Coetzee, Roth, Fadanelli
Deseo y desgracia: el amor en los cincuenta

Lorenzo León Diez


 

Vamos a contemplar a tres hombres maduros y sus reacciones en relación a tres mujeres muy jóvenes. Vamos a conocer en tres novelistas un acontecimiento idéntico que se postula como la más arriegada aventura del vivir contemporáneo en Occidente: el amor entre un viejo y una muchacha. En todos los casos se trata de profesores universitarios; de escritores que registran un intinerario que por sus similitudes nos permitirá compartir una visión que enseña cómo la intimidad es la más preciada cifra de la existencia y cómo, en ese interior cálido, surge la luz separadora, de la desgracia y la muerte.

Ellos son: J.M. Coetzee (Desgracia. Mondadori. 2003); Philip Roth (El animal moribundo. Alfaguara. 2002) y Guillermo Fadanelli (Lodo. Debate. 2002).

Fotografia
Wynn Bullock. 1956

Y los personajes: David Laurie, de 52 años, maestro del curso Poetas Románticos, de la Universidad Técnica de Ciudad del Cabo, Sudáfrica; David Kepesh; de 62 años, maestro del curso Crítica Práctica de una exclusiva universidad norteamericana, además de crítico cultural de radio y televisión; y Benito Torrentera, de 49 años, maestro de filosofía de una universidad mexicana, la UNAM o la UAM.

Las chicas son: Melaine Isaacs, alrededor de veinte años; Consuelo Castillo, de veinticuatro y Eduarda, de veintiuno.

Se abre el telón:

Prefiero matar a un recién nacido en su cuna
Antes que albergar deseos no realizados

William Blake

Y entra David Laurie, divorciado, discípulo de William Wordswort, el poeta de la naturaleza, y quien escribe una ópera sobre la vida de Lord Byron. Camina por los pasillos de su universidad, sin escapársele la ironía de que el que va enseñar aprende la lección más profunda, mientras que quienes van a aprender no aprenden nada. Además, hace ya tiempo dejo de sorprenderse ante el grado de ignorancia de sus alumnos.

A su juicio, ha resuelto bastante bien el problema del sexo. Le sorprende que una hora y media por semana en compañía de una mujer le baste para sentirse feliz, a él, que antes creía necesitar una esposa, un hogar, un matrimonio. En sus solitarias meditaciones de hombre solo, sabe  que después de cierta edad uno deja de ser atractivo. No queda más remedio que tomárselo en serio y vivir como se pueda durante el resto de tus días. Cumplir tu condena. Alguna vez, el profesor Laurie ha sentido que el deseo es una pesada carga sin la cual podría apañárselas estupendamente. Y se pregunta: ¿A qué edad se castró Orígenes? No es la más elegante de las soluciones, desde luego, pero es que envejecer no reviste ninguna elegancia. Amputar, anudar; con anestesia local, una mano firmeb y un punto de flema, cualquiera incluso podría practicárselo a sí mismo siguiendo un libro de texto. Un hombre sentado en una silla dándose un tajo: feo espectáculo, pero no más feo, al menos desde cierto punto de vista, que ese mismo hombre cuando se ejercita sobre el cuerpo de una mujer.
El profesor Laurie desconfia de su vocación docente, incluso de su talento artístico. Acepta que nunca ha tenido una gran sensibilidad para otra cosa que las chicas guapas ¿y a dónde lo ha llevado esto?

Consume mi corazón; enfermo de deseo
Y atado a un animal moribundo
No sabe lo que es

William Yeats

 

Por su parte, el prestigiado profesor David Kepesh (Philip Roth), se pregunta: ¿Durante cuánto tiempo más puede haber chicas a mi alcance? ¿Qué haces si tienes sesenta y dos años y el impulso de apropiarte de lo que aún puede ser tuyo es irresistible? ¿Qué haces si tienes sesenta y dos años y te das cuenta de que todos esos órganos invisibles hasta ahora (riñones, pulmones, venas, arterias, cerebro, intestinos, próstata, corazón) están a punto de hacerse penosamente evidentes, mientras que el órgano más sobresaliente durante toda tu vida está condenado a reducirse hasta la insignificancia? Pero sabe, en sus pensamientos frente al piano, que no hay nada, absolutamente nada que se apacigue, por muy viejo que sea uno. Respecto al matrimonio está cierto que cura los celos. Por eso lo eligen tantos hombres. Porque no están seguros de esa otra persona, le hacen firmar el contrato: No haré, etcétera. Tambén yo, dice, era sumiso y estaba en esencia frustrado, aún cuando, mientras estuve casado, me escabullece de casa para tirarme a quien pudiera.

Tiene el profesor Kepesh muy asentadas sus convicciones: Solo cuando jodes te vengas de una manera completa, aunque momentánea, de todo cuanto te desagrada de la vida y todo cuanto te derrota de la vida. Solo entonces estás más limpiamente vivo y eres tú mismo del modo más limpio. La corrupción no es el sexo, sino lo demás. El sexo no es sólo fricción y diversión superficial. El sexo es también venganza contra la muerte. ¿Qué poder es mayor que el suyo? El sexo es lo que desordena nuestras vidas normalmente ordenadas.

Y sigue ahora Benito Torrentera, (Guillermo Fadanelli) habitante de la colonia Condesa y agotado profesor universitario. Se ve a sí mismo: dotado de una ligera papada de sapo y sin cabello para cubrirme la frente. A los 49 años era ya un exagenario indecente y ninguna mujer ponía los ojos en mí a no ser que para pedirme el asiento del autobús. Exclama, nervioso: En cuanto te precipitas en los cincuenta comienzas a presentir que el sexo tiene fin, y lo es peor, lo que en términos de humanidad resulta absolutamente incorrecto: te enteras de que serás testigo de tu propio derrumbe: ¡Invitado a tu propia muerte!

El profesor mexicano se siente absolutamente anclado en su sexo, como un tronco sobre sus raíces.
Piensa que el amante latino tiene entre los blancos buena fama porque sólo está pensando en el sexo, no porque sea buen amante. No es cuestión de técnica o temperatura, sino de obsesión. Así, Torrentera tiene la costumbre de comenzar cualquier conversación con una queja acerca de mí mismo. Es como una muletilla que los viejos zorros aplican sin discriminación para conquistar mujeres más jóvenes.

Y ya es hora de que entren al tablado las chicas, que conmoverán a estos escépticos galanes. Entra,  según el orden de aparición (Coetzee-Laurie): Melanie Isaacs. Coinciden en un sendero de la universidad y el maestro reconoce, ante el tribunal académico que lo juzga: Baste decir que Eros entró en escena. Y después de esa aparición yo ya no fui el mismo de antes. Deje de ser un divorciado de 52 años de edad y sin nada que hacer en esta vida. Me convertí en un sirviente de Eros. Tiempo después, David vuelve a verse en el piso de la muchacha, en su dormitorio, mientras fuera llueve a cántaros y del calefactor de la esquina emana un olor a parafina; vuelve a verse arrodillado sobre ella, quitándole la ropa, mientras ella deja los brazos yertos como si fuese una muerta. Fui un sirviente de Eros, eso es lo que desea decir al tribunal que lo juzga, pero será capaz de semejante desfachatez? Fue un dios el que actúo a través de mí. ¡Qué vanidad! Y más tarde confesará: comenzó como una simple aventura, una de esas aventurillas repentinas que tienen los hombres de cierta condición, o que al menos yo tenía antes, y que me servían cuando menos para sentirme vivo.

Lo particular es que esto lo dice al padre de la chica, mucho después de haber sido denunciado por acoso sexual y expulsado de la universidad. Al igual que Byron, la notoriedad y el escándalo afectaron su vida privada. Así, una mañana, su ex esposa Rosalind lo llama para que compre el Argus y lea el siguiente encabezado: profesor imputado por acoso sexual.

Fotografia
Wynn Bullock. 1953

Su ex esposa le dirá: La ví. Ví qué te llevó a la perdición. Los ojos grandes, oscuros. Ese cuerpecillo astuto, de comadreja. Es justamente tu tipo. Seguramente pensaste que sería una de tus aventuras rápidas, uno más de tus deslices, y mira en qué ha ido a parar. Has arrojado tu vida por la borda ¿y a cambio de qué?.

Porque Laurie, quien se define como un errante (dícese del individuo que elige su propio camino, que vive peligrosamente, que incluso ronda adrede el peligro), es como el Lucifer del poema Lara, de Byron. Sea bueno o malo, si le apetece lo hace, dice a sus alumnos, entre ellos a Melaine. No actúa por principios, sino por impulsos. Y la fuente de sus impulsos es algo que, para él, permanece en la oscuridad.

Ante el tribunal que lo juzga, reconoce su culpa y aduce: Mi defensa se apoya en los derechos del deseo. En el dios que hace temblar incluso las aves más diminutas.

Los profesores le piden una disculpa escrita, solo eso, para evitar su expulsión, a lo que David Laurie se niega. Es que me recuerda demasiado a la china maoísta. Retracción, autocrítica, pedir disculpas en público. Soy un hombre chapado a la antigua, prefiero que en tal caso me pongan contra la pared y me fusilen. Al contarle lo sucedido a su hija Lucy, se explica: No estoy preparado para reformarme. Quiero seguir siendo el que soy. Y dicta, como si estuviera en clase: No creo que eso del chivo expiatorio sea la mejor manera de explicarlo. En la práctica, eso del chivo expiatorio funcionaba mientras hubiera un poder religioso que lo avalase. Se cargaban todos los pecados de la ciudad a lomos del chivo, se le expulsaba de la ciudad y la ciudad quedaba limpia de pecado. Si funcionaba, es porque todos los implicados sabían interpretar el ritual, incluidos los dioses. Luego resultó que murieron los dioses, y de golpe y porrazo fue preciso limpiar la ciudad sin ayuda divina. En vez de ese simbolismo fueron necesarios otros actos, actos de verdad. Así nació el censor en el sentido romano del término. La vigilancia pasó a ser la clave, la vigilancia de todos sobre todos. El perdón fue reemplazado por la purga.

La diosa sangrante

El profesor David Kepesh, aunque sabe que  esta es una generación de asombrosas expertas en felaciones es más cauteloso que su colega Laurie, desde que mediados de los años ochenta fijaron el número de una línea telefónica directa para denunciar el acoso sexual en la puerta de mi despacho. Por eso tiene una regla fija: no tengo ningún tipo de contacto personal con ellas hasta que han pasado el exámen final, se han graduado y ya no me encuentro oficialmente in loco parentis.

Y como su tocayo Laurie, Kapesh es muy vulnerable a la belleza femenina. Cada uno está indefenso contra algo, y yo lo estoy en ese aspecto, dice.

Así que una vez  concluido su curso, invita a su piso a Consuelo Castillo, hija de unos ricos émigrés cubanos, gente adinerada que huyó de la Revolución. Estamos hablando del caos de Eros, de la desestabilización radical que es la excitación. Consuelo es, al mismo tiempo, concreta y misteriosa, el epítome clásico de la hembra fértil de nuestra especie mamífera.

El profesor Kepesh señala que es cierto que a la mayoría de la gente le horroriza la diferencia de edad, pero es precisamente lo que atrae a Consuelo. Imagina lo que las otras  chicas le dirán, haciendo una mueca: Pero ¿y su piel? ¿No tiene un olor raro? ¿Y qué me dices de su larga cabellera blanca? ¿Y de la papada? ¿Y de esa panza? ¿No te dio asco? La rareza erótica es lo único que denota la mayoría de la gente, y lo denotan con repugnancia, como una farsa repugnante. Pero mi edad tiene una gran importancia para Consuelo. Porque en realidad experimentó conmigo para ver lo arrolladores que podían ser sus senos.
Carolyn, una vieja amante, lo comprende: Entiendo lo que que pretendes. Un hedonismo armonioso. Sin embargo, el equilibrado profesor Kapesh, al irse de su vida Consuelo, sufrió accesos depresivos intermitentes durante casi tres años. Atormentado continuamente mientras estuve con ella (el temor de perderla incluso cuando estaba encima de ella, el anhelo nunca desaparecía, ni siquiera cuando la tenía en mis brazos) y cien veces más atormentado por haberla perdido.

Su amigo, el poeta George, le explica su desastrada situación: Has violado la ley de la distancia estética. Has imbuido de sentimiento la experiencia estética con esta chica...las has personalizado, la has sentimentalizado y has dejado de percibir la separación esencial para tu goce. ¿sabes cuando sucedió? La noche en que se quitó el tapón. La separación estética necesaria no quedó eliminada mientras mirabas cómo le corría la sangre (eso estaba bien, nada que objetar), sino cuando no pudiste contenerte y te arrodillaste. ¿Y qué diablos te impulsó a hacerlo? ¿Qué hay detrás de la comedia de esta chica cubana que pone en apuros a un hombre como tú, al profesor del deseo? ¿Beber su sangre?. Adórame, te dice, adora el misterio de la diosa sangrante, y lo haces.

Le insiete su amigo y confidente: El amor te fractura. Estás completo, y luego estás partido. El apego es ruinoso y es tu enemigo. Joseph Conrad: quien forma un vínculo está perdido.

Yerba recien quemada

A diferencia de las dos jóvenes, la sudafricana Melaine y la cubano-estadounidense Consuelo, Eduarda no es estudiante de nada, sino majadera empleada del minisuper de la cadena Seven Eleven. Tenía un rostro simple, de belleza disimulada, nariz delicada y pómulos no muy prominentes. La oportunidad se presentó cuando salimos del super al mismo tiempo –ella unos segundos después que yo- y enfilamos nuestros pasos en la misma dirección.

El profesor Benito Torrentera piensa que las mujeres deben estar acostumbradas a que los hombres viejos se pongan siempre a sus pies. Un leve movimiento de sus muslos hace estremecer a una docena de ancianos. Y como maestro que es Benito está acostumbrado al olor de las mujeres de veinte años, un olor a rocío, un humo de yerba recién quemada, a sudor de venado. Pero la visita que le hizo Eduarda a su departamento,  me trastornó, me cambió la vida: Nunca imaginé que los cincuentones alcanzáramos grados de cursilería semejantes en cuanto una hembra joven se introduce en nuestro territorio. No usaba maquillaje, ni aretes y, sin embargo, me parecía tan femenina. Sus senos eran ligeros como nubes que no logra cubrir el sol. Al profesor se le había entregado una mujer y por primera vez me daba cuenta de que ninguna idea por muy brillante o profunda que fuera podría darme la felicidad que me ofrecía un cuerpo de menos de 55 kilos de peso.

Así, Benito está seguro que mataría (como lo hará) con tal de tenerla montada sobre mí limpiando mi sudor con sus pantaletas de algodón. Se pregunta: ¿Qué puede llevar a un modesto universitario para el que sus armas son las ideas, a matar a un hombre?. Esta descripción lo contesta: Pasé la punta de mi nariz lentamente por sus pantorrillas. Después ascendí hacia la zona que se encuentra donde la curva de las nalgas desaparece. Allí la piel se hace menos suave y toma otra coloración. Ella dormía boca abajo con una mano en el vientre y otra sobre la almohada sin percatarse que su compañero de cama le había quitado los calzones. Eran tan suaves que pensé que se desintegrarían al entrar en contacto con mi paladar.

Fotografica
Wynn Bullock. 1953

En su largo periplo con la joven, el profesor universitario sentía gran placer doblando la ropa de Eduarda, metiendo mis narices, mi trompa de oso hormiguero entre la tela de sus calcetas, aspirando los aromas íntimos de su ropa interior. Diré que un hombre de veinte años se reiría si alguien le dijera que a los cincuenta años caminará en cuatro patas con tal de tocar, ya ni siquiera morder, los talones de una mujer más joven, como Eduarda, que entregada a sí misma, a su propio placer, producía un agradable líquido transparente que yo me apresuraba a untar en sus muslos, en sus pantorrillas, en sus talones, hasta que mi chorrito de leche quedaba esparcido en el lugar menos esperado, entre las coyunturas de sus piernas, en su nuca o en la superficie de la cama.

¿Cómo terminan estas tres aventuras, tan idénticas, tan engarzadas en sus detalles? No muy bien en ninguno de los casos. El profesor David Laurie, desempleado, se ha convertido en un perrero, un enterrador de perros, un conductor de las almas de los perros, un harijan. Fue juzgado por su manera de vivir. Por cometer actos impropios: por diseminar su simiente vieja, cansada, simiente que no brota, contra naturam. Si los viejos montan a las jóvenes, ¿cuál será el futuro de la especie? En el fondo esa fue la argumentación de los fiscales. De eso trata la mitad de la literatura, del modo en que las jóvenes se debaten por escapar del peso de los viejos, y todo en aras de la especie.

El profesor Kapesh, en su vejez senil, piensa aún en Consuelo. Cuando dos perros follan, parece que hay pureza. Ahí sí, entre las bestias, nos decimos, hay pura jodienda. Pero si lo comentaramos con ellos, probablemente descubriríamos que, incluso entre los perros, y en forma canina, existen las alocadas distorsiones del anhelo, de la idolatria, de la posesión, incluso del amor.

Benito Torrentera vive al lado de Eduarda (evidente homenaje a Georges Bataille de Madame Eduarda) el acoso de unos lascivos a los que termina asesinando. Alcé su falda para sobarle suavemente las nalgas y deleitar a nuestros perseguidores con una escena estimulante; ojalá tuvieran la fortuna de apreciar, como yo, la marca rosada que el resorte de sus bragas tatuaba en su piel. Uno de esos vándalos está con Eduarda, cuando regresa el profesor: Mirar los pies de Eduarda mientras era poseída, me estremeció. Se retira silenciosamente y espera al amante a quien junto a su amigo, secuestra y les dispara sendos tiros en la cabeza. Allí quedaba Eduarda, seguramente durmiendo satisfecha, empapada de semen, rasguñada, penetrada, lamida. El novelista resume: Una adolescente roba un minisuper y escapa con el dinero de la caja. El saldo del delito son dos hombres muertos y un profesor de filosofía en la cárcel. Carajo.

Fin. Se cierra el telón.

¿Qué preguntas cabe hacer? ¿Cuál es la sustancia de todo esto? Quizá sea pertinente la presencia de los biólogos evolutivos para entrar en materia. Los científicos Lynn Margulis y Dorion Sagan (Danza Misteriosa. Kairos 1992) plantean que una manera de explicar la obstinación y la locura de los enamorados, de que los hombres se sientan atraídos por las mujeres jóvenes, por sus cuerpos, o de que estás encuentren tan seductores a los hombres con poder y prestigio, es porque se están sacrificando a sí mismos por todo lo que se encuentra más allá de ellos mismos, por sus células sexuales que transportan sus genes a la siguiente generación.

Por su parte, los biólogos James y Carol Gould han sugerido que el fenómeno supuestamente psicológico de la crisis que sufre el macho en el ecuador de su vida “puede reflejar una estratagema evolutiva que induce a los hombres a abandonar  a sus esposas, ya demasiado seniles para la reproducción, para buscar nuevas parejas en las que engendrar una descendencia adicional mientras aún tienen la oportunidad”.

Aunque realmente son apreciaciones justas, nos damos cuenta que hechos como los aquí narrados, en tres voces ciertamente magistrales de la literatura, sintetizan que la vida sistematizada (el trabajo, la universidad, la familia, etc,.) del hombre contemporáneo tiene en los márgenes la potencia mistificadora o mitificadora, de las diosas sangrantes o las ninfetas celestiales, para recordar a Nabokov. Que la aventura mayor es, ha sido y seguirá siendo, la que se percibe con la piel desnuda, de pelaje antropomorfo y de telar civilizado. Que la historia del mundo es, como dice el profesor Torrentera,  intuir y desear para justificar después las pasiones por medio de la razón.

Que el tema unificante de lo masculino es bien sencillo, como un silbido melodioso, en un atardecer aciago, mientras pasa una mujer en bicicleta.

 

Ciclo Literario.

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