La cultura contra la Barbarie
Conversación con George Steiner.

Traducción: Marie Claire Figueroa*


 

George Steiner (París,1929) tiene bien ganado un prestigio internacional como crítico y teórico de la literatura y la cultura no solamente por una obra que cubre desde mediados del siglo XX hasta la actualidad, sino por una incesante actividad como profesor en universidades de Estados Unidos (país al que llegó en 1940) y Europa. Su obra ensayística ha ejercido una importante influencia en el discurso intelectual público de los últimos cincuenta años y en esta entrevista publicada por el Magazine littéraire (junio 2006) se refiere a uno de sus principales libros.

  Francois L’Yvonnet. Su libro mayor Después de Babel contiene un elogio de la diversidad de las lenguas: paradójicamente, Babel sería una promesa, una “recompensa de Dios”...

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Marc Riboud. Bab-el-Oued / 1962

George Steiner. Primero un punto capital: no tengo lengua natal. Lo que no es tan raro, hay muchas partes en el mundo en donde uno crece políglota, por ejemplo en Escandinavia o en los valles italianos del Friul o también en Malasia… Aprendí casi simultáneamente el francés, el inglés y el alemán, a los que se añadió, un poco más tarde, el italiano. Muy pronto me llamó la atención lo que nos dicen los lingüistas y los etnólogos: existen alrededor de veinte mil lenguas en el planeta, hay más de cien sólo en las Filipinas, de las que una, en la isla de Mindanao, no tiene la menor relación con las demás. No obstante, son las mismas etnias que las hablan. Siempre me ha costado mucho trabajo aceptar que pertenece al dominio de la contingencia el hecho que el mundo habría caminado con paso más seguro con una o dos lenguas, de allí el mito de Babel. Después de Babel refleja una intuición: Como Freud nos lo enseña, se deben derribar los grandes mitos: dicen lo contrario de lo que parecen decir. Lejos de ser un castigo, Babel es tal vez una bendición misteriosa e inmensa. Las ventanas abiertas por una lengua desembocan en un paisaje único. Aprender lenguas nuevas es entrar a mundos nuevos. Existe una especie de ventaja contradarwiniana en la multiplicidad de las lenguas: es la riqueza de adaptación de la humanidad. Adelanto la hipótesis que allí en donde está muy pobre la vida material, las lenguas son de una riqueza prodigiosa, como la de los bosquimanos de África austral que cuenta con veinticinco subjuntivos...

FY. Pero las lenguas mueren también, y con ellas una riqueza humana incomparable...

GS. Una gran figura de El Colegio de Francia, a quien no nombraré, pero seguramente se reconocerá, saqueó Después de Babel página tras página, al pretender alertar al mundo ante el peligro de la muerte de las lenguas, en un libro publicado veinticinco años después del mío, sin mencionarlo jamás. Yo había lanzado un toque de alarma: cada año miles de lenguas desaparecen, son posibilidades de experiencia y de porvenir que perecen. Así varias lenguas acaban de fenecer en el Altiplano. Vemos el pasado, mas no el porvenir. Retrocedemos hacia el porvenir. Con la desaparición de una lengua, perdemos para siempre algunas negociaciones con la esperanza...

FY. Cada lengua, dice usted, tiene su “gramática de la esperanza”...

GS. La torre de Babel para mí ha sido la alegoría de una inmensa recompensa, de una gran aventura que se fue debilitando. Seamos precisos: tendríamos que ser muy ingenuos para atribuir el triunfo a nivel planetario del angloamericano, nueva lingua franca, solamente a la potencia militar y económica de los Estados Unidos. La lengua angloamericana es sencilla. Si triunfa, es por ser una escalera mecánica hacia el futuro, un verdadero idioma de la esperanza. Cada palabra del angloamericano es una promesa que el futuro será mejor. Pero esto tiene un precio. Con la nivelación de las diferencias culturales, la felicidad se vuelve monótona. Las pérdidas son enormes. Las tentativas de resistencia institucional son bastante irrisorias. Desde la publicación de mi libro Después de Babel, algo nuevo sucedió: no hemos ponderado bastante que la computadora hablaba angloamericano. Si hubiera sido concebida y desarrollada en el Pendjab, las cosas hubieran sucedido de modo diferente. La informática que utilizamos es invento de los científicos ingleses y americanos. La base de la informática es una sintaxis angloamericana, vuelta abstracta y simbólica. Cada vez que un hombre, en algún lugar del planeta, se instala delante de su computadora, habla angloamericano. Es un hecho fundamental y tal vez definitivo. Lo mismo con la web, aun si la lengua adoptada es el chino o el bantú, la estructura sintáctica profunda, en el sentido que le da Noam Chomsky, es angloamericana.

FY. En Errata, usted se compara con un agente doble o triple quien “sugiere a una lengua la presencia de otra”.

GS. Nuestra historia literaria reciente ha visto nacer excelentes escritores multilingües. Es falsa la idea que para pretender ser un verdadero escritor, habría que utilizar su lengua natal. Durante mucho tiempo Europa escribió en latín y en cada una de sus lenguas. Sólo con el progreso de los nacionalismos, a partir del siglo XVIII, cambiaría esta situación. El siglo XX ha sido un viraje decisivo: con Conrad, Borges, Nabokov, Beckett, un grupo de escritores políglotas crearon obras maestras en una lengua de adopción. Sin embargo, hoy, para el que viaja por el mundo, los escaparates de las librerías están llenos de libros en angloamericano, o traducidos del angloamericano. Los escritores escandinavos, holandeses o israelíes, a menudo, no tienen otra solución para vivir, que la de traducir a quienes los destruyen.

FY. ¿Puede cambiar esta situación?

GS.  Es una pregunta difícil. El español está conociendo una expansión fulgurante en las Américas. Al final de los años 1930, Garcia Lorca dijo que Nueva York sería una ciudad española. Acertó. Y mientras la literatura inglesa, la de Inglaterra, palidece bajo el boomerang del genio norteamericano, la literatura española de España ha sacado ventaja del boomerang suramericano.  Está conociendo un periodo creativo bastante extraordinario.

FY. El subtítulo de Después de Babel  es “Una poética del decir y de la traducción”. Este libro es una larga reflexión sobre la traducción implícitamente presente en todo acto de comunicación. “Comprender es descifrar”, dice usted.

GS.  Nadie sabe lo que entiende el otro, aun el más íntimo. Hay infinitos matices en el recuerdo y el contexto carnal de una enunciación. Entonces, descifra uno para tratar de comprender. Muy a menudo, no funciona. No soy feminista, pero sé que la lengua de las mujeres no es la del hombre. En las tribus de Siberia del norte, las madres enseñan a los hijos la lengua masculina que ellas mismas no tienen derecho de hablar. Es una apasionante ilustración de la multiplicidad de las lenguas. Es un poco como en el juego de nuestra  infancia: uno cuchichea  un mensaje a su vecino, quien a su vez lo cuchichea al suyo, y así con todos, hasta que la diversión estriba en constatar lo que sale. Es la alegoría misma de la comunicación. En Después de Babel, doy el ejemplo de la palabra pain; en francés evoca la carencia a causa del hambre y de las revoluciones, en inglés la palabra bread significa “buena suerte”, no está asociada con carencias, y en la lengua americana de los Negros, bread significa “oro y plata”. No se puede traducir bread en pain y pain  en bread sin explicar los matices. Todo el mundo sensorial es muy difícil de traducir. Guardo en un baúl un largo ensayo, que destruiré probablemente, sobre el donjuanismo de las lenguas: hacer el amor en diversas lenguas. En cada lengua, el nivel del tabúes diferente: palabras que, en una, pertenecen a lavulgata cotidiana, pueden ser totalmente íntimas y prohibidas en otra. La cadencia sintáctica, primordial en el amor, es muy variable según los idiomas. Algunos novelistas han tratado de inventar lenguas para su narrativa sexual. Proust, por ejemplo, inventó la expresión “faire cattleya” o  sea “hacer catleya”, que se vuelve para Swann y Odette el símbolo del coito. Millones de parejas tienen su “hacer catleya” propio. Pero debajo de la guillotina de los medias, las lenguas del eros se estandardizan. El  adolescente norteamericano, en el ritmo de su seducción, sigue esquemas preestablecidos que le transmiten el cine y la televisión. ¡Cuánto empobrecimiento¡

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Marc Riboud. Shangai / 1965

FY.  Hay también amenazas “ideológicas” que pesan sobre el lenguaje, como las de la LTI (la lengua del Tercer Reich) de la que habló Víctor Klemperer. Por un lado, con Hitler, es el oscurantismo de la palabra, por el otro, con Paul Celan, el lenguaje está al “norte del porvenir”...

GS.  Con Stalin, son los silencios que matan, con Hitler es la palabra. Los griegos tenían esta extraordinaria creencia que un anatema arrojado sobre alguien no podía deshacerse nunca. Es como un golpe que va a darse físicamente. Muchos creen en esto, también lo creo: la lengua del gran odio es un arma más potente que todas las demás. La lengua del amor, en un Paul Celan, por ejemplo, trata de remediar la caída del hombre.

FY. ¿Podría ser que el mal esté en el hombre? ¿Es necesario, como usted nos está invitando a hacerlo, construir la hipótesis del pecado original?

GS. Es una cuestión esencial. Se puede dar al “pecado original” todos los sentidos metafóricos que uno quiera: una verdadera caída del Jardín, si uno es fundamentalista, o, como lo creo, una especie de misterio del castigo. Durante mi vida, he constatado a menudo que las mejores intenciones se tornaban en algo peor. Es como si tuviéramos una tara hereditaria. La metáfora del pecado original me permite entender una frase atribuida a Theognis: “Lo mejor para el hombre hubiera sido no nacer, luego morir joven, y lo peor vivir mucho tiempo”. Somos unos invitados de la vida, estamos arrojados a la vida, para hablar como Heidegger, y bien podría ser que no nos quiera, que seamos unos intrusos. Masacramos la flor y la fauna, transformamos nuestra planeta en un campo de basura. He aquí lo que hemos hecho con lo que nos ofreció la vida. Es posible que no seamos bienvenidos, que haya entre la grandeza humana y el ecosistema una especie de dialéctica negativa. Si es el caso, puede uno suponer que la especie humana desaparecerá un día. La hipótesis de una condenación original me parece ser más seria que la de una California eterna.

FY. La enseñanza ha ocupado un lugar esencial en su vida. La literatura comparada, que usted enseñó durante más de cincuenta años, es para usted mucho más que una materia, casi una visión del mundo.

GS.  Para mi padre, fiel en esto a la tradición judía, la enseñanza era la vocación suprema. El “rabinato laico”, el “comparatismo” forma parte de mi condición de peregrino. Estoy en marcha. Los árboles tienen raíces, yo tengo piernas. La literatura comparada se queda siempre con su equipaje listo. Coincide con mi profunda naturaleza. Me acuerdo de la respuesta de Román Jakobson al presidente de Harvard quien le decía: “Román, se dice que usted habla diecisiete lenguas... — Sí, señor presidente, todas en ruso”. Trato de hacer literatura comparada hablando “Homero” o “Dante”. El “comparatismo” traspasa las fronteras, legal o ilegalmente. Hay que coleccionar los pasaportes como los timbres. Si no puede uno ser un gran creador, hay que ser cartero —postino, como en la hermosa película sobre Neruda—, el que lleva las cartas. Un profesor lleva cartas, es un inmenso privilegio, y todo su arte consiste en encontrar los buzones, de los que las cartas serán leídas y amadas.

FY.  En Maestros y discípulos (y también en Elogio de la transmisión), habla usted a propósito de la relación del maestro y del alumno de un “erotismo de la transmisión”. Piensa uno, por supuesto, en el Banquete de Platón, en Sócrates y Agatón...

GS. Debemos pensar en los miles de maestros que se enamoraron, poco o mucho, de sus alumnos, machos y hembras, a veces con consecuencias terribles. Pero las más de las veces, con consecuencias felices, porque el amor se vuelve amistad. Leer un gran texto con sus alumnos es una actividad muy íntima. Una frase de los Salmos habla de “poner la mano sobre el ser esencial del otro”... Es de un peligro extremo, puede uno abusar de aquello. Noble, pero difícil oficio el de enseñar. Una anécdota entre otras: en el momento de las luchas que, en Nicaragua, oponían los Contras a los Sandinistas, tuve el mal gusto de decir a un grupo de excelentes estudiantes que, a pesar de que sus padres y abuelos habían muerto en España ante Madrid durante la guerra civil, ninguno de ellos me anunciaba su salida para Nicaragua. Me escribieron una carta colectiva, en la que me explicaban que si se comprometieran con la izquierda, pronto sostendrían un estalinismo sangriento; si partieran en ayuda de la derecha, trabajarían para la CIA... En resumen, “¡Ya no nos engañarán!” Fue un momento crucial en mi vida. ¡Un realismo y una clarividencia tan completa a los veinte años apenas! No hemos sabido darles el error de la esperanza, la ilusión del sueño. Pesadilla, me dirán, pero si ya no hay praxis utópica, sólo nos falta enviar nuestros mejores estudiantes a la ENA o en algún MBA... Es una gran derrota entonces.

FY.  Es usted profundamente europeo y al mismo tiempo está consciente de manera aguda que Europa, tal vez, ya está llegando a su término...

GS. ¿Por qué me quedé en Europa? Si la hubiera dejado como me lo propusieron, no sólo hubiera renunciado a mi condición de multilingüe —mi ser propio—, además hubiera traicionado de modo más esencial la palabra de mi padre, quien todavía me decía, poco tiempo antes de morir: “Si quieres ir a América, será mucho mejor para tu carrera, pero habrá ganado Hitler”. Hitler había decretado que ya no habría más George Steiner en Europa. No se debía entonces, a nivel de individuo, dar esta victoria al Führer. Escogí permanecer en Europa porque no debe apagarse cierta presencia del pasado, la  de la gran cultura judía de Europa central a la que debemos tanto. Y esto, aun si el judaísmo tiene un gran porvenir en América. Para mí, Europa no es solamente la tragedia de la Shoah, es también la infinita riqueza en el detalle. William Blake hablaba del carácter sagrado del pequeño detalle. Hay un maravilloso mosaico europeo. Pero, tal vez, Europa está cansada por sus dos mil años de historia. ¿Por qué se repondría de las dos guerras mundiales, desde las matanzas de la Primera a las masacres de la Segunda? En el pasado, imperios inmensamente dotados han desaparecido. Además, es posible que las culturas que matan a sus judíos no revivan.

FY. Al lado de los grandes mitos antiguos que nutren todavía nuestra cultura, Europa parece haber creado dos mitos nuevos: el cristianismo y el marxismo...

GS. Son dos grandes herejías del judaísmo que se voltearon en contra de su padre —esto es todavía muy freudiano— para matarlo. El marxismo casi ha desaparecido, digo “casi” porque tendremos tal vez sorpresas en el futuro. En cuanto al cristianismo, está atravesando en Europa una crisis considerable: sólo en Inglaterra, se considera la secularización de más de mil iglesias por falta de fieles y de vocaciones sacerdotales. No ignoro lo que ha sido el Gulag, y me repugnan los que hoy reniegan de su estalinismo pasado, pero el comunismo fue una inmensa esperanza. Hay en el marxismo, y esto es muy judío, una extravagante sobreestimación del hombre. Nos hizo creer que éramos hombres susceptibles de justicia social. Un error terrible que cobró decenas de millones de muertes, pero finalmente una idea generosa y un enorme halago al hombre. Muy pronto la cristiandad ha sido mancillada por el odio antisemita, a menudo su mística es sumaria, pero nuestras artes de Occidente no se conciben sin ella. Con su eclipse, abundan desde ahora miles de cultos en muchos casos  muy infantiles. En el futuro se puede temer la venida de falsos mesías. En América, ¡treinta y cinco millones de devotos de toda clase creen que Elvis Presley ha resucitado!

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Marc Riboud. Nigeria / 1960

FY.  En El castillo de Barba Azul, dice usted de manera bastante abisal, que la cultura no vuelve más humano al hombre. Hasta habla usted de cierta derrota de la cultura. Habría una cercanía muy preocupante entre la cultura y el horror.

GS. Le contestaré en dos tiempos. Primero, hay lo que llamo “la paradoja de Cordelia”. Regreso a mi casa en la noche después de haber leído con mis alumnos El Rey Lear, teniendo en la mente las palabras de Lear, con su hija muerta en los brazos: “Never, never, never...”, pero no oigo los gritos de la calle. La ficción es más poderosa que las quejas de los que sufren en nuestro alrededor. No por una omisión deliberada, sino por un mecanismo psíquico: el gran arte posee la conciencia a tal grado que estamos insensibles a los gritos de los hombres de carne. Es una paradoja horripilante. Mi segunda respuesta concierne a la brecha entre la manera inhumana del hombre de llevar sus actividades políticas o públicas y su capacidad para crear. Nietzsche contesta que la belleza está más allá del bien y del mal. Puedo comprenderlo para la música, no para la literatura. No acepto la idea que el hombre puede dividirse en pequeñas secciones impenetrables. Para mí es el mismo hombre quien toca Bach en la noche y, durante la mañana, tortura en un campamento. Sin duda es inexplicable, pero lo que es seguro, en cambio, es que las humanidades no han resistido a la barbarie. ¡La música no lo negó! Poco tiempo antes de suicidarse, Walter Benjamin dijo:
“El soporte de todas las obras maestras es la barbarie”.

FY. Le gusta recordar la frase de Goethe: “La cultura pertenece a muy pocos...”

GS. No se siente uno con el derecho de decir a un matemático que uno no entiende lo que hace. Admite uno que se dirige a una pequeña elite. ¿Con qué derecho podría afirmarse que cualquiera puede fabricar con provecho algo como si fuera de Hegel, Kant o Descartes? No, lo lamento, Dios ha sido muy injusto, hubiera podido repartir a todo el mundo los mismos talentos ¡pero no lo hizo! Decía Nadia Boulanger: “Muéstrenme un niño de cuatro años y les diré si tiene posibilidades”.  “Justicia social, justicia parca”: una frase terrible pero bastante cierta.

FY. En Presencias reales, sostiene usted que sin una creencia en una trascendencia, el humanismo gira sin sentido.
GS.  Ante alguien que declara ser ateo absoluto, me inclino. Pero si se le despierta a media noche para anunciarle la muerte de sus hijos en un accidente de coche, debe tener el valor de decir: “Es horrible para mí, pero sin ninguna importancia estadística, es solamente que me tocó el número equivocado”.
      Ante el creyente, me inclino también. En cambio, no me satisface para nada el que declara que ninguna persona seria podría plantearse la cuestión de la existencia de Dios. Si ya no se plantea el tema, ni siquiera para darle una respuesta negativa, entonces no tendremos más a nuestro alcance oportunidades de música, literatura y pintura. Mi hipótesis, pero es sólo una hipótesis, es que la gran arquitectura del arte occidental era religiosa, en el sentido amplio del término. Samuel Beckett, figura clave de la transición, nos invita a reflexionar: “¿Y si Godot no llegaba nunca?” Pero todavía se plantea la pregunta: puede ser que Godot vuelva. Se concibe perfectamente  la llegada de un arte sin promesa, sin la última certidumbre que cierta posibilidad trascendental constituiría. Entraremos entonces a un universo totalmente imprevisto, aun, tal vez, imprevisible.

FY.  “Mis errores son también derroches de amor”, dice usted en Errata, ¿de cuáles errores habla usted?

GS. A menudo me he equivocado, en particular en mis juicios estéticos, pero siempre por pasión. Por ejemplo, durante algún tiempo, creí que El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell sería la obra más importante de la novela moderna inglesa. Probablemente me equivoqué. Pero no es lo esencial. Lo peor para alguien que ama las artes y las letras, es tratar de apostar solamente sobre los ganadores. Las pasiones no se negocian. Jamás hay que justificarse. Hay que tener el valor de cometer grandes errores. Decía Heidegger:   “Allí en donde hay un gran pensamiento, hay grandes errores”. Sin duda los suyos se excedieron, pero esto será para otro debate.

FY.  Y entre sus errores, si tuviéramos que retener sólo uno...

GS.  El no haber entendido que la gran poética de la segunda mitad del siglo XX sería la del cine. Y también el no haber medido el enorme impacto de la web sobre todas las facetas de la sensibilidad. En el futuro se necesitará otra poética que la de Aristóteles, estoy seguro que llegará.

*Marie Claire Figueroa nació en Francia. Licenciada en Biblioteconomía y Documentación por la Universidad Católica de París y la Sorbona. Ha publicado ensayos literarios en La Jornada y en Ensayos. Revista de la observación; cuentos y ensayos en Cantera Verde, así como el libro El placer del texto. Ensayos sobre literatura (Instituto Oaxaqueño de las Culturas, 2003). Se encuentra en prensa su libro Ecos, reflejos y rompecabezas. La "mise en abyme" en literatura. Victor Klemperer. La langue du Troisieme Reich. Reed. Pocket, 2003. Escuela Nacional de Administración que forma a los futuros altos funcionarios del Gobierno francés. N.d.t. Compositora francesa y profesora de música del siglo XX. N.d.t.

 

Ciclo Literario.

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