Poeta en construcción

Fernando Montesdeoca.


 

Fotografia
Louis Stettner.

Iba a escribir un poema. Decidió convocar primero al atardecer. La tarde como color. Naranja. Naranja denso (un casi rojo, digamos). Pensó en una mujer. Una mujer indiferenciada; apenas una nada de mujer: su silueta contra la luz del ventanal, por ejemplo. La imaginó hablando para sí misma, suavemente. O canturreando, mejor, sin muchas ganas, consolándose por existir en el mundo: una testigo del mundo. Eso, y luego, esperaba, ella, ahí. Había dejado la puerta entreabierta. “Tocaba la membrana del sonido”, pensó decir; sonaba forzado pero no podía renunciar a las ganas de decirlo así. “Con los dedos”, recompuso, “Tocaba con los dedos la...” (membrana no, mejor piel, o no mejor nada, directo y ya): “Tocaba con los dedos el sonido”. “Y se tocaba a ella misma”, agregó pensando, y luego: “a ella misma como sonido y cuerpo”. Canturreaba, esperaba, y en ese tristear de las cosas que se acaban (su historia, la gente, la tarde misma, la espera gastándose), se tocaba a ella misma con las yemas de los dedos, como un solo de piano, triste y quebradizo (“Looking Glass”, de Duke Ellington). No era una mujer precisa, sólo era un continuo de la idea de mujer fluyendo en su imaginar: una silueta posible, oscura contra el ventanal mientras se iba el día. Se puso a escribir. Ella dejó de tocarse y comenzó a llorar. Bueno.

Milpalta nov. 2005

 

 

Ciclo Literario.

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