Mounstración

Lorenzo León*


 

En la cortina marrón que flanquea la cama, se perfila la figura morosa de Karla al levantarse después de hacer el amor.
Samuel piensa en lo agradable que es la soledad con ella. Nada de hijos, se lo ha repetido una y otra vez. Ahora de nuevo, desvanecida la posibilidad de un embarazo cuya sola idea los atormentaba hace unos días, al rasgarse el preservativo.
También Karla está convencida; en el baño, cuando se coloca la bata, suspira con alivio: embarazarse hubiera representado una tragedia para su economía y un desequilibrio en su libertad.

Fotografia
Yuri Dojc

Es medianoche y duermen dándose la espalda. La habitación alberga sus respiraciones. Sueñan. Ella, una tormenta; escucha los relámpagos y la electricidad desgañitándose tras la ventana. Súbitamente despierta, debe haber una gotera pues la cama se humedece... en efecto, las sábanas están mojadas... enciende la luz para retirar las cobijas. Ve sus piernas bañadas por un flujo de sangre. Mueve a Samuel, extrañado exclama:
— ¡Espera vida, no te asustes!— y se incorpora de prisa para ir al baño. Sus pies se crispan al contacto con el piso. Abre la llave de agua caliente y coloca una toalla bajo el grifo del lavabo. Mientras la tela se moja, observa en el espejo su barba desaliñada, su piel descolorida.
Karla yace boca arriba sintiendo correr un arroyo entre sus muslos. La sábana se mancha escandalosamente, pero no siente dolor ni miedo. El silencio de la habitación la sumerge en un letargo. Escucha el sonido del agua contra la cerámica del lavabo y se pregunta lo que estará haciendo Samuel; conoce su nerviosismo y no espera una reacción efectiva. Ya viene, oye sus pasos. Esta ahí, cargando una bandeja y dentro la toalla retorcida y húmeda.
—No te preocupes querida, ahora te pondrás bien— dice, sin buscarle la cara, evitando ver un rostro que presiente angustiado, no ése que en realidad ella muestra: apacible, como el de quien contempla una escena aburrida.
     Samuel pasa la toalla a lo largo de las piernas y aparece su color blanco y vivo. Pero el hilo púrpura no cesa y se agotan las posibilidades del paño.
Ahora qué hará, se pregunta Karla con actitud indolente, pues Samuel se pasa las manos ensangrentadas por el rostro, queriendo despejar su confusión.
—Iremos al médico— dice de pronto, en tono grave y al mirarla lo sacude la impasibilidad verde de sus ojos, hondura animada por la energía de la lámpara.
Es tan constante esa fuente entre las piernas de Karla que Samuel resuelve no ir al médico, sino mejor comunicarse por teléfono al hospital.
—No te inquietes, vendrá rápido una ambulancia—le dice, y se levanta. Ya no soporta el frío en los pies y decide perder un minuto para calzarse los mocasines y ponerse la camisa y el pantalón. Ella lo contempla, la almohada levanta su cabeza cómodamente mientras el líquido espeso escurre de la cama y forma pequeños charcos.
Samuel no encuentra su agenda por ninguna parte, la busca en las bolsas de sus sacos, en el clóset, en todos los cajones.
Con la garganta hecha nudo por la vergüenza se atreve a preguntar:
—Karla, no encuentro mi agenda, ¿la has visto?
Ella trata de recordar, mientras piensa: “lo sabía, no la encontraría por sí solo, siempre tengo que salir en su ayuda”. No, no la ha visto, determina. Samuel se tensa al percibir su distancia.
En el escritorio frente a la ventana revuelve estantes, arroja objetos. Será mejor consultar el directorio, pero conoce su torpeza para manejar la guía.
Por fin Samuel ha localizado el número y marca con decisión. Karla suspira mirando la sangre estancada en los pliegues de las sábanas.
— ¡Chingada madre, está ocupado!— vocifera Samuel. Escucha sobre su cabeza el aleteo de la histeria. Ve la noche negra, azul, negra como una marea. Desliza la mirada hacia la puerta porque un hilo de sangre repta sobre el mosaico, pero nuevamente la ventana y la noche lo atraen con su vacío.
Se acerca a la cama, tiene cansancio y sueño.
— ¿Has intentado de nuevo?— lo reaviva Karla. Su voz es segura y firme.  Samuel corre hacia el teléfono.
— ¿Hablo al hospital Notre Dame? Por favor, me urge una ambulancia, mi mujer está grave… Hemorragia vaginal… Patricio Sanz 738, departamento 9. ¡Dense prisa, por favor!
Vuelve hacia Karla produciendo un chapoteo, la sangre anega la habitación.
       —Karla, en un instante estarán aquí... Karla, Karla, ¡Karla!— Samuel menea sus hombros; la impavidez de ella es desconcertante:
—Comprendo Sam, qué mejor que lleguen rápido.
Suena el timbre. Samuel se levanta de su regazo.
— ¿Es aquí donde una señora se desangra?— pregunta uno de los tres hombres vestidos de blanco.
— ¿...Qué? —dice Samuel, con voz pastosa y apagada.
—Señor, ¿Está usted bien?…¡Entra!— ordena el médico a uno de los enfermeros, quien advierte la urgencia al ver a Samuel teñido de rojo.
— ¡Cuidado! — grita éste, tratando de ahuyentar a los engendros que ve surgir de la sangre encharcada lanzándose sobre sus cuellos.

  1. ¡Calma señor! ¡Tranquilícese¡

El enfermero sacude a Samuel.
— ¡Malditos!— grita, mientras trata de desprenderse de una de las alimañas volátiles que lo atacan.
   Los socorristas van hacia Karla. Es una estatua de cera, sus ojos, dos mares quietos.
—En un momento estará bien, señora— dice el médico mientras la pasan a la camilla. Samuel es convencido de permanecer en su casa:
—Le comunicaremos el estado de su esposa, no se preocupe. Quédese a descansar, lo necesita.
Samuel camina hacia el escritorio. Abre la ventana. Sobre la redondez de la luna ve planear a los seres sanguinolentos que se pierden en la distancia siguiendo el sonido de la sirena.

LORENZO LEÓN DIEZ (ciudad de México, 1953). Ha publicado en diferentes casas editoriales, entre otros títulos el libro Los hijos de las cosas (Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 1985), la novela Miedo genital, el libro de cuentos La realidad envenenada y el libro de ensayos Crítica y celebración. Textos suyos se han antologado en publicaciones del país y el extranjero.

 

 

Ciclo Literario.

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