La escritura como cacería

Araceli Mancilla


 

Leonardo da Jandra
Huatulqueños, editorial Almadía. 2005
Samahua, editorial Almadía. 2005

La fantasía es un lugar en el que llueve.
Italo Calvino

El célebre escritor italiano Italo Calvino, autor de cinco conferencias que han dado la vuelta al mundo mostrándonos lo que él consideraba los valores literarios a preservar en este milenio, menciona a la visibilidad como uno de ellos: lo que el creador ve y escoge del cúmulo de experiencias provistas por la imaginación, pasa al texto, a la palabra, con más o menos fortuna a partir de las decisiones que toma de las variadas posibilidades que se le presentan. A partir de ahí elige y muestra el lector sólo la punta del iceberg para hacer visible el relato, la narración. La calidad con la que este mecanismo creativo opera lo da la historia, el acontecimiento literario que consigue trasladar la llovizna de su fantasía a quien lee, y al leer escucha; al  escuchar aguza la mirada, y al mirar respira.  

Fotografia
Leonardo da Jandra con personajes de su libro Huatulqueños / 1979

      Precisamente bajo el influjo de visiones imborrables, de las que hacen posibles nuevas formas de conocimiento es que releo Huatulqueños y Samahua de Leonardo da Jandra, escritor de la vivencialidad para quien no existe disociación entre vida y obra; entre interioridad y exterioridad.
    En la renovada acechanza que emprendo con este par de obras costeñas y solares, no dejo de afirmar que da Jandra, escribiendo, es un cazador que va tras de su presa, la realidad intrahistórica del mundo huatulqueño, con las armas más finas de su oficio palabral.
     La libertad de su persecución arriesga en escenarios sólo a la mano de quien se sabe experto conocedor del terreno. Por eso los ambientes donde ha puesto la mira tienen la resonancia de una selva que vibra de vida y muerte, consumiendo su verdad de paraíso con una animalia a punto de extinción.
     Costoches, pumas, venados, iguanas son, al lado del costeño receloso, de la costeña bravía, parte de una zoología recreada en el círculo del microcosmos formal de da Jandra; y todo un continente por descubrir –como diría Sábato- en una tierra sin límites.
       La fabulación en estas novelas de realismo no tan mágico es un espejo de múltiples fragmentos que integran universos independientes, cerrados, precisos.  Lo dicen así los avatares y trashumancias de Nicéforo y Nicasio, de Genaro y el negro Maximiliano, de Crisálida y Lucero; entrecruzamientos de caminos que se abren en brecha desde Huatulqueños a Samahua, de Pueblo Viejo a Santa María y San Miguel del Puerto pasando por bajos de Coyula y el Arenal con la coherencia de un acto fundacional basado en una cruz indestructible.
    Cavendish, Lorencillo, Francis Drake fueron los piratas que asolaron el sitio donde se reverencia al madero que da nombre a Huatulco desde tiempos remotos y es, en nuestro días, sede del famoso desarrollo turístico.
    En este lugar extiende sus ramas la exuberancia narrativa de da Jandra recogiendo la diversidad y la armonía de un mundo que resuelve sus tensiones a su modo y a su ritmo, similar a los ciclos vitales que lleva a soplones y chismosos en la costa o tierra adentro, a amanecer descuartizados con machete o escopeta en cualquier descuido para de inmediato ser saboreados por la zopilotera.
     Después vendrá el retorno a la vida cotidiana, a seguir “esta vida que llevamos”, como dice Crisálida a Nicéforo, arrastrando la miseria al monte o instalándola en la playa, bajo un manto de estrellas. 
     Los extravíos o digresiones en Huatulqueños y Samahua, sólo lo son en apariencia. Como a sus personajes, estas novelas nos conducen hacia la profundidad de un trópico agreste, arisco, para enfrentarnos a la comprensión de un territorio que algunos han situado como lugar de utopías, pero es en la prosa dajandriana, en su profundidad descarnada, el origen de una convivencia alejada de las normas civilizatorias, regida por reglas primitivas enclavadas en una naturaleza desbordante que sólo busca su sobrevivencia.
     La humanidad emanada de estos confines forja protagonistas inolvidables en su entraña y despojamiento, dignos de admiración y repulsa, capaces de una crueldad que se limpia las manos satisfecha una vez consumada la venganza y el crimen para luego disponerse a degustar un caldo de tortuga sin ningún remordimiento.
    El narrador de estas historias es un observador puro que, sin juicio moral, implacable, nos mete en su acción vertiginosa en la que en todo momento sucede o está por suceder algo estremecedor, en la que a cada instante avanzamos en la alquimia del verbo siguiendo a un tlacuache o apuntando a una paloma arroyera.
     Entre telones, con un dominio magistral del tiempo, da Jandra prepara la emboscada, arma la intriga y los acuerdos que cambiarán el destino de hombres y mujeres y decidirán la paz o la revuelta en la región. Pochutla, Zipolite, Miahuatlán, Puerto Ángel, geografías de un mismo itinerario dan paso a la estirpe de jefes políticos, de señores de horca y cuchillo que se disputan el control y el botín de ranchos y haciendas, hasta llegar a los principios de la civilidad. Al margen, alternan la sospecha y el cobro de facturas. La persecución y la huída. Perpetúan la estirpe mujeres vejadas por sus padres, abandonadas por machos insaciables, quemadas por novios despechados, asesinadas por sus amantes; semen regado sin ton ni son en biografías sin fin que reproducen la ignorancia y el miedo, la barbarie y el sometimiento.
    Elaborando sus elipsis, en ocasiones con pausas de verdadera poesía, la misma que deja a Nicéforo con “los ojos aún vidriosos por el agua que traía del soñar” Huatulqueños nos remonta al Presente y al Ahora con la voz de una percepción que ha atrapado lo esencial. Pero no deja abierto el espacio. Si se adentra en el misterio del pasado y llega al presente es para cerrar el círculo. De ahí que sus historias quepan en una sola, la del huatulqueño contemporáneo, y resulten totalmente creíbles, de una complejidad rica en matices y sucesos que provoca en el lector la curiosidad de quien inicia un romance.

Fotografia
Bahía de Cacaluta

    Da Jandra es fiel al lema de narrar la vida desde todos los puntos de vista y consigue con esto la cualidad de la multiplicidad. Los protagonistas de sus novelas, como Nicéforo o Crisálida nos muestran las facetas de su sufrida existencia en pasajes entramados de Huatulqueños a Samahua, donde los vemos nacer y crecer huérfanos de afectos, fieles a la amistad y el mutuo compartir, hasta la procreación y la distancia causada por la partida al otro lado en búsqueda de una vida mejor que no obstante no los libra del desastre.

Las dimensiones en estas novelas son profusas, como las vidas de sus numerosos personajes y el medio hostil; las metáforas que se encuentran en ellas gozan de la misma calidad: la cruda existencia expuesta al abuso y la rapiña, las pasiones denigradas por la carencia y la voracidad de los instintos. No hay clemencia en este punto. El narrador clava la daga sin contemplaciones y muestra a su presa: el rostro de una sociedad forjada a la intemperie, nutrida por el temperamento del trópico salvaje al que no logra someter la acometida civilizatoria con sus planes de desarrollo.
      Da jandra, pese a relacionársele con autores de lo rural como Rulfo, no escribe desde el vacío o el silencio, su discurso parte del decir. Su estética lo es del paisaje y el color pero también de los sonidos y la música, del habla cadenciosa y amoldada con la que sus personajes se comunican sentires y resquemores.
     Olor y sabor se unen al homenaje a los sentidos que se alborozan con las ofrendas del arpón y la atarraya, del rifle y la honda. Frutos terrestres y marinos regidos por la presencia majestuosa del mar.
    Cuando parece que estas narraciones no podrían darnos más, surge una nueva revelación que redondea su universo. Su riqueza nunca es retórica.  Hay una emoción continua que nos quita el aliento como el salto de un tigre. Un lenguaje y estilo únicos en la narrativa mexicana que nos lega expresiones como tristidad, curricaneado, platicadera y con ellas el sentimiento más íntimo del alma costeña.
     El lado fino de esta literatura está en la minuciosidad con la que vemos el balanceo sabroso y provocador de las mujeres, las texturas del totopo y el café, la suculencia de las chachalacas asadas, pero también en las sombras asesinas que merodean a la fauna animal y humana, y los contrastes de carácter en la inocencia y la malignidad de hombres y mujeres.

En Huatulqueños y Samahua nos encontramos ante una prosa que domina con maestría las cualidades escriturales definidas por Calvino para el nuevo milenio, y en Leonardo da Jandra hallamos un arquitecto que ha puesto su voluntad creadora al servicio de la seducción y el diálogo con un mundo donde él ha sido cazado: su intrahistoria costeña, que cumple en este 2006 una querencia de quince años.  

 

Ciclo Literario.

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