Donde se filtra lo desconocido

Adrián León García


 

Pero dime, ¿quién ha sido hoy capaz de registrar algo que nos asalta como un hecho sin hacer una profunda ofensa a la imagen?

 Entonces quizá yo tenga siempre un sentimiento de la muerte. Porque si la vida te estimula debe estimularte, como una sombra, su opuesto, la muerte.

Sé que en mi caso sé lo que quiero hacer pero no sé cómo conseguirlo. Y por eso espero siempre que el azar, el accidente o como quieras llamarlo lo consiga por mí. Así que se trata de una continuidad entre lo que podemos llamar el azar, el accidente, intuición y sentido crítico.

Francis Bacon

Vamos y venimos, hacemos y dejamos de hacer, compramos vendemos, amamos, nos enamoramos y después olvidamos. Conocemos todo tipo de lugares, personas y cosas. Nos enfrentamos una y otra vez a situaciones que parecen imposibles. Cargamos con nuestras pesadas necesidades a donde quiera que vayamos.

La vida en su vastedad abarca mucho más que cualquier poema, pintura y demás exquisitos intentos del ser humano por expresar lo que es, lo que ve y lo que vive.

Francis Bacon, 1969

Y después de la vida está la muerte. Como si la vida no fuera ya suficiente misterio debemos enfrentarnos también al misterio de morir, y reformular nuestra visión del mundo y de nosotros mismos conforme a eso.

La vida cotidiana, por muy simple que parezca, tiene una intensidad tal que nos agota al punto de pasar por alto hechos que por su obviedad ignoramos: el hecho de que estamos vivos, que somos básicamente conciencia y que somos seres que vamos a morir. Desde este punto de vista importa muy poco lo que hagamos o dejemos de hacer, pues nuestra transitoriedad iguala todo.

Desde que nacemos, muy pronto todos nuestros esfuerzos se enfocan en cumplir un papel social preestablecido y aspirar a cierto estatus, también preestablecido. Y nuestro interés por los misterios de la vida, la muerte y la conciencia pasan a un segundo, tercero o cuarto plano.

Este rol social es necesario e imposible de rehusar; hasta el vagabundo más inútil juega el rol de ser un vagabundo inútil. Cada acto y cada pensamiento está en función de dicho rol. Por tanto no podemos hacer una clasificación de roles sin caer en los estrechos límites de un criterio de clasificación preestablecido.

Una metáfora útil para entender el rol social es la de una máquina y sus piezas. Cada pieza es un rol necesario para el funcionamiento del sistema. Al nacer y crecer en un sistema social no podemos evitar hacernos dependientes de dicho sistema y por lo tanto lo defendemos y sostenemos con nuestros actos y pensamientos.

Nos entregamos de tal modo a la tarea de sostener el sistema que terminamos por olvidar aquello que no es el sistema. Se nos olvida lo que somos más allá de nuestro rol social. Cuando conocemos a una nueva persona, por ejemplo, la conversación siempre gira en torno a los papeles, ideas, expectativas y deseos sociales. ¿Y qué pasa con todo aquello que no podemos encasillar dentro de los límites de nuestra socialización?

Aquello se cuela imperceptiblemente a través de las fallas. Lo captamos con algo que no podemos definir y reaccionamos con un asombro callado. Esas fallas pueden ser cualquier cosa pero siempre es algo que rompe con lo socialmente establecido. Una falla que por supuesto atenta contra el orden básico del sistema; por lo tanto se conecta con una parte del ser humano muy íntima. Y ese órgano hipersensible capaz de percibir lo socialmente imperceptible podría muy bien llamarse “amor por lo desconocido” o “certeza de que existe algo más allá de la apariencia”.

Cuando este órgano se convierte en el motor de nuestros actos nos volvemos creadores. Nos volvemos capaces de transformar el mundo cotidiano en una realidad extraordinaria. Este aspecto extraordinario de la realidad se puede manifestar en nuestros actos de infinidad de maneras, siempre transgresoras del sistema pero con una profundidad capaz de transformar la conciencia.

El arte es el intento de transmitir lo que revelan las fallas; aquello que está más allá de la apariencia, más allá de la socialización. Es cierto que el artista es un rol más en el sistema. Pero sin duda hay seres capaces de percibir las fallas y reflejarlas en sus obras, ya sean escritos, pinturas, teatro, cine, danza incluso una revolución social o lo más común: actos que por su rareza y abandono pasan desapercibidos. Aquí defino artista como aquel que en lugar de seguir el sistema sigue la falla y que desde la falla ve lo que no se ve desde el sistema y que es capaz de transmitir lo que ve. El resultado es un sacudón en la conciencia que puede transformar completamente la percepción. Por tanto el arte es sólo para artistas. No el arte como socialización sino el arte como el seguimiento de las fallas del sistema y la transmisión de este conocimiento a otros seres que necesariamente están dispuestos a seguir estas fallas. De esta manera el arte obliga al espectador a desarticular el sistema que ha aprendido a sostener y defender a lo largo de su vida.

Es imposible hablar de las obras de arte ya que el arte es el modo en que se comunica algo que es completamente indescriptible. Lo que se cuela a través de las fallas es tan abstracto que para expresarlo es necesario ponerlo en obra. Dichas obras ya lo están diciendo todo; hablar de ellas implica dejar de ver la falla y empezar a ver en la obra el reflejo de nuestras repeticiones. La obra de arte en sí no es nada, más bien es una guía que nos indica una falla en el sistema por donde se cuela lo desconocido de la misma forma en que de un manantial brota el agua. En este sentido sí se puede hablar de lo que revela una obra de arte siendo nuestras palabras también arte, pues se alimentarán de la misma falla de la que se nutre la obra.

No es exagerado decir, entonces, que una obra de arte es un manantial de conocimiento. Quien quiera acceder a ese manantial debe estar dispuesto a renunciar, aunque sea un instante, a su vida como sostenedor del sistema y verse a sí mismo como un ser que está vivo, que es conciencia y que va a morir. Y entonces el mundo se abre, el sistema cae ante la irrefutabilidad de estos hechos y quedamos solos ante el inmenso misterio de nuestra muerte.

Ante la certeza de la muerte y el consecuente desapego del sistema quedamos libres para ver aquello que desde el sistema no se ve y a partir de este nuevo estado de conciencia cada acto reflejará esa visión silenciosa. Por eso el ingrediente indispensable de una obra de arte es necesariamente la muerte, no como algo trágico sino como la única forma de lograr la sobriedad y la visión que requiere la creación de una obra de arte.

  

 

Ciclo Literario.

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