Los Setenta

Alfredo Coello


 

Aún estamos vivos y alegres, decía Armando hoy en la tarde cuando nos despedimos afuera del Metro. Es verdad que no tenemos vocación suicida, aunque viéndola de cerca, quién sabe, porque vaya usted a saber de a cómo nos toca y en medio de la confusión puede uno salir dañado. Así se pasa la vida.
      ¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos? ¿Con qué frecuencia nos conectamos con los amigos? Desde que vivimos y convivimos como banda la segunda parte de la década de los setenta y el inicio de los ochenta ¿ya no nos conocemos? ¿Por qué tanta dispersión?, obvio, cada quien jaló para su lado. Conocimos otras mujeres, distintas a las que nos acompañaron en la escuela. Algunos tuvimos hijos, otros no. Fue un tiempo cachondo de estudio y reventón.
Días de correrías lúdico-académicas en que quisimos introducir a los dadaístas y surrealistas en la escuela de antropología y acabaron llegando los bomberos por un conato de incendio. Provocación constante, esa fue nuestra consigna.   Escuchar de cerca el poema del tiempo, lo más cerca posible. Viajar por la ciudad nocturna con el paso rebelde de nuestra juventud, armarla de pedo en cada esquina que nos retara la autoridad imaginaria o real. Ponernos en la madre como propuesta colectiva y destruirnos a pólvora mojada en la ciudad que nos inventó, pero también la que inventamos, hoy en ruinas. Así se pasa la vida.

Fotografia
Graciela Iturbide / La encuerada de Avándaro. 1971

     Un día, aburridos de tanta bazofia académica y a poco tiempo de estrenar el nuevo edificio de la escuela, se nos ocurrió pintar los muros. No lo hubiéramos hecho, se nos echó encima la directora y nos retó a que explicáramos las razones filosóficas de nuestra actitud. No respondimos por que sabíamos que era una provocación de la autoridad contra nuestra libertad de expresión estudiantil. Quedó en nuestro expediente académico la marca de “soñadores”, “anarquistas” y “felices”. Qué fuerza adquieres cuando colectivizas tu ímpetu desorganizado, tu deseo de trasgresión y rabia contra todo, los cánones y valores sociales que intentaron domar nuestro espíritu. ¡Ah, los días felices! diría paradójicamente Samuel Beckett.
      ¿Salimos a nuestra soledad? Salimos de la escuela porque habíamos “entrado” a la Universidad, sesgo del deseo que adquiere una ilusión premonitoria de ser “alguien”, cuando has conseguido un grado académico que te inventará una vida y ya todo está dicho. Nada de esto sucedió en mi vida. Al contrario, cada vez que me veo en el espejo alucino mi imagen; la oportunidad de inventar a los muchos que soy reaparece y la sorpresa antecede el deseo. No soy yo, pero tampoco el “otro” que algún día inventé.
      Éramos tantos y al mismo tiempo tan pocos que no percibimos cómo pasó el poema del tiempo. Quizá lo quemamos demasiado rápido, no nos concedimos la cancha necesaria para deglutir y cagar, para enseñar lo que aprendimos a velocidades extremas a nosotros mismos.
     Yo llegué de provincia, uno más en la urbe que domestica, y salvajemente quería recordar lo que pasó en 68 y el ‘jueves de corpus” en junio de 1971. La colonia Roma fue mi hogar de aventurero, estudiante vagabundo, sin rumbo ni conexión con el tiempo pasado; fresco y sin ataduras, rebelde Serratiano y harto de estar harto, ya me cansé. ¿Quieres que diga quién inventó tus deseos, tus ilusiones? ¿Quieres saber cómo se armó el desmadre de la vida? Ahí mismo, sin saber cómo se pasa la vida... tan temprano. Tán... tán.
      El primer día de clases junto a Rebeca, buenísima, sensual diosa de las tentaciones, iba vestida de amarillo, sus labios, sus senos templadores de cualquier sueño y las orejitas de diablita cantinera. Vivía con un gangster dueño de varias cantinas en la “zona rosa”. Me invitaba a comer a su departamento y yo, pajarito inocente, comía el alpiste que producía la mafia, sin entender nada; su chavo nos dejaba solos por la tarde confiado quizá en mi aire provinciano, tierno y desfasado en las dentaduras de lo que ya se gestaba, lo que desde entonces intuía como el horror de la ciudad.
     Y tuvo razón el gangster, quebré la regla del agandalle y nunca me la cogí: preguntarle al mundo por qué y por qué.
      Perdido, posible candidato a criminal juvenil, roba libros, gaviota de su propio vuelo. Los estudiantes no existían, existe la revolución y San se Acabó. ¡Puta madre! Nuestra fortuna fue la rebeldía ante la “rebeldía” ya pendeja y anquilosada de la izquierda de aquellos años.
      Empezaba el día con un baño de agua helada, no había gas, el puerto-apartamento de Medellín en la Colonia Roma no era suficiente para todos los gavioteros que estacionamos nuestro vuelo ahí. Los primeros homosexuales militantes del movimiento político gay en este país, estaban enredados como arrendatarios del muelle; Lalo fue nuestra reina protectora. Deseosa y desnuda morena, pedagoga de su clóset: siempre nos quiso coger. Nunca lo consiguió. ¡Siempre amigos!
      La noche cuando salí de mi pueblo ciudad, después de mi cumpleaños mi madre saludaba su Santo. Festejo y brandy, mota clandestina en la azotea de mi casa y hasta la madre. Este saludo se repetirá siempre hasta que se muera mi personaje. Me ahorraré palabras si digo qué significa “hasta la madre”: no es nada, la sombra dibuja otra realidad. La existencia expande los sentidos hasta el límite, nadie sabe cómo nombrar ésta situación, las paredes chocan sin sentido y campanas sordas cintilan estrellas apagando el último diapasón de tu guitarra. Esto significa estar hasta la madre. No hay rumbo entre todos los rumbos y estás lleno de todos los caminos. Saturado desde antes, lleno de vacíos: estar hasta la madre, de borracho, de mota, de realidad, de angustias, de la nada que puebla todos los rostros de un poema vacío.

Janny

Ella esta abordando el avión en el aeropuerto de Bogotá. Su madre la recomienda aquí en México con Julia, su amiga de universidad en Alemania, ambas discípulas de Heidegger. Elástica como singladura de chicle, las mujeres ausentes y distantes sabían que alguien tenía que cuidar de ella en esta ciudad enorme. ¡Imagínese, oiga! Llegar sin protección a la ciudad de México. ¡Qué horror! Aterrizó. Un martes de madrugada. Respira otra vaina, otro aire mi’ja. ¿Entendió? Aquí no es como allá. Usted viene a estudiar.

       Nada es fácil cuando se cambia de país a los veinte años de edad. Vengo huyendo de mi familia, de todo lo que pasa en mi país. Soy una ex - guerrillera prófuga de mí misma. Nadie sabe mi historia. Soy joven, bonita, inteligente... de las mejores familias de Bogotá. La alcurnia me persigue. No me doy cuenta. No quiero saber nada de mi pasado. Alquilé un departamento en La Condesa, ahí viven otros vagos poetas, mujeres del norte, deslaves juveniles y vagos sin ruta. Soy así, llamo la atención y me gusta. Calzo pantalones de mezclilla casi siempre y la bohemia es el primer verso de mi existencia. Los hombres me tienen miedo por que soy inteligente y demasiado linda.
      La escuela se reducía a un patio cuadrado y alrededor los salones. Un segundo piso. Encima del mural de Tamayo. Cuántas veces retamos a la policía del D.F. a sabiendas que nuestra escuela era zona federal. Sólo el ejército nacional podía entrar en ella.
      “Ahora estoy sola, los espero, o mejor dicho; mi amiga se fue a una manifestación política, yo no puedo, me expulsarían de este país”.
     Fue un veinticuatro de enero, su boina blanca balanceaba la sombra. Ella me estaba esperando en el descanso de las escaleras. Sabía leer los signos del tiempo e interpretaba lo que iba a suceder ese día, como el último que la llevaría al principio de su otra realidad, la que buscaba desde que abandonó a su familia en el sur. Yo pegaba propaganda política en los muros del museo y ella pasa. Finge no verme, yo también.
     La banda siempre tras las novedades. “¿Ya vio bato a la nueva chavita colombiana?” Me pregunta Mike que había bajado desde Hermosillo porque quería estudiar sistemáticamente antropología y el marxismo y, más que otra cosa, a Walter Benjamin.  Claro que la había visto, no sé, me daba miedo llegar cerca, impulsar el deseo aunque perdiera la razón, pero no, no quería perderla (a ella; la mujer más bella de mi universo). Estallaron todas las huelgas del mundo en mi imaginario y en la ciudad de México. Y no lo podía creer, pero, un día en la explanada de rectoría de C. U. ella y yo nos besábamos.

Los huracanes del ring

Fotografia
Guido Cataldo

Nos quedamos de ver en un departamento ubicado en el callejón de Dolores, en el centro de la ciudad.
    En una cantina que había en el segundo piso de ese edificio tocaba un pianista todas las noches: “El extranjero”, así lo bautizamos porque era un hombre de ciudad que no parecía agotado ni descorazonado y mostraba la misma imagen de la satisfacción. Fue nuestro amigo varios meses y algún día contaré por qué fue tan importante para nosotros.
     Llegué antes que ella, una botella de tinto y un poema medio maldito escondido en el morral de Oaxaca que todos empezamos a usar en esa época, para suerte de los indígenas que bajaban a la escuela a venderlos.
    La noche podía ser niño o niña de nuestros juegos, arlequín y alebrije de adivinanzas. La vida empezaba desde el otro lado, libre por ser sólo nuestra, sin ataduras a nada. Y Kundera ya asomaba su cara desde aquel famoso poema de Rimbaud. Aunque lo sabíamos antes de leerlo, vivimos siempre en el “lado oscuro de la luna”, en la “otra parte” donde está la vida.
     Janny estaba cansada, descorché la botella de tinto y empecé la lectura de mi poema: “estrella de un soplo me termino”. Y su rostro desdibujaba la realidad del momento, le gustó y fue el primer verso de mi vida que escuchaba una mujer. Esa noche llamó Rubén, nos invitaba al réven en una de las casas, en el parque Río de Janeiro. Pasó en su vocho con pomo de por medio y unos toques que había traído de Guayabitos, pura “lima-limón”.
       “Qué rollo el de hoy, ¿no? ¿Se fijaron cómo la maestra no supo por donde salir cuando le pregunté si había leído a Marx en alemán? se le sumieron sus pequeños globos oculares, porque eso dar clases de historia en un momento en que la historia está caliente...”
“Cálmate carnal, mejor rola y maneja con orejas pa’ los lados, mira ese viejo cabrón que está aventando fuego desde su garganta en la esquina de una ciudad que empieza a pudrirse de contaminada, con tanta falta que nos hace la gasolina y este pendejo quemándola a lo güey”.

Alex, ya en el inicio de la embriaguez empieza a contarles sus aventuras de cuando vivió en la costa; “es plena conciencia de lo que uno quiere vivir – dice – estar en la playa y sacarte el cuerpo por otras direcciones que no conocías, pegado a las sombras y luces del viento, alucinando los atardeceres”.
      “Un día nos llegó de un pueblo vecino gente con una niña de siete años picada por alacrán. Armando, que en aquel entonces estaba terminando medicina, se acababa de instalar en la farmacia del pueblo, herencia de su padre cuando murió de una cirrosis fulminante. Me despertó de volada, eran como las dos y media de la madrugada. ‘Alex, levántate, están tocando’, medio en sueños y todavía un poco pasado bajé a ver quien era”.
     “Háblele al médico que traemos una picada de alacrán.  Armando ya estaba atrás de mí; pásenle, pónganla ahí.
     Los señores la traían en una hamaca hecha de sábanas, la niña ya venía espumando por la boca, su bracitos estaban tiesos y veía como si quisiera entender los límites del mundo o del universo; no sé por qué, quizá por querer concebir por donde llega la muerte en las madrugadas convencionales, sin luz eléctrica. Todo se traducía en su ojitos ya convexos tocando las orillas de los párpados. Cuando la acostaron, Armando volteó a verme con una cara de ¿sabes qué? ¡Ya nos llevó la chingada!”.
      “La va a curar ¿verdad?, le dice uno de los campesinos, no preguntando sino en la seguridad que insinúa una orden. ¡Sí claro que sí! Digo, vamos a ver que puedo hacer, ya está muy mal y el veneno avanzó bastante –contestó Armando- ¿Por qué no la trajeron antes?”.
      “Mire doctorcito, venimos desde La Ticla, salimos a las diez de la noche, caminando, allá no hay en que moverse, pero nos movimos y lo mejor es que la cure”.
“Está bien, está bien, dijo Armando. Yo me había subido a la recámara, sabía que el médico necesitaría un buen join para calmar lo nervios, luego nos lo dimos y de volada estaba inyectando a la niña, directo al corazón, una dosis de coramina.

Nos alumbrábamos con una bombilla de gas, en ese pueblo no había electricidad en las casas, sólo alumbrado público en las calles de tierra y ni en todas, únicamente las que cerraban el cuadrado principal de la plaza”.
“¿Sabes qué, carnal? Ahora sí rézale a Dios, que la niña vuelva, porqué si no, estos cabrones nos van a matar”. “No mames, pues ¿qué le inyectaste?”
     “Afuera de nuestra farmacia, casita y consultorio improvisado los hombres hacían rueda con las antorchas prendidas y los del pueblo salían de sus casas a juntarse y preguntar qué estaba pasando. Las mujeres, entre el chisme, el saludo y medios rezos se contaban cómo el canijo alacrán había picado a la niña de Concha. La luz amarilla flameaba verde en el centro del cuarto, el resplandor que nos pegaba en el rostro le daba un tono más misterioso a la noche, silencios sostenidos en las miradas de las mujeres que veían a la niña empezar a retorcerse y a bocanadas sacar la ponzoña que viajaba por su venas; ¿cómo es posible que esa pequeña colita de alacrán, esa diminuta porquería pudiera seducir a la muerte con su química?”
“Oye ¿y por qué no le das leche?, dicen que con eso se corta el efecto del piquete –le dije a Armando-. Él sólo sonreía en un esbozo medio endiablado, además con aquellos ojos rojitos, desvelado y hasta la madre ya no sabía yo qué iba a pasar”.
     Bueno y que pasó, pregunta Rubén, ya suéltala que estamos llegando.
     “Como a la media hora, los ojos de la niña se empezaron arrimar a su centro. Sus bracitos empezaron a madurar en la semioscuridad, aquel cuarto olía a medicinas amontonadas en anaqueles polvorientos, pues los agentes de ventas dejaban todas las muestras posibles y Armando no se las cobraba a la gente.   
     Hacía un calor de la chingada, no importaba la hora, en ese pueblo el sol estaba en todos los rincones a cualquier hora. Las señoras salieron a la calle, eran sombras de otros tiempos, hablaban para que las escucharan sólo quienes debían oírlas, nadie más. Los murmullos decrecieron y las antorchas, por fin, descansaron su ímpetu en el suelo. Armando les dijo: Hay que dejarla en reposo, que descanse, es bueno tenerla aquí un tiempo en observación.

     La niña estaba acostada en un banco de madera, para quienes esperaban la consulta se veía solita, ausente y regresando quién sabe de qué viaje”.
“¿A poco la curó? ¡Yaa, no te creo! Lo estás inventando”.
“No cabrón. Nel mano, la neta es esa: la curó”.
     Estaciónate ahí – dice Janny. Rubén le hace caso, maniobra su vocho y apaga el motor, las luces. Enciende la chora.
     “¿Y después, qué pasó?”
“Ya sabrás, el rumor corrió como polvora por el pueblo, a esas horas. ¿O qué? Parece que nunca has estado en esos pueblitos carnal, pinche rata urbana, no conoces más que la esquina de tu barrio pendejo. Ahí estuvo la niña, atenta a las voces que entraban desde la calle, algunas hablaban náhuatl y otras en español mezclado. Estaban alegres. Es de poca madre ver cómo la vida adquiere su magia inmediata, sin temor, sin miedo antes y después del miedo; la vida que disuelve todos los misterios porque la muerte no llega... No hay paz que deje de pagar pleno tributo al infierno – diría Lowry”.
“Hay sí, bájale cabrón”.

El reventón estaba medio aguado o en el mejor de los casos, la freses de los intelectuales de izquierda hacía la fiesta más aburrida; suspicaces grillos, aparentes rebeldes, contestatarios de boutique, no todos claro, unos los asesinaron y hoy otros están ganando una lanísima como diputados y senadores. Janny estaba bellísima esa noche con su abrigo árabe de piel de camello.

Fotografia
Michael Jaeger

“Sabes qué, Alex, me aburren tus amigos”.
“No son mis amigos, ellos no tienen amigos, simplemente son ‘camaradas’. Así de fríos y ‘fraternales’, son meras maquinitas de hacer política. Al menos se la creen y viven en la esquizofrenia de un presente que alega el pasado, el tiempo ya cadáver en la boca de quien habla de la vida cotidiana sin entender nada, pero nada, créeme Janny, estos pendejos inteligentes no saben ni quieren nada del futuro. Sólo les importa su presente inmediato en la carrera por hacer política, quítalos del medio y se mueren de hambre.

Fue cuando decidimos salir, dejamos a Rubén en su fiesta de ensaladas rusas y trotskistas. Era un poco más de la media noche, paramos un taxi, pregunté al chofer si conocía un lugar dónde comprar un pomo y por increíble que parezca, a esas horas no había lugar en la ciudad donde comprar un pomo; “sólo en la colonia Morelos conozco una vinatería abierta”, dice el taxista. ¡Uta madre!, una de las colonias más aceleradas de la ciudad, vecina de Tepito y la Merced. “Bueno, entonces llévanos”. Y enfilamos, estábamos en la colonia Roma y la noche siempre cómplice, agarramos por Chapultepec y luego la avenida Reforma que se miraba semivacía, y sus grandes palmeras como testigos mudos de una ciudad; en ritmo tolerable y delicioso sentimiento urbano de transitar sin pedo alguno. La ciudad no estrujaba tan sangrientamente a sus habitantes; era el principio del fin de los setenta.
     Cuando entramos a la colonia, Janny me contaba de su parecido con los barrios bajos de Bogotá, sus calles oscuras y sus historias de violencia y enfrentamientos con el ejército y la policía, allá son los verdes a quien se les encomienda las acciones más represivas sobre la población civil, no es como aquí, allá la judicial sirve de parapeto; aquí no, le digo, están en todos lados y lo mismo actúan como policía política que vestidos de civil y en grandes carros gringos sin placas, grotescamente vestidos con trajes baratos que se compran en las tiendas Milano y por cualquier pretexto o sin ton ni son, te suben a sus carros; ya sea por que traes el pelo largo o  porque llevas libros bajo el brazo. Y tienen ojos por todos lados, las mentadas “madrinas”, chavos lúmpenes que los apañan en el robo o vendiendo mariguana en las esquinas y de ahí se los atornillan, los enganchan para que delaten a quien sea.
     El taxista nos miraba por el retrovisor, paraba las orejas a ver qué pescaba. A veces afirmaba con la cabeza y otras sonreía como dudando de lo que platicábamos. Por fin, nos detuvimos en una vinatería clandestina, calle clandestina, chavos clandestinos en su propia ciudad, con el sabor sombreado y semivacío de la noche, esquina de rondas y toques, chupe y reventón callejero.

Y pa’ variar, diría Pavese ‘los errores son siempre iniciales’. Me bajé tranquilo, me detuve antes de entrar, había una rueda de chavos chupando una botella de ron. Entro a la vinata y en ese mismo momento, al cruzar la puerta, empiezo a sentir una trasformación de todo lo que me rodea, una especie de memoria intemporal análoga al sueño; me atrapa y no sabía si por los tequilas que habíamos bebido o por los toques en el vocho de Rubén o las imaginarias calles de Bogotá en los barrios invadidos por el ejército golpeando y apañando a medio mundo; todo giraba dentro de mí y empiezo a perder suelo, entro y escojo al azar cualquier porquería de frituras, pago y al salir me topo directo con la rueda de fantasmas alucinados de noches clandestinas en mi ciudad.
     Janny se había quedado en el taxi y conversaba con el chofer, le platicaba de dónde era y que estaba estudiando antropología y su chavo también; que era de Bogotá y el D.F. le gustaba porque a final de cuentas, a la gente no le importaba censurarte por tu forma de vestir o caminar y esa indiferencia no se aceptaba en su país, en donde todo mundo te mira y censura y si puede te delata a la policía, no sabes si tu vecino es el oreja o si el maestro que te da clases en la prepa o en la universidad te va a delatar como subversivo.
      Y de pronto... paso corriendo por la banqueta, ella voltea y no entiende nada, se interrumpe violentamente y le pregunta al taxista ¡¿qué pasa?¡ ¿qué sucede? Como secuela de cometa ardiendo, también pasan por la ventanilla del taxi todos los fantasmas clandestinos de la noche con cinturones de seguridad que se han robado de los carros; con cadenas y velocímetros, con boxes en las manoplas, mentando madres y amenazando van a matarme en cuanto me alcancen.
     Entonces lleno mi vértigo, en mi alucine y solo en mi individuo, donde nadie me puede alcanzar; ni yo mismo. Corro desprendiéndome de mi presente y no sé quién soy. Y la memoria, como el sueño, requiere de ejercicio y práctica. Fue entonces, cuando los hebillazos, me estaban alcanzando que percibí que estaba fuera de la realidad de esa noche, pero al mismo tiempo en lo más profundo de ella, es decir; de mí mismo y en medio de una relación amorosa que destruía al mismo tiempo lo más bello de mi vida.
     Rolando -después supimos su nombre-, se baja de volada del taxi y se interpone entre la banda de fantasmas y yo: ¡tranquilos, tranquilos! Viene conmigo. Qué les pasa, ¿por qué lo están siguiendo? Para mi fortuna Rolando era hermano de uno de los de la banda de los fantasmas clandestinos de la noche (por esto sabía de la vinatería clandestina). “Oye carnal - dice su hermano - este pendejo nos quitó el pomo que estamos chupando”. Janny también ya estaba en la banqueta y todos se me quedan viendo y en mis manos está la botella de ron. Se las devuelvo y hacemos las paces, nos invitan unos tragos y regresamos en el mismo taxi a la calle de Dolores en pleno centro de la ciudad de México.
     Ya en el apartamentito del barrio chino, nos cobijamos con un blues y unos toques para afilar la madrugada; entonces le digo a Janny que recuerdo sólo las voces y no las caras; es el reparto de los sentimientos y el deseo se dosifica entre el odio y la pasión, entre el miedo y la esperanza de alcanzar un lugar que salga de la experiencia interior. Por eso me parecieron fantasmas alrededor de un rito sin nombre en la noche, por eso les arrebaté la botella... para experimentar sus voces. Y el vértigo de mi solicitud tuvo resultados en mi iniciación de esa noche de errores… la década de los setenta entraba en su eclipse lunar.

*Alfredo Coello (Parral. Chihuahua 1956) es antropólogo social y traductor del portugues para la editorial Sexto Piso.

 

 

Ciclo Literario.

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