres que han vivido en algún momento de su vida o, en muchos casos, gran parte de su vida, en relaciones triales, fundadas bíblicamente por Abraham, Sara y Agar.  No son todos los que están en el libro, sino quizá los más representativos para esta breve presentación:  Voltaire, Jean-Jaques Rousseau, Gioacomo Giovanni Casanova, Peter Shelley, Lord Byron, Friedrich Engels, Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Ivan Turguenev, Heinrich Heine, Jonh Stuart Mill, Lou Andreas Salomé, Rainer María Rilke, Friedrich Nietzche, Henry Miller, Anais Nin,  Paul Éluard, Max Ernest, Jonh Reed, Louise Bryant, Eugene O´Neill, Vladimir Ilich Ulyanov (Lenin), Ezra Pound, Marguerite Duras, D.H. Lawrence, Ernest Hemingway y Georges Simenon. 

El código del serventismo

Será una revisión veloz, a ojo de pájaro, pues estamos hablando de un libro de 520 páginas, de 29 capítulos que se basan en 329 libros consultados. Así que lo que haremos es tomar ejemplos para ilustrar la formulación de una regla del deseo trisexual.
     Los autores localizan en la Francia del siglo XVIII el origen de los acordes más finos del moderno ménage.
    Un investigador de esta forma amorosa, Joseph Barry, señala que “el ménage á trois está aceptado, tal vez acertadamente, como otra contribución francesa más a la manera de vivir las distintas formas de amor”.  
    Y es en este siglo que encontramos a Francois-Marie Arouet, conocido por la posteridad como Voltaire (1694). La moral ligera de la Ilustración francesa puso las bases para el ménage á trois, opinan los autores. En efecto, encontramos una simpática institución conocida como serventismo, un código que era incluso más estricto que el del matrimonio y cuyo propósito era permitir a la dama quedarse con su marido. Voltaire se convirtió en el amante de la marquesa de Berniers. Su biógrafa Nancy Mitford comentó que él “se llevaba muy bien con el marido de la dama y tenía habitación en su domicilio de París”. Joseph Barry señaló al respecto: “El señor de Chalet estaba orgulloso de que su mujer hubiera elegido, y hubiera sido escogida, por una compañía tan eminente como Voltaire”.
     Y qué decir de Lord Byron (1778) quien necesitaba mantener aventuras polisexuales como el primer paso hacia lo que significaba un ménage á trois. Entre 1817 y 1819 vivió en un palazzo de Venecia con un séquito de peligrosos sirvientes y se rodeó de rameras, chulos, gondoleros. Se rumoreó que tuvo doscientas amantes, muchas de las cuales, especialmente durante el carnaval, se peleaban entre sí. Más tarde al elegir a la condesa Teresa Guiccioli, de diecinueve años y recién casada, Byron también eligió al marido en el glote, un Conde que estuvo de acuerdo con la relación de su esposa. La sociedad italiana aprobó la afable relación entre los dos hombres. El marido tolerante y el amante que comprendió sus precisos deberes se ganaron toda su estima.
     Y ahora veamos a Jean-Jaques Rousseau (1712), quien escribió: “Postrarme de rodillas ante una dama dominante, obedecer sus órdenes, obligarme a suplicar su perdón, ha sido el más delicado de los placeres”. La necesidad de refugiarse en un trío, que le ayudaba a evitar las exigencias de una sola mujer, es el leitmotiv erótico de Rousseau, quien compartió a su amante Madame de Warens con otro hombre, Claude Anet. De esto escribe el filósofo: “¡Con qué frecuencia ella nos conmovía y hacía que nos abrazáramos entre lágrimas mientras nos confesaba que los dos éramos necesarios para su felicidad!”. Bárbara, Michael y Letha concluyen que tanto en la vida como en la obra de Rousseau, la unidad que busca una nueva sociedad, una revolución en la naturaleza humana, consiste en tres miembros.

El poliamoroso

¿Qué es el amor sino una forma de curiosidad?
Giacomo Giovanni Casanova

Fotografia
Vasil Stanko

En este orden no podía faltar el célebre Giacomo Giovanni Casanova, quien entró al teatro del mundo en Venecia en 1725, y que, como el marqués de Sade, dio su nombre al libertinaje. Escribe en sus Memorias:
     “Cultivar los placeres de mis sentidos fue, durante toda mi vida, mi preocupación principal. Nunca tuve un objetivo más importante.” Escritas en francés, en 1822 sus Memorias aparecieron expurgadas en Alemania y hasta 1960 no se publicó una versión auténtica en varios idiomas.
Dos críticos opinan de este documento. “Es el más valioso que poseemos sobre la sociedad del siglo XVIII. (Arthur Symons). “Es mejor que cualquier otra novela picaresca que se haya escrito” (Guy Endore).
     Esta obra enseña, según el casanovista Rives, “La relativa frecuencia del incesto y la facilidad con la que los hombres y mujeres se acostaban juntos en el siglo XVIII y sugiere que las relaciones sexuales apenas tenían mayor importancia que el hecho de comer o beber”.
La filosofía de Casanova se resume así: “Toma lo que el destino te ofrece. Ve donde tus impulsos te lleven”.
Para los autores del estudio que reseñamos Casanova descubrió una de las ventajas del ménage: estimula el ardor de los participantes y, en caso del hombre, se mantiene erecto y dispuesto durante mucho más tiempo.
Para otro estudioso Casanova fue algo más que una agradable tercera parte contratada por los aristócratas. Tenía un compromiso directo con los hombres. “Él, el toro universal, también era, y tal vez preferentemente, un marica”. “La revelación, o el reconocimiento, de la bipolaridad sexual hace de Casanova una figura difícil, compleja y constantemente mutante que iba de situación en situación, de persona en persona”. Un término apropiado para calificar la naturaleza del caballero sería: “poliamoroso”: tomaba lo que se le presentaba, sin importar el género, la edad o la condición. Le excitaba infringir los tabúes sexuales.
De uno de sus numerosos ménages, Casanova escribe: “Los tres juntos, ebrios de deseo, acabamos con todo lo visible y palpable que la Naturaleza nos había otorgado, devorando libremente todo lo que veíamos y descubriendo que mientras realizábamos los tríos nos habíamos transformado en un solo sexo”. Bárbara, Michael y Letha, sabedores de lo que se trata, comentan: De este modo el ménage culminó en una andrógina cohesión semejante a la de los animales en estado salvaje.
     ¿Quién que la haya visto no recuerda la película Casanova, de Fellini? El director, por cierto, se refiere al personaje como “un pedazo de mierda” y no es para menos, pues Giacomo llegó a acostarse con su propia hija. “Mi hija me llamaba esposo. Incluso yo la llamé esposa”.
El final de Casanova es grotesco. Dejó de practicar el sexo seguro (sí, en la época de Casanova había condones) y consecuentemente fue víctima de la sífilis y la gonorrea. Los médicos le trataron ambas enfermedades con ingestiones de mercurio y no consiguieron otra cosa que destruirle los intestinos y riñones. Vestía trajes espantosos de terciopelo rosa adornados con lentejuelas doradas, llevaba muchos anillos, su piel estaba blanqueada artificialmente, su pelo apestaba a pomada.
Es adecuado concluir la presentación de Casanova asociándolo con el otro gran nombre que describe el imaginario sexual desbocado: El marqués de Sade, pues el abismo que existe entre Casanova y el marques es tan amplio –dicen los autores- como la diferencia entre un ménage y un triángulo. En efecto, lo que narra Giacomo le sucedió realmente, en cambio los hechos que asociamos con el marques tuvieron lugar principalmente en su mente: no tenía capacidad para materializarlos. 

Una cuerda triple no se rompe con facilidad
Eclesiastés

La estudiosa Camille Plagiat considera que en el Romanticismo “la feminidad nunca se reprime. Si los románticos reprimen algo, es la masculinidad” Esta apreciación es interesante, pues explica sentencias como las de Voltaire (Las mujeres eran omnipotentes) y Rousseau (Ella me demostró todo lo que le amaba con el fin de que yo sintiera el mismo afecto por él). Un representante de este movimiento artístico en Gran Bretaña es el poeta romántico Percy Shelley (1792), quien expresó que un marido no tenía derecho de propiedad sobre el cuerpo de su esposa. Y así lo demostró con su amigo Hogg, que intentó viviera con él y Harriet, su mujer. “Si ella estaba convencida de que era algo inocente ¿qué hay de malo en que participara si con ello le daría a mi amigo placer sin que disminuyera el mío? Su biógrafa, Jean Fuller, afirma que “el deseo de compartir a la mujer, en lugar de competir por ella, algo extraño en aquellos que son completamente heterosexuales, muchas veces pone de manifiesto un deseo homosexual reprimido o no reconocido que no encuentra otra salida salvo usar a la mujer como puente”.
A esto, Bárbara, Michael y Letha replican: que éste es un anticuado argumento de los que no alcanzan a comprender el ménage.  Nosotros plantearíamos la cuestión de quien es completamente heterosexual y por qué compartir es mucho más extraño que competir.
      Para la biógrafa Fuller “Shelley parecía destinado a vivir en un trío”. Conoció a Mary Godwin, que se convertiría en Mary Shelley, la famosa escritora de Frankestein (1818), cuya relación estuvo también mediada por éste amigo, Hogg. Ella, según escribe la biógrafa Joan Rees “era una rubia hermosa, reservada aunque animosa, con fuego e intensidad, con una inteligencia considerable”. Ella tomó la iniciativa declarando su amor a Percy y él respondió proponiendo que los tres, Mary, Harriet y él, vivieran juntos. Como ambas se negaron, Percy intentó suicidarse con una sobredosis de láudano.
     Viviendo con Mary, ésta se enamoró de Hogg, y parecía estar segura que él aprobaría el trío. Sin embargo se atravesó el suicidio de Harriet, que, embarazada por tercera vez, posiblemente por Percy, se arrojó al lago Serpentine. Mary, acostumbrada a que cualquier mujer fascinara a Percy, quien era un completo mormón...podría haber tenido cincuenta esposas –según dijo un amigo común- declaraba tener “miedo a los hombres y por tanto “era propensa a echar una canita al aire con las mujeres”. 

Fotografia
Michal Macku

Las eternas compañías monógamas son heterismo y adulterio
Friedrich Engels

El autor de La familia, la propiedad privada y el Estado, Friedrich Engels (1820), como otros escritores urbanos, no repara “en la otra mujer”: ni la esposa ni la prostituta, sino la amante, la heroína desconocida del siglo XIX.  Nuestros investigadores destacan que Engels mantuvo a Mary Burns en una maison secundary junto con su hermana pequeña Lizzie, que vivía con la pareja haciendo las veces de ama de casa, y que también amaba a Friedrich. La información sobre los pormenores de este trío es incierta, pero probablemente fue un ménage á trois. A finales de la década de 1860 Engels vivía a jornada completa con las dos hermanas Burns en un hogar al que consideraba comunista.
Los autores observan que en muchas ocasiones la reacción de la esposa legal hacia la otra mujer, una vez que lo descubría, era a menudo de tolerancia forzosa. De vez en cuando, el trío se convertía en un ménage á trois. Afirman que el pavor al erotismo que sentían la mayoría de las esposas y el desprecio sexual en el que las mantenía su marido es un dato que no se puede olvidar cuando hacemos una revisión histórica.
     Vamos ahora a otro personaje, Alejandro Dumas, el elegante autor de los tres mosqueteros era aficionado a mantener romances con las esposas de otros hombres. Su amante oficial era Ida Ferrier, con la que se casó en 1840.  En una ocasión, al llegar a su departamento en la Rue de Rivoli y estar con ella en la recámara la puerta del vestidor se abrió y descubrió a Roger de Beauvoir, su mejor amigo, vestido solo con una camisa. Invitó a Beauvoir a que se les uniera a él y a Ida. El biógrafo Lucas Dubreton afirma que “allí retozaron los tres juntos, durmiendo el sueño de la inocencia”. A la mañana siguiente, Dumas le dijo: “¿Acaso deben reñir dos viejos amigos por una dama, aunque ésta sea la legítima esposa? Sería una estupidez”. Se dieron la mano como viejos romanos y sus lazos de amistad se fortalecieron compartiendo el amor de la misma mujer. 

El hombre es polígamo por naturaleza, mientras que la mujer, por principio, es monógama y sólo accede a la poliandria cuando se cansa de su amante.

Sir Richard Burton

Y hace su aparición uno de los ménages más afortunados de esta historia, nada más ni nada menos que el de Víctor Hugo (1802) que dentro del espectro de la literatura del siglo XIX, destaca como la catedral de Notre Dame, cuyas campanas hacía sonar, en su creación, el jorobado Quasimodo. Como un hombre modelo de su tiempo, Hugo presentaba un aspecto impecable: disfrutó de una fiel esposa con la que tuvo cuatro hijos, una fiel amante cuya devoción por él fue incuestionable y docenas de aventuras esporádicas. Bajo la superficie encontramos a un hombre cuya necesidad por la madre y la puta, el clásico ménage centrado en un hombre, explica mejor que nada su vida artística y amorosa.
     Hacía 1831, Ádele Foucher, su esposa, tras hacer frente a cinco embarazos y cuatro partos exitosos, dejó de acostarse con su marido. Por el contrario, tomó un amante, Charles Agustín Sainte-Beuve, un sagaz crítico (autor de los célebres Retratos literarios) que era el más ferviente admirador de Víctor.
     Este personaje, lo mismo que Hogg, gustaba de hacerle la corte a las esposas de sus amigos. Y él mismo se define siniestramente: “Siempre he vivido en casa de los demás. Siempre he buscado mi nido en sus almas”. Y cínicamente le dice a Hugo: “El poco talento que poseo me ha llegado a través de tu ejemplo...Sólo me siento feliz y en casa cuando me echo en tu sofá o junto a la chimenea”. Podía haber añadido: “...O en los brazos de tu esposa”, ya que su relación con Ádele duró cinco años.
     Es muy interesante cómo el genio francés conservó testimonios de esta relación y otras en su biblioteca en un sobre con tres sellos negros y con la palabra “Pudenda” escrita de su puño y letra. La palabra, que significa genitales, procede del latín y significa “algo de lo que avergonzarse”. El sobre contenía cartas comprometedoras de Ádele a Sainte-Beuve que el canalla había enviado a su mentor “para hacerle comprender el alcance de la traición de su Ádele”. Aunque Víctor conservó estas pruebas, sus parientes las destruyeron. Más tarde, por orden del gobierno, se arrojaron al fuego cientos de cartas de amor adicionales. El siglo XIX no toleraba las confesiones de sus grandes figuras e incluso se ocultaban bajo la alfombra los pecados de las esposas.
     O sea, que Víctor tuvo ménage a dos bandas, pues él por su parte, con su amante Juliette Drouet en 1833 inició una relación que duraría los siguientes cincuenta años. Y es conmovedor e instructivo cómo las dos mujeres aceptaron compartir la casa y la fama del escritor. En 1864, en una cena en Bruselas, la esposa de Víctor y su amante se sentaron cada una al lado de él.
      En el ocaso de sus vidas, Juliette se hizo imprescindible y leía libros a la vieja Ádele, cuyos ojos eran cada vez más débiles. Falleció en 1868. Escribió Juliette a Hugo: “Ahora te amo con el gran corazón de tu querida difunta y también con el mío”. 

El matrimonio es la tumba del amor
Henry Ward Beecher

Sin duda, en esta institución que apenas comienza a documentarse, lo logrado por el gran escritor ruso Ivan Turgenev (1818), es de lo más destacable. Así lo describe su contemporáneo, Fedor Dostoyevski: “Un poeta, un talento, un aristócrata, enormemente atractivo, rico, inteligente, culto...no puedo imaginar lo que la naturaleza le ha negado”.
      Su relación célebre es con la afamada soprano Pauline García Viardot, esposa de Louis Viardot, que le doblaba la edad y era director de la Ópera Italiana en París. Georges Sand lo describe como “un tipo agradable, y de todo punto digno de la encantadora joven”. Y de ella nos llega esta admirable descripción de Heinrich Heine: “Es fea, pero tiene un tipo de fealdad que resulta noble, casi me atrevería a decir que resulta bella...a veces, cuando abre completamente su amplia boca con sus deslumbrantes dientes blancos y sonríe con su dulce sonrisa cruel, que nos encandila y asusta a la vez, comenzamos a sentir como si la más monstruosa vegetación y las especies animales de la India y de África estuvieran a punto de mostrarse ante nosotros”.
     Viardot (todo un digno heredero del serventismo) actuó como el buen pastor más con Ivan que con su esposa. Lo aceptó en su hogar como a un tercero, le animó a que escribiera, trabajó con él en traducciones conjuntas de escritores rusos al francés y le prestó sumas de dinero cuando su madre le retiró el subsidio.
      Esta actitud de Viardot recuerda la de William Hamilton, cuya esposa Emma fue amante del  almirante lord Nelson, de la marina de Napoleón, a quien le dice: “Preferiría vivir con vosotros dos aquí y veros felices a tenerla entera para mí, ya que me temo no soy una buena pareja para tanta juventud y belleza”.
      En 1850 Pauline se encaprichó con el apuesto Charles Gounod, que compuso para ella la ópera Sapho, pero Viardot pronto dejó claro que escogió a Turgenev por encima de otros posibles amantes de Pauline, pues el escritor ruso, según su biógrafo Scapiro, había “entretejido su vida con la de ellos, con la de toda la familia”. Si Pauline estaba de gira o si se comportaba fríamente, Turgenev y Viardot se iban a cazar o traducían juntos autores rusos. Shapiro consigna “No existe ninguna prueba de desavenencias o tensiones entre los dos”. En Aguas primaverales el autor parece indicar que la soledad es el destino inevitable de los que se asoman “al borde de un nido ajeno”.
      Turgenev escribió: “Nunca he comprendido la pasión por una chica joven. Prefiero la mujer casada porque es experta y libre y también porque es más capaz de controlarse, tanto a sí misma como a sus pasiones”. Bárbara, Michael y Letha hacen notar que calificar a una mujer casada como “libre” choca con nuestra mentalidad presente, que suponemos sofisticada. Y citan el párrafo de una novela sobre un cavaliere servente, que le dice a su esposa: “El muchacho está enamorado de ti y piensa que eres un iceberg, como la mayoría de las mujeres inglesas, porque no ves la necesidad de tener un amante además de tener un marido”.

Fotografia
Miloslav Stibor, 1968

      Turgenev escribió su autobiografía y la llamó Una vida para el arte. Pauline se hizo cargo del manuscrito, destruyó una parte y pidió que el resto se publicara diez años después de su muerte, que ocurrió en 1910, pero sus herederos se han negado a publicarla.
      Vemos, como en el caso de Víctor Hugo y tantos otros que no sabemos, que lo que se tiene que hacer para documentar instituciones no sacralizadas, es más bien una arqueología de la sexualidad, buscando entre ruinas, desapariciones, mutilaciones, ceniza. Nuestros autores apuntan: “El lado más miserable del código social victoriano es que el sexo, en su vertiente sucia y brutal, era lo que el hombre hacía con su amada o con una prostituta. Las esposas estaban para tener hijos lo más pronto posible. Por encima de todo el amor nunca debe ver la luz del día. No resulta sorprendente que en este ambiente moral diera lugar a la sublimación sadomasoquista del Drácula de Bram Stoker. Hemos visto –dicen los autores- que el marido, la esposa y la amante configuraban una tríada victoriana común y el diario personal era el lugar discreto en el que confesarse. 

Siempre seré fiel a mis recuerdos. Nunca seré fiel a los hombres
Lou Andreas Salomé 

Toca el turno a una de las mujeres nodales que dieron su toque a la modernidad: Lou Andreas Salomé (1861), quien pronto aprendió que su independencia de cualquier hombre se debía a que sabía colocarse entre dos hombres que la amaban. La discípula de Freud, a los veintiún años, según la describe el psicoanalista Irvin Yalom, “era una mujer de inusitada belleza, frente poderosa, barbilla perfectamente esculpida, ojos azules brillantes, labios carnosos y sensuales y un cabello rubio plateado cepillado cuidadosamente” y que solía sentirse fuertemente atraída por un mentor mayor, con un impulso que, según ella afirmaba, se debía a que podía prever que sus destinos se cruzarían. Luego solía buscar un hermano o compañero al que solía entregarse eróticamente.
    En 1882 Lou conoció al filósofo Paul Rée, quien rápidamente le declaró su amor. Lou intentó persuadir a Rée de su ideal de hermandad sin sexo. Le habló de un sueño que se repetía con frecuencia en el que ella y dos “hermanos” compartían un amplio departamento repleto de libros y flores, en el que cada uno tenía su propio dormitorio. Rée sabía cual era el tercer elemento perfecto: su brillante amigo Friedrich Nietzsche,(1844)quien por cierto, salía de un ménage “metafísico”, con Richard y Cósima Wagner. Cuando la conoció, en abril de 1882, Nietszche estuvo seguro de haber encontrado su “cerebro gemelo”. Llamaron los tres a su ménage “santísima trinidad”. Así fue como un enfermo profesor de filología clásica, un cínico filósofo judío y la hija de un general zarista se propusieron encajar, como dijo la feminista Malwida von Meysenberg, “una bofetada en el rostro del mundo entero”.

     Para ir por partes veamos que el Andreas a Lou le viene de F.C. Andreas, el hombre que la hija del general zarista nacida en San Petersburgo, eligió como esposo, quien era una mezcla de alemán y malayo, un especialista en Persia que tenía cincuenta años más que Lou. Cuando éste se propuso conquistarla Lou se resistió hasta que una noche él, exasperado, cogió un cuchillo y se lo clavó en el pecho. Una mujer racional habría huido. Pero para Lou la sangrienta hazaña confirmó que estaba destinada a casarse con Andreas. Con el tiempo, Lou contrató una asistenta, una tal Marie que representaba el papel de “esposa suplente”, que tuvo dos hijos de Andreas.
      En la primavera de 1897 Lou conoció en Munich a el poeta Rainer María Rilke (1875). Los tres (Lou, Andreas y Rilke) llevaron –dice ella- “una vida privada en la que teníamos todo en común. Rainer compartía nuestra modesta existencia en los confines del bosque…cerca de Berlín”.
Bjerre, un analista sueco, nos deja este retrato de Lou: Había algo terrorífico en su abrazo, elemental, arcaico. Al mirarte con sus ojos radiantes y azules parecía como si dijese: “la recepción del semen es para mí el colmo del éxtasis”. Y sentía un apetito insaciable de él. Cuando se enamoraba se volvía completamente implacable…una vampiresa y una niña.
      Esta personalidad dejaba rastros de sangre, como el caso de Víctor Tausk, que  por ella primero se castró y luego se suicidó con una pistola. Las variadísimas relaciones intelectuales de Lou con los hombres eran “poliandrias sublimadas”. De hecho, ella solía proteger su intimidad en un triángulo, intentando convertir la rivalidad masculina en cooperación. 

A menudo los escritores suelen devorar a la gente, incluidos a ellos mismos
Erica Jong

Sin duda uno de los ménages más clásicos es el que armaron Henry Miller, su esposa June y Anais Nin, quien escribió que June era “la mujer más hermosa sobre la tierra”. Sus contemporáneos la compararon con Greta Garbo. Era una espléndida rubia, pálida, con las cejas depiladas y una diabólica y encantadora sonrisa. Bárbara, Michael y Letha califican este ménage como caníbal, pues esos dos monstruosos autores, Nin y Miller, devoraron a June hasta el último detalle. La sinceridad de Anais es fundamental para sostener que “el amor entre mujeres es un refugio y un escape hacia la armonía”, pues declara a June: “Tu belleza me ahoga, me ahoga el alma. Cuando tu belleza me quema me disuelvo como nunca lo hice ante un hombre…te siento dentro de mí. Siento que mi propia voz se hace más pesada, como si te estuviera bebiendo”. Nin reconocía que “June es mi aventura y mi pasión, pero Henry es mi amor”. Los autores señalan que June y ella frecuentaron cafés y con las rodillas entrelazadas, hablaban de Henry. Bailaban muy apretadas en un club de jazz o se besuqueaban mientras viajaban en taxi.
     Por tratarse de dos grandes escritores cuyo interés, además, era el registro de la vivencia erótica, podemos decir que éste es uno de los ménages mejor documentados. 

Hemos abierto nuevos caminos en nuestra propia relación: libertad, intimidad y franqueza. Hemos creado el concepto de trío

Simone de Beauvoir

El amor entre mujeres vía un ménage, es uno de las mayores vivencias que un hombre pueda experimentar. Suceden cosas milagrosas, en la cama y en la cotidianidad. Es el caso del destacado pintor Augustus John (1878), que vivió con su esposa Ida y su amante Dorelia. Las mujeres cosían, cocinaban, colocaban el papel en la pared, visitaban el Louvre y posaban para Augustus. Hay cartas de Ida a Dorelia: “Oh, mi amor –escribió-déjame decirlo: ardo en deseos de que vuelvas aquí…Eres un misterio, pero eres nuestra. No sé si te amo por mi amor a ti o a él”. Y en otra: “Me sentí terriblemente fría en la cama sin tu abrasador, por no decir hirviente, cuerpo junto a mí”. Augustus, por su parte, consigna: “No amo a nadie más que a Dorelia  y al amarla estoy siendo fiel a mi esposa”.
     Otro exitoso ménage es el que construyeron Gala (antes de ser esposa de Dalí), el poeta Paul Éluard y el pintor expresionista Max Ernest y que duró más de una década. Los Ernest y los Éluard pasaron juntos el verano de 1922 en el Tirol. Max se acostaba frecuentemente con los Éluard en su habitación y retozaba con Gala en el lago, bajo la mirada de un benévolo Paul.
      Y está el caso de Picasso, que cada lunes y jueves visitaba a Marie-Thérése y al hijo de ambos. Cuando estaba en casa con una, escribía apasionadas cartas de amor a la otra (Dora).
     Importante por la trascendencia de sus personajes, es el ménage de John Reed (1887), Louise Bryant y  Eugene O´Neill (1888). Agnes Boulton, amiga del trío y que sería esposa del dramaturgo Gene, como le decían, consigna en su diario: “Ese verano, ese invierno, otro verano. Louise compartiendo a ambos, nunca dispuesta a renunciar a uno por el otro, quizá confundida, pero siempre al centro de la relación, hermosa, apasionada, extraña”. Para O´Neill por su parte, el trío era vital, necesitaba tanto el pecho de una madre que lo apartara de la botella como una comprensiva figura masculina. El “admiraba a Jack...casi lo amaba”.
      Y también el del pintor Stanley Spencer (1893), que escribe a su esposa Hilda respecto a su amante: “Patricia me aporta lo que echo en falta en ti, tú me aportas lo que echo en falta en ella. Cada una de vosotras hace a la otra tolerable y atractiva. Mi desarrollo como artista depende de teneros a las dos”.
     Pero no solamente los artistas han incursionado en esta aplicación creativa de la familia que busca, en palabras de Jeanne Moreau “el disfrute en lugar de la felicidad”.

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Henry Miller

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Anais Nin

     Vladimir Ilich Ulyanov (1870) mejor conocido como Lenin, ya casado con Nadezhda Krupskaya, la alta y pálida profesora que descubrió en una fiesta, se encontró en Francia a Inessa Armand, una hermosa rusa, a quien un contemporáneo llamaba “una caliente hoguera de la revolución”. Robert Payne, un biógrafo de Lenin, escribe: Krupskaya no sólo no desaprobó la nueva relación de Lenin, sino parece que la recibió con agrado. Entre ellas no había ningún indicio de celos y las dos mujeres contribuyeron a la revolución con tanta seguridad como el hombre que compartían.
     Un ejemplo diferente, donde las mujeres no se amaban, sino todo lo contrario, lo tenemos en el caso de Ezra Pound (1885), con su esposa Dorothy Shakespear, “maravillosa, con un bello rostro, una frente alta, los ojos grisáceos, el cabello dorado y ondulado en delicados rizos. Un hermoso cuadro que nunca cobra vida”,y su amante Olga Rudge, de “personalidad adrenalínica, joven, ligeramente fornida y enérgica”. Participaron en un conflictivo ménage á trois durante cincuenta años. En un pasaje inédito de Pisan Cantos, Pound se felicita por haber podido disfrutar de un ménage durante casi toda su vida. Cita a un emperador chino: “Si puedes mantener la paz entre esas dos gatas salvajes, no tendrás problemas para gobernar el imperio”.
     Margarite Duras (1914) es, a su vez, una representante radical de esta institución. Desde muy joven se convirtió en una enemiga de “la pareja cristiana, con su felicidad, sus traiciones inconscientes, sus deseos reprimidos”. Comprendió que la tediosa rutina del matrimonio niega la comunión de la pareja y da lugar a una nueva forma de soledad. En el uno a uno existe una oposición, una polaridad que no se puede salvar si no es por medio de un intermediario. Así, que lejos de rechazar el matrimonio trató de reinventarlo. Su historia es tan compleja como sus casi setenta obras publicadas. Denostaba la monogamia que calificaba como “una forma de alineación absoluta, una metáfora de las múltiples formas de confinamiento solitario al que se someten las personas”.Tuvo dos amantes (Robert Antelme y Dionys Mascolo), a los que dejaba solos para que “su amistad se hiciera eterna”.
      D.H. Lawrence (1885) es parte de esta lista. Su biógrafa Brenda Maddox, escribe: “el sueño de Lawrence era un matrimonio triangular, en el que la relación de su esposa se complementaría con una amistad íntima con un hombre, un hermano de sangre”.
      Y también figura Ernest Hemingway (1899) que solía desayunar en la cama con Hadley Richardson y Pauline Pfeiffere. Las dos mujeres tomaban el sol desnudas juntas .Escribe Ernest en A moveable Feast: “El marido tiene a su alrededor a dos atractivas chicas cuando ha terminado su trabajo. Una es nueva y extraña, y si no tiene su día de suerte, se acuesta con las dos…Todo lo perverso comienza de forma inocente”.
      Concluimos esta larga digresión con Georges Simenon (1903), con su ménage á quatre. El autor de casi cien novelas de intriga, que escribía unas cinco mil palabras al día sin revisarlas nunca, vivió con su esposa Régine Renchon, una chica campesina llamada Boulé y Denyse Quimet. Simenon comentó que, una vez hecho el recuento, había hecho el amor con diez mil mujeres, de las cuales ocho mil eran prostitutas.

Encore

Misión cumplida. Bárbara, Michael y Letha están juntos en la bañera. Sienten que le han dado al lector los elementos para pasar de la fantasía a la posibilidad. Calientitas en las burbujeantes aguas de un gran jacuzzi, nuestras tres identidades desnudas se toman un respiro. Pueden sentir “la tensión del completo deseo”. Y expresan: Hemos dado un amplio repaso al pasado –incluyendo una mirada a nosotros mismos- en el que el ménage á trois ha funcionado muy bien. Y ahora, te preguntan: ¿Qué más te gustaría ver?

 

 

Ciclo Literario.

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