Tiempo de payasos

Rafael Pérez y Pérez


 

En la obra de Sergio Garval es posible apreciar un proceso que tiende a desmitificar la imagen de los objetos y situaciones convencionales, utilizándolos para armar tramas complejas y momentos irreales, relevando la cotidianeidad por la teatralidad, con la necesaria carga o poder que ésta ejerce mediante la impresión o expresión de su montaje y en la que el espectador recibe el impacto y el asombro que genera su obra, evadiendo la locura que la misma contiene mediante la apreciación de la factura.
El dramatismo y la violencia que expresan sus personajes, así como la dureza de sus temas, podrían impulsar una vinculación superficial que nos remite casi de forma automática hacia el neoexpresionismo; sin embargo, es necesario ubicar la obra en su propia individualidad para entender la revelación apocalíptica de sus imágenes. Influenciado por un milenarismo que caracteriza estos tiempos, proporciona a sus representaciones pictóricas la exageración historiográfica de un espectáculo dantesco, provocando o invocando los miedos a los desastres naturales, el hambre, la guerra, las pandemias, la soledad, el abandono, la destrucción, el fin o la muerte; temas o repertorio en las que desarrolla un gusto por la imágenes violentas, que bien parecen sacadas del noticiero nocturno.

En la selección agrupada bajo el título de Tiempo de payasos, Sergio Garval hace evidente la necesidad de afirmar una actitud sarcástica en la cual los valores estéticos se ven sostenidos por una fuerte crítica no necesariamente social, sino ética. Un título que contrariamente a la felicidad que proporciona esta forma de entretenimiento, revela un realismo implacable, reconocible en todos y cada uno de sus personajes perfectamente logrados; payasos en los que encontramos un estudio psicológico del miedo, de nuestros miedos, y que nos proporcionan la oportunidad de observar en el circo humano una ruta de escape a la caja de las realidades cotidianas.
Conscientemente Sergio Garval planifica el resultado de cada cuadro con premeditación, en la que la pintura recupera su energía física y su materia plástica, evidente en la fuerza de cada gesto o pincelada que plasma, para señalar de forma inquietante sus acentos visuales e integrar un registro, es decir, un resultado emocionalmente pictórico.
Es inevitable ver en su obra un espacio profundamente ordenado o una armonía compositiva de sus escenas; sin embargo, en cada obra trata de desordenar, generando desconcierto donde parece encontrar su verdadera preocupación: el equilibrio entre el orden y el caos. Esta tensión entre alineación y desconcierto podría ser igualmente entendida como una tirantez entre expresividad e inexpresividad, y por la que intenta responder de manera sarcástica a la lucha entre la realidad y el engaño; entre la mirada cínica y la conciencia del repaso llano del espectador.
Sergio Garval genera una estética rica en contradicciones filosóficas que parecen alimentarse de su propia paranoia para cuestionarse y destruirse continuamente; desarrolla un discurso resultado de una tradición que posee coherencia lógica y se expresa a través de pasos previamente elaborados; sin embargo, el discurso goza de un elemento posiblemente indescifrable: una obsesiva descomposición casi necrofílica o un sueño antropofágico por el que devora o destruye a sus personajes, y que sustrae del espectador mayor conciencia mediante la creación de formas de intensidad apocalíptica; imágenes en las que busca la reflexión a través de la coherencia entre la realidad y la imaginación que dan vida a cada obra.
Una mirada al circo humano que nos rodea, en el que deambulan payasos, curas, dragqueens, dominatrices, mimos, tragafuegos, profetas, dementes, etc. Un repertorio que parece cambiar de denominación al género humano por el de "género humano bizarro".

Paisajes inundados en los que los vehículos incendiándose asentados en superficies intransitables conforman la única posibilidad de sobre vivencia; escenarios irreales de desolación y de desamparo; islas en las que los despojos se reciclan para dar cabida a sus escasos habitantes; deshuesaderos en los que los automóviles reflejan tal vez esa relación entre el ser humano y sus deshechos; imágenes que bien podrían conformar la memoria de una "farsa" o el registro de un performance, y en la que sus personajes encarnan el absurdo de su desnudez, la cual contradice a la tenencia de su equipaje preparado para realizar un viaje imposible, cuya esencia parece sacada del film de Buñuel "El Ángel Exterminador".
Hay en su obra un sentido de racionalismo platónico en el que se hace evidente el uso de los elementos primigenios para destacar el caos (fuego, tierra, aire y agua) y por los que se funde el génesis con el Apocalipsis, el alfa y el omega; relatos que inducen a la penumbra que escapa de toda representación y que apenas puede nombrase como instinto, asombro u miedo.
Asimismo y valiéndose de lo visible, imita o expresa al hombre tanto en lo material como en lo incorpóreo, creando, copiando o imaginando, obedeciendo a sus propios patrones de belleza. Reflexión a que nos conduce en esta selección al monismo material de Tales de Mileto: La fuente o principio de todas las cosas es el agua, por lo que como elemento del cual proviene todo otro elemento, sirve de final para la existencia misma de la vida; todo está cercado por el elemento vital que lo reclama.

Es así como en Tiempo de payasos  Sergio Garval insiste

retóricamente en el acercamiento a los rasgos esenciales y cualidades interiores que se reflejan en sus personajes, creando así(fuera) una metáfora de la conciencia; provocando un acto reflexivo sobre la condición humana fincada sobre una fina línea divisoria entre la razón y la locura.   

Cortesia
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Ciclo Literario.

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