De la nimiedad a la Grandeza

Fernando Montes de oca


 

Marinero Raso
Francisco Goldman
Anagrama

           

Según señala en los agradecimientos de la edición de Anagrama de la novela Marinero raso (The Ordinary Seaman), de Francisco Goldman, él partió de un reportaje periodístico para desarrollar esta obra. El reportaje informaba sobre un barco anclado en el muelle de Brooklyn, en donde habían estado viviendo abandonados durante meses diecisiete marineros traídos desde Nicaragua. A partir del reportaje el autor reinventa la posible, o mejor, las posibles historias vividas por el grupo de trabajadores en el barco anclado, mismo que se suponía debían reparar para que fuera vendido y se hiciera a la mar como transporte carguero.

Y digo posibles historias, en plural, porque al menos los personajes principales son portadores de otras historias, historias personales posibles, bajo la forma de un pasado-presente, como proponía Sartre, que da sentido al presente personal bajo la forma de las posibilidades de ser, de un ser proyectado hacia el futuro.

En este sentido la novela de Francisco Goldman sitúa su tiempo narrativo en un entrecruzamiento. Un entrecruzamiento con el tiempo de la memoria que se vuelve presente efectivo sobre la cubierta misma del barco, que es en donde la historia transcurre en un cierto presente continuo, el presente en progreso que se ubica en la situación del barco en reparación, el Urus, que es la referencia (el ancla), que sirve de fondo para que la amplitud del relato se desenvuelva rebasando sus límites espaciales, temporales y temáticos. Por esto mismo me parece que la estancia de los trabajadores en el barco establece una existencia en cierto modo al margen del transcurso temporal, una existencia que se convierte en un paréntesis abierto al interior de las vidas personales de la tripulación, al margen de una pertenencia social que aporte certezas de vida, es decir, sentido de vida.

Y aunque la ilusoria pertenencia a un proyecto, la reparación del barco, orienta el sentido de vida provisional de esos trabajadores, pronto tal sentido comienza a diluirse, comienza a convertirse en perplejidad frente al vacío. El vacío representado por el hecho de que la meta a alcanzar parece cada vez más inalcanzable e ilusoria; porque su aislamiento, en la soledad erguida del barco desde el que contemplan el adivinado bullicio de la ciudad, los margina; porque el abandono que significa la falta de abastecimiento, de sueldos, de contacto con una realidad que se les aleja, los convierte cada vez más en cosas, o en seres semejantes a cosas; sin embargo aún en ese estado, o mejor, en la tendencia hacia ese estado en realidad imposible (el de cosas), reinventan sus posibilidades y esperan. Es decir, como verdaderos marineros en alta mar, inventan los bordes difusos de la tierra que esperan ver aparecerse, y se aferran a los signos.

La existencia que plantea la novela, la de esos personajes anclados a su vez en un barco ya anclado, inmóvil, se extiende entonces -y es como un portal dimensional- entre dos mundos: el latinoamericano en general, y el del “sueño americano”, extremos –si es que son extremos- comunicados por muchos “imaginarios culturales”.

Fotografia
Andreas Feininger. 1947

De un lado está una existencia marginal, amenazada, no porque en general vivir en Latinoamericana implique automáticamente una existencia marginal y amenazada, sino quizá porque la experiencia de la marginalidad en Latinoamericana es una constante que fluctúa, ligada a diversos contextos y momentos históricos, sin dejar de estar de alguna manera presente, al menos como una aguda conciencia de lo que podría ser una suerte de inestabilidad crónica. Sin embargo el contexto de origen de los personajes de la novela es fundamentalmente Centroamérica. Una Centroamérica marcada por guerras: Guatemala, Nicaragua, Salvador, y, en el caso de esta obra, concretamente por la revolución sandinista vivida por Esteban, “un joven veterano de guerra que ha combatido con el ejército sandinista en la lucha frente a la contra”, como se dice en la contraportada del libro. El ámbito es familiar al autor, que no sólo nació en Guatemala, sino que cubrió las guerras en Centroamérica como periodista. Y más precisamente como un periodista que pertenece a ambos extremos de este eje de culturas que se espejean: Estados Unidos-Latinoamerica. En este caso la experiencia del autor en esta biculturalidad se ve reflejada definitivamente en la novela, en donde evidentemente no sólo cuenta la destreza narrativa –que es muy buena-, sino la experiencia narrativizada.

En este sentido podría decir que se trata de una novela en buena medida “realista”, mimética. Y tal vez sea así, quitándole a la palabra realista la pretensión de ser fiel a “la realidad” minuciosamente, ya que son probablemente las infidelidades a la realidad las que hacen de esta novela una obra mucho más verdadera que el imposible, e innecesario, levantamiento pormenorizado de datos sobre el campo (inasible) de lo real. Más allá de sus efectivas descripciones no fotográficas, sino evocadoras, y sobre todo evocadoras en un sentido más bien expresionista, creo que es la capacidad precisamente de entrecruzar eventos de temporalidades distintas sobre sus personajes lo que otorga una dimensión “mimética” a éstos y al conjunto de acciones en que se ven interconectados. Tal vez (tal vez) lo más minucioso de la novela sean sus “operaciones analógicas”, como en el caso de la invención de sus metáforas, y en las reveladoras imágenes que surgen de éstas, y que resultan tan sensoriales, como cuando el autor nos presenta el mundo de ratas que pulula en el barco: “Y entonces vio los ojos brillantes del gato encendiéndose y apagándose en la oscuridad: estaba sentado en la sala de tripulación, como una misteriosa divinidad rodeada de fieles ratunos, y meneaba la cabeza de un lado a otro observando cómo crecía a su alrededor  el número de odiosos adoradores.” (p.110) O cuando Esteban se encuentra por primera vez con Marta, voluntaria de un batallón sandinista. Esteban es tocado por los ojos de Marta, que “fueron como el giro suave de una cerradura que abrió su corazón y le hizo sentirse envuelto en la caricia de unas manos invisibles.” (p.126)

Esteban descubre un amor profundo con Marta, pero Marta muere en la guerra, destrozada por una bomba. Él no la ve. Ni siquiera la ve. Se encontraban en lugares distintos cuando eso ocurrió, pero él había visto cómo quedaban los cuerpos cuando eran despedazados por las bombas. Fantasmas suficientes para que (como decía Juan José Arreola en un cuento) él, Esteban, siga siendo el lugar de sus apariciones (las de esos fantasmas: la guerra, Marta)

Bernardo, el viejo camarero, recuerda a sus hijas, a sus dos esposas, su vida ambulante en los barcos. Es el único que desde el principio vaticina que la misión de reparar el Urus no tiene ninguna esperanza. Aún así se queda. Él mismo no tenía, no parecía tener esperanza alguna ya, y así parece confirmarlo la historia: muere por una quemadura mal atendida que se infecta. Mark, el primer oficial lo abandona en un hospital, sin ningún dato de identificación. La tripulación nunca vuelve a saber de él porque Mark, una personalidad a la deriva, se desaparece de Nueva York y abandona definitivamente la empresa.

Se entrecruzan también las historias pasadas de Elías, el capitán, y de Mark, el primero de a bordo. Los vemos conocerse. Vemos sus tropiezos y desencuentros individuales. Su desencuentro con una forma de vivir que parecen no encontrar, aunque finalmente Elías se refugia en su hogar, con su esposa y su hija, protegido por la especie de suave velo burgués que le brinda ella.

Y está Johnny, el generoso visitador naval, y su pareja Ariadne, estudiante de arte. Un entrecruzamiento más: Johnny quiere saber cuál fue el destino de Bernardo tras la quemadura, en qué hospital está, si en realidad fue deportado como dijo el capitán Elías a su tripulación; necesita saber quién es el dueño del barco para hacer las gestiones necesarias, etcétera, pero nadie sabe los apellidos de Elias y Mark, ni siquiera las placas de sus autos cuando llegaban al muelle a supervisar los trabajos, o para abastecerlos. Sin embargo Ariadne es alumna de Kate, la fotógrafa, esposa de Elías, que es el capitán. Aún así, la conexión no se da y Elías nunca identifica a los responsables del barco.

Sin embargo, el autor no condena. No condena a sus personajes. No hace juicios morales. Expone. Nos deja ver pasajes de sus vidas, una suma de acciones y decisiones que los conforman, que los exhiben incluso, en sus miserias, en sus debilidades, en sus contradicciones, en sus afectos, en sus potencialidades y consigue darles una dimensión humana, o bien consigue evocar para el lector, yo en este caso, una dimensión humana, justificable como cualquier otra, en función de sus propias carencias y potencialidades. Abre así la posibilidad a una actitud aceptante, activa una especie de sentido empático hacia la incompletud que somos cualquiera de nosotros. Una comprensión aceptante.

Finalmente Esteban, en sus escapadas nocturnas del Urus conoce a una manicurista mexicana (chilanga) e inicia una relación amorosa con ella. Me pregunto si en el original en inglés aparece la riqueza de giros del español y del inglés que el autor puede manejar en tanto que ha vivido tanto en Centroamérica, como en Boston, como en ciudad de México.

Algunos de los otros tripulantes se quedan en Brooklyn, ayudados por Esteban para conseguir trabajo. Los otros son  recibidos por el Hogar del Marinero, para el que trabaja Johnny, el visitador naval, y serán enviados posteriormente a su país.

Antes de abandonar el barco para que sea vendido y las cuentas puedan pagarse, los mecánicos consiguen hacer funcionar su máquina y lo mueven. Cuando llega Johnny se queda perplejo al no ver el barco en su sitio. Sin embargo está más allá, encallado, ladeado, y los trabajadores aguardan en él. Lo inamovible se desplazó. Finalmente el tiempo, fuera de ese paréntesis, de esa “ancladura” de la vida de los personajes que transcurrieron en él, se mueve. Recobran el sentido de sus existencias.

Creo que Marinero raso es una novela que tiene a la vez un tono elegiaco y épico, inmerso en  la representación de la vida cotidiana. La nimiedad convive con la “grandeza”, con una grandeza sin alardes, terminada como está hace mucho la era de los héroes; ahora, los nuevos héroes –los del fin de la modernidad-, los nuevos Ulises, navegan, como el Leopold Bloom de Joyce, en la grandeza de las pequeñeces cotidianas, en donde después de todo algunas cosas parecen no cambiar demasiado a lo largo de las épocas, como la revelación que es el amor, como los dones concedidos por la generosidad y la comprensión, como la epopeya de los posibles en los que persistimos para encontrar (finalmente para inventar) quiénes somos.

 

Ciclo Literario.

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