Invertebrada fotografía
(breves anotaciones sobre Perros héroes de Mario Bellatin)

Laia Jufresa


 

La fotografía es unaria cuando transforma enfáticamente la “realidad” sin desdoblarla, sin hacerla vacilar.
…En este espacio habitualmente tan unario, a veces (pero, por desgracia, raramente)
un “detalle” me atrae. Siento que su sola presencia cambia mi lectura,
 que miro una nueva foto, marcada a mis ojos con un valor superior.
Este “detalle” es el punctum (lo que me punza).

Roland Barthes

En la opinión de Martín Solares, dado que las novelas de Mario se concentran en lo esencial, algunas de ellas recuerdan ya no a un artefacto verbal, sino a un enigmático ser vivo, que nos acecha. Es desde esa óptica que al invitarme a escribir un texto sobre Perros Héroes, me entrega como única consigna diseccionar la novela de Bellatin como lo haría un entomólogo. Así, cuando abro el libro me es imposible no buscarle las patas, los ojos, el ritmo: el libro es un insecto.

Fotografia
Dana Kyndrová

Si uno busca la palabra insecto en el diccionario, encuentra: “insecto: del latín insectus, derivado de insecare, cortar, hacer una incisión, por las marcas en forma de incisión que presenta el cuerpo de estos animales”. Me gusta el dato: un insecto se llama así por sus fisuras, está hecho para cortarse. Hojeo al bicho en cuestión. Presenta amplias grietas blancas de más de media página. Me entusiasma que haya tanto margen entre cada párrafo, para anotar mis comentarios y esbozar mis dibujitos o ¿no es eso lo que haría un entomólogo? Me armo de un lápiz. Comienzo a leer. Al llegar a la mitad me decepciono de mí misma: no he rayado ni una sola de sus páginas. ¿Qué pasa? ¿Es acaso que no tengo talento de entomóloga? Vuelvo al principio, le encuentro las antenas: este libro trae subtítulo y reza así: Tratado sobre el futuro de América Latina visto a través de un hombre inmóvil y sus treinta Pastor Belga Malinois. Vuelvo a la lectura. Al poco tiempo me he olvidado ya de América Latina y las otras lupas que traía. Perros héroes se dibuja con pincelazos cortos, secos. Cada párrafo es una escena enmarcada en una página. El acomodo tipográfico crea la sensación de que un párrafo no es aquí la pata de un relato, sino el esqueleto de una fotografía.
La fotografía es por excelencia el arte de la falsa objetividad. Aun en esta era de “photoshopazos” nos fiamos de ella. Fuera del museo, en donde sí reconocemos la mirada del artista-fotógrafo, usamos la cámara como apuntador de la memoria, como testimonio fiable. En materia de literatura también puede generarse esta confianza. Lo hace Bellatin al escribir como si la pluma fuera cámara y la cámara estuviera mostrándonos todo lo que tiene enfrente. Es el truco del director de cine que se coloca la cámara al hombro como si renunciara a controlar lo que muestra y lo que oculta.
Al acercarse el lente a los ojos, al dejar que se grabe en la cinta lo mismo que se está viendo, se da la impresión de que filmar es mirar. Se vela la intención guiadora del creador y con esto se libera la posibilidad de interpretación del espectador. Es decir que importa muy poco si alguien llega o no a asociar la trama con el futuro de América Latina, si alguien compara o no las fotos reales con las descritas. Aún más, dado que la trama no exige atención cronológica o memoria exacerbada, el lector quedaría en libertad de elegir, con el simple gesto de un parpadeo, aquello que toma, y lo que deja.
Pero todo esto es un engaño.
Las piezas de Perros héroes no están exentas de la peculiar mirada del autor, sólo la ocultan muy bien. Si yo fuera una entomóloga más cuidadosa, por ejemplo, contaría los adjetivos. Es seguro que serían pocos y discretos. El tono es frío. Y limpio. La austeridad crea una sensación de transparencia en la que se escuda el narrador para transitar del recuerdo al presente, del pensamiento de los personajes hasta el sentir de sus visitantes. La voz narrativa se neutraliza: no denuncia, no juzga, no se nombra, no interpreta, apenas transmite. Todo este cuidadoso armatoste artificial, crea la generosa impresión de algo orgánico. A las pocas páginas uno está ya en la casa del hombre inmóvil temiendo las tarascadas de sus perros, resintiendo la oscuridad, escuchando el murmullo de las bolsas plásticas que su madre y su hermana se empecinan en doblar, uno está ya estático, y expectante. Este viaje sensorial le es propio a la lectura. Nada en las imágenes que hacen las veces de epílogo nos entrega al hombre inmóvil como lo hace cada línea, cada párrafo de la novela.
¿Por qué digo que las fotografías textuales que conforman este libro no están exentas de mirada? Porque están llenas de detalle, de punctum, en palabras de Barthes.
Cada escena queda inscrita dentro del eje escandalosamente rutinario de la vida del hombre inmóvil. Cada anécdota y cada recuerdo se graban con toda la subjetividad de la memoria, muy lejos de la infalibilidad del lente. En cada párrafo algo late, algo punza, algo parpadea. Y al final entonces no estamos hablando de esqueletos de fotografía, ni de la frialdad del tono, sino de personajes que, aunque a cuentagotas, terminan por revelársenos.
Estamos hablando de pulpa, de carne, de algo así como fotografía invertebrada.

No le daré más vueltas a la entomología: este libro no fue hecho para cortarse, fue escrito para dejarse mirar.

 

 

Ciclo Literario.

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